octubre 01, 2026

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 Cabra, Culta y Poética 

Este blog pone a disposición de ustedes, en este formato digital, la revista en PDF "Cabra, culta y poética" que desde el mes de junio del pasado año 2023, estamos editando. Nos complace y nos congratula muchísimo a todos los colaboradores, creer que nuestra revista contribuye de algún modo a la promoción de la cultura de nuestro pueblo.

La única pretensión del mismo es facilitar que los contenidos de la revista  puedan llegar a un mayor número de usuarios, sobre todo aquellos que usan las nuevas tecnologías. Nosotros procuraremos abarcar  el mayor número de campos culturales que nos sea posible: literatura, música, pintura, etc.

CONTENIDO:  

— EDITORIAL
—RELATOS DE HISTORIA

COLABORACIONES:

— RELATOS
— REFLEXIONES
— ENSAYOS
— TEATRO
— POESÍAS
— DIBUJOS
— LIBROS RECOMENDADOS
— FOTOS
— VIDEOS 

CONTACTO:

Email de contacto: cabracultaypoetica@gmail.com
https://cabramilenaria.blogspot.com

Edición y dirección: Antonio Fernández Álvarez
Diseño y Maquetación: Antonio Fernández Álvarez

Editorial

 Qué es Cabra, Culta y Poética

Hay quienes nos dicen que en Cabra, Culta y Poética hay mucho contenido valioso y que les parece una revista bastante más interesante de lo que podría parecer a primera vista. Y quizá esa sea una de las mejores cosas que pueden decirnos.

Nosotros entendemos nuestra revista como un espacio cultural local, abierto y plural. Hemos conseguido reunir una gran variedad de contenidos: poesía, relato, investigación literaria, historia, memoria local, propuestas culturales, divulgación, fotografía y otras formas de creación.

Pero hay algo que consideramos especialmente importante: hay textos y trabajos que probablemente no tendrían cabida en una revista literaria convencional y que, sin embargo, poseen un enorme interés para la memoria y la cultura de Cabra.

Nuestra intención es dar voz a quienes escriben, investigan, recuerdan, fotografían o crean en su entorno. Y ese valor no puede medirse únicamente con criterios de calidad literaria.

Como revista cultural y de participación, creemos que hemos alcanzado un nivel notable. Como instrumento de memoria cultural de Cabra, pensamos que tenemos un interés especial. Y, como proyecto que todavía puede crecer, estamos convencidos de que tenemos mucho camino por delante.

Nos enorgullece especialmente poder contar con la colaboración de don Antonio Cruz Casado, cuya trayectoria, conocimiento y generosidad aportan un enorme valor a nuestra publicación. Su presencia junto a la de escritores que comienzan a dar sus primeros pasos refleja, precisamente, una de las señas de identidad de Cabra, Culta y Poética: la convivencia de distintas trayectorias, sensibilidades y formas de entender la creación.

Nuestra revista no pretende competir con una revista literaria profesional. Su propósito es diferente: ofrecer un espacio abierto en el que quien escribe, investiga, fotografía, crea o simplemente tiene algo que expresar pueda encontrar una primera oportunidad para compartirlo.

Y eso, para nosotros, tiene muchísimo valor. Porque creemos que hay algo que muchas revistas literarias han perdido: la puerta de entrada.

Aquí puede encontrar un espacio un filólogo o un académico, pero también un niño de catorce años que escribe sus primeros poemas; alguien que lleva años escribiendo en privado y nunca se ha atrevido a publicar; una persona que investiga la historia de su familia; o alguien que fotografía y que quizá nunca antes había mostrado públicamente su trabajo.

Todos ellos tienen algo en común: tienen algo que expresar y han decidido dar el paso de compartirlo.

Y eso es, en esencia, nuestra filosofía.

Nuestra revista no dice: «Aquí solo entran los buenos».

Dice, sencillamente:

«Entra. Prueba. Comparte lo que haces».

Porque creemos que todos tienen derecho a ocupar una página.

Eso no significa, sin embargo, que todos los textos tengan el mismo nivel de elaboración. Somos conscientes de ello y creemos que no debe ser de otra manera. En una publicación como la nuestra convivirán inevitablemente autores con experiencia y personas que están dando sus primeros pasos.

Precisamente por eso, no pretendemos que todos los textos sean iguales, sino que todos tengan la oportunidad de ser leídos.

Y también queremos dejar algo claro: dar voz no significa renunciar al criterio.

Aceptamos la crítica y las opiniones sobre nuestros contenidos porque queremos mejorar. La revista da voz a todos, pero esa voz no está exenta de revisión, reflexión y, cuando sea necesario, crítica. No nos molesta que se señalen nuestras carencias; al contrario, creemos que escuchar otras opiniones es también una manera de crecer.

Queremos seguir aprendiendo.

Queremos seguir creciendo.

Y, sobre todo, queremos que Cabra, Culta y Poética continúe siendo ese lugar en el que alguien pueda atreverse a decir por primera vez:

«Esto lo he escrito yo».

Ese, quizá, sea nuestro mayor propósito.

Bienvenidos un mes más a este espacio de todos.

Podéis participar enviando vuestros trabajos a:

Email: cabracultaypoetica@gmail.com

Nuestra publicación es mensual.

¡Bienvenidos al número 41!

También podemos enviártela en PDF, solicitándonosla a nuestro EMAIL de contacto o también pueden dercargarla desde nuestro blogs.

Vea en PDF nuestra revista, o si lo prefiere descárgela. AQUÍ

Véala también en formato revista digital, queda muy chula. ENTRE AQUÍ

Relatos de Historia

RELATOS DE 
HISTORIA


JORGE JUAN SANTACILIA
(Novelda, 1713 –Madrid 1773)

En los astilleros de Cádiz, Cartagena y Ferrol, los maderos aún olían a resina fresca bajo las reglas matemáticas que Jorge Juan había ideado. Hacía apenas dos años, en 1771, había entregado al mundo su gran obra, el Examen marítimo, condensando en ecuaciones el comportamiento de los navíos frente a la mar. Sin embargo, en los despachos de la Corte el aire se había vuelto denso. Tras la caída de su gran protector, el marqués de la Ensenada, las intrigas de palacio y las nuevas tendencias de construcción naval amenazaban con arrinconar el sistema que Jorge Juan tanto había luchado por perfeccionar. Sabía que, en ocasiones, la política y la envidia terminaban imponiéndose a la verdad geométrica.

Aquel 21 de junio de 1773, la vida del sabio se apagó definitivamente en su casa de la calle Valverde, en Madrid. Tenía sesenta años. Llevaba tiempo padeciendo los terribles cólicos biliares que habían quebrantado su salud, agravados por unas fiebres tercianas que regresaban una y otra vez desde los años de su expedición por América.

Afuera, Madrid seguía su curso. Se oían los martillazos de los canteros que levantaban la Puerta de Alcalá, las mulas arrastrando piedra hacia el Paseo del Prado y los pregoneros voceando las gacetas con las últimas noticias de la expulsión de los jesuitas.

Dentro, en cambio, reinaba el silencio.

El hombre que había medido la Tierra y renovado la flota del Imperio yacía en una cama sencilla. Sobre la mesa del despacho habían quedado una pluma, un compás de latón y un fajo de papeles cubiertos de cálculos que casi nadie en aquel Madrid que despertaba habría sido capaz de comprender.

Bernardo cruzó el umbral de la casa con el paso ligero de cada mañana, dispuesto a reanudar el trabajo entre mapas y legajos.

Tenía treinta y dos años y conocía aquella casa, aquellos papeles y aquella rutina casi tanto como conocía a su tío. Por eso fue precisamente el silencio lo que lo hizo detenerse.

La mesa estaba despejada.

El compás de latón descansaba junto al tintero.

La silla permanecía vacía.

Bernardo sintió una alarma sorda en el pecho.

—¿Tío?

No hubo respuesta.

Cruzó el despacho y corrió hacia la alcoba.

La puerta estaba entreabierta. En la penumbra del dormitorio, el aire parecía inmóvil.

Se acercó a la cama con el aliento contenido y puso una mano sobre el embozo.

No necesitó más.

Jorge Juan estaba muerto.

El rostro conservaba todavía las huellas de las últimas fiebres. La piel mostraba una palidez de cera y las facciones, tantas veces contraídas por el dolor de los cólicos, se habían asentado por fin en una quietud definitiva. Los labios permanecían sellados. Las manos descansaban inmóviles sobre la sábana.

Después de tantos años de luchar contra el dolor, la enfermedad y el cansancio, Jorge Juan había encontrado por fin el reposo.

Bernardo permaneció inmóvil junto al lecho.

Tenía treinta y dos años. No era un niño que acabara de perder a un padre. Era un hombre hecho y derecho. Y, sin embargo, comprendió en aquel instante que acababa de quedarse huérfano de una manera que no sabía nombrar.

Jorge Juan había sido su tío.

También había sido su maestro, su referencia y el hombre cuya inteligencia había aprendido a admirar desde la infancia.

Para Margarita, su madre, la noticia sería todavía más amarga.

Aún guardaba en la memoria el día en que había visto marchar a su hermano hacia las Américas: un muchacho apenas salido de la juventud que se embarcaba hacia lo desconocido. Ahora le tocaba llorar la pérdida de aquel hombre en el crepúsculo de sus días, viendo cómo se apagaba una de las luces de la familia.

De pie junto al lecho, Bernardo no pudo evitar que acudiera a su memoria la voz de su madre.

De niño, Margarita le había contado muchas veces las aventuras de su tío. Algunas noches, cuando Bernardo era todavía demasiado joven para comprender el alcance de lo que escuchaba, aquellas historias le parecían cuentos de prodigios y peligros.

Recordó especialmente las de Inglaterra.

—¿Puedes creerlo, hijo? —le decía Margarita, entre el orgullo y el espanto—. Mientras la Royal Society lo recibía entre sus miembros y el nombre de Jorge Juan comenzaba a ser conocido por los sabios de Europa, él andaba por los astilleros del Támesis disfrazado, bajo el nombre de Mr. Josues. Se metía donde no debía, observaba cómo construían sus buques, estudiaba sus métodos y trataba de convencer a los mejores constructores ingleses para que cruzaran el mar y trabajaran para España. Todo eso mientras las autoridades vigilaban a los extranjeros.

Bernardo miró las manos inertes de su tío.

Aquellas mismas manos habían estrechado las de algunos de los hombres más ilustres de Europa. Y aquellas mismas manos habían manejado en Inglaterra las notas y observaciones que podían haberle costado mucho más que su reputación.

En Londres, Jorge Juan había arriesgado la cabeza por una causa de Estado, moviéndose entre astilleros, ingenieros y hombres que no debían conocer sus verdaderas intenciones.

Pero no había sido allí donde había aprendido a sobrevivir.

Su verdadero aprendizaje había comenzado mucho antes, al otro lado del océano.

En los Andes no había disfraces ni diplomáticos. Había montañas, frío, enfermedad y un aire tan escaso que cada respiración se convertía en un esfuerzo. Durante casi nueve años, junto a Antonio de Ulloa y los demás miembros de la expedición, Jorge Juan había recorrido aquellos territorios midiendo ángulos y distancias, soportando tormentas, alturas y privaciones para responder a una pregunta que parecía sencilla y que, sin embargo, podía cambiar la manera en que el mundo entendía su propia forma.

Bernardo volvió a mirar el rostro sereno de su tío.

Ahora comprendía algo que de niño no había podido comprender.

Las fiebres que habían regresado una y otra vez durante décadas quizá habían comenzado allí, en aquellas tierras lejanas donde Jorge Juan había aprendido cuánto podía exigir un hombre a su propio cuerpo.

Le costaba imaginar que aquel hombre inmóvil hubiera sido el mismo que había cruzado los mares siendo todavía joven, que había medido la Tierra en las alturas de los Andes y que después había recorrido en secreto los astilleros ingleses para aprender los secretos de sus navíos.

