septiembre 01, 2026

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 Cabra, culta y poética 

Este blog pone a disposición de ustedes, en este formato digital, la revista en PDF "Cabra, culta y poética" que desde el mes de junio del pasado año 2023, estamos editando. Nos complace y nos congratula muchísimo a todos los colaboradores, creer que nuestra revista contribuye de algún modo a la promoción de la cultura de nuestro pueblo.

La única pretensión del mismo es facilitar que los contenidos de la revista  puedan llegar a un mayor número de usuarios, sobre todo aquellos que usan las nuevas tecnologías. Nosotros procuraremos abarcar  el mayor número de campos culturales que nos sea posible: literatura, música, pintura, etc.

CONTENIDO:  

— EDITORIAL
—RELATOS DE HISTORIA

COLABORACIONES:

— RELATOS
— REFLEXIONES
— ENSAYOS
— TEATRO
— POESÍAS
— DIBUJOS
— LIBROS RECOMENDADOS
— FOTOS
— VIDEOS 

CONTACTO:

Email de contacto: cabracultaypoetica@gmail.com
https://cabramilenaria.blogspot.com

Edición y dirección: Antonio Fernández Álvarez
Diseño y Maquetación: Antonio Fernández Álvarez

Editorial

Cuando nuestras calles se llenan de emigrantes; cuando los balcones se engalanan con su mejores galas; cuando el blanco de nuestras fachadas parece brillar con una luz distinta, Cabra entera se prepara porque de la Sierra baja la Divina Serrana.

Cuando el inconfundible aroma del nardo embriaga los sentidos, ya se anuncia tu llegada.

Cuando el monótono redoble de tambor,  cambia su compás y se vuelve más vivo, más intenso, más apresurado, el corazón de un pueblo entero comienza a latir al mismo ritmo. Entonces los gritos de la cantidad de personas que se arremolinan bajo la bandera se elevan por encima de cualquier sonido. Bajo la bandera que ondea majestuosa sobre sus cabezas la emoción se hace voz y el aire se llena de clamor que atraviesa generaciones:

¡Viva! ¡Viva! ¡Viva! ¡Viva la Virgen de la Sierra!

Todo anuncia que el día grande Cabra está a la vuelta de la esquina.

Así comienza septiembre para los egabrenses. Un mes que no se explica; se vive. Un mes en el que la nostalgia se transforma en reencuentro, la fe en esperanza y la tradición en un legado que cada generación recibe con orgullo y transmite con emoción.

¿Cómo describir los sentimientos que los egabrenses profesamos a nuestra Patrona? Tal vez no exista una sola palabra capaz de contenerlo. Son amor, confianza, consuelo, esperanza, ilusión, protección, gratitud y emoción. Son recuerdos de infancia, promesas susurradas en silencio, lágrimas contenidas y sonrisas compartidas. Son el abrazo de quienes regresan y las despedidas de quienes al marcharse, saben que volverán porque siempre hay un septiembre en Cabra.

Porque septiembre no es sólo el mes de nuestras fiestas. Es el mes de la memoria compartida, de los abrazos esperados, de las calles llenas de vida y de la fe que sigue escribiendo la historia de Cabra.

Como no podía ser de otra forma, la revista, Cabra, Culta y Poética abre sus páginas este mes tan señalado para convertirse en un puente entre quienes tienen la dicha de vivir la fiesta en nuestra ciudad y aquellos egabrenses que, por la distancia, no pueden estar físicamente con nosotros. Queremos acortar kilómetros con palabras, hacer que el perfume del nardo traspase estas líneas, que el eco del tambor resuene en cada hogar y sentir el abrazo emocionado de su pueblo.

Que esta edición sirva para recordar que, por muy lejos que nos lleve la vida, siempre habrá un camino que conduzca de nuevo a nuestra Sierra y siempre habrá una Madre esperando el regreso de sus hijos.

Feliz septiembre.

La Dirección

Cabra, Culta y Poética

Bienvenidos un mes más a este espacio de todos.

Podéis participar enviando vuestros trabajos a:

Email: 

cabracultaypoetica@gmail.com

Nuestra publicación es mensual.

¡Bienvenidos al número 40!

También podemos enviártela en PDF, solicitándonosla a nuestro EMAIL de contacto o también pueden dercargarla desde nuestro blogs.


