abril 01, 2026

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 Cabra, culta y poética 

Este blog pone a disposición de ustedes, en este formato digital, la revista en PDF "Cabra, culta y poética" que desde el mes de junio del pasado año 2023, estamos editando. Nos complace y nos congratula muchísimo a todos los colaboradores, creer que nuestra revista contribuye de algún modo a la promoción de la cultura de nuestro pueblo.

La única pretensión del mismo es facilitar que los contenidos de la revista  puedan llegar a un mayor número de usuarios, sobre todo aquellos que usan las nuevas tecnologías. Nosotros procuraremos abarcar  el mayor número de campos culturales que nos sea posible: literatura, música, pintura, etc.

CONTENIDO:  

— EDITORIAL
—RELATOS DE HISTORIA

COLABORACIONES:

— RELATOS
— REFLEXIONES
— ENSAYOS
— TEATRO
— POESÍAS
— DIBUJOS
— LIBROS RECOMENDADOS
— FOTOS
— VIDEOS 

CONTACTO:

Email de contacto: cabracultaypoetica@gmail.com
https://cabramilenaria.blogspot.com

Edición y dirección: Antonio Fernández Álvarez
Diseño y Maquetación: Antonio Fernández Álvarez

Editorial

 Sin duda, la mayor satisfacción que obtengo mes a mes al enfrentarme a este editorial es la seguridad de que ponemos todo de nuestra parte para ofrecerles una revista cultural digna, de difusión gratuita. Un espacio en el que, entrega tras entrega, pueden apreciar la creciente calidad de su contenido.

Alcanzar este número 35 no es solo una cifra en el calendario de publicaciones; es el testimonio vivo de nuestro compromiso y constancia. En un mundo que a veces olvida detenerse a mirar lo que nos hace humanos, nosotros hemos decidido seguir apostando por la palabra, el arte y el pensamiento. Si en el número anterior celebrábamos la labor indispensable de nuestros colaboradores, en este queremos reafirmar que nuestra razón de ser es, simplemente, mantener encendida la llama de una Cabra, culta y poética.

Treinta y cinco ediciones después, la emoción de compartir con ustedes este nuevo número sigue siendo la misma que el primer día, pero con el poso de la experiencia y la madurez de un proyecto consolidado.

Les invito a disfrutar de estas páginas con la misma pasión con la que han sido creadas. Gracias por acompañarnos en este viaje que no hace más que crecer.

Como siempre les digo, nuestra revista es un espacio abierto para todos. Si escribes, pintas o creas, este es tu lugar para brillar. Puedes participar enviando tus trabajos al correo:

cabracultaypoetica@gmail.com

La publicación de nuestra revista es mensual.

Bienvenidos al número 35

Vea en PDF nuestra revista, o si lo prefiere descárgela. AQUÍ

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Relatos de Historia

                        Por Antonio Fernández Álvarez
                              (Escribidor de sueños)



La Vara y el Fuego

El mapa de la Córdoba insurgente

 

Índice:

 

            Prólogo

1.    El cuaderno del desván

       Crónica de una traición: Iznájar, abril de 1873

 

2.    De la Sierra a la Campiña
El rastro de la opresión

Sucesos de Montilla: El estallido de la indignación

 

3.    Aguilar de la Frontera
El espejismo de la libertad

 

4.    Bujalance: El fuego del Alto Guadalquivir

      Donde el papel se vuelve ceniza

 

Epílogo
La mirada transformada

 

Prólogo

Hay historias que no aparecen en los manuales, pero siguen respirando bajo la tierra. No figuran en las fechas solemnes ni en los retratos oficiales, y sin embargo forman la trama íntima de un territorio. Este libro nace precisamente de una de esas historias: de un cuaderno oculto bajo una tabla suelta, de una memoria que se negó a desaparecer.

La vara y el fuego no es solo un recorrido por los sucesos de 1873 que sacudieron desde la Subbética hasta la Campiña cordobesa. Es, ante todo, una mirada que se transforma. Lo que comienza como una curiosidad personal termina revelándose como un viaje hacia la raíz misma de la dignidad y del poder. En Iznájar, Montilla, Aguilar de la Frontera y Bujalance, la proclamación de la Primera República despertó algo más profundo que un cambio político: encendió la esperanza de quienes llevaban generaciones esperando justicia.