El compás seguía junto al tintero.

Fuera, Madrid despertaba.

Dentro, Jorge Juan había dejado de respirar.

Bernardo permaneció unos instantes junto al lecho. Luego miró una última vez aquella mesa de trabajo que tantas veces había visto cubierta de papeles, instrumentos y cálculos.

Jorge Juan había sido muchas cosas: marino, matemático, científico, ingeniero, hombre de Estado.

Pero, por encima de todas ellas, había sido un superviviente.

Y ahora Bernardo tendría que aprender a vivir sin él.

Bernardo lo sabía bien porque su tío se lo había repetido muchas veces: le dolía en lo más profundo el trato injusto que la mezquindad de la política había dispensado al Marqués de la Ensenada y a su mano derecha, Ordreñana, postergados en el ostracismo tras haberlo dado todo por el Reino. Pero, al mismo tiempo, Jorge Juan se sentía profundamente orgulloso de los guardiamarinas que él mismo había elegido en la Academia para que le acompañaran en la peligrosa misión de Londres: José Solano y Pedro de Mora. Sus carreras militares marchaban ahora donde debían estar por su propia valía y por el alto grado de lealtad y rigor científico que derrocharon en aquel trabajo tan arriesgado entre las brumas del Támesis.

Seguramente Jorge Juan no se sentía tan solo ahora que había dejado este mundo. Cierto es que en la parroquia de San Martín solo estaban Bernardo, su madre Margarita y un reducido grupo de académicos de la Corte; pero el féretro que avanzaba lento por las calles de Madrid no llevaba detrás la sombra del fracaso, sino el silencio de una generación entera de héroes a la que la política, la envidia de los despachos y la inmensidad de la distancia habían terminado por dispersar.

El cortejo avanzó bajo la luz dorada de junio hasta los muros sobrios del convento de San Martín. Allí, entre el olor a cera fúnebre y el susurro de las oraciones en latín, el cuerpo del matemático descendió a la fosa.

Bernardo apretó con fuerza el brazo de su madre. Margarita, con la mirada fija en la losa de piedra que comenzaba a cubrir el féretro de su hermano, dejó escapar un suspiro largo, cargado de memorias. Afuera, la villa de Madrid continuaba con su ajetreo ilustrado, ajena al abismo de sabiduría que acababa de sepultarse bajo aquellas losas.

Para Bernardo, al ver cerrarse la tumba, no se enterraba solo a un hombre de ciencia; se depositaba en la tierra el último gran secreto de un siglo. Y mientras las sombras del templo envolvían la inscripción fresca, le pareció que su tío por fin descansaba.

Sin embargo, el destino tenía reservados otros planes.

Quince años después, en 1788, moría Margarita, orgullosa de la brillante carrera militar de su hijo a la sombra del ejemplo de su hermano. Pero Bernardo no vivió lo suficiente para ver cómo el siglo de las luces se apagaba bajo el fuego de las bombas. Cuando él mismo entregó su alma en 1797, la iglesia de San Martín aún guardaba intacta la losa de Jorge Juan.

Ni Margarita ni Bernardo estarían allí para ver el sacrilegio de las piquetas. Fue en 1809, en medio del caos de la ocupación francesa y bajo el mandato de José Bonaparte, cuando la orden de derribar el templo de San Martín amenazó con sepultar la memoria del sabio para siempre. Ya no quedaba en Madrid nadie de su sangre para velar por sus cenizas, pero el hilo invisible de la lealtad entre marinos asumió el relevo.

El teniente de navío y cartógrafo Felipe Bauzá, fervoroso admirador de Jorge Juan, se negó a presenciar semejante ruina. Arriesgándose entre los escombros cuando las paredes comenzaban a ceder bajo el pico de los derribos, Bauzá y un reducido grupo de oficiales penetraron a oscuras en el templo, localizaron la capilla y exhumaron el féretro en el más estricto secreto.

Para ponerlo a salvo de los estragos de la guerra, trasladaron sus restos en sigilo hasta la vecina iglesia del convento de San Plácido, donde quedaron custodiados en la penumbra subterránea por las monjas benedictinas durante más de medio siglo.

Tuvo que pasar toda una época para que la patria saldara definitivamente su deuda. El 2 de mayo de 1860, la Armada reclamó el cuerpo de su gran reformador. Los restos de Jorge Juan fueron exhumados de las entrañas de Madrid y trasladados con la máxima solemnidad militar hasta el sur, al Panteón de Marinos Ilustres en San Fernando, Cádiz.

Allí descansa por fin Jorge Juan.

El hombre que midió la Tierra.

El hombre cuya memoria sobrevivió a todos aquellos que intentaron enterrarla.

Como si la historia hubiera querido recordarnos que los hombres que nacieron para romper fronteras no podían encontrar un descanso sencillo.

 

Miguel Blancas Calzado

 


CANTAORES FLAMENCOS 
QUE LE HAN CANTADO 
A LA  VIRGEN DE LA SIERRA:



JOSÉ CÓRDOBA REYES "GITANO"



Con motivo de haber presentado ese cartel con el que comienzo mi sección, para el concurso de carteles para el programa de feria de las fiestas de septiembre del presente año del Ayuntamiento de Cabra. (No ha resultado ganador, aunque ha sido muy valorado).

Como verán, está dedicado a la BAJADA del Santuario por los costaleros el día 4 de septiembre a las 4, como decía Paco Carmona desde las retransmisiones que realizaba en Radio Atalaya de Cabra.

He querido dar mi crónica cultural-poética flamenca a aquellos cantaores que le han cantado a la Virgen de la Sierra. Patrona de Cabra.

El primero: José Córdoba Reyes, "Gitano", fundador de la Romería Nacional de los Gitanos al Santuario de Ntra. Sra. Virgen de la Sierra.

La primera romería se celebró el día 1 de junio de 1969. El Santuario está a 1223 metros de altitud, en la sierra Subbética, con los títulos de «Balcón de Andalucía» y «Centro geográfico de Andalucía», Sitio de Interés Nacional (Real Orden del 11 de julio de 1929). El 17 de enero de 1999, el jurado encargado de elegir a los cordobeses del año 1998 premió a José Córdoba Reyes. Lo consideramos todas las familias flamencas como un gitano cabal. 

Poesía dedicada a la Romería de los Gitanos
por José Córdoba
 
Tres domingos de junio
entre cantes y alegrías
sube la raza gitana
a la sierra
en romería.
 
¿Sabe usted qué sierra es?
donde está la casita blanca
que desde lejos se ve
hay una Virgen serrana,
madre de "to" los calé
de Córdoba, Granada,
de Málaga, de Jerez.
 
José Córdoba el Gitano,
egabrense cien por cien,
creó esta romería
para orgullo y para bien,
para todos los de su raza,
los que caminan con fe
hacia la alta montaña
donde todo el mundo ve
romperse la camisa
cuando a la Virgen la ven.
 
Por los caminos de Andalucía
van los gitanos de romería.
Allí hay gracia y salero
y las gitanas más guapas
del mundo entero
te dan cariño y calor,
te dan vino de La Ina,
Tío Pepe, Córdoba
y de Miura el arroz.
 
Gitanos de bronce y sol,
gitanas de caracolas
que acompañáis a la Virgen
cuando le cantan los Córdoba
martinetes, seguiriyas, soleares y toná.
"Pa" romperse la camisa
le cantan la alboreá.
 
La Virgen en procesión:
eso es una maravilla.
Los payos y los gitanos,
los niños y las niñas,
todos dicen con fervor:
«¡Viva la Blanca Paloma,
que es madre de "to"!».
 
Algunos cantes flamencos que José Córdoba Reyes le ha cantado a la Virgen de la Sierra:
 
Plegaria por vidalitas a la Virgen de la Sierra
 
La del color "bronceao"
tiene su ermita en la sierra,
que se ve desde "tos laos"
relucir como una estrella.
 
Por el amor que te tengo
nunca te podré olvidar.
Te llevo en el pensamiento,
te llevo en el pensamiento
día, noche y madrugá,
porque tú eres la patrona de Cabra,
la rosa más linda
de nuestro jardín.
Ese niño que llevas en los brazos
tiene la carita de serafín.
 
Dios te guarde, paloma bonita,
rosa y azucena, claveles de olor,
porque eres la Reina del Cielo
y por ti daría yo mi corazón.
 
El día cuatro de septiembre
es nuestra Fiesta Mayor,
porque te bajan al pueblo,
porque te bajan al pueblo
entre alegría y clamor.
 
Desde que estaba en la cuna
me enseñaron a quererte a ti,
y ahora que soy mayorcito
daría la vida por ti,
porque tú eres patrona de Cabra,
la rosa más linda
de nuestro jardín.
Ese niño que llevas en los brazos
tiene la carita como un serafín.
 
Dios te guarde, paloma bonita,
rosa y azucena, claveles de olor,
porque eres la Reina del Cielo
y por ti daría yo mi corazón.
 
Fandangos a la Virgen de la Sierra
por José Córdoba Reyes
 
No sé lo que tú tendrás,
Virgencita de la Sierra,
que cuando te nombran lloro
y no me puedo aguantar,
y es que vales un tesoro.
 
Las llevo en mi pensamiento,
dos cosas hay en mi vida:
a la madre de mi alma
y a la Virgen de la Sierra,
que son las más guapas de España.
 
Blanca Paloma de Cabra,
tú eres reina y señora,
échanos tu bendición.
Madre amada de la Sierra,
no nos niegues tu favor.
 
De su Virgen tan bonita
Cabra se siente orgullosa;
allí en la sierra la tienen
y se la bajan al pueblo
el día 4 de septiembre.
 
Porque se la vuelven a llevar
el primer domingo de octubre,
el pueblo se queda llorando
porque no la ven más
hasta que llega otro año.
 
Salud y libertad
Virgencita de la Sierra,
dame salud y libertad
para que el año que viene
te vuelva otra otra vez a mirar
esa carita que tienes.
 
Alegrías de Córdoba a la
Virgen de la Sierra por José Córdoba Reyes
 
Voy a poner una bandera
en lo alto de la Sierra,
con un retrato en el centro
de la Virgen de la Sierra.
Vente conmigo "pa" la Viñuela,
que está en el camino de la Sierra.
Gitanos que llegan en verano
y le cantan y bailan "to" los gitanos,
que mira lo que tiene, carita de rosa,
que dime lo que tienes, que eres tan preciosa,
que dime lo que tienes, carita de rosa.

Soleares a la Virgen de la Sierra
por José Córdoba Reyes 

La patrona de mi pueblo
es mi alegría y pasión,
es mi alegría y pasión.
Siempre te llevo presente
y metía en mi corazón.
 
Desde mi casa la veo,
desde mi casa la veo
relucir en la montaña
como si fuera un espejo,
relucir en la montaña
como si fuera un espejo.
 
Cuando llegan a tu altar,
cuando llegan a tu altar,
se acaban las diferencias
y somos todo el mundo igual,
se acaban las diferencias
y somos todo el mundo igual.
 
Del cielo y de la tierra reina,
reina del cielo y la tierra,
lucero de la mañana,
Virgencita de la Sierra.
Lucero de la mañana,
yo a ti te voy a querer,
Virgencita de la Sierra,
aunque no tenga que comer.

 

Saeta al Cristo de los Gitanos
siendo José Córdoba su hermano mayor

Cristo de la Vera Cruz,
ya no hay payos ni gitanos.
Cristo de la Vera Cruz,
ya todos somos hermanos
bajo el dolor de la Cruz.  

CONTINUARÁ…………

Antonio Cruz Casado (Real Academia de Córdoba)

 




RESEÑA  ACADÉMICA


En esta ocasión quiero dedicar una atención particular al trabajo que presentamos a nuestros lectores, firmado por don Antonio Cruz Casado, miembro de la Real Academia de Córdoba y colaborador habitual de nuestra publicación.