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RELATOS DE HISTORIA

RELATOS DE
HISTORIA


La Virgen de la Sierra:

entre la leyenda y la historia

El pastor, el cautivo y el misterio del Picacho

He aquí dos fascinantes relatos de cómo apareció la Virgen de la Sierra, narrados en primera persona por sus protagonistas. La leyenda nos dice que un pastorcillo encontró la imagen; las crónicas escritas nos cuentan que fue un cautivo cordobés. Cada uno de ustedes quédese con la que más le haya llegado. Sea como fuere, el milagro de los siete siglos escondida nos dejó a los egabrenses la imagen sagrada de la Virgen de la Sierra.

Primer relato: El pastorcillo

Me llamo Gaspar. Mis manos olían a tomillo, a lana de oveja y a la tierra seca del mediodía. Ese día, el calor era insoportable en la sierra. Hasta las cigarras guardaban silencio. Mis ovejas buscaban la sombra de los lentiscos. Yo, cansado de seguirlas entre la maleza y las rocas del Picacho, decidí buscar un lugar donde protegerme del sol.

Entre las peñas más altas, casi oculta por las zarzas y los matorrales, vi la boca de una cueva. La había visto mil veces desde abajo, pero nunca me había animado a subir. Ese día, algo me impulsó. Tal vez fue la curiosidad o una brisa fresca que salía de la hendidura.

Me arrastré entre las piedras. Al principio, la oscuridad me dejó ciego. Olía a humedad, a tiempo suspendido. Pero cuando mis ojos se acostumbraron a las sombras, noté algo fuera de lo común. La gruta no daba miedo. Tampoco se sentía fría. Había una paz distinta en el aire.

Y entonces la vi.

Sobre una repisa de roca brillaba una pequeña imagen de madera. Tenía el rostro más dulce que yo había visto. Su mirada de madre parecía esperarme a mí, un simple pastor con ropa gastada y manos ásperas. Sostenía al Niño con cuidado en sus brazos.

Se me cayó el cayado de las manos. El eco del golpe sonó fuerte en las paredes de piedra. No podía moverme. No sentí miedo, solo una calidez profunda en el pecho. Salí de la cueva corriendo. Tropecé con las malezas y me olvidé del rebaño. Bajé la pendiente gritando hacia el pueblo:

—¡La he visto! ¡Está en la cima del Picacho! ¡Hay una Señora en la cueva!

Al principio, en Cabra, pocos creyeron a un muchacho exhausto. Pero cuando subieron conmigo y vieron la imagen en el corazón de la roca, la duda se volvió asombro. Supimos entonces que la cumbre de nuestra montaña nunca volvería a ser solo piedra y viento.

Segundo relato: El cautivo cordobés

Mi nombre no importa. Durante años solo fui un número y unas cuantas cadenas. Fui un prisionero cristiano en tierras de Córdoba. Soporté noches largas de cautiverio y la presión constante de quienes buscaban quitarme la fe. Pero el alma no se encadena tan fácil. Aproveché la confusión de una noche oscura. Logré escaparme y corrí hacia la sierra.

Anduve sin dirección, con los pies sangrando y el miedo detrás de mí. Solo buscaba un sitio difícil donde quienes me seguían no pudieran atraparme. Así llegué a la cima de la Sierra de Cabra, al Picacho, donde la montaña toca el cielo.

Buscando refugio del mal tiempo y de mis perseguidores, entré en una grieta estrecha entre las rocas. Estaba cansado, sin fuerzas y con muy poca esperanza. Pero cuando encendí una pequeña llama para ver en la oscuridad, el corazón me saltó.

Allí, guardada en el seno de la montaña, descansa una figura sagrada. Mi fe revivió de inmediato. Comprendí que esa imagen había sido escondida allí siglos atrás. La propia naturaleza la protegió del olvido durante los tiempos oscuros. Caí de rodillas frente a ella. Ya no me sentía un prófugo ni un desdichado. En la soledad de la gruta encontré la verdadera libertad.

Cuando supe que el rey Fernando III había llegado y tomado la villa de Cabra, bajé de la sierra. No llevaba armas ni riquezas. Solo traía la noticia que iba a cambiar para siempre esta tierra: en las entrañas del Picacho, la Madre de Dios nos esperaba.

Detrás de ambas historias está la misma pregunta: ¿cómo llegó esa talla de madera a la cumbre de la montaña y cómo pudo quedarse allí, escondida y en silencio, durante casi setecientos años?

En el año 714, Arcesindo, el décimo obispo que ocupó la sede episcopal egabrense, escondió la imagen en una cueva de la sierra ante el avance de la invasión musulmana.

La tradición cuenta que el obispo, en medio de la noche y junto a un par de clérigos de su confianza, envolvió la talla. Luego empezaron a subir hacia los lugares más escarpados de la sierra. Allí hallaron una grieta profunda en la roca. Dejaron la imagen en el fondo de la cueva, dijeron una última oración en la oscuridad y taparon la entrada con piedras y maleza.

