junio 01, 2026

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 Cabra, culta y poética 

Este blog pone a disposición de ustedes, en este formato digital, la revista en PDF "Cabra, culta y poética" que desde el mes de junio del pasado año 2023, estamos editando. Nos complace y nos congratula muchísimo a todos los colaboradores, creer que nuestra revista contribuye de algún modo a la promoción de la cultura de nuestro pueblo.

La única pretensión del mismo es facilitar que los contenidos de la revista  puedan llegar a un mayor número de usuarios, sobre todo aquellos que usan las nuevas tecnologías. Nosotros procuraremos abarcar  el mayor número de campos culturales que nos sea posible: literatura, música, pintura, etc.

CONTENIDO:  

— EDITORIAL
—RELATOS DE HISTORIA

COLABORACIONES:

— RELATOS
— REFLEXIONES
— ENSAYOS
— TEATRO
— POESÍAS
— DIBUJOS
— LIBROS RECOMENDADOS
— FOTOS
— VIDEOS 

CONTACTO:

Email de contacto: cabracultaypoetica@gmail.com
https://cabramilenaria.blogspot.com

Edición y dirección: Antonio Fernández Álvarez
Diseño y Maquetación: Antonio Fernández Álvarez

Editorial

Editorial

La satisfacción de ver publicado el número 36 de la revista Cabra, Culta y Poética nos ha dado un impulso de energía increíble; nos hace tanta ilusión que el ego se nos ha subido por encima de nuestras posibilidades.

Para canalizar esa energía, ya estamos preparando el próximo número con un reto claro: nuestro objetivo principal ahora es evolucionar el diseño. Queremos que la revista sea visualmente más atractiva y moderna, un proceso complejo en el que ya estamos volcados para ofreceros una estética a la altura de nuestros textos. Este cambio nace de las ganas de seguir creciendo junto a vosotros.

Somos conscientes de que una revista de estas características solo sobrevive gracias a la complicidad de quienes valoran la cultura sin artificios. Por ello, este rediseño no es solo una cuestión de imagen, sino una promesa de futuro: queremos que cada página sea un refugio donde la palabra y el arte respiren con libertad. Vuestro apoyo constante es el motor que nos empuja a no conformarnos y a buscar la excelencia en cada uno de nuestros trabajos que seleccionamos con mimo. 

Queremos que el nuevo diseño también refleje lo que buscáis. Si tenéis alguna sugerencia estética o hay alguna sección que les encantaría ver renovada, ¡somos todo oído!

La revista la hacemos entre todos y, como siempre les digo, este es un espacio abierto: si escribís, pintáis o creáis, este es vuestro lugar para brillar.

Afrontamos esta nueva etapa con la certeza de que el diseño debe ser el marco perfecto para vuestro talento, un lienzo limpio donde la tipografía y el espacio dialoguen en perfecta armonía. No se trata de cambiar nuestra identidad, sino de vestirla con la elegancia y la vanguardia que el panorama literario actual nos exige. Con cada propuesta visual que ya estamos perfilando, buscamos despertar una emoción nueva en el lector antes incluso de que empiece a leer la primera línea. Vuestras ideas serán el faro que guíe esta metamorfosis, porque una maquetación impecable es el mayor homenaje que podemos rendir a vuestras creaciones.

Podéis participar enviando sus trabajos a:

Email: cabracultaypoetica@gmil.com

Nuestra publicación es mensual.

¡Bienvenidos al número 37! 

Vea en PDF nuestra revista, o si lo prefiere descárgela. AQUÍ

Véala tambien en formato revista digital, queda muy chula. ENTRE AQUÍ

Relatos de historia

RELATOS DE HISTORIA     

       


La Vara y el Fuego

El mapa de la Córdoba insurgente

TERCERA PARTE

Aguilar de la Frontera

El espejismo de la libertad 

Aparqué en las inmediaciones de la Plaza de San José, esa joya octogonal que parece diseñada para que todo el pueblo se mire a la cara. Me senté en un banco bajo la sombra, con el libro de Díaz del Moral sobre las rodillas, aún con la mente puesta en los incendios de Montilla. Fue entonces cuando un hombre de edad avanzada, que descansaba apoyado en un bastón de madera de olivo, rompió mi silencio.