La presencia de don Antonio Cruz Casado en estas páginas constituye, como siempre, una satisfacción para mí, como director y realizador de esta revista, que entiendo como un espacio abierto al conocimiento, a la investigación y a la difusión de nuestra cultura. Su trayectoria intelectual y su dedicación al estudio de nuestra literatura y de nuestros autores aportan a este trabajo el rigor y la profundidad propios de una investigación cuidadosamente elaborada.

El estudio que hoy nos ofrece, dedicado a Morsamor, la última novela de don Juan Valera, adquiere además un significado particular por la amplitud de perspectivas desde las que aborda la obra y por su acercamiento al contexto de la novela fantástica europea de finales del siglo XIX. Nos encontramos ante un trabajo que permite volver la mirada hacia una de las obras menos conocidas de Valera y descubrir en ella aspectos que enriquecen nuestra comprensión de su autor y de su tiempo.

Quiero, por ello, que esta publicación sea también una forma de reconocer y agradecer la generosidad de don Antonio al compartir con nuestros lectores su trabajo y sus conocimientos.

Y hago esta presentación desde el mismo espíritu con el que recibo cada una de las colaboraciones que enriquecen nuestra revista. Cada autor, cada investigador y cada colaborador aporta su propia mirada, su experiencia y su sensibilidad, y es precisamente la suma de todas esas aportaciones la que da contenido y riqueza a nuestro proyecto.

Hoy hago una parada especial ante este estudio de don Antonio Cruz Casado, no para establecer diferencias entre los colaboradores, sino para subrayar la singularidad de un trabajo que merece ser leído con detenimiento y para agradecer, una vez más, que haya querido compartirlo con nosotros.

A nuestros lectores les invito a acercarse a estas páginas con la curiosidad de quien descubre una nueva perspectiva sobre don Juan Valera y sobre una novela que, más de un siglo después de su publicación, todavía tiene mucho que decirnos.

 

LA ÚLTIMA NOVELA DE DON JUAN VALERA

 

(MORSAMOR EN EL CONTEXTO DE LA NOVELA

FANTÁSTICA EUROPEA DE FINALES DEL SIGLO XIX)

 

– Ten calma y espera. La destilación del maravilloso filtro, que va a remozarte, se está verificando en ese pequeño alambique. Apenas empiece a salir por la boca de la culebra la refinada quintaesencia, acudiré a recogerla en la misma copa en que bebiste la poción preparatoria, y tú la beberás sin vacilar.

– La beberé con ansia, contestó fray Miguel, para apagar la sed de vida y de juventud que me devora.

Juan Valera, Morsamor.1

 

En la mayoría de las narraciones de don Juan Valera está presente un acusado fondo romántico, no sólo en lo que se refiere a la historia amorosa y sentimental que suele servir de argumento a las diferentes novelas2, sino también en el sentimiento del paisaje. El escritor siente predilección por los paisajes de su tierra, recorridos con frecuencia en su infancia, de tal manera que no es de extrañar que los incorpore a sus textos, tal como ocurre en el siguiente:

Siguiendo el curso del arroyo, y sobre todo en las hondonadas, hay muchos álamos y otros árboles altos que con las matas y hierbas, crean un intrincado laberinto y una sombría espesura. Mil plantas silvestres y olorosas crecen allí de un modo espontáneo, y por cierto que es difícil imaginar nada más esquivo, agreste y verdaderamente solitario, apacible y silencioso que aquellos lugares. Se concibe allí en el fervor del mediodía, cuando el sol vierte a torrentes la luz desde un cielo sin nubes en las calurosas y reposadas siestas, el mismo terror misterioso de las horas nocturnas. Se concibe allí la vida de los antiguos patriarcas y de los primitivos héroes y pastores, y las apariciones y visiones que tenían de ninfas, de deidades y de ángeles, en medio de la claridad meridiana3.

El mismo fondo romántico que se advierte en la cita anterior, perteneciente a Pepita Jiménez, se deja ver también en el personaje central de Morsamor. Fray Miguel de Zuheros, que en el siglo recibe el nombre de Morsamor, es decir Muerte y Amor, está obsesionado por el amor y por la gloria, y su vida se debate en un intento inútil por adaptar el gusto íntimo por la acción a la vida contemplativa del convento. Ya en los umbrales de la vejez, a Miguel le parece que ha perdido de manera miserable su existencia, que no ha logrado nada de lo que se había propuesto en su fuero interno. Esto explica que, al conocer el ambiente de aventuras y descubrimientos que se vive en el exterior, caldeada aún más si cabe su fogosa imaginación, fray Miguel se someta gustoso al experimento que le propone su amigo fray Ambrosio y que le hará recuperar su juventud y, en consecuencia, la posibilidad de conseguir todavía la gloria y el amor soñados.

Puesto que Morsamor es un personaje más bien plano, de escasa profundidad psicológica, sobre todo en comparación con otros de Valera, interesa determinar en lo posible el género específico de esta novela a la que su autor subtituló morosamente Peregrinaciones heroicas y lances de amor y fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda. Al respecto había escrito Clarín en el momento de aparición de la obra: "Al que quiera clasificar este libro, trabajo le mando". Efectivamente la obra desborda los géneros novelescos habituales y el propio Clarín se hace eco de esto al referirse a ella como "un gran cuento entre histórico y fantástico", una feerie, es decir, una narración de hadas, "casi un libreto de ópera", novela geográfica y maravillosa, al estilo de las novelas griegas4, etc. En principio se debe señalar que la narración es sumamente ambigua, de tal manera que no se adapta de manera perfecta a ninguna caracterización habitual, sino que se sale de casi todos los moldes y esquemas determinados previamente por la crítica literaria. Hay en la obra muchos elementos que forman un conjunto de cierta heterogeneidad y que puede ser interpretable desde diversos puntos de vista.

De forma somera, podemos recordar que Morsamor se ha considerado como una novela histórica; y, efectivamente, el ambiente portugués con personajes que existieron realmente y la trama de aventuras y conquistas que tienen lugar en la India permiten entenderla así, contando además con la idea expresada en un fragmento primitivo de la obra según la cual el escritor proyectaba componer una narración de este tipo:

A veces he pensado que ampliando el cuento –escribe–, fijándole bien en época determinada y estudiando con esmero y describiendo dicha época, podría yo componer una preciosa y extensa novela histórica5.

Por otra parte, ha sido calificada por la profesora Lily Litvak, en un sugerente estudio, como un viaje de iniciación hacia la India6 y que puede considerarse fruto del gran interés que Valera tenía por las doctrinas teosóficas de Madame Blavatsky y por el ocultismo dominante en el fin de siglo7 y que ahora mismo vuelve a resurgir con cierta fuerza, coincidiendo con el fin del milenio; otros, en fin, la han visto como una adaptación del märchen alemán8 que tuvo diversos cultivadores a lo largo del siglo XIX y del que indudablemente aparecen elementos en la novela, sobre todo en la pareja de corte fáustico que forman Miguel y el mefistofélico y casi demoníaco Tiburcio de Simahonda, de tan transparente apellido9.

Además, ya en el momento de su aparición se la relacionó con el Persiles y Sigismunda, de Miguel de Cervantes10, de tal manera que se puede pensar que en la novela hay algo de bizantino y caballeresco, puesto que la aventura en pos del amor resulta dominante en el relato; las implicaciones y dilucidación de todos estos aspectos nos llevarían mucho tiempo y nos obligarían quizá a confesar otra vez la imposibilidad de adscribir la obra a una sola tendencia.

Más interesante nos parece señalar que en Morsamor aparecen numerosos elementos fantásticos que dan un tono nuevo y distinto a la narración, más cercano a la sensibilidad del lector de nuestros días, al mismo tiempo que la alejan del realismo imperante en la mayor parte del siglo XIX. Recordemos al respecto las primeras apreciaciones de Clarín, ya mencionadas; entre ellas podemos señalar determinadas calificaciones como cuento fantástico, feerie, novela maravillosa, etc. El mismo crítico apostilla en otro lugar con marcada ironía que "no es más que un cuento, una obra de pura fantasía, de vaga y amena literatura, sin pretensiones metafísicas, ni siquiera regeneradoras, y mucho menos hidráulicas"11.

Que la última obra de Juan Valera pueda admitir la calificación de novela fantástica o, al menos, pueda considerarse una narración en la que existe un fuerte componente fantástico, es decir, una trama en la que se toma como elemento importante una alteración de la normalidad, de las leyes habituales de la naturaleza, es un hecho que no carece de antecedentes en la propia narrativa del escritor, especialmente en algunos de sus cuentos de corte maravilloso12. Otros escritores de su círculo inmediato, incluso familiar, no son ajenos a esta atracción por lo fantástico. Tal ocurre con su hijo, el también escritor Luis Valera, quizás influido por su padre, que compone algunos buenos relatos de este género, como La esfera prodigiosa13, y su casi pariente y amigo Carlos Mesía de la Cerda al que se deben también dentro de esta tendencia varias narraciones, a las que él mismo califica como fantásticas, en un volumen dedicado a nuestro novelista y titulado El gorro de mi abuelo. Cuentos fantásticos14. Del abundante cultivo de la tendencia fantástica en la época no vamos a hablar con detenimiento en este momento, porque nos parece que es suficientemente conocida, si no en lo que se refiere a todos sus cultivadores españoles, sí al menos en cuanto afecta a los nombres más relevantes, como Bécquer o Alarcón15.

Empecemos por definir qué se entiende por fantástico según algunos de los teóricos más relevantes, como Todorov o Caillois, y por señalar brevemente cuáles son los elementos que en Morsamor se pueden considerar como tales.

Para Roger Caillois una narración fantástica es aquella en la que se produce una transgresión de las leyes de la naturaleza16, es decir, cuando un suceso rompe con las convenciones lógicas que consideramos integrantes de la realidad que nos rodea. En este sentido, elemento fantástico esencial en Morsamor es el proceso de rejuvenecimiento al que se somete fray Miguel de Zuheros siguiendo las indicaciones de fray Ambrosio; ya Valera había señalado que pensaba hacer "una novela donde entrase como elemento lo sobrenatural en gran dosis"17. Sin embargo, el escritor es consciente de sus limitaciones en este terreno y afirma que no puede competir con los maestros del género fantástico: 

Me arredra –afirma– competir con Hoffmann, con Edgardo Allan Poe, con Mauricio Sand y, sobre todo, con Bulwer o con Rider Haggar. En este género misterioso, acerca de estas regiones que están entre lo real y lo ideal, lo conocido y lo ignorado, es difícil escribir nada más ingenioso que Zanoni, La raza venidera, o esta historia reciente, que hace ahora tanto ruido y que se titula She, Ella, obra del citado americano Rider Haggard18.

Como podemos ver por la serie de menciones, Valera no es en absoluto un neófito en lo que se refiere al conocimiento de lo más granado de la tendencia fantástica internacional.

Una somera aproximación a los autores y a las narraciones que menciona Valera nos pondría de relieve dos cosas fundamentalmente; en primer lugar, su conocimiento de la importante tradición fantástica con preferencia de raíces europeas: Hoffmann19, Poe20, Sand21, Bulwer Lytton, Rider Haggar, etc.; en segundo lugar, la posibilidad de que haya tenido en cuenta algunos modelos de los mencionados en el momento de escribir su última novela.