Pasaron los años y los siglos. Hubo guerras, cambiaron los reinos y las generaciones que conocían el escondite murieron sin contar el secreto. Las plantas cubrieron por completo cualquier señal de la entrada y el tiempo hizo lo demás. Hasta que la montaña decidió regresar lo que tenía guardado.

Quizá fue aquel pastor que buscaba sombra para escapar del sol. Quizá fue el preso que corría con los pies heridos hacia la libertad. Las historias y la memoria de la gente siguen discutiendo quién tuvo el mérito, pero ahora eso ya no importa. Lo importante es que, casi setecientos años después, encontraron la imagen.

El Picacho dejó de ser solo una cumbre de piedra. Ahora es el pilar de Cabra, el lugar al que los egabrenses seguimos mirando cuando necesitamos encontrar nuestras raíces.

Algunos relatos se guardan en los libros. Otros pasan de boca en boca. Y luego están estos, los que al final sostienen la identidad de toda una comarca.


Miguel Blancas Calzado

 



VIDA Y ANÉCDOTAS 
EGABRENSES DEL AÑO 2009



Vicente Carnerero López

 

CUARTA PARTE

Poemas, sevillanas y escritos (continuación)

A mi pueblo Cabra

No creo que haya en España
un pueblo con más romerías
como mi pueblo,
que es Cabra.
 
La devoción que sentimos
hacia la casita blanca
donde once meses del año
habita una Virgen Serrana.
 
Se llama María de la Sierra,
quizás la Virgen más guapa,
la que hace más milagros,
dice la gente de Cabra.
 
La primera romería,
febrero, la Candelaria;
luego llega el mes de mayo,
hortelanos a celebrarla.
 
Junio, son los pensionistas,
deportes, comercio y panadería,
y los gitanos de Cabra
y de toda Andalucía.
 
Y julio, transportistas
y conductores que suben
con ilusión compartiendo
este mes construcción y cazadores.
 
La romería de Sevilla
y la de Nueva Carteya,
catequesis y Promi,
que no me olvido de ellas.
 
Agosto, músicos y reposteros,
y la de votos y promesas,
que es la decana de todas
de las que allí se celebran.
 
En septiembre la «bajá»,
cuando te bajan, María,
a hombros de costaleros
vas radiante de alegría.
 
Porque vas a estar en Cabra
solo un mes con tu familia,
con los tuyos, con tus hijos
que tanto te quieren y miman.
 
Y a partir de ese día cuatro
Cabra entera te visita,
llenando la casa grande
que tú tienes en la Villa.
 
Triduos, novenas y misas
de todas las cofradías
se disputan este mes
para adorarte, María.
 
Las parejitas que empiezan
a hacer promesas, María,
con el mozo que a tus pies
va con la que él quería.
 
Y juran promesas eternas
del amor que se tenían,
y que hoy queda sellado
ante la Virgen María.
 
Y a tus hijos ya mayores
tú les das esa alegría,
porque así podrán verte
la mayoría de los días.
 
Primer domingo de octubre,
ya se acabó la alegría;
a las seis de la mañana
te llevan en romería.
 
Hacia tu casita blanca
que ha estado un mes vacía,
que faltó de su camarín
la Reina de Andalucía.
 
Plaza vieja de mi pueblo,
qué triste te vi aquel día;
ya no se sube la cuesta
con aquella alegría.
 
Iban todos los egabrenses
a visitar a María.
Costaleros de la Virgen,
que sois hombres de gran fe,
desde la Villa a su ermita
la lleváis con gran poder.
 
Te despides, costalero,
y un pensamiento te detiene:
«Dame salud, madre mía,
pa' verte el año que viene».
 
Día 8 de diciembre,
la última romería,
la de la fe y la familia,
en que la ermita se engalana,
que con fe mariana traspasa su alegría.

 

Antonio Cruz Casado (Real Academia de Córdoba)


 



RESEÑA ACADÉMICA




Una comedia barroca inédita sobre
la Virgen de la Sierra de Cabra


La devoción a la Virgen María es una constante en la sensibilidad religiosa del mundo occidental. Baste recordar, al respecto, unas palabras del sevillano Benito Más y Prat, en una obra de título tan significativo como La tierra de María Santísima: «El culto a María es antiquísimo, y el mundo entero se halló propicio para su recibimiento. La Virgen Madre, como idea, se encuentra en todas las teogonías; así lo afirman los apologistas marianos. Uno de los más celebrados, el piadoso abate Orsini, dice en su Historia de la Madre de Dios: “Recórranse desde el Norte al Mediodía, y desde el Poniente a la Aurora, las diversas regiones del globo; regístrense los anales religiosos de los pueblos, desde la tierra en que nacen los naranjos hasta las montañas abrasadas en que el girasol crece, y se encontrará a la Virgen Madre en el fondo de todas las teogonías”». Es posible, además, que Andalucía sea la tierra en que la devoción a la Virgen haya calado con más profundidad, y los ejemplos que pudieran traerse a colación son numerosos y conocidos de todos.