Antonio Fernández Álvarez reconstruye esos días convulsos con equilibrio y sensibilidad. Su escritura evita el juicio apresurado y prefiere escuchar: la voz del cuaderno, la del maestro jubilado, la de la anciana que recuerda cómo el fuego devoró los papeles que simbolizaban la opresión. En esas voces se encuentra la verdad más humana del relato.

El fuego que atraviesa estas páginas no es solo destrucción. Es también símbolo de purificación, de rebeldía y de un deseo colectivo de comenzar de nuevo. Pero, como tantas veces en la historia, la llama fue seguida por la sombra. El poder apenas cambió de manos, y la justicia soñada se convirtió en una larga espera.

Este libro nos recuerda que el paisaje nunca es inocente. Bajo cada olivo, bajo cada plaza encalada, hay una memoria que merece ser escuchada. Y quizá ese sea el mayor mérito de esta obra: devolver dignidad narrativa a quienes fueron reducidos a una nota al pie.

Leer estas páginas es aceptar que el pasado no está cerrado. Sigue ahí, latiendo, esperando a que alguien levante la tabla adecuada.

 

El cuaderno del desván

El fin de semana iba a ser para mí impensablemente fructífero. En realidad, no me apetecía despegarme de mi ordenador para escribir, pero mi hijo se había empeñado en que pasásemos unos días en una casa rural con piscina en Iznájar. Allí podríamos tomar el sol de estos últimos días de febrero y, por la noche, encender la chimenea para charlar hasta la madrugada mientras degustábamos unas copitas de rosolí.

Mi curiosidad me llevó a subir al desván de la casa. Aunque tenía la puerta cerrada, curiosamente se abrió con una de las llaves del manojo que nos entregó el agente inmobiliario. El desván contenía algunos muebles viejos e incluso podría habilitarse como dormitorio supletorio; me resultó un lugar agradable, ideal para aislarse y escribir.

En mi recorrido por la estancia, una tabla del suelo se levantó un poco al pisarla. Presioné con la mano y, al levantarla, encontré un cuaderno con tapas de piel. Como si temiese que alguien me viera, lo cogí, coloqué la tabla en su sitio y bajé. En el exterior, junto a la piscina, mi mujer, mi hijo y su pareja tomaban el sol. Metí el cuaderno en la funda de mi Tablet y salí.

—Vamos a acercarnos a la playa del pantano y ver el pueblo. De camino compramos algo de comida. ¿Vienes? —dijo mi hijo.

Aunque me apetecía, tenía más ganas de leer el hallazgo. Sin embargo, si me quedaba, mi mujer saltaría diciendo: «Con él no se puede contar para nada; siempre con el ordenador o leyendo». Volvimos sobre las cinco de la tarde tras comer en una terraza de la plaza «Corral de la Pacheca». No fue hasta la noche, cuando nos retiramos a dormir, que encontré el momento. Aduje que no tenía sueño y que me quedaría junto a la chimenea. Abrí la primera página y comencé a leer:

Crónica de una traición: Iznájar, abril de 1873

El eco de las palabras de Castelar en Madrid nos llegó como un soplo de aire fresco, pero en Iznájar el aire pronto se volvió irrespirable. Yo, que siempre me supe federal y creí en la justicia de la República, vi con asombro cómo quienes ayer nos despreciaban por monárquicos hoy se ponían la escarapela de «radicales». Don Ángel Cuellas y Montes, el alcalde, no cambió de corazón; solo cambió de chaqueta para no soltar la vara de mando.

Aquel 24 de abril amaneció con una claridad insultante. El silencio en el pueblo era antinatural; no se oía el trajín de las mulas, solo el eco de las botas de los voluntarios de Cuellas patrullando. Todo empezó con el golpe de una culata en mi puerta. Eran los hombres de Cuellas; me pusieron una carabina en las manos y me dijeron que ahora era un soldado de la «causa radical».