Prestemos alguna atención a los autores cronológicamente más cercanos a Valera y a los que hace cierto elogio: Edward Bulwer Lytton (1803-1873) y Henry Ridder Haggar (1856-1925). El primero es conocido sobre todo por su novela arqueológica Los últimos días de Pompeya (1834), pero en su momento adquirió gran celebridad por determinadas narraciones iniciáticas y misteriosas. Zanoni, aparecida originalmente en 1842, es una novela que tiene como fondo las actividades de los rosacruces y la posibilidad de que un personaje, un antiguo caldeo hechicero, alcance una longevidad extraordinaria manteniéndose en plena y lozana juventud. Para Lovecraft, un experto del género, la novela de Bulwer Lytton contiene elementos [fantásticos interesantes] [...] cuidadosamente manejados, e introduce una inmensa esfera desconocida del ser, que amenaza nuestro propio mundo, y está custodiada por un horrible "Morador del Umbral" que atormenta a cuantos intenta entrar en ella y fracasan. En esta narración encontramos a una benigna cofradía que perdura siglo tras siglo, hasta que finalmente queda reducida a un sólo miembro, un antiguo caldeo hechicero que sobrevive en plena y lozana juventud, para perecer en la guillotina de la Revolución Francesa22.

La raza venidera (1871), del mismo novelista inglés, es otra narración, menos conocida que Zanoni, y englobada entre los antecedentes de un género algo distinto, la ciencia ficción. La raza futura que imagina el escritor vive en un mundo subterráneo y presenta rasgos sobrehumanos23. Otras novelas de Bulwer, que pudo conocer Valera, son La casa y el cerebro, de 1859, de ambiente ocultista, con la presencia de una figura maligna e inmortal, y Una extraña historia, publicada en 1862, en la que adquiere importancia también un misterioso elixir de la vida, que de forma parecida a lo que ocurre en Morsamor, tiene la facultad de devolver la juventud.

Por lo que se refiere a Rider Haggard, nos ha dejado populares novelas de aventuras, muy divulgadas a través del cine, como Las minas del rey Salomón (1885), Allan Quatermain, (1887), y especialmente la que menciona Valera, Ella, aparecida en 1886. La acción de esta última gira en torno a la figura de Ayesha, la que debe ser obedecida, una mujer que reina en un curioso país del centro de África y que resulta ser prácticamente inmortal24. Para Lovecraft esta novela es "extraordinariamente buena"25.

Como podemos ver, en la mayoría de estas novelas aparece el tema del tiempo con un tratamiento fantástico, como longevidad excesiva y, en algún caso, como rejuvenecimiento. También Morsamor, de ser clasificada en la tendencia fantásticas, tendría que incluirse entre las narraciones que tratan del tiempo, de los juegos temporales, siendo su antecedente antiguo másconocido la historia de don Illán, el mágico de Toledo, cuento medieval de don Juan Manuel que el propio Valera menciona al final de su obra.

En fin, nos parece que la novela de Valera que nos ocupa puede ser más comprensible dentro del contexto señalado, aunque habría que realizar un estudio más exhaustivo para averiguar las posibles deudas o concomitancias con las obras mencionadas.

Otra buena conocedora de la literatura de la época, la Condesa de Pardo Bazán, también incluye la última novela de Valera entre los relatos fantásticos: "Yo lo incluiría entre los cuentos fantásticos"26 –escribe en 1906. 

Pero no sólo el episodio que da origen a las aventuras es fantástico, sino que la técnica de muchas de sus escenas puede considerarse como tal en el sentido que aplica Tzvetan Todorov al término y que implica una duda27 en el lector y en el personaje acerca de los sucesos que tienen lugar en la obra, que bordean la realidad y la irrealidad. Ya en la tercera parte de Morsamor, cuando el protagonista se encuentra de nuevo en la celda, se pregunta si todo ha sido real o soñado:

¿Te has burlado de mí? –dice a fray Ambrosio–. ¿Me has hecho víctima de un engaño? ¿Es cierto cuanto me ha ocurrido o ha sido todo, como yo recelo, una endiablada fantasmagoría? ¿Acaso las pociones mágicas que me administraste, hundiéndome en hondo letargo, han suscitado visiones en mi cerebro, grabándose en él con el poderoso vigor y con clara distinción de la realidad misma? (p. 303).

Valera había señalado que esta es la clave de la novela: "En el enlace de lo verdadero y de lo fingido es donde he tratado yo de lucir algún ingenio si le tengo, y de emplear el arte a fin de no cansar sino de divertir o interesar a los lectores"28 –escribe en carta fechada hacia 1899.

La duda entre la realidad y el sueño se da en obras fundamentales del género fantástico; por ejemplo, en la conocida Drácula, de Bram Stoker, publicada sólo dos años antes que Morsamor, Jonathan Harker se pregunta si es cierto el ataque de las mujeres vampiro que habitan en el castillo del conde Drácula o todo ha sido efecto de una pesadilla29, o Lucy, que vacila entre la realidad y el sueño cuando resulta vampirizada por el siniestro personaje30; o el religioso que vive entre sueño y realidad una existencia voluptuosa con la cortesana Clarimonde31, al igual que Drácula sedienta de sangre, en La muerta enamorada, de Teófilo Gautier, otra de las cumbres del género. Claro que no sólo en la literatura occidental se da este hecho, sino que también y con notoria frecuencia aparece en las literaturas orientales, como la china o la japonesa, tan bien conocidas por Valera y tan bien aprovechadas en algunos de sus cuentos. A este respecto recordemos un breve ejemplo por el que Borges siente especial predilección, el del personaje que sueña que es una mariposa y cuando despierta no sabe si es una mariposa que está soñando que es un hombre o un hombre que se sueña convertido en insecto32. En la literatura española el ejemplo más clásico es el ya mencionado de don Illán, el mágico de Toledo, al que Valera, como hemos dicho, hace una breve referencia al final de Morsamor.

También presenta rasgos fantásticos el padre Ambrosio de Utrera, gran sabio "y muy versado en el estudio de los seres que componen el mundo visible"33 (pp. 75-76), según indican todas las ediciones consultadas, aunque la frase haya que entenderla como "conocedor de los seres que componen el mundo invisible", y es también experto en otros estudios de magia, astrología y alquimia. Más adelante se añade que de sus conocimientos el fraile "revelaba algo a sus contemporáneos y ocultaba mucho, por considerar que el humano linaje no alcanzaba aún la madurez y la capacidad convenientes para que pudieran confiársele sin profanación o sin gravísimo peligro la llave de aquellos temerosos arcanos" (p. 76); algo parecido había señalado en otra ocasión a propósito de los mahatmas de la India, aunque su actitud ante los conocimientos mistéricos es también propia de los alquimistas, y en el cuento fantástico de Luis Valera, que mencionábamos al principio, el tema central está relacionado con el saber sobrenatural de unos de estos mahatmas. Se insiste en varias ocasiones en la necesidad de mantener secreta la ciencia de que ha sido depositario: "La doctrina debe permanecer oculta y sólo transmitirse entre los iniciados por medio de misteriosos símbolos y para el vulgo indescifrables figuras" (p. 96).

Ni siquiera falta el detalle del libro misterioso en el gabinete del sabio fraile; en su laboratorio, entre otros objetos extraños, se encuentra un libro manuscrito: la Alegoría de Merlín, en el que lee un fragmento según el cual un hombre muere y luego resucita lleno de hermosura y de fuerza. Como se sabe, en la actual literatura fantástica y de terror tiene gran importancia el libro secreto o misterioso, cuya lectura puede tener consecuencias fatales no sólo para los que osan leerlo, sino también para todo la humanidad, al evocar fuerzas que el hombre no puede controlar; tal ocurre con el Necronomicón, fundamental texto de las historias que forman el ciclo de los mitos de Cthulhu, de Howard Phillips Lovecraft.

Creemos que la Alegoría de Merlín, que menciona Valera, es un libro apócrifo, inexistente, como suelen ser la mayoría de los que citan los componentes del círculo de Lovecraft; no obstante, por el estilo sentencioso y breve del fragmento que inserta, se parece un poco a lo que conocemos de las Prophetiae Merlini, que se atribuyen a Geofrey de Monmouth. Algunos fragmentos de estas profecías de Merlín, conocido mago del ciclo artúrico, se encuentran en la Historia regum Britonum y en la Vita Merlini, de mediados del siglo XII, ambas consideradas obra del mencionado Geofrey de Monmouth, que hace algún tiempo fueron traducidas al español34.

La composición del elixir que devolverá la juventud a Miguel es un modelo de texto fantástico, compuesto por nepentes, cannabis indicus, soma, hongo de Siberia y zumo de mandrágoras, al igual que el sortilegio que recita, "una corta serie de palabras y frases, al parecer en un lenguaje exótico y punto menos que inaudito" (p. 109). El tal lenguaje es nada menos que el "idioma primitivo [de] Ur" y la teoría lingüística que sustenta el efecto mágico de la oración o fórmula es sumamente curiosa; las palabras en ella, escribe Valera, "no son signos arbitrarios, sino que tienen relación íntima y sustancial con los objetos que expresan o designan. De aquí el alboroto, la agitación y el tumulto de todas las cosas creadas cuando tales palabras se pronuncian" (p. 110). El novelista recoge la antigua teoría, que ya expuso Platón en el Cratilo, según la cual existen palabras motivadas por naturaleza y que, tras una larga tradición de cabalistas que intentan encontrar el nombre secreto de Dios y que da origen a la leyenda del Golem, se encuentra también en algún poema de Jorge Luis Borges, especialmente en el que empieza diciendo:

Si (como el griego afirma en el Cratilo)
el nombre es arquetipo de la cosa,
en las letras de rosa está la rosa
y todo el Nilo en la palabra Nilo"35.

El resultado de todo esto es que Miguel de Zuheros bebe un líquido que destila el alambique de su amigo, "una quintaesencia de la piedra filosofal", que cae "como herido por el rayo" (p. 112) y adquiere una rigidez más que cadavérica. El féretro servirá de cama para este soñador de aventuras que se narran en la parte siguiente y que lo llevarán hasta la India, en busca de Urbasi, el eterno ideal femenino, antes de morir en el mar en un accidente en el que está mezclada donna Olimpia: los ritos de paso y la iniciación mistérica contribuyen a dar un aire igualmente fantástico a esta parte del relato.

Más elementos fantásticos son susceptibles de comentario en la última novela de Valera, pero vamos a señalar, por último, un rasgo de carácter sociológico no ajeno a la tendencia que venimos tratando. El novelista dice en el prólogo:

Para distraer mis penas egoístas al considerarme tan viejo y tan quebrantado de salud, y mis penas al considerar a España tan abatida, he soltado el freno a la imaginación (p. 63).

La novela, aunque anterior en su gestación al desastre del 98, ofrece un detalle que suele darse en otras situaciones propicias a la aparición del arte fantástico: cuando la realidad es tan dura que amenaza con hacerse insoportable, el hombre vuelve sus ojos y su imaginación hacia la fantasía, hacia el terror; pensemos, por ejemplo, que tras el crack de Nueva York, la caída de Estados Unidos, las grandes películas de terror de la Universal son de la época; parece como si el público quisiese olvidar por un momento sus terrores cotidianos sumergiéndose en otros más terribles en apariencia y que parecen cumplir la función de liberarlo. El género humano, como decía Eliot, no puede soportar mucha realidad36: el hombre se inventa otra realidad más fantástica, más terrible en ocasiones, para olvidar su triste situación. En cierto sentido, aparece corroborada esta interpretación, en el caso de Valera, en una carta del escritor al Doctor Thebussem37, fechada el 6 de diciembre de 1898 (nótese la trágica fecha para la pérdida de las últimas colonias españolas), en la que habla de la escritura de Morsamor, obra y proceso creativo que el autor toma como un lenitivo con respecto a los grandes males que afectan a la patria; Valera escribe:

Perdóneme V. que le hable tanto de este asunto [la creación de Morsamor], porque me tiene muy preocupado y es lo que más me interesa en el día. Acaso me interese tanto o más que los infortunios públicos que nos agobian y para los cuales ansío hallar en la ficción el difícil consuelo38.