El arte no se sustrae a ese fenómeno religioso tan marcado, sino que, al contrario, en muchas ocasiones, lo potencia claramente. La existencia de diversas comedias de la etapa barroca, que tienen como objetivo fundamental la alabanza y exaltación de una advocación mariana, es algo conocido por todos los que se han asomado al teatro del Siglo de Oro. Entre ellas están La soberana Virgen de Guadalupe y sus milagros y grandezas de España, atribuida con escaso fundamento a Miguel de Cervantes —autor tan fervoroso devoto de la Virgen, como se observa en muchas páginas de Los trabajos de Persiles y Sigismunda—, junto a otras realizaciones como La madre de la mejor o El capellán de la Virgen (San Ildefonso), de Lope de Vega; La Reina de los Reyes, de Tirso de Molina, sobre la Virgen de los Reyes de Sevilla; u Origen, pérdida y restauración de la Virgen del Sagrario, de Calderón de la Barca, por no mencionar nada más que algunas de autores fundamentales.

A esta serie debe unirse también una comedia barroca, manuscrita e inédita, al parecer desconocida para casi todos los interesados en estas cuestiones, que está centrada en la Virgen de la Sierra de Cabra. Se titula La Aurora en Andalucía y milagro de la Sierra. Nuestra Señora de la Sierra que se venera en la muy ilustre villa de Cabra, tal como aclara el subtítulo, para que no haya lugar a dudas; cuyo autor, según se indica en la portada del códice, es don Manuel Ángel González, un secretario de la casa de Sessa, «oficial de la secretaría del Excelentísimo Señor Duque de Sessa», se dice textualmente. Su nombre no aparece en los repertorios bibliográficos cordobeses consultados y es posible que sea autor circunstancial de esta sola pieza. Sin embargo, parece un escritor que resuelve con mediana pericia los problemas teatrales, en la línea de Lope de Vega, cuya fórmula dramática sigue, aunque la comedia es muy posterior a la etapa lopesca. 

[1] Sin embargo, encuentro en La Barrera la indicación siguiente: GONZÁLEZ (LICENCIADO MANUEL), autor de “El Español Juan de Urbina, o el cerco de Nápoles”. (P. 4.ª).

2 Transcribimos la portada, actualizando grafías y deshaciendo abreviaturas: “Comedia nueva. La Aurora en Andalucía y milagro de la Sierra. Nuestra Señora de la Sierra que se venera en la muy ilustre Villa de Cabra. Copiada del original manuscrito que conserva una persona de la Villa de Baena, en este mes de mayo del año 1794. Compuesta por don Miguel Ángel González, oficial de la secretaría del Excmo. Sr. Duque de Sessa, y representada en esta Villa de Cabra a principios del siglo 18. Hallándose en ella los Excmos. Sres. Duques”, ms. 16296, BNE. Las restantes referencias a esta obra se señalan en el cuerpo del texto mediante la cita del folio correspondiente

También el manuscrito nos suministra algunos datos sobre la representación, porque la comedia no es solo un texto que se escribe y se guarda, sino que parece haber sido representada ante el duque de Sessa durante alguna estancia del mismo en sus estados cordobeses. Estos datos se hacen constar claramente en la portada, en la que se indica: «representada en dicha villa de Cabra a principios de este siglo XVIII, hallándose en ella los excelentísimos señores duques». También hay huellas de esto en la loa que encabeza la representación. En la introducción del espectáculo, titulada «Loa para la comedia de La Aurora en Andalucía y milagro de la Sierra», aparecen diversos personajes mitológicos, entre los que están el Tiempo, Baco, Flora, Saturno, Ceres y el Poder, y algunos de ellos se dirigen a los nobles (el duque, su esposa y el nieto de ambos) como si estuvieran presentes en el momento real de la representación. El Tiempo elogia al duque en estos términos:

Yo, el Poder, si la elocuencia
me donare sus conceptos,
elogiaré al siempre invicto,
sabio, justo, amable y recto,
de la caridad archivo,
de la nobleza el espejo,
el sapiente, el poderoso,
el amparo y señor nuestro,
conde y dueño de esta villa,
duque de Sessa, que el cielo
nos le guarde muchos años;
y a ti te amonesto, Tiempo,
no toques a su grandeza (ff. 7 v. – 8 r.) 