—Veo que busca usted las raíces de nuestro dolor —dijo, señalando con un gesto pausado el ejemplar de Historia de las agitaciones campesinas andaluzas.

Le expliqué mi viaje: el cuaderno de Iznájar, el estanco de Ana María de Soto y el rastro de aquel febrero de 1873. El hombre asintió con una gravedad antigua. Resultó ser un antiguo maestro, jubilado pero con la memoria más despierta que nunca, que guardaba en su casa algo que podía serme útil.

—En Aguilar —continuó—, el hambre no esperaba a que los señores de Madrid se pusieran de acuerdo. Aquí, la República no fue un debate, fue un grito de supervivencia.

Me invitó a acompañarlo a una pequeña casa cercana, donde extrajo de una carpeta amarillenta una copia de un antiguo manifiesto de los jornaleros de Aguilar. Según me contó, su abuelo lo había guardado como un tesoro prohibido. Mientras lo leía, comprendí que Aguilar fue el espejo de Montilla:

Al igual que en Montilla, la noticia de la República el 12 de febrero provocó que el pueblo se lanzara a las calles para deponer a las autoridades vinculadas a la oligarquía terrateniente. 

Se quemaron los fielatos, que eran los puntos de cobro del odiado Impuesto de Consumos, que gravaba los alimentos básicos de los más pobres; fueron los primeros en arder.

A diferencia de otras revueltas puramente políticas, en Aguilar los campesinos se dirigieron a los cortijos no solo para protestar, sino para exigir que la tierra volviera a manos de quienes la trabajaban de sol a sol.

El viejo maestro se reajustó las gafas y, con un suspiro que parecía cargar con el peso de un siglo, continuó su relato mientras el sol de la tarde empezaba a teñir de ocre las paredes de Aguilar de la Frontera.

—Lo de aquí fue un espejismo de libertad que duró apenas unos días —comenzó a decir—. Mientras el pueblo creía que la República era el fin de su esclavitud frente a los terratenientes, en Córdoba ya se estaban afilando las bayonetas.

Aquí tienes los hechos que el anciano te narró sobre el final de la revuelta:

Tras el caos inicial y la quema de los fielatos, el Gobierno no tardó en reaccionar. Desde Córdoba partió una columna militar al mando del brigadier Pavía (quien más tarde se haría famoso por su golpe de Estado). Su misión era clara: restaurar el «orden» a cualquier precio.

Al ver que el ejército se acercaba, muchos campesinos, que esperaban que la República los protegiera, comprendieron con amargura que el nuevo régimen no iba a permitir el reparto de tierras ni el desorden social. En Aguilar, a diferencia de otros lugares, la resistencia fue breve pero intensa antes de que la superioridad militar se impusiera.

Una vez que las tropas tomaron la plaza, empezaron las detenciones. No solo fueron tras los que prendieron fuego a los fielatos, sino tras los líderes naturales del campesinado. Muchos huyeron a la sierra, repitiendo el ciclo de los huidos que habrás leído en el cuaderno de Iznájar.

El ejército restableció en sus puestos a la misma oligarquía terrateniente que había provocado el hartazgo. Las varas de mando, que en otros pueblos volaron por los balcones, aquí fueron devueltas a las manos de quienes seguían viendo al jornalero como a un esclavo.

El maestro terminó la historia con una frase que me recordó mucho a lo que había sentido durante todo el viaje: 

—Al final, hijo, la República en la Campiña fue un estallido de luz que terminó en una oscuridad más profunda para los pobres. Los que mandaban antes, mandaron después. Como dijo aquel alcalde de Iznájar, muchos solo «cambiaron de chaqueta» para no soltar el mando.

Me despedí del viejo maestro con un apretón de manos que sabía a historia viva. Al salir de Aguilar de la Frontera, el sol comenzaba a esconderse tras las lomas de olivos, proyectando sombras alargadas que parecían los fantasmas de aquellos jornaleros de 1873.