Algunos rasgos igualmente fantásticos pueden apreciarse también en la última de sus novelas, la muy incompleta Elisa la Malagueña, que tendría un ambiente histórico, de novela arqueológica, algo parecido a Morsamor.

La novela puede considerarse, en parte, de acuerdo con el proyecto existente de la misma y lo que nos ha quedado escrito, la historia del rapto de una mujer mortal por un ser superior sobrenatural, un genio o un mago, casi un demonio. Desde el punto de vista formal, son las memorias de Elisa la Malagueña, escritas en griego, y halladas en Egipto, cerca de Alejandría. La traducción, realizada por un personaje amigo del narrador que conoce bien este idioma, ha sido entregada al autor, rasgo en el que se puede descubrir aún un recurso propio de los libros de caballerías.

Ciertas ideas expresadas en la narración se acercan a lo que consideramos en la actualidad como rasgos fantásticos, tal como puede verse en una reflexión suelta de Elisa, que afirma: "No cabe duda que entre lo que llamamos natural y lo que llamamos sobrenatural no hay límite fijo"39. El personaje cree en genios, deidades y otras criaturas vivas e inteligentes más  perfectas que nosotros, en tanto que manifiesta también una percepción sensorial especial en determinados seres que los hace, según indica, "capaces de ver otras formas más etéreas y vagas" (p. 273).

Yo me inclinaba a creer –afirma– que había seres vivos e inteligentes, de condición superior a la nuestra y de tan sutil y etérea substancia formados, que se escapaban a la investigación de nuestros sentidos" (p. 272).

Entre esas formas fantásticas aparece un hombre, un mago poderoso, que desencadena los sucesos al llevársela a su mundo particular.

Otro personaje, Zoe, intenta aclarar su desaparición y recurre a elementos mágicos:

fue a consultar a una hechicera de Tasalia [sic, por Tesalia, tradicional tierra de hechiceras], que gozaba entonces de alta fama en Egipto, que veía a largas distancias y al través de espesísimos muros, que adivinaba los pensamientos ocultos de los hombres, que domaba culebras, que componía filtros, pociones y linimentos para infundir sueños, durante los cuales solían descubrirse casos recónditos. También fue a visitar Zoe, cuando se inclinaba a creer que había sido alguien venido del reino de los muertos quien había robado a Elisa, a hombres iniciados en antiguos misterios, que tenían fama y se jactaban de evocar los manes (p. 283).

La prosa de Valera adquiere en muchas ocasiones rasgos que nos recuerdan a Bécquer, especialmente al ambiente de misterios de las leyendas, lo que es algo propio del fondo romántico que creemos percibir en muchas de sus obras, tal como indicábamos al principio40; algo de esto puede verse en el siguiente fragmento:

en el antro misterioso de una vieja hechicera se hizo frotar con una unción mágica y voló o creyó volar al sitio en que los genios y las ninfas tienen juntas y celebran fiestas, y tejen danzas a la luz de la luna en el seno de los bosques, en la encantada orilla de los lagos o en la alta cima de los montes que las nubes ennegrecen y coronan", (p. 284).

Y en él de nuevo la hesitasion de carácter fantástico, "voló o creyó volar".

También la duda aparece en los pensamientos de Dióscoro, ante la desaparición de Elisa, a la que supone raptada por un genio:

No consistía el escepticismo de Dióscoro en negar cosa alguna, sino ponerlas todas en duda. Así es que en sus cavilaciones y conjeturas adoptaba y rechazaba alternativamente multitud de hipótesis para explicarse algo de lo ocurrido. También él creía probable que más allá del mundo conocido de los griegos y de los romanos [la acción de la obra se sitúa en el siglo III después de Cristo] pudiera haber otras regiones incógnitas donde viviesen seres semejantes al hombre, pero tal vez de más refinada cultura, de superiores facultades y poseyendo medios de acción, para los hombres del mundo greco-latino completamente ocultos" (pp. 290-291). 

La novela, que trataría de la conquista de Persia por Alejandro Severo, en los tiempos

de Artajerjes, con un fondo de cristianismo y con cierta recurrencia a las doctrinas del Zend Avesta, tendría también diversos elementos exotéricos, afines a los que aparecen en Morsamor.

Así el archimago dice:

Por virtud de una ciencia inaudita, casi ignorada en el occidente del mundo, la forma tenue y vaporosa en que se envuelve mi espíritu y que modela a su semejanza mi cuerpo, se ha desprendido de él y ha venido varias veces a verte (pp. 397-308). 

Se está refiriendo al cuerpo astral de la teosofía, detalle que se reitera en algunos lugares del final.

Elisa está enamorada de Dióscoro, que es ahora un sacerdote cristiano, (tema tan importante y conocido en Pepita Jiménez), por lo que el amor resulta prácticamente imposible. Pero la pasión resulta ser más fuerte que la religión; los enamorados no pueden resistir la atracción y se besan. Entonces "Elisa ve en el aire la forma astral, el espectro del archimago" (p. 311). Por último los amantes se abrazan y así caen a la corriente del río, que los arrastra irremisiblemente. En las notas finales se indica que:

El archimago, cuyo espíritu desprendido del cuerpo presencia toda la escena [es decir, la muerte de Dióscoro y Elisa ahogados en el río], se complace en la terrible venganza (p. 312).

Como podemos comprobar en lo que queda de la obra, el componente misterioso y sobrenatural no está tampoco ausente. 

En fin, creemos que Morsamor es una novela con diversos elementos fantásticos, que no desentona del contexto general que forman otras narraciones europeas y americanas del mismo tipo de la segunda mitad del siglo XIX, y que vale la pena leer o releer en estos tiempos de crisis de comienzos del nuevo milenio. Esta aproximación quiere ser una simple invitación a la lectura, lo que no es más que una invitación a un viaje fantástico.

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1.     Juan Valera, Morsamor (Peregrinaciones heroicas y lances de amor y fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda), ed. Leonardo Romero Tobar, Barcelona, Plaza y Janés, 1984, p. 111. Las restantes referencias a esta edición se indican mediante la mención de la página correspondiente en el cuerpo del trabajo. Una versión de este texto nuestro, más breve y menos anotada, apareció con el título de: "Morsamor en el contexto de la novela fantástica europea de finales de siglo", en Actas del Primer Congreso Internacional sobre don Juan Valera, Cabra, Ilmo. Ayuntamiento, 1997, pp. 297-311.

2.     En contrapartida, una parte de la crítica ha considerado que el Romanticismo influyó poco en Valera, como se ve en la afirmación siguiente: “Si [Valera] no fue un antirromántico, el romanticismo no ejerció en él influencia alguna, o fue la suya meramente exterior y epidérmica”, [José F. Montesinos], Valera o la ficción libre, introducción a Obras completas, Barcelona, RBA, 2007, tomo I, p. 9; por cierto que el nombre de este crítico ha desaparecido de la introducción; tampoco estamos ante unas obras completas en el caso de esta edición en tres volúmenes, sino que sólo abarca las novelas y los cuentos. Para un análisis más detenido de la actitud de Valera ante el Romanticismo, cfr. Manuel Gahete Jurado, “Juan Valera y los estudios del Romanticismo”, en Estudios sobre Don Juan Valera, Joaquín Criado Costa y Antonio Cruz Casado, eds., Córdoba, Real Academia de Córdoba, 2006, pp. 81-97.

3.     El fragmento pertenece a su novela más conocida, Pepita Jiménez. Cfr. Juan Valera, Pepita Jiménez, ed. Leonardo Romero, Madrid, Cátedra, 1989, pp. 217-218. Es posible que todo el fragmento paisajístico esté hecho con recuerdos personales del escritor; Jiménez Martos lo adscribe al autor sin vacilación y sin indicar procedencia. Cfr. Luis Jiménez Martos, Juan Valera, Madrid, Epesa, 1973, p. 17.

4.     Leopoldo Alas, "Clarín", "Revista Literaria. Morsamor por Valera" [El Imparcial, 7-VIII-1899], artículo reproducido como apéndice en la edición de Morsamor, de Leonardo Romero, op. cit., p. 340.

5.     El texto pertenece al fragmento de la versión primitiva de Morsamor, que fue editado por Cyrus DeCoster en 1956: "Un fragmento inédito de una versión más antigua de la novela de Valera Morsamor", Boletín de la Real Academia de Córdoba, XXVII, 1956, pp. 138-142; también se reproduce en las Obras desconocidas, de Valera, y en la edición de Juan Bautista Avalle-Arce, de donde lo tomamos. Cfr. Juan Valera, Morsamor, ed. J. B. Avalle-Arce, Barcelona, Labor, 1970, p. 337.

6.     Cfr. Lily Litvak, "Morsamor: un viaje de iniciación hacia la India", Hispanic Review, 53.2, 1985, pp. 181-199. Este fundamental estudio se encuentra reproducido en Juan Valera, ed. Enrique Rubio Cremades, Madrid, Taurus, 1990, pp. 438-456.

7.     Para el ambiente de exotismo en el que se inscribe la novela cfr. Lily Litvak, El sendero del tigre. Exotismo en la literatura española de finales del siglo XIX, 1880-1913, Madrid, Taurus, 1986, especialmente el cap. I, "Hacia los orígenes. La India", que incluye diversas referencias a esta obra de Valera. El escritor tenía un conocimiento bastante adecuado de la India, puesto que estaba al tanto de las investigaciones científicas y literarias que se hacían en España. Sobre la cuestión recuerda los estudios de Francisco García Ayuso y José Alemany: "don Francisco García Ayuso, quizá el primero que se ha dedicado entre nosotros con algún fruto al cultivo y estudio de los idiomas del antiguo Oriente, como el sánscrito y el zendo. Pruébanlo sus traducciones de Vikramorvaçi y de otros dramas de Kalidasa y sus obras originales sobre Los pueblos iraneos y Zoroastro, La filología en su relación con el sánscrito, El nirvana budista, Los descubrimientos geográficos modernos y su Ensayo crítico de gramática comparada de los idiomas indoeuropeos, sánscrito, zendo, latín, griego, antiguo eslavo, lituánico, godo, antiguo alemán y armenio.

Aunque el señor García Ayuso puede considerarse como el primero que entre nosotros se ha dedicado con fruto a este género de estudios, conviene consignar aquí que ha dejado quien le siga y quien tal vez se le adelante pronto, de lo cual da ya luminosos indicios el docto catedrático de esta Universidad Central, don José Alemany, en sus excelentes traducciones del Hitopadeza y el trascendental coloquio entre Crisna y Arjuna titulado Bhagabad-gita"., Juan Valera, Cartas a "La Nación" en Buenos Aires, II, 1 enero 1900, en Obras completas, ed. Luis Araujo Costa, Madrid, Aguilar, 1949, III, p. 551.

En cuanto a Madame Blavatsky, se encuentran referencias a la misma en algunas de sus cartas, cfr. Morsamor, ed. J. B. Avalle-Arce, op. cit., p. 29, nota 44, y con cierta frecuencia en el resto de su extensa producción. Aunque el estudio más detenido es el que le dedica en "El budismo esotérico", fechado en Bruselas en 1887 (cfr. ibid., p. 26 y nota 36, donde se corrige la errata del año), en torno a 1890, coincidiendo con los años de preparación y escritura de Morsamor, se documentan otras menciones. Así en el artículo "Verdades poéticas" escribe: "Isis sigue con su velo [una de las obras más conocidas de Blavatsky es Isis sin velo], sin que ni Madame Blawaski [sic], ni ningún sabio inglés, ni alemán, por audaz e insolente que sea, se le levante; la esfinge, inmóvil a la puerta de la vida, persevera en obstinado silencio sobre nuestro origen y nuestro fin"; "Verdades poéticas. Consideraciones sobre el libro de este título, publicado por Melchor de Palau, prólogo de don José R. Carracido", [Madrid, 1890], Obras completas, op. cit., II, p. 823. También aparece en "La metafísica y la poesía": "Se cuenta que la señora Blavatski ha tropezado en el Tibet y en la India con ciertos anacoretas, llamados mahatmas, grandes metafísicos, y que, por tanto gobiernan la naturaleza y hacen cuanto quieren; pero se callan su ciencia y no la comunican, porque el género humano no se halla aún preparado para recibirla. A la misma señora Blavatski la han iniciado un poquito y nada más (2)", "La metafísica y la poesía (Polémica entre don Ramón de Campoamor y don Juan Valera" [Madrid, 1890], ibid., II, p. 1634; en pp. 1681-1685, correspondientes a la nota 2, se encuentra un pequeño resumen de las doctrinas teosóficas. En "La Primavera", artículo de 1877 (?), Valera escribe: "La Ciencia no despuebla la Naturaleza ni penetra en sus más íntimos arcanos. El misterio sigue y seguirá siempre. Isis no levantará jamás el velo que la cubre", ibid., III, p. 1342, lo que es también una referencia indirecta a la mencionada obra de Madame Blavatsky.