—O tomas el fusil o pruebas la madera —me soltaron sin mirarme a los ojos.

El miedo se podía cortar con navaja. En la plaza se comentaba el destino de Francisco Valverde y José Cañas: hombres honrados que, por dudar, fueron apaleados hasta que sus gritos se oyeron en toda la calle Real. En la nueva «república» de Iznájar, la libertad se escribía con sangre y moratones.

Para mantener a su guardia pretoriana, los radicales vaciaron las casas de los sospechosos. Vi cómo salían de los hogares de Rafael Garrido, Juan Muñoz y Antonio Torrubia cargados con el botín del hambre: jamones, pan y hasta el chocolate de los niños. Dejaron a las familias en la miseria.

La locura alcanzó su cima una noche en la que el estruendo de los disparos rompió el silencio del valle. Apuntaban a matar: las ventanas de los dormitorios del presbítero don Mariano Doncel y de don Juan Rodríguez saltaron en mil pedazos mientras ellos descansaban. Aquello era terrorismo puro.

Muchos hombres empezaron a emigrar en secreto por los olivares bajo la luna. Pero esa huida dejó a las mujeres desamparadas. La ira de los radicales se volvió contra ellas. Jamás olvidaré el llanto de la mujer de Francisco Porras: la arrastraron y le cortaron el pelo al rape, marcándola como si fuera ganado. El pánico fue total cuando se supo que muchas otras estaban «sentenciadas» a la misma pena.

Iznájar se quedó sola, con las puertas atrancadas contra el mundo. Sin embargo, la noticia de nuestra agonía llegó al gobernador de Córdoba. El 30 de abril de 1873, el panorama cambió. El gobernador envió a don Alfonso García Cordón con 300 soldados y 100 guardias civiles para destituir a los impostores.

Desde Rute, el delegado mandó un ultimátum. Los amotinados se atrincheraron en el Ayuntamiento y, cuando los soldados estaban dispuestos a tomar el edificio por la fuerza, ocurrió un gesto desesperado: los rebeldes arrojaron las varas de mando por los balcones hacia la calle. La tragedia se evitó gracias a la mediación de don Carlos Burell.

El 3 de mayo de 1873, Iznájar dejó de ser una fortaleza de opresión. El nuevo Ayuntamiento desarmó a los «voluntarios a palos» y entregó las carabinas a los vecinos honrados. Fue el fin de un calvario que duraba más de un año. El 5 de mayo publicamos nuestro sentir en el diario La República Federal bajo un título elocuente: «¡YA SE RESPIRA!».

Cerré el cuaderno y me quedé meditando.

Conocía el cantonismo en las grandes capitales, pero no tenía idea de este suceso en Iznájar, a tan solo 45 km de mi ciudad, Cabra. Dudé de si era un relato de ficción, pero al buscar en mi Tablet «Iznájar cantón independiente», comprobé que todo lo que había leído fue real.

Y además corroboré que no fue un hecho aislado, sino el síntoma de un mal mayor que recorría las venas de Córdoba tras la proclamación de la Primera República. Montilla, Aguilar y Bujalance fueron lugares de la Campiña donde el rastro de la opresión dibujó el mapa de la Córdoba insurgente.

 

CONTINUARÁ ............

Miguel Blancas Calzado


 

Homenaje a los saeteros
Egabrenses a lo largo de 
la historia








En este número de la revista, quiero expresar mi  reconocimiento a todos los cantaores que han contribuido, a lo largo de la historia, a engrandecer la Semana Santa de Cabra, declarada de Interés Turístico Nacional en el año 1989.

Un homenaje para ellos, que llenaban las calles de Cabra en Semana Santa con sus oraciones convertidas en saetas; para los que ya no están con nosotros, —que seguro cantarán en el cielo por seguiriyas, martinetes o carceleras– y para los que tenemos la fortuna de aún disfrutar de su compañía.