Dejé atrás la Campiña Sur con el motor del coche ronroneando en dirección a casa, pero con la mente todavía anclada en el «hartazgo» de las gentes que había descubierto. En el asiento del acompañante, el libro de Díaz del Moral y el cuaderno de Iznájar eran ahora mis tesoros más preciados.

Una vez en casa, en la quietud de mi despacho y lejos del bullicio de las plazas, me dispuse a retomar la lectura. Al abrir de nuevo Historia de las agitaciones campesinas andaluzas, mis ojos se detuvieron en un nombre que ya había empezado a resonar en mis oídos: Bujalance.

Supe entonces que mi periplo no había terminado. Las páginas describían sucesos en el Alto Guadalquivir que vibraban con la misma rabia y esperanza que los de Montilla y Aguilar. El fuego de los fielatos y el asalto a los ayuntamientos tenían allí un capítulo propio, uno que exigía ser visitado y sentido sobre el terreno.

Cerré el libro lentamente. Ya no era solo curiosidad; era una necesidad de completar este mapa de la rebeldía cordobesa. Mañana, con las notas bien ordenadas y el espíritu descansado, comenzaría a preparar la ruta. Bujalance me esperaba y, con ella, el siguiente relato de esta crónica que comenzó, quién lo diría, bajo una tabla suelta en un desván.

CONTINUARÁ ............

Miguel Blancas Calzado

 


VIDA Y ANÉCDOTAS

EGABRENSES DEL AÑO 2009

 

 

Vicente Carnerero López



Vicente nació el 18 de febrero de 1929. Según relataba el mismo, su nacimiento tuvo lugar en la casilla “Mazuelos” de este término municipal, a las doce de la noche y a la luz de un candil, en una tarea en la que su difunto padre prestó ayuda. Vicente siempre decía con orgullo: “Soy más del campo que San Isidro Labrador”.

Fue el cuarto de una familia de siete hermanos. Existe la teoría de que las grandes figuras surgen a menudo de familias numerosas y, en este caso, dicha teoría se cumple con creces.

Infancia y juventud

Un pasaje entrañable de su niñez fue su labor como Guarda de Honor. Esta labor consistía en un grupo de niños que se situaban junto al Altar Mayor de la iglesia como guardia honorífica; vestían un jersey blanco de cuello de cisne y pantalón azul marino. Asimismo, tenía la triste obligación de trasladar a los niños que fallecían desde sus casas al Camposanto, algo que, por desgracia, era frecuente en aquellos tiempos.

Cursó estudios de preparatoria en el Instituto Aguilar y Eslava, donde tuvo por maestros a don Francisco Molina y don Luis Fernández. Gracias a las enseñanzas de tan buenos profesores, muchos jóvenes de su época alcanzaron puestos privilegiados en la sociedad. No obstante, Vicente tuvo que abandonar los estudios para trabajar en el campo y ayudar en casa; eran tiempos difíciles en los que cualquier apoyo era vital.

Familia y compromiso social

En 1938, debido a circunstancias familiares, se marchó a Córdoba con unos tíos. Los dos hijos de estos habían sido enviados al frente por los avatares de la guerra y, para no quedarse solos, solicitaron que Vicente se fuera con ellos. Su presencia les fue de gran ayuda.

De aquella época recuerda una anécdota: casi todos los días, a las siete de la mañana, un avión bombardeaba Córdoba. Cuando sonaban las sirenas para acudir a los refugios, la gente decía con guasa: “Ya está aquí el tío de las tortas”.

Con el paso del tiempo llegó su juventud, etapa en la que conoció a la que fue su esposa, doña Dolores Poyato Arrebola.

Apenas yo era un niño cuando te conocí

nunca podré olvidar la primera vez que te vi.

Realizó el servicio militar en Santa Cruz de Tenerife, donde forjó buenas amistades; uno de sus amigos fue quien le introdujo en el gusto por la poesía.