8.     Cfr. Germán Gullón, El narrador en la novela del siglo XIX, Madrid, Taurus, 1976, pp. 149-173.

9.     Simahonda, en principio, puede hacer referencia a la conocida sima de Cabra, mencionada por Cervantes, (cfr. ahora Antonio Cruz Casado, “La sima de Cabra: un lugar cervantino y otros topónimos cervantinos cordobeses”, en Miguel de Cervantes en tierras cordobesas. Estudios y ensayos cervantinos, Iznájar, Ayuntamiento / Diputación de Córdoba, 2016, pp. 153-171), con lo que simplemente estaría indicando que así como Miguel es oriundo de Zuheros, Tiburcio lo es de Cabra; pero sobre este accidente geográfico, lugar en el que arrojaban a las mujeres que había cometido adulterio u otros hechos semejantes, también existe la creencia popular de que comunica con el infierno o de que habitan demonios en él. Al respecto, escribe un anónimo autor, refiriéndose a la cueva, a la que han arrojado una mujer, ante cuyos gritos: "los ganaderos que andaban por allí cerca, oían las voces, y pensando que eran algunos demonios, se fueron muy amedrentados con sus ganados", Casos notables de la ciudad de Córdoba (¿1618?), Montilla, 1982, p. 138. Aunque esta obra se tiene generalmente como anónima, existe una atribución de la misma; cfr. L. Sala Balust, "El hermano Sebastián de Escabias, J. S., autor desconocido de los Casos notables de la ciudad de Córdoba", Hispania, 10, 1950. En lo que se refiere al personaje de Valera, el novelista lo caracteriza con rasgos diabólicos, ya en las palabras del Padre Ambrosio: ""El hermano Tiburcio, si bien es un mozuelo barbilampiño, sabe más que el diablo y te valdrá de mucho" (p. 111), en las diversas acciones de la obra y, sobre todo, en la misteriosa desaparición final del mismo: "Contrariado éste, empezó a mirar con extraña zozobra al hermano Tiburcio, y acabó por sospechar que tal no era el hermano Tiburcio criatura humana, sino espíritu familiar, revestido de forma corpórea, o producto nefando de algún demonio íncubo o súcubo, que con permiso del cielo y para castigo de sus culpas le ayudaba en sus hechicerías, que él hasta entonces había creído lícitas y naturales" (p. 314). "El Padre Ambrosio, que vivió largos años siendo raro ejemplo de longevidad, se confirmó en la sospecha de que el hermano Tiburcio era un diablo o cosa parecida, porque no bien el Padre Ambrosio se apartó del cultivo de la magia, dicho hermano Tiburcio se escabulló o se desvaneció, y nadie sabe hasta ahora dónde fue a para, si es que los diablos alguna vez paran y se están quietos" (p. 315).

10.  La relación la establece, como obras ambas de vejez y de carácter poco realista, el crítico Eduardo Gómez de Baquero, Andrenio, "La última novela de D. Juan Valera. ¿Nuevo Persiles? El ocultismo en Morsamor y en otros libros del Sr. Valera", La España Moderna, XI, septiembre, 1899, pp. 150-155. La apreciación de este crítico es indudablemente positiva, desde el comienzo mismo de su comentario: “El saber y la fantasía concurren en el nuevo libro de don Juan Valera, Morsamor, y se juntan para contarnos muchas cosas peregrinas. De dos tan excelentes factores no podía menos de resultar una obra por varios conceptos notable. La fantasía del autor de Pepita Jiménez sigue dando en la ancianidad tan lozanas flores como las que dio en la juventud. Y el saber que muestra aquel en Morsamor (como en casi todos sus escritos) es ese saber ameno, jugoso, que muchas y buenas lecturas y una larga experiencia de la vida dan a un entendimiento naturalmente despejado, saber tan distinto de la ciencia seca y displicente de los pedantes y aun de algunos eruditos que, sin ser en realidad pedantes, no aciertan a evitar el parecerlo y dejan asomar siempre la intención magistral”. Por nuestra parte, hemos estudiado someramente la novela de Valera en el cap. V, "La trayectoria de los libros de aventuras peregrinas en la literatura española", en "Los amantes peregrinos Angelia y Lucenrique": un libro de aventuras peregrinas inédito, Madrid, Editorial de la Universidad Complutense, 1989, I, pp. 473-475, llegando a conclusiones negativas en la relación apuntada entre el Persiles y Morsamor. No obstante, la parte central del relato presenta un marcado aire de relato de aventuras, de "lances de amor y fortuna", como indica Valera en el subtítulo de la obra, con un sintagma de marcado sabor clásico; en el relato un personaje, Morsamor, busca la fama y la acción y, en segundo término, el amor, aunque como consecuencia encuentre la muerte. Los enamoramientos y amores con Beatriz, doña Sol, donna Olimpia y Urbasi ofrecen cierto parangón con algún libro de aventuras, como el Poema trágico del español Gerardo, de Gonzalo de Céspedes y Meneses. Montesinos se refiere a Morsamor diciendo que "más que una selva de conocimientos es una selva de aventuras", José F. Montesinos, Valera o la ficción libre, Madrid, Castalia, 1969, p. 176, con lo que quizá el crítico pensara en la obra de Jerónimo de Contreras, Selva de aventuras, otro libro de aventuras peregrinas que, al igual que El peregrino en su patria, de Lope de Vega, presenta algunos rasgos afines con Morsamor, como el protagonista que viaja solo y pasa de una mujer a otro en busca de su verdadero amor.

11.  Leopoldo Alas "Clarín", "Palique" [La Vida Literaria, 30, 1899], Obra olvidada, ed. Antonio Ramos-Gascón, Madrid, Júcar, 1973, p. 135. El mismo texto se incluye como apéndice en la edición de Morsamor, de Leonardo Romero, op. cit., p. 344.

12.  Sobre este aspecto cfr. María Isabel Duarte Berrocal, "Juan Valera, narrador de lo maravilloso", Analecta Malacitana, 9, 2, 1986, pp. 375-394, y más recientemente, Antonio Cruz Casado, “Los cuentos fantásticos de don Juan Valera”, en [Actas de las] Jornadas en Cabra de la Real Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de Córdoba, 19, 20 y 21 de febrero de 1999, coord. Joaquín Criado Costa y Julián García García, Cabra, Ayuntamiento, 2000, pp. 187-191. También encontramos rasgos fantásticos en otras narraciones más extensas, como la que estudia Juana Toledano Molina, “Ocultismo y folklore en un cuento fantástico (La buena fama, 1895) de Juan Valera”, en Estudios sobre Don Juan Valera, Joaquín Criado Costa y Antonio Cruz Casado, eds., Córdoba, Real Academia de Córdoba, 2006, pp. 99-108. Por otra parte, sabemos que Valera se siente atraído por lo fantástico desde sus primeros relatos publicados, y así lo comunica a su amigo Juan Navarro Sierra en una carta de 1847 (el incipiente escritor tiene por entonces unos 23 años): “Efectivamente, he escrito en El Siglo Pintoresco una oda titulada “El fuego divino” y después el principio de un larguísimo cuento fantástico que por no habérmelo pagado y habérmelo, además, llenado de erratas, no continué publicando en dicho periódico”, Juan Valera, Correspondencia (Años 1847-1861), ed. Leonardo Romero Tobar, Madrid, Castalia, vol. I, 2002, p. 39. Efectivamente, en el periódico citado aparece “La belleza ideal. Cuento fantástico”, El Siglo Pintoresco, núm. 4, abril de 1846, pp. 90-94, que es una especie de leyenda oriental en verso ambientada en parte en la época de la reconquista de Granada, cuyo protagonista es Cidi Yahye. Sin embargo, en ediciones posteriores de este relato, titulado ahora “Las aventuras de Cide Yahye” (la primera parte del mismo mantiene el nombre de “La belleza ideal”), el marbete caracterizador de “fantástico” desaparece y en su lugar se indica: “Historia filosófica y verdadera”, cfr., Juan Valera, Canciones, romances y poemas, Madrid, Tello, 1885, pp. 310-360; aquí el relato es más largo, hasta la p. 327 se incluye, aproximadamente, lo publicado anteriormente en el periódico. La constatación del término “fantástico” en textos valerianos podría hacerse teniendo a la vista todas las cartas de Valera publicadas hasta ahora, cfr. la copiosa recopilación ya citada (con más de tres mil ochocientas epístolas): Juan Valera, Correspondencia, ed. Leonardo Romero Tobar, Madrid, Castalia, 2002-2009, 8 vols. Por otra parte, hemos visto una referencia elogiosa al texto poético de Valera, en un estudio de carácter geológico e hidráulico, sobre el paraje de los baños del río Arenosillo, en Montoro (Córdoba), en el que se evoca la naturaleza del lugar en estos términos: “las mil ideas y mil sentimientos que surgen de nuestra mente y de nuestra alma al influjo del dulce y perezoso sacudimiento de la naturaleza que despierta cargada de perlas y de olores; todos esto y más nos sume en un arrobamiento sin fin, nos envuelve en una atmósfera mística que, velándonos al mundo y sus miserias, nos trasporta con nuestros amores a un edén, a la mansión purísima de los encantos, al reino de Sidi-Yahye”, Leopoldo Martínez y Reguera, Apuntes para la monografía de las aguas sulfhídricas de Arenosillo, Montoro, Imprenta de Antonio Botella, 1869, p. 75. Y en la nota correspondiente a la identificación de este personaje añade el autor: “Creación fantástica magistralmente descrita por el literato y diplomático D. Juan Valera y Alcalá-Galiano, en el cuento poético titulado La belleza ideal”, ibid.

13.  Se encuentra incluido en Luis Valera, Visto y soñado, Madrid, Tello, 1903, pp. 59-126.

14.  Carlos Mesía de la Cerda, El gorro de mi abuelo. Cuentos fantásticos, Madrid, A. Durán, 1865. El libro está dedicado a don Juan Valera con gratitud porque el novelista había prologado su colección de poemas Poesías hasta cierto punto, 1864. Carlos era hermano de Alonso Mesía de la Cerda, cuñado de Valera. Hay referencias a este personaje en el epistolario de Valera a su mujer, cfr. Juan Valera, Cartas a su mujer, ed. Cyrus DeCoster y Matilde Galera, Córdoba, Diputación Provincial, 1989.