Figuras del Flamenco y la Saeta

Extraídos de mis archivos de flamenco, destacan:

  • Agustín Mellado Mendoza, «el Niño Elías».
  • Agustín Guzmán, «el Cuqui».
  • Pepe Hierro.
  • Antonio Campos, «Campillos».
  • Mari Alguacil, «Niña de la Fuente de las Piedras».
  • El Cojo Millán.
  • Sierrita Cuevas, «la Fortaleza».
  • Concha Cabello Cano.
  • «La Coloraita».
  • Rafael Alcalá Vera.
  • Rafael Córdoba Lopera.
  • Manuel Cumplido Mora.
  • Antonio Jiménez Cejudo.
  • Manuel Jiménez Cejudo.
  • Carlota Mora Almagro.
  • Antonio Vega Moreno, «Vegilla».
  • Curro de la Rosa.
  • Antonio Poyato, «el Peque».
  • José Barranco, «Chicharito».
  • Tomás Pavón.
  • José Cobo, «el Niño de la Fuente de las Piedras».
  • José Córdoba Reyes.
  • Juli Córdoba.
  • Lola Córdoba del Cerro.
  • Manuel Lama «el Paleto».
  • Alfredo Martínez.
  • José Barranco (hijo).
  • Fernando de la Rosa.
  • Antonio Montes «Farina.
  • Manuel García Lama.

Asimismo, pido perdón a aquellos que haya podido olvidar mencionar. Me pregunto: ¿dónde se pueden reunir tantos y tan buenos cantaores entre estas dos generaciones unidas?

Resulta especialmente conmovedor e inspirador recordar la figura de las saeteras de aquel entonces. En una época en la que no siempre estaba bien visto que la mujer tomara el protagonismo en los espacios públicos de la celebración, estas mujeres alzaron su voz con una valentía admirable. Con su templanza y su quejío, no solo desafiaron las convenciones sociales de la época, sino que enriquecieron nuestra tradición con una sensibilidad única, demostrando que la fe y el arte no entienden de géneros, sino de corazones entregados.


Concha Cabello
Sierra Cuevas (La Fortaleza)



Saeteros egabrenses 



Antonio Fernández Álvarez (Escribidor de sueños)

 


RELATO CORTO









La partida

¿Podría un juego de ajedrez salvarte la vida?

 

El secuestro

David se encontraba en el aparcamiento de un centro comercial, adonde había ido a hacer sus compras de la semana. Un vehículo todoterreno negro se aproximó a él. Rápidamente salieron dos individuos que lo sujetaron por ambos brazos y lo introdujeron por el portón trasero en el interior del vehículo, al mismo tiempo que lo narcotizaron, por lo cual perdió el conocimiento.

No sabía cuánto tiempo había pasado, pero cuando despertó se encontraba con las manos esposadas a la espalda y los pies atados con bridas a las patas de una silla. Enfrente de él, un hombre bastante mayor, con un elegante traje, estaba sentado en un confortable sillón de oficina. Los separaba solo una mesa en la que había dibujados cuadros de color blanco y negro: era un tablero de ajedrez. Junto a él, dos tipos de aspecto siniestro, como dos armarios empotrados.

—¿Por qué estoy aquí? ¿Por qué me retienen? ¿Qué es lo que quieren de mí? —dijo David.

El tipo le habló calmadamente, como un padre puede dirigirse a un hijo cuando quiere pedirle que se porte bien.

—Cálmese, joven. Sin duda hemos cometido un error. Usted no es la persona que debería estar aquí.

—Pero, ya que está, solo de usted depende que pueda irse libremente y volver a su rutina diaria: su casa, sus amigos, su trabajo, etcétera.

—¿Qué me está diciendo? No entiendo nada.

—Joven, esa actitud no le beneficia. Cálmese; no me haga repetírselo más. Escúcheme: ya le he dicho que no es a usted a quien quería ver sentado ahí. Pero, ya que está… juguemos la partida.

—¿Sentado, dice? ¡Me tiene atado como si fuese un delincuente!

Uno de los secuaces del viejo abofeteó a David con tal fuerza que estuvo a punto de hacerlo caer al suelo junto con la silla a la que estaba atado.