Flora hace lo mismo con la duquesa:

A mí me tocan por dama
los elogios y así empiezo,
excelentísima sabia,
doña Teresa, en quien veo
las gracias más preeminentes,
que mi lengua no halla acentos
para numerarlas todas,
y en la caridad me quedo,
porque es tan agigantada
esta virtud, que comprendo
que en el tribunal divino
del consistorio supremo
una lámpara dotada
tiene, que está preluciendo (ff. 8 r.-v.) 

Ceres alaba luego al nieto de la noble pareja:

A mí me toca elogiar
a su más querido nieto,
nuestro conde, que aunque niño
se descubren los reflejos
de aquella fulgente llama
de sus ascendientes, siendo
en su niñez un gigante
en pueriles años tiernos (f. 8 v.) 

Uniendo algunos cabos, y teniendo en cuenta la indicación de que fue representada a principios del siglo XVIII, podemos localizar el duque destinatario de la comedia en cuestión, que parece haber sido don Francisco Javier Fernández de Córdoba Folch de Cardona Aragón (1688-1709), X duque de Sessa, VIII de Baena, IX de Soma, XII conde de Cabra, XII vizconde de Iznájar, etc., nacido en Cabra el 20 de septiembre de 1688, esposo de doña Teresa (Manuela Antonia) Fernández de Córdoba y Guzmán (1688-1750), dama mencionada expresamente por su nombre en el texto. Queda por determinar una fecha algo más concreta, en lo que hay que contar con el hecho de que ambos tenían ya un nieto para entonces.

La loa de carácter mitológico que encabeza la obra, así como el título La Aurora en Andalucía, que parece evocar aquellos versos gongorinos que don Luis dedica al nacimiento: «Caídosele un clavel, hoy a la Aurora del seno», en los que se observa una correlación mitológica vertida a lo divino, nos hicieron pensar que estábamos ante una pieza del tipo de los contrefacta, es decir, una pieza en la que los mitos paganos griegos y romanos se modifican o se entienden con un sentido religioso cristiano, como hay tantas en el Siglo de Oro. Sin embargo, su lectura nos hace constatar que se trata de una comedia más bien historicista, ambientada en torno a los años de la conquista de la ciudad de Córdoba por Fernando III el Santo, y en ella se advierte una doble acción, al estilo habitual de Lope: la que corresponde a la parte histórica sobre la conquista de Córdoba y de Cabra, y la que se ocupa de la parte amorosa sentimental; es precisamente en esta acción de amor, entre un cristiano fugitivo y una princesa árabe, en la que se incluye la localización de la Virgen egabrense en una cueva de la sierra.

Claro que no se trata de una comedia propiamente dicha, sino más bien de una fiesta teatral barroca, es decir, de un espectáculo completo. La representación está integrada por las partes siguientes, todas ellas conservadas:

La ya mencionada «Loa para la comedia de La Aurora en Andalucía y milagro de la Sierra».

Jornada primera de la comedia de La Aurora en Andalucía y milagro de la Sierra, dividida en tres escenas.

Un «Entremés del maestro de andar a la moda».

Jornada segunda de la comedia señalada, también dividida en tres escenas.

Un baile entremesado, que se titula «El sargento jeringado».

Jornada tercera de la comedia central, con tres escenas igualmente.

Un fin de fiesta, sin título explícito, con cuatro personajes.

 

3 Otras fuentes indican la fecha de 1654 

Son casi cien folios los que integran el códice. Nos ocuparemos de forma somera de la comedia central, que da título a nuestro trabajo.

Desde el punto de vista cronológico interno, ya hemos indicado que se localiza su acción en torno a la época de la conquista de Córdoba, y sobre este tema se incluye en el manuscrito un grabado inicial alusivo al hecho, en cuyo pie se lee: «Entrega de la ciudad de Córdoba a San Fernando, rey de España, en 29 de junio de 1236, día de los Santos Apóstoles San Pedro y San Pablo». Entre los personajes que rodean al santo rey hay varios identificados con sus nombres, como don Álvar Pérez de Castro, adelantado mayor; don Alfonso Téllez de Meneses o don Pedro Ruiz de Castro.