15.  Por nuestra parte, nos hemos ocupado del tema fantástico con cierta reiteración en diversas aproximaciones, entre las que podemos mencionar: "Notas sobre el elemento fantástico en la literatura española", INBACO, [Revista de los Institutos de Bachillerato de Córdoba], 4, 1983, pp. 143-148; "La dama del collar de terciopelo: un tema fantástico en Rubén Darío", Album Letras Artes, nº 19, Madrid, 1989, pp. 66-73; "Aromas de nardo indiano que mata y de ovonia que enloquece" de Antonio de Hoyos y Vinent", Album Letras Artes, nº 30, 1991, pp. 74-85; "El cuento fantástico en España (1900-1936). (Notas de lectura)", Anthropos. Revista de documentación científica de la cultura, 154/155, 1994, pp. 24-31; “Narrativa fantástica y de terror en el primer tercio del siglo XX”, en Ángela Ena Bordonada, ed., La otra Edad de Plata. Temas, géneros y creadores (1898-1936), Madrid, Editorial Complutense, 2013, pp. 65-81; “Eduardo Zamacois y El otro (1910). La literatura fantástica y de terror en la Edad de Plata”, Boletín de la Real Academia de Córdoba, núm. 161, enero-diciembre, 2012 (2013), pp. 265-282“Narrativa fantástica y de terror en el primer tercio del siglo XX”, en Ángela Ena Bordonada, ed., La otra Edad de Plata. Temas, géneros y creadores (1898-1936), Madrid, Editorial Complutense, 2013, pp. 65-81; “Eduardo Zamacois y El otro (1910). La literatura fantástica y de terror en la Edad de Plata”, Boletín de la Real Academia de Córdoba, núm. 161, enero-diciembre, 2012 (2013), pp. 265-282; “Misterios del pensamiento, de la vida y de la muerte en Antonio de Hoyos y Vinent”, en Los márgenes de la modernidad. Temas y creadores raros y olvidados en la Edad de Plata, ed. Dolores Romero López, Sevilla, Punto Rojo Libros, 2014, pp. 243-253. etc.

16.  "En lo fantástico, al contrario, lo sobrenatural aparece como una ruptura de la coherencia universal. El prodigio se vuelve aquí una agresión prohibida, amenazadora, que quiebra la estabilidad de un mundo en el cual las leyes hasta entonces eran tenidas por rigurosas e inmutables. Es lo Imposible, sobreviniendo de improviso en un mundo en donde lo imposible está desterrado por definición", Roger Caillois, Imágenes, imágenes..., Barcelona, Edhasa, 1970, p. 11; "lo fantástico pone de manifiesto un escándalo, una ruptura, una irrupción insólita, casi insoportable en el mundo real", Id., Antología del cuento fantástico, Buenos Aires, Sudamericana, 1970, p. 8; "Lo fantástico supone la solidez del mundo real, pero para asolarlo mejor. Llegado el momento, al igual que lo que sucedió otrora al monarca de Babilonia, aparece la firma en la pared más tranquilizadora, contrariamente a toda sensibilidad o verosimilitud. Vacilan entonces las certidumbres más seguras y se instala el Espanto. El intento esencial de lo fantástico es la Aparición, lo que no puede suceder y que a pesar de todo sucede, en un punto y en un instante preciso, en medio de un universo perfectamente conocido y de donde se creía definitivamente desalojado el misterio. Todo parece igual que ayer y hoy, todo parece tranquilo, común, sin nada insólito, y de pronto lo inadmisible se insinúa lentamente o se despliega de improviso", ibid., p. 9. Caillois cita como categoría de lo fantástico, entre otras, "-la inversión de los dominios del sueño y la realidad; de pronto, la realidad se disuelve, como un iceberg que oscila, y que desaparece sumergiéndose, y en su lugar el sueño adquiere entonces la aplastante solidez de la materia", ibid., p. 16. La historia de Morsamor, al igual que la de don Illán de Toledo, puede incluirse en esta categoría.

17.  Juan Valera, "El budismo esotérico", Obras completas, op. cit., III, p. 646.

18.  Ibid.

19.  Encontramos referencias a Hoffmann en múltiples lugares de su obra crítica, lo que implica un conocimiento más o menos profundo del escritor. Ya en 1860, en su artículo "Sobre la historia de la literatura española en la Edad Media", menciona al romántico entre los escritores alemanes que ha traducido poesías españolas, Juan Valera, Obras completas, ed. Luis Araujo Costa, Madrid, Aguilar, 1961, vol. II, p. 146, nota; en 1861, al referirse a los cuentos de Hartzenbusch, concretamente a uno de ellos de carácter fantástico, titulado "La hermosura por castigo", observa que "los tan celebrados cuentos de Hoffmann no tienen más atractivo que este cuento", ibid., p. 208; al año siguiente, en 1862, en su aproximación a Los miserables, de Víctor Hugo, escribe que "los héroes de Víctor Hugo no son misteriosos ni sobrenaturales, como los de Hoffmann", ibid. p. 310; por las mismas fechas se refiere al escritor como uno más de los que han tratado la figura de Don Juan Tenorio, ibid., p. 338, y en 1870 vuelve a recordarlo como recopilador de romances españoles y como traductor de poemas españoles, ibid., pp. 397-398. En su importante ensayo "Apuntes sobre el nuevo arte de escribir novelas" (1886-87) escribe: "El escritor alemán que más contribuyó al nacimiento del romanticismo en Francia fue tal vez Hoffmann con sus cuentos. Verdad es que en nadie se nota más ese influjo que en el patriarca de los románticos en el autor de la lindísima Fée aux miettes, en Carlos Nodier, que es, al mismo tiempo, el más alemán de todos los escritores franceses", ibid., p. 669. [También Nodier es un conocido escritor de carácter fantástico, tanto en El hada de las migajas, que menciona Valera, como en su colección de relatos Infernaliana; además es autor de un ensayo que afecta a nuestro tema: "Sobre lo fantástico en literatura". Una buena recopilación de sus relatos, junto con el mencionado ensayo, en Charles Nodier, Cuentos visionarios, Madrid, Siruela, 1989, en tanto que para la Fée aux miettes existe una traducción más antigua: Carlos Nodier, El hada de las migajas, Madrid, Calpe, 1920]. Posteriormente, al tratar la "Poesía lírica y épica del siglo XIX" (1901?), apunta la influencia de Hoffmann en Ros de Olano: "Dejándose llevar de la corriente contraria a la poesía no bien empezó a manifestarse y procurando combinar las alambicadas sutilezas de estilo en los ensueños de Quevedo con la extravagante virtud de Hoffmann para crear personajes misteriosos y para imaginar lances extraños, Ros de Olano compuso El diablo las carga, El ánima de mi madre y, por último, El doctor Lañuela", ibid., p. 1212. Finalmente, se hace eco de las opiniones de Menéndez Pelayo sobre Ros, opiniones que comparte, y en las que también se trae a colación al romántico alemán: "La prosa de Ros es "prosa sui generis, retorcida y tenebrosa, llena por igual de arcaísmos y de neologismos, medio germánica y medio picaresca, extraña fusión de Juan Pablo Richter, Hoffmann y Quevedo". De aquí que Menéndez preconice a Ros por "precursor notorio de los enigmáticos escritores que ahora arman tanto ruido en Francia, con nombre de decadentistas y simbolistas", ibid., p. 1319. [Antonio Ros de Olano es otro escritor fantástico español bien conocido por Valera; las ediciones de sus obras son escasas en la actualidad, aunque existe alguna, como Cuentos estrambóticos y otros relatos, ed. Enric Cassany, Barcelona, Laia, 1980].

20.  Menos importantes y numerosas que las referencias a Hoffmann son las que Valera expresa con respecto a Poe, aunque se hace eco de su importancia y se manifiesta lector de alguno de sus cuentos, sobre el que declara su opinión que pudiera tomarse en sentido desfavorable, como veremos. En 1861, al hacer la crítica de El tanto por ciento, de Adelardo López de Ayala, escribe: "es un gemido sordo y profundo que sale de lo íntimo del alma humana [...] [que] se parece a la queja lastimera, al ay cavernoso, a la tos tísica y al estertor del muerto magnetizado que nos pinta Edgar Poe en una de sus más horribles y asquerosas leyendas", Juan Valera, Obras completas, op. cit., II, p. 224. Como captarán los lectores de Poe, Valera se está refiriendo a "El caso del señor Valdemar". Hay otra referencia poco relevante al mismo autor, al tratar de Pedro Antonio de Alarcón, en 1887, ibid., p. 616, y una más en su artículo "Las novelas rusas", también de 1887, al incluir al escritor entre los poetas y escritores relevantes de Estados Unidos, ibid., p. 712. Ocasionalmente se ocupa de él en algunos versos de sus "Décimas filosófico-melancólicas": "La duda con negro diente / Me muerde, destroza y roe; / Cuentos son de Edgardo Poe / Los que cruzan por mi mente", Cyrus DeCoster, Obras desconocidas de Juan Valera, Madrid, Castalia, 1965, p. 57.

21.  No hemos localizado, por el momento, ningún escritor que responda al nombre de Mauricio Sand; no se incluye en los repertorios más importantes sobre los escritores que componen obras de carácter fantástico, como el de Everet F. Bleiler, The guide to supernatural fiction, Ohio, The Kent State University Press, 1983. Es posible que este nombre sea un error por el de George Sand, pseudónimo de Aurora Dupin, que sí cultivó la tendencia fantástica y merece buena consideración en los textos de Valera. Ya en 1856, al referirse a Un verano en Bornos, de Fernán Caballero, toma como elemento de comparación Pablo y Virginia y Andrés, de Jorge Sand, Juan Valera, Obras completas, op. cit., II, p. 84. En 1860, al componer su ensayo "De la naturaleza y carácter de la novela", afirma que lo fantástico es un componente importante de la novela: "Dejemos sentado que lo fantástico no se puede excluir de la novela, no que toda novela ha de participar por fuerza de lo fantástico, según lo que generalmente se entiende por esta palabra", ibid., p. 190, término que queda aclara un poco antes y que, sin duda, tiene el mismo sentido que en la actualidad: "Concluyo, pues, -escribe- diciendo que el empleo de lo sobrenatural y misterioso es permitido en las novelas, y muy conveniente cuando se hace con discreción y mesura", ibid. En el mismo ensayo se refiere a las novelas campestres de Jorge Sand, calificadas como "bellísimas", ibid., p. 191, y afirma que "no entro ahora en la cuestión de si Jorge Sand es un escritor más o menos inmoral o antisocial; sólo sostengo que es un eminente poeta", ibid., p. 192. Más tarde, en "Apuntes sobre el nuevo arte de escribir novelas" (1886-87), se refiere a la misma como autora de novelas socialistas, ibid., p. 691. No obstante, prácticamente nunca asocia Valera a Sand con la narrativa fantástica; a pesar de ello, esta autora cultiva la tendencia mencionada y escribió algunas narraciones de carácter ocultista, que pueden verse en la colección Viaja a través del cristal, Barcelona, Adiax, 1982. Algunos rasgos del ambiente conventual de parte de Morsamor tienen su equivalente en una novela de Sand, que comparte volumen en la traducción de Lelia, titulada Spiridión, Barcelona, Juan Oliveres, 1843, vol. II, pp. 123-354.

22.  Howard Phillips Lovecraft, El horror en la literatura, Madrid, Alianza, 1984, pp. 38-39. Existe traducción española de esta novela, aparecida en una editorial de signo ocultista: Bulwer Lytton, Zanoni, Madrid?, Luis Cárcamo, editor, 1980.

23.  Cfr. Darko Suvin, Metamorfosis de la ciencia ficción. Sobre la poética y la historia de un género literario, México, FCE, 1984, p. 211.

24.  Cfr. Salvador Vázquez de Parga, Héroes de la aventura, Barcelona, Planeta, 1983, p. 160. Para la traducción española de la novela hemos visto: Rider Haggard, Ella, Madrid, Aguilar, 1963.