—Escuche, joven —dijo el viejo—. Vamos a jugar una partida de ajedrez. Si me gana, le doy mi palabra de que podrá salir libremente. Si pierde, perderá su vida también.

—¿Por qué?

—Porque lo que se juega en esta partida es su vida.

El viejo había sido jugador de ajedrez. Ciertamente era muy bueno, pero en muchas de sus partidas se había dejado ganar por dinero. Ahora jugaba con las vidas de las personas. Siempre ganaba, aunque tampoco jugaba limpio: mandaba a sus dos esbirros a secuestrar a alguien y, como ahora sucedía con David, lo retaba a una partida de ajedrez.

El juego

David jugaba con blancas.

Tras más de cuarenta jugadas, solo quedaban en el tablero el rey negro y una torre blanca que David consiguió introducir hasta la séptima fila, en g7, contando con el apoyo del caballo en f6. La casilla de escape g8 también estaba cubierta por el caballo.

David, sonriendo, dijo:

—Esto se ha acabado. Creo que el mate de los árabes me ha hecho ganar la partida.

El viejo volcó su rey sobre el tablero, sin entender muy bien cómo había sido posible que perdiera una partida que en muchas ocasiones creyó ganada.

—¿Cómo conoce este mate? ¿Acaso es usted jugador profesional de ajedrez? 

—No, ni mucho menos. Solo juego en casa con mis nietos y, de vez en cuando, leo algún artículo que publican en una revista cultural.

—Pero este mate es de bella resolución y está considerado como el primer jaque mate registrado, dado que estas dos piezas —el rey y el caballo— no han cambiado su forma de moverse con respecto a la versión con la que jugaban los árabes, según está documentado en sus manuscritos de la época.

—Lo sé. Precisamente, hace unos días pude leer en esa revista un artículo firmado por un monitor, Francisco Luque, creo recordar, que explicaba en varios diagramas distintas formas de dar este mate. Ahora cumpla con su palabra.

—¿Sabe, joven? No pensaría… Ja, ja, ja. ¡O sí! Ja, ja, ja. Le dejaré libre y le daré cinco mil euros. No sé si serán los cinco mil euros más fáciles que haya ganado en su vida. Pero me tiene que dar su palabra de que olvidará lo que le ha pasado en el día de hoy desde las once de la mañana hasta, ahora mismo, las dos de la tarde.

Sintió un pinchazo en el cuello. La droga que le habían inyectado para dejarlo sin voluntad y sin capacidad de memoria inmediatamente comenzó a hacerle efecto. Solo pudo musitar:

—Sí…

La liberación

Cuando despertó, se hallaba sentado en su automóvil. Pensó que se habría quedado dormido; últimamente, la medicación que tomaba para controlar la hipertensión y los trastornos cardíacos solía producirle somnolencia. Miró su reloj y se alarmó: eran las tres de la tarde. En casa se preocuparían por su tardanza, ya que era la hora de la comida.

Buscó las llaves en el bolsillo derecho de su chaqueta y, además de estas, le sorprendió hallar un fajo de billetes de cincuenta euros. Estaba seguro de que no eran suyos.

Miró por los espejos retrovisores: creyó ver un vehículo todoterreno negro aparcado a veinte metros del suyo. Le pareció que abrían el portón trasero…

Puso el motor del coche en marcha y, no sin cierta preocupación, se marchó para su casa.

 

FIN


José Fernández Álvarez (JotaEfeA)

 



ARTE, CENSURA Y PODER







EL JUICIO, de Luis Zueco

  • Luis Zueco confirma con esta novela su habilidad para convertir episodios poco conocidos de la historia en relatos de gran eficacia narrativa.
  • Con EL JUICIO, Luis Zueco demuestra una vez más su capacidad para combinar el rigor histórico con el pulso del relato de intriga.
  • La novela se sitúa en la mejor tradición de la novela histórica contemporánea española, donde la documentación rigurosa se pone al servicio de una trama ágil.
  • Al fin y al cabo, la historia de Francisco de Goya recuerda que el arte, cuando es verdaderamente libre, siempre incomoda a los poderes de su tiempo. 