Algunos de ellos pasan luego a formar parte de la comedia, como don Alonso de Meneses, don Álvaro de Castro o el propio rey San Fernando, en la parte cristiana. Otros personajes importantes se incluyen en la facción árabe. La acción que pudiera considerarse histórica, de manera aproximada, se centra en la conquista de Córdoba y posteriormente en la conquista de Cabra, y desde la perspectiva religiosa es solo el marco que envuelve la acción central: el descubrimiento de la Virgen de la Sierra, oculta en una profunda cueva, en cuyo hallazgo se dan cita otros prodigios sobrenaturales, como la intervención efectiva de un ángel.

Hay una pareja de enamorados que mantienen a lo largo de la pieza aquellas «intercadencias de la calentura de amor», que dirían los clásicos, aunque de forma muy recatada y dificultosa, porque ambos pertenecen a distintas religiones: el hombre, que se llama Andrés, es un soldado cristiano, y la princesa mora tiene el nombre de Celima. No creamos que estas historias románticas de amores contrariados por la religión o la cultura son solo propias del romanticismo posterior, sino que hay una notoria tradición hispánica previa, ya desde el siglo XVI, en la que el mundo árabe se ve con ciertos rasgos positivos caballerescos, como se constata en la Historia del Abencerraje y la hermosa Jarifa y en el romancero de tipo morisco.

Será esta pareja de enamorados la que encuentre la imagen de la Virgen de la Sierra, que estaba oculta en una sima de la montaña desde tiempos muy antiguos, al parecer desde la época de los godos. Se trata de una recuperación milagrosa, puesto que en ella interviene también un ángel que conforta y guía a los jóvenes.

En la parte final, el propio rey San Fernando sanciona la unión de los enamorados, al mismo tiempo que ennoblece al soldado cautivo de los árabes, con estas palabras:

Padrino seré de boda,
y para premiar tus hechos,
remunerar el trabajo
que padeciste a los hierros
de la cadena pesada,
que arrastró tu cautiverio,
te doy una compañía
de cien hombres, que el esfuerzo
de tu valor los gobierne,
constante, noble y guerrero,
nombrándote desde ahora
Andrés Cadenas, poniendo
como noble en el escudo
las cadenas por trofeo (ff. 89 v. – 90 r.) 

Hay, además, en la obra otros aspectos que vale la pena destacar, como un elogio poético de Córdoba puesto en boca de Mahomet, rey de la ciudad; y, aunque se trata de un fragmento de alguna extensión, vale la pena citarlo. El personaje está hablando con su mujer, Rosa, que es la reina mora, y le dice así:

Esta ciudad poderosa,
Rosa, es de Febo holocausto,
cuyas aromas tributa
a sus soberanos rayos.
Del Andalucía es
el sitio más estimado,
más alegre y fructuoso
y pingüe de todo grano.
De aguas la más abundante
y de ingenios los más claros.
Dueño soy, gracias a Alá.
Mahomet soy, y quien la mando,
y tú su reina y señora;
harto he dicho, voy al caso.
Su fundación admirable
está situada en un llano,
a las faldas de esa Sierra
Morena, cuyos collados
y recuestos hacia el norte
país es extraordinario
de diversidad de flores;
Guadalquivir, río ufano,
abrigo de muchos ríos,
por lo que así le llamaron,
la baña, y esta ciudad
es toda en forma de un marco,
se extiende por la ribera
del río, muy a lo largo,
que les causa a los tracistas
mucha duda en el cuadrado.
Todos mis antecesores
su Alcázar Real ocuparon,
desde que el rey don Rodrigo
perdió a España, ¡triste caso!,
digno de eterna memoria,
hasta que la conquistaron
Abigualix Almanzor
con todos sus conjurados,
siendo el conde don Julián
causa de tantos trabajos.
Los arrabales que tiene
tan grandes y tan poblados
que forman otra ciudad,
cuyos obeliscos altos
por la puerta de Levante
los tienen todos cerrados.
Por la parte del Poniente
el Palacio está fundado,
tomado de un murallón,
que es su defensa y resguardo.
Una hermosa puente tiene
cuya arquitectura alabo,
por lo capaz y suntuoso
que corre todo su plano,
de la Mezquita mayor
hasta los últimos arcos (ff. 13 v. – 15 r.)

Como es obvio, y teniendo en cuenta los receptores inmediatos de la obra, hay también numerosas referencias, siempre elogiosas, a Cabra y a la Virgen, entre las que podemos destacar algunas. Así Celima, cuando la acción se sitúa en la ciudad mencionada, habla de su fortaleza y de su carácter casi inexpugnable:

Señor, no te dé cuidado,
que esta ciudad, cuyo asiento
está entre rocas y sierras,
se nombra Egabro, por esto,
por ser tan agria y tan fuerte,
que creo que con tu aliento
y la gente que la guarda,
todos valientes guerreros,
las fuerzas de los cristianos
sujetarán con esfuerzo (f. 20 r.-v.) 