El 10 de abril de 1954 contrajo matrimonio en la iglesia de Santo Domingo. Años más tarde, el 10 de abril de 2001, la pareja celebró sus bodas de oro. Vicente afirma con sabiduría que "con amor todo se supera".

Aquella mocita guapa
    que juntos fuimos al altar
  hoy hace cincuenta años
   y cada día la quiero más.

Durante su vida activa, regentó una tienda de comestibles en el Junquillo durante los años difíciles de la emigración. Cuando los cabezas de familia partían al extranjero, él suministraba lo necesario para el sustento de quienes se quedaban. El sistema se basaba en una cartilla de crédito (una para la madre y otra para Vicente), con la particularidad de que no cobraba intereses. Su generosidad fue tal que los descendientes de aquellas familias aún agradecen hoy que les quitara el hambre.

Un legado cultural en Cabra

Vicente fue un motor cultural para Cabra por su actividad incesante:

  • Música y Poesía: Constituyó rondallas, grupos de mochileros y coros, componiendo coplas tan populares como “Abuela” o “Santa Cruces de mi pueblo”.
  • Participación Social: Fue un presidente ejemplar del Hogar del Pensionista, organizando romerías, viajes y homenajes con una energía envidiable.
  • Tradición Navideña: Como director del grupo de “Mochileros Virgen de la Sierra”, llevó villancicos y alegría a cada rincón de Cabra, desde colegios hasta el Asilo de Ancianos.


En el año 2009, el pueblo de Cabra le otorgó el título de Egabrense del Año en reconocimiento a sus méritos y a una vida dedicada a los demás. Vicente Carnerero López no solo fue un hombre sencillo y humano, sino una figura que escribió con letras de oro parte de la historia de su tierra.



CONTINUARÁ…………

Antonio Fernández Álvarez (Escribidor de Sueños)

 


RELATO

 

 

 

 

El negocio del silencio

¿Dónde está Federico García Lorca?

 

Introducción

Este texto no nace del rencor, ni pretende profanar la estatura artística de uno de nuestros mayores genios. Su única pretensión es la búsqueda de la verdad. A menudo, la historia oficial se construye sobre cimientos de mármol para ocultar que, bajo ellos, la tierra está vacía. Cuando el mito se vuelve más rentable que el hombre, y el misterio más lucrativo que la evidencia, la literatura deja paso a la contabilidad. Estas líneas son una invitación a preguntarse si, noventa años después, el silencio que rodea a Federico García Lorca sigue siendo una herida abierta o si, por el contrario, se ha convertido en la mayor inversión de nuestra industria cultural. Porque la memoria que no busca la verdad, solo busca el beneficio.

El negocio del silencio

El aire en el Gran Café Gijón estaba denso, pero no era por el vapor de las tazas, sino por la sombra de un secreto que sumaba casi un siglo de mutismo. En una de las mesas de mármol del fondo, Don Julián, a sus 88 años, doblaba con desprecio un periódico del día.

—Memoria Democrática... —masculló Julián, lanzando el diario sobre el mármol como si quemara—. Otra ley partidista, Ricardo. Otro intento de cobrar facturas de hace un siglo con el dinero de los que ni habían nacido. Todo es revanchismo envuelto en papel de regalo institucional.

Ricardo, treinta años más joven y defensor de la nueva norma, suspiró con cansancio.

—Es una cuestión de justicia, Julián. De cerrar heridas, de que el Estado asuma su responsabilidad...

—¿Responsabilidad? —Julián soltó una carcajada seca que hizo girar algunas cabezas—. No hay más verdad que todo es mentira. Sabes perfectamente que esa Memoria Democrática es la que anda gastando fortunas buscando el cadáver de Federico para colgarse una medalla en el pecho. Pero no lo encuentran, ¿verdad? Ni lo encontrarán. Porque la memoria de unos es el negocio de otros.

Julián apoyó sus manos nudosas, manchadas por la edad, sobre la mesa. Esas manos eran el último puente vivo con el pasado: Julián había sido el alumno predilecto de Don Miguel Gutiérrez Jiménez, el catedrático que, allá por 1910, tuvo a un joven Federico sentado en sus aulas de Granada.