Goya estaría sordo, pero no estaba ni ciego ni manco. Al contrario, estos otros sentidos —el de la vista para discernir y el del tacto para manejar los pinceles y plasmar en el lienzo o en el cobre la sociedad que contemplaba—, se potenciaron en su brillante cerebro de artista, pero también de persona de su tiempo, la consabida neuroplasticidad.

Y con sus pinceles en la mano, con su ilustrada visión de la deshumanización de la sociedad, con su hastío ante la latente ignorancia en que se encontraba esa sociedad en la que se desenvolvía, en la que vivía, en la que pintaba para vivir y vivía pintando, se revela con tintes de crítica y muestra su afer más revolucionario denunciando con grotescos trazos los desmanes que se perpetraban en aquellos convulsos años de finales del siglo XVIII que habrían de desembocar en los desdichados acontecimientos de 1808, ya en los albores del XIX: la desigualdad social, el atraso intelectual, la ignorancia como la culpable de todo, los abusos del clero, la hipocresía de la nobleza, las supersticiones, la corrupción moral, la prostitución y también los concertados matrimonios con mucha diferencia de edad.

Todo ello concibió pintarlo y plasmarlo en un libro, en un volumen que habría de ser el detonador que removería su hasta entonces acomodada labor como retratista de la élite de la sociedad que podía permitírselo, como pintor de frescos en ermitas o capillas y especialmente como pintor de cámara de Carlos IV. Aquel volumen que tituló Los caprichos y que contenía en cada lámina una determinada frase a modo de explicación o sugerencia escrita por su amigo Moratín, no gustó para nada a la por entonces casi finiquitada inquisición española. Es más, probablemente para esta anquilosada y decadente institución supuso un revulsivo pues, si conseguía llevar “al banquillo” a alguien tan bien considerado como don Francisco de Goya y Lucientes, mostraría la fuerza de su poder y su necesaria existencia.

Así pues, con la publicación de aquel lujoso libro de estampas que el propio Goya hubiera de sufragarse y con el que de alguna manera se mostraba como artista que rompe con el yugo de la estética del arte para manifestarse como mensajero social a través de sus dibujos, oscuros, siniestros tal vez, “caprichosos” sin duda, escandalosos por supuesto, contribuye sin quererlo, a que la inquisición que empezaba a no pintar casi nada en el Madrid y en la España del XVIII, volviese a amedrentar al más pintado, tuviese o no motivos para temer por sus actos recientes o pasados.

Y el primero de ellos es Goya, pintor de la corte, que consciente del riesgo que ha supuesto difundir su mirada crítica sobre la sociedad a través de sus Caprichos, decide retirar la totalidad de su obra, los aproximadamente 240 ejemplares restantes toda vez que en los pocos días transcurridos había vendido unos pocos y otros los había regalado. 

Aun cuando, estas parrafadas pretenden ser una reseña de la última novela de Luis Zueco, EL JUICIO, subtitulado La inquisición contra Goya, no he podido sustraerme a narrar todo lo antedicho, principalmente porque es, sin duda, el leitmotiv o asunto central de la novela, entre otros, y porque esta, llamémosle, lección de historia, era para mí totalmente desconocida, me refiero al hecho de que la inquisición tomara cartas en los asuntos de pintura “descriptiva” del maestro zaragozano nacido en Fuendetodos.

Al parecer, también el autor de EL JUICIO, zaragozano asimismo, ha confesado en alguna que otra entrevista que, deseando desde tiempo atrás escribir sobre su paisano —y que no fuera relatar su extensa vida (84 años, 1746-1828), lógicamente con referencia a su obra y enmarcado todo ello en la época en que vivió—, cuando dio con este hecho, el del juicio o quizá pretendido juicio de la inquisición, tuvo claro qué daría a sus lectores. Y aquí está esta exquisita novela tratada y narrada con el extraordinario buen hacer literario de Luis Zueco, en la que, con 84 capítulos nominados, la mayoría de ellos relativamente breves —lo cual favorece mucho el ritmo y que el lector agradece—, con un epílogo, con unas veinte páginas de notas de autor muy necesarias y plausibles y con alguna que otra reproducción de las láminas de Los Caprichos (ocho en concreto, tantas como partes en que ha concebido la obra), nos mueve el autor por el Madrid de finales del XVIII y principios del XIX, con algún traslado a la Zaragoza de aquellos mismos años, y nos hace partícipes de los sucesos y acontecimientos con los que el genio de Fuendetodos hubo de desenvolverse.