Hay referencias del mismo personaje a la sima de Cabra, en donde se pretende precipitar al fugitivo Andrés:

En la sima le echarán,
que es sepulcro y monumento
de todos cuantos cristianos
a esta plaza traen presos (f. 21 v.) 

Una parte de la acción se sitúa precisamente en la boca de esta conocida depresión:

Celima: Este
lugar ha de ser testigo
de lo que ahora me ofreces,
a la boca de la sima
estamos, mira qué albergue
tan tenebroso, que sirve
solo para delincuentes;
no se le ha hallado jamás
suelo, si acaso lo tiene.
 
Andrés: Es escabrosa espelunca.
Celima: Es el lugar de la muerte.
Plegue a Alá que tu sepulcro
sea, si acaso rompieres
la palabra que me has dado (f. 37 v.) 

Andrés monologa acerca de su situación, escondido en la sierra, así como de la incertidumbre que le produce la actitud de Celima, antes de oír la voz del ángel que le indica el lugar en el que se oculta la imagen de la Virgen. Dice así:

Sierra hermosa, abrigo mío,
que mi cautiverio amparas
tantos días, donde pongo
en María mi esperanza.
Una cueva me sepulta,
obscura tanto, como agria;
de ella salgo algunas veces,
de que doy a Dios las gracias.
Celima, que a visitarme
algunas veces se alarga
a subir hasta este sitio,
con motivo de la caza,
tarda ya. Pero yo estoy
con algún temor, ¿si falta
a su palabra? Lo dudo.
¿Podrá ser? Es mahometana,
y ella le dirá a su padre
dónde estoy, ¡cruel venganza!
Pero si a María tengo,
ningún temor me acobarda.
Muchas veces cuando el sueño
rinde la flaqueza humana,
en sus fantasmas nocturnas
se me representan varias
especies, de que un tesoro
en una cueva se guarda.
Ficción será de la idea;
el corazón se acobarda (ff. 49 v. – 50 r.) 

El ángel narra con cierto detalle el origen de la imagen que se guarda en la sierra, en estos términos:

El tesoro que se esconde
de María en estos cerros
estas maravillas obra
por incógnitos decretos.
Desde que se perdió España
por justas causas que el cielo
tuvo, para que los moros
la dominasen un tiempo,
de guarda estoy de la efigie
de María, que escondieron
en aquella cueva godos
que con católicos pechos
tributaban a su imagen
reverentes cultos tiernos.
Andrés y Celima que
ocultos en este centro
están, absortos, confusos
de este prodigio, suspensos,
son los que descubrirán
este tesoro supremo,
que Dios por sus altos juicios
a nadie le ha descubierto
del principio de esta sacra
emperatriz de los cielos,
ni quien la trajo a esta sierra
no hay memoria, y lo que es cierto
ser de los retratos que hizo
Nicodemus, el más diestro
escultor, como San Lucas
fue pintor, que encarnó el bello
rostro de esta santa imagen,
María en carne viviendo.
A España la trasladaron,
como con muchas hicieron.
Mahomet, que ganará a Egabro,
rey de Granada soberbio,
para esta dominación
un siglo pasará entero,
y no pudiendo sus armas
mantenerla, desde luego
la abandonará y el rey
don Alonso, por decreto
real, mandará poblarla
al maestro del excelso
como ilustrísimo orden
de Calatrava; así mesmo
a su corona dichosa
la incorporará, y muerto,
los esclarecidos Reyes
Católicos, muy atentos
a los hechos valerosos
del ínclito siempre excelso
gran mariscal de Castilla,
ilustre señor don Diego
Fernández de Córdoba, quien
el conde será primero
de Egabro, llamada Cabra,
cabeza de muchos pueblos,
como también del condado,
cuya sucesión siguiendo
ha de durar muchos siglos,
por intercesión y ruegos
de María de la Sierra
y emperatriz de los cielos.
Todo esto sucederá
como lo dice mi acento.
Y ahora por satisfacer
a los curiosos que atentos
han estado motejando
(soy de parte del ingenio)
que María de la Sierra
fue su aparición en tiempo
del santo rey don Fernando,
cuando a Córdoba venciendo
y sujetando a Mahomet,
como también a los pueblos
de Écija, Estepa, Marchena,
Cabra, Osuna, y así mesmo
Porcuna, Baena y otros
menores, como es cierto
y se verificará
imprefigidiéndose el tiempo,
que así la historia lo dice,
con lo que desaparezco,
para que sigan la escena
Andrés y Celima (ff. 54 r. – 56 r.)