—Federico no era el elegido de los dioses que te vende el Ministerio, Ricardo. Mi maestro, Don Miguel, lo recordaba como un estudiante mediocre, distraído, incapaz de aprobar Derecho o latín. No lo digo yo, lo decía quien lo tuvo delante: el "semidiós" que veneras hoy nació en un despacho, no en un pupitre. A Lorca lo terminaron de escribir después de muerto para que encajara en el pedestal que hoy necesitáis.

Ricardo apretó los puños, visiblemente incómodo.

—¿Y qué si no sacaba dieces? Su muerte fue el grito de una España rota. No puedes culpar al marketing de la sangre que corrió en Alfacar.

—No culpo al marketing de su muerte, Ricardo. Lo culpo de su desaparición. A Lorca lo mataron entre todos: los envidiosos de Granada que se vieron en el espejo podrido de Bernarda Alba, los uniformes que no le perdonaron que sus almas fueran "de charol", y hasta los suyos, que lo dejaron solo cuando el viento cambió. Pero mira a tu alrededor… Estamos en mayo de 2026. Han pasado noventa años. ¿Dónde está el cuerpo?

Ricardo guardó silencio, buscando una defensa en el fondo de su taza.

—Se han hecho tres excavaciones —continuó Julián, implacable—. Han usado georradares y han removido cada palmo que señalaron los testigos. Y el resultado siempre es el mismo: nada. Ni un hueso, ni una bala. Mientras tanto, la "Marca Lorca" no deja de batir récords. Se venden rutas, se cobran derechos, se erigen centros culturales sobre el vacío.

Julián bajó la voz hasta convertirla en un filo de navaja.

—Mira estas manos, Ricardo. Tomaron apuntes de un hombre que vio a Federico suspender. Mi maestro murió esperando que alguien dijera la verdad. Él sabía que un poeta vivo y mediocre en los exámenes es un hombre al que se puede discutir; pero un mártir desaparecido es una leyenda que no tiene fecha de caducidad. Piensa en el hermetismo de una familia que se niega a buscar donde otros mueren por encontrar. Piensa en un Estado que prefiere mantener el misterio para no desenterrar un pacto privado que se firmó bajo la mesa para proteger el flujo de dinero. 

Julián se levantó pesadamente, dejando unos billetes sobre el mármol. Se ajustó el sombrero, pero antes de marcharse, clavó su última mirada en Ricardo.

—Míralos ahí fuera. Ya preparan el noventa aniversario. Otra edición especial, otro simposio, otra subvención de esa memoria vuestra. La caja registradora no ha dejado de sonar desde 1936. Fíjate bien en los pozos vacíos de Víznar y luego en las cuentas de las fundaciones.

Hizo un silencio breve, dejando que el peso de sus 88 años cayera sobre el café.


—Resulta asombroso lo limpia que queda la tierra cuando lo que se entierra no es un hombre, sino un negocio que nadie puede permitirse desenterrar.

 

José Fernández Álvarez (JotaEfeA)

 



POEMAS CON IMAGEN

 

 


La voz inerte (Soneto)

Sobre el camino empolvado yacía:
forma irregular, color desgastado,
eco de historia, huella del pasado,
fósil corazón en su geometría.
 
Testigo fue de agua que cubría latitudes de monte encumbrado
y de anchas llanuras de verde prado
que las guerras de rojo sangre teñía.
 
En su silencio un grito mudo clama
revelar los secretos de la tierra,
y escribir la memoria que desgrana
el aliento oscuro que encierra,
de épocas antiguas olvidada,
el sereno palpitar de una piedra.











Carpe Auroram (Verso libre)

Amanecer es despertar la mañana a los colores de la luz.
Es irisar las formas, los objetos, las personas.

Amanecer es comenzar a nacer el día que nunca se repetirá,
porque ni siquiera los rayos del sol serán mañana los mismos,
como tampoco el