Y es que todo lo que se hablaba de que la inquisición estaba tras la pista de sus Caprichos, pintaba pero que muy mal, pues si llegara a ser encausado tras las oportunas diligencias inherentes a la fase de instrucción, podría no solo perder su cargo de pintor de cámara, sino que quizá en su vida no pintara un cuadro más. Lo bueno de la historia es que sabemos que eso no ocurrió o sea que pintó y mucho más, vaya si pintó. Pero ¿qué es lo que ocurrió? ¿Que no llegó a ser enjuiciado o que, de haberlo sido, no hubo condena? Y, si no fue enjuiciado, ¿por qué? La novela plantea obviamente estos interrogantes, y lo mejor aún, los resuelve.

Es más quizá —y sin quizá, pues documentado está, y Luis Zueco sabe documentarse grandemente—, hubo otra causa o desmán transgresor que Goya se atrevió a perpetrar, siempre desde el punto de vista de la “Santa”, lo de transgredir y perpetrar.

En efecto, estamos hablando del cuadro de La maja desnuda. También de la vestida claro, pero la que escandalizaba a la inquisición era la que mostraba el desnudo femenino sin el paraguas de un hecho o escena mitológica que diera sentido y razón de mostrar a la mujer tal y como vino al mundo. La Santa no estaba por que el cuerpo de la mujer fuese mostrado ni en pintura. Era pecaminoso, indecente, sucio, procaz, obsceno, indecoroso, impúdico, desvergonzado, y quizá un sinfín más de desacertados adjetivos similares que la inquisición esgrimía para justificar lo injustificable.

Las ideas ilustradas suponían una amenaza y debían ser combatidas. Las principales figuras de la Ilustración Española fueron partidarias de la reforma de la Inquisición e incluso, en algún caso, de su abolición. Por aquellos años muchos ilustrados españoles como Jovellanos fueron procesados por el Santo Oficio por señalar, por ejemplo, que los tribunales inquisitoriales se mostraban de todo punto ineficaces. Así pues, el declive de la institución inquisitorial durante el reinado de Carlos IV sería notorio, pues el poder del Trono venció al poder de la Iglesia cuyo papel —el de la Inquisición— había quedado relegado únicamente al de la censura.

Y la Santa, antes de “morir” estrangulada por su propio transitar habría de dar un último golpe sobre el tablero del Estado. Morir matando, vamos. Y de nuevo Goya, por su desvergonzado atrevimiento de pintar un desnudo, podría ser el “instrumento” a través del cual, la arcaica institución en sus últimos coletazos, pudiera obtener un ansiado triunfo.

Pero, aunque la situación les vino que ni pintada para sus intereses, el proceso tampoco fructificó. O sea, ¿no llegó a celebrarse el ansiado juicio? Entonces no habría condena. ¿Quién participó, quién medió?, ¿quién tuvo el atrevimiento o la fuerza para echarle un pulso a la Inquisición? Un pulso en el que se supiera ganador antes de empezar porque si no…

De todo ello y mucho más da cuenta la novela de Luis Zueco donde abunda también su detenimiento en las técnicas pictóricas y de grabado de Goya, detallando muchos de los cuadros del autor —además de los citados—, los de algunos nobles o sus esposas y como joya de la corona —quizá nunca mejor dicho—, el de la familia de Carlos IV.