25.  Howard Phillips Lovecraft, El horror en la literatura, op. cit., p. 40.

26.  Emilia Pardo Bazán, "Don Juan Valera", Obras completas, Madrid, Aguilar, 1973, III, p. 1435; el ensayo es de 1908, aunque tuvo una primera versión abreviada en La lectura, octubre, noviembre y diciembre de 1906. La referencia a Morsamor nos parece bastante adecuada: "Morsamor, en mi concepto, no es novela, sino una especie de poema inspirado quizás por el Fausto, de Goethe. Yo lo incluiría entre los cuentos fantásticos, como La buena fama o Parsondes, de los cuales sólo se diferencia en la extensión y en el exceso de material de sabiduría que recarga la fábula. Morsamor es, además, un testimonio curioso de las vueltas que el pensamiento de don Juan daba en torno del ocultismo, de la ciencia esotérica de que entre bromas o veras solía hablarnos calurosamente, no sin gran sorpresa mía. No afirmaré que sobre su credulidad -respeto demasiado el claro entendimiento que don Juan poseía-, pero sobre su imaginación y su pensamiento ejercían sugestión activa y fuerte las leyendas que se refieren de los mahatmas de la India, difundidas en Europa por la señora Blavatsky, teósofa y milagrera. A mis negaciones, Valera oponía habitualmente el -¿quién sabe?- baluarte de la loca de la casa cuando siente comezón de levantar el velo".

27.  "Lo fantástico se basa esencialmente en una vacilación del lector –de un lector que se identifica con el personaje principal– referida a la naturaleza de un acontecimiento extraño. Esta vacilación [hésitation en el original francés] puede resolverse ya sea admitiendo que el personaje pertenece a la realidad, ya sea decidiendo que éste es producto de la imaginación o el resultado de una ilusión", Tzvetan Todorov, Introducción a la literatura fantástica, Buenos Aires, Tiempo Contemporáneo, 1972, p. 186. A veces, en algunos textos del propio Valera, surge también la oposición entre la realidad y la irrealidad, algo que recuerda un tanto las ideas posteriores de Todorov; así, en un artículo de 1891, escribe el novelista: “La poesía, y la novela es un género de poesía, es imitación de la naturaleza; pero importa entender que la naturaleza es todo lo existente y todo lo posible, lo que vemos y lo que soñamos, lo que sabemos y lo que imaginamos o creemos. De aquí la dificultad insuperable de marcar límites entre lo verosímil y lo inverosímil. ¿Dónde está la ciencia infalible y única que los marque? Un cristiano católico cree verosímiles mil sucesos que son absurdos para el librepensador. Y como el librepensador es de mil maneras, los límites también entre lo verosímil y lo inverosímil quedan sin marcar, aunque desechemos toda religión positiva y aceptemos el librepensamiento”, Juan Valera, “La novela enfermiza”, El Heraldo de Madrid, 5 de junio de 1891, p. 1. El artículo en cuestión es un rechazo de la novela naturalista. En otras ocasiones Valera se manifiesta reacio a participar de ninguna tendencia literaria exclusiva, sino que prefiere estar a caballo de lo natural y lo sobrenatural, lo normal y lo anormal, etc. He aquí un comentario en este sentido: “Para nosotros no hay, pues, naturalismo ni idealismo exclusivos y estrechos. Queremos estar a nuestras anchas. Nos agrada lo real y lo ideal, lo natural y lo sobrenatural, y nos hechiza la ignorancia en que vivimos de los límites y términos, confusos siempre, entre lo físico y lo metafísico, lo normal y lo anormal, lo que es milagro y lo que no es milagro”, Juan Valera, Apuntes sobre el nuevo arte de escribir novelas, Madrid, Tello, 1887, pp. IX-X, de la dedicatoria a Pedro Antonio de Alarcón. Algo más adelante, en el mismo texto, añade: “Más posibles nos parecen las hadas, las sílfides y las ondinas, que el sistema de Schopenhauer”, ibid.

28.  En carta dirigida a don José Mª Carpio, cit. por J. B. Avalle Arce, Morsamor, op. cit., p. 27.

29.  "Supongo que me quedé dormido; eso espero, pero me temo que no, ya que lo que siguió fue sorprendentemente real, tan real, que ahora, sentado a plena luz del sol, no puedo creer en absoluto que todo fuese sueño", Bram Stoker, Drácula, [1897], Madrid, Anaya, 1984, p. 49.

30.  "Creo que anoche soñé, como cuando estaba en Whitby. Quizá fuera debido al cambio de aire, o a haber vuelto a casa. Todo es oscuridad y horror, porque no puedo recordar nada; pero un temor vago me embarga y me siento débil y agotada. [...] Cuando el reloj dio las doce, me desperté de un sueño ligero, lo cual quiere decir que debí de haberme quedado dormida. Oí un aleteo, o como si rascaran en la ventana, pero no hice caso; no recuerdo nada más, así que supongo que me quedé dormida. Más pesadillas. Ojalá pudiera recordarlas. Esta mañana me siento terriblemente débil", ibid., p. 117.

31.  "Se trata de acontecimientos tan extraordinarios que apenas puedo creer que hayan sucedido. Fuí, durante más de tres años, el juguete de una ilusión singular y diabólica. Yo, un pobre cura rural, he llevado todas las noches en sueños (quiera Dios que fuera un sueño) una vida de condenado, una vida mundana y de Sardanápalo. [...] Mi vida se había complicado con una vida nocturna completamente diferente. Durante el día, yo era un sacerdote del Señor, casto, ocupado en la oración y en las cosas santas. Durante la noche, en el momento en el que cerraba los ojos, me convertía en un joven caballero, experto en mujeres, perros y caballos, jugador de dados, bebedor y blasfemo. Y cuando al llegar el alba me despertaba, me parecía lo contrario, que me dormía y soñaba que era sacerdote", Théophile Gautier, La muerta enamorada, [1836], en Italo Calvino, Cuentos fantásticos del XIX, Madrid, Siruela, 1987, I, p. 272.

32.  "Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu", Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares, Antología de la literatura fantástica, Barcelona, Edasa, 1977, p. 158.

33.  Es posible que exista una errata en el último término transcrito y haya que leer invisibles, de acuerdo con el contexto de magia y ocultismo de esta parte de la novela. Sin embargo, en la edición de Morsamor, Obras completas, op. cit., I, p. 718, y en las Obras completas que editó Carmen Valera, la hija del escritor, Madrid, Imprenta Alemana, 1907, tomo 11, p. 22, se indica visibles. Como se sabe, en la época de composición de la obra, Valera ha perdido la vista y dicta sus escritos a su secretario Pedro de la Gala; de tal manera que la corrección que proponemos no sería un error imputable al novelista, sino quizás a su amanuense. Si Valera hace referencia a esos seres del mundo invisible, creemos que está pensando, sin duda, en el famoso tratado de monstruos y fantasmas, El ente dilucidado, de fray Antonio de Fuentelapeña, obra con pretensiones científicas que intenta demostrar, entre otras cosas, que existen seres invisibles. A pesar de que no se trata de una obra muy divulgada, Valera la conocía perfectamente y se refiere a ella en variadas ocasiones a lo largo de su producción. Recordemos algunas. Al tratar del poeta romántico, que puede explorar campos más allá de la ciencia, escribe: "Por allí podrá pasearse, como don Pedro de Portugal por las siete partes del mundo; conversar con seres nuevos y nunca vistos ni oídos, que se le aparezcan y nazcan de repente por natural virtud de la tierra o del aire, como los duendes del padre Fuente de la Peña; y estudiar las ciencias ocultas con sabios y mágicos más prodigiosos que los de Faraón y que el famosísimo Escotillo", "Del Romanticismo en España y de Espronceda", [1854], Obras completas, op. cit., II, p. 17. En otra ocasión lo cita como ejemplo de desatinos: "Ahí están, si no, el padre Valdecebro, con su Gobierno moral y político de los animales; el padre Fuente de la Peña, con su Ente dilucidado; el padre Boneta, con sus Gracias de la gracia, y quién sabe cuántos más que sería prolijo ir enumerando. Bastan los tres citados para encontrar en ellos más desatinos que han podido decir todos los periódicos del mundo desde que en el mundo se escriben y se publican periódicos", "Reflexiones críticas sobre los discursos de Cañete y Segovia", ibid., p. 139. Diversas menciones se encuentran en el Nuevo arte de escribir novelas, y en ellas da testimonio de que se trata de un libro que el autor ha leído con detenimiento: "Si me dijeran que no saben ni lo que es materia, ni lo que es espíritu; que los linderos y señales entre lo natural y sobrenatural están aún por poner; que ignoran si hay silfos, ondinas y duendes, o si no los hay; que no se atreven a resolver si los padres Sinistrari y Fuente La Peña o no la tenían [...] yo me vería apurado para hacerles salir de sus dudas", Apuntes sobre el nuevo arte de escribir novelas, [1886-1887], ibid., p. 649. La referencia más extensa, casi un análisis de diversos aspectos de El ente dilucidado, se localiza en los comentarios que Valera hace al tomo de la BAE, Obras escogidas de filósofos, preparado por Adolfo de Castro; el artículo se titula "De la Filosofía española", [1873], ibid., pp. 1576-1579. En conclusión, nos parece que la palabra adecuada, tanto por coherencia con el contexto, como por la posible referencia a la obra de fray Antonio de Fuentelapeña, debe ser invisibles. Sobre este escritor, cfr. ahora Antonio Cruz Casado, “En los límites de la heterodoxia: el capuchino fray Antonio de Fuentelapeña (1628-c.1702)”, en El Franciscanismo: identidad y poder. Libro homenaje al P. Enrique Chacón Cabello, OFM, ed. Manuel Peláez del Rosal, Córdoba, Asociación Hispánica de Estudios Franciscanos, 2016, pp. 335-339.

34.  Cfr. Geoffrey de Monmouth, Vida de Merlín, Madrid, Siruela, 1984; Geoffrey de Monmouth, Historia de los reyes de Britania, Madrid, Siruela, 1984. También sobre el mismo personaje Historia de Merlín, Madrid, Siruela, 1988, y la antigua aportación española El baladro del sabio Merlín, Madrid, Miraguano, 1988. Sobre los conocimientos de magia que pudiera tener Valera, cfr. el artículo correspondiente a este tema en el Diccionario enciclopédico hispano-americano, recogido en Cyrus DeCoster, p. 536 y ss. Al final del mismo menciona a Bulwer: "Pero aun negada la realidad de esta Magia, lo que no puede negarse es la persistencia de la fe en ella, y cuánto vale todo esto para máquina de novelas y poemas, como algunas de Bulwer, de María Corelli y de otros autores", p. 542. También recuerda una obra de Eliphas Levi: "Puede leerse sobre esto la obra titulada Dogma y ritual de la alta Magia por Eliphas Levi, obra de que no damos aquí un extracto para no pecar de prolijos", ibid. Este libro es aún asequible en la actualidad, cfr. Éliphas Lévi, Dogma y ritual de la alta magia, Barcelona, Humanitas, 1985.

35.  Jorge Luis Borges, El otro, el mismo, Obras completas, Barcelona, Emecé, 1989, p. 263.

36.  "Human kind / cannot bear very much reality", T. S. Eliot, "Burnt Norton", Four Quartets, Collected Poems, 1909-1962, London, Faber and Faber, 1963, p. 190.

37.  Conocido psedónimo del escritor andaluz Mariano Pardo de Figueroa (1828-1918).

38.  Juan Valera, Correspondencia de Don Juan Valera (1859-1905), ed. Cyrus DeCoster, Valencia, Castalia, 1956, p. 259.

39.  Juan Valera, Novelas (Fragmentos). Mariquita y Antonio. Elisa la Malagueña. D. Lorenzo Tostado, en Obras completas, [ed. Carmen Valera], Madrid, Imprenta Alemana, 1907, vol. XIII. Para Elisa la Malagueña, pp. 255-312. La cita en la p. 272; las restantes referencias a páginas de esta novela en el cuerpo del trabajo, como es habitual.

40.  Para el tema, cfr. Russell P. Sebold, Bécquer en sus narraciones fantásticas, Madrid, Taurus, 1989.