Como hemos visto, en la profecía del ángel se encuentra un somero resumen de la historia de la antigua Egabro. Este ser espiritual se aparece también en sueños al rey San Fernando y le confía el secreto de la imagen, al mismo tiempo que le insta a conquistar la ciudad de Cabra, auxiliado por el poder divino de María. En consecuencia, la toma de la fortaleza está ligada con la devoción mariana. La acotación escénica indica que «canta el ángel»:

Rey Fernando, rey Fernando,
despierta, no venza el sueño
a un monarca tan celoso
que pretende ensalzar de fe su celo.
Despierta, no estés dormido,
acude, y ha de ser presto,
a Egabro, para rendirla,
porque en ella hallarás un sacro cielo.
Despierta, y ensalza el nombre
de María, a cuyos ecos
vencerás muchas batallas,
que es el clarín que asusta al agareno.
Rey Fernando, no descuides,
que este es precepto supremo:
que el rey no ha de estar dormido
cuando es preciso que vele y esté atento (ff. 70 r.-v.) 

Quizás el momento cumbre de la comedia sea el descubrimiento de la imagen de la Virgen, hecho que tiene lugar en la propia escena, no mediante la narración de lo que ha ocurrido fuera, como suele suceder en otras ocasiones. Tras la conversión de Celima al cristianismo, se oye una música dentro de la cueva en la que ambos están ocultos, y una voz canta:

Salve, divina Aurora;
salve, madre del Verbo;
salve, reina divina;
salve, refugio excelso,
consuelo de afligidos,
salud de los enfermos,
milagroso tesoro,
oculto tanto tiempo.
 
Andrés:
Por aquella peña abierta
salen gloriosos reflejos,
y las sonorosas voces
por su abertura se oyeron.
Celima, ayuda constante
y las piedras apartemos;
este tesoro divino
los dos le descubriremos.
 
Celima:
Pues, Andrés, te ayudaré,
y este prodigio indaguemos.

Van apartando piedras de la boca de la otra cueva, y en lo último de ella se verá a Nuestra Señora de la Sierra y el Ángel de la Guarda) (f. 77 r.-v.)

No falta tampoco la intervención de la figura del donaire o gracioso, como es de rigor en las comedias que se escriben según la fórmula de Lope. Aquí el gracioso se llama Martín, es un soldado cobarde y alguna de sus intervenciones ante el rey tiene cierta gracia, como cuando se niega a ir como embajador ante los moros:

Y si me parten los moros,
porque en la mazmorra estaba
y me cogen, ¡Jesús mío!,
más que al instante me empalan,
que es un martirio de mazo
a los filos de una estaca,
y es un remedio eficaz
para el que tiene almorranas;
búsquese a uno que las tenga
y que lleve esta embajada (f. 47 r.) 

Se trata, en fin, de una comedia que tiene interés desde diversas perspectivas, además de las estrictamente estilísticas o literarias, que no son tampoco desdeñables.

Su existencia nos da fe de que el Barroco como estética pervive en la cultura andaluza hasta bien entrado el siglo XVIII, de lo que es igualmente testigo la presencia de otros poetas andaluces, como el cordobés José León y Mansilla, que pretendía nada menos que continuar las Soledades gongorinas y escribió la Soledad tercera, por la misma época de La Aurora en Andalucía, editada en Córdoba en 1718. Lo que se suele llamar en los manuales de literatura la «lucha contra el barroco» no parece haber afectado a la cultura andaluza hasta bien entrada la centuria ilustrada.

Por otra parte, la «fiesta» conservada constituye un documento curioso para el estudio de las celebraciones palaciegas que se llevan a cabo en provincias, ligadas en este caso a la casa ducal de Sessa, en Cabra, al mismo tiempo que se constata la fertilidad y perennidad de la fórmula de Lope, autor, por otra parte, tan relacionado personalmente con la noble casa andaluza mencionada.

Por último, y no es lo menos importante, el tema mariano en torno a la Virgen de la Sierra de la ciudad de Cabra tiene aquí un texto muy representativo, que parece haber sido ignorado y omitido por los críticos que se han ocupado de la cuestión. En él, la secular devoción popular a la Virgen egabrense se une a un vehículo tan adecuado para la difusión religiosa como es el teatro. Su estudio y edición quizás tendrían, aun en nuestros días, un interés superior a lo meramente arqueológico literario.