Además, haciendo hincapié en que se trata de una novela, del género histórico, pero novela al fin —esto es, una obra literaria en la que se narra una acción fingida en su totalidad o en parte y cuyo fin es causar placer estético a los lectores, nuestro escritor apoya la parte histórica con prosa clara y accesible dando vida a una serie de personajes de su magín, muy bien pintados en su caracterización y razón de ser en las escenas, así como muy clarificadoras sus sensibilidades y dimensiones personales, hasta el punto casi de humanizarlos.

El lector discierne las cuitas y luchas internas de cada uno de aquellos personajes ficticios, hasta el punto de empatizar con ellos, con los que merecen empatía, claro está (Angélica, Bernardino, Carmen, Rafael) o de aborrecer a aquellos dignos de tal consideración (fray Bartolomé, Jaime). Por supuesto esto mismo sucede con los personajes reales tanto en lo que respecta a su descripción y humanización como a la empatía (Josefa, la esposa de Goya) o desprecio. Pero hay un personaje que no es de carne y hueso y que Luis Zueco trata, no sé si hasta la extenuación, pero con el que nos hace conectar muy estrechamente para “movernos” por las diversas tramas: no es otro u otra, realmente, que la villa de Madrid donde mayormente se desarrollan los acontecimientos de la novela. Casi hace que sintamos “nostalgia” de aquellas calles, parques, jardines, palacios… tal es el grado de descripción de parajes y edificios trazados en la novela. 

De las conspiraciones, persecuciones, tensiones políticas y culturales, mentiras, amor, luchas por sobrevivir, intrigas, personajes con secretos, las ideas de la ilustración, etc. tan solo referir que dan mucho juego a la novela. Mejor aún: tratándose de pintura, aportan todo el color y la calor necesarios para que el lector pase las páginas casi sin notarlo, ávido de contemplar cómo se desenvuelven los personajes y especialmente el protagonista, don Francisco de Goya, en su enfrentamiento con la Santa Inquisición, argumento central de la novela EL JUICIO de Luis Zueco.

Hay que leerla: merece sin duda el tiempo que cada lector tenga que dedicarle, tiempo que pasará casi sin notarlo mientras se adentra en los capítulos de la novela y descubre aquellos pintorescos sucesos vividos por un muy precavido y juicioso Goya.    

            Y para concluir, algunas frases extraídas de la novela:

 

  • El progreso es una ilusión venenosa (pág. 37)
  • Las artes ... peligrosas cuando se convierten en arma (pág. 38)
  • El taller... huele a tiempo detenido, huele a pensamiento encarnado (pág. 69)
  • Toda obra tiene un mensaje, pues el arte es un poderoso medio de comunicación y propaganda (pág. 159)
  • El arte no es sólo lo que se dibuja o se pinta, sino lo que se siente mientras se mira (pág. 212)
  • Si los libros son la razón de un pueblo las artes son su corazón (pág. 365)
  • Los pobres son parte del sistema, son necesarios para que se mantenga el estatus quo (pág. 416)
  • Lo grotesco posee un valor negativo y su presencia conduce a la reflexión (pág. 419)
  • Con la sátira se pretende provocar la simpatía del espectador (pág. 419)
  • Es difícil precisar el punto en el que la realidad y la fantasía se confunden (pág. 420)
  • La hipocresía es uno de los peores mares de nuestro tiempo (pág. 420)
  • Las artes nacen donde termina el miedo a decir lo que otros callan y donde empieza la necesidad de mostrar lo que muchos no quieren ver (pág. 421)
  • Únicamente los necios pueden pensar que el arte no tiene intención (pág. 462) 
  • El hambre el deseo, la superstición, la fe, el miedo … todo mezclado bajo el cielo de Madrid (pág. 488)
  • Nuestras imperfecciones no son defectos, son la clave para reconocer quien nos ama de verdad (pág. 559)
  • Cuando el telón desciende lentamente es como un párpado que se cierra para soñar (pág. 568)

     EL JUICIO 


Autor: Luis Zueco

Editorial: EDICIONES B

Publicación: 12 febrero 2026

Género: Narrativa histórica

Nº Páginas: 623

Período: De 1799 a 1804 (Epílogo 1808)

Localización de los hechos: Madrid 

Leído: del 26 de febrero al 5 de marzo de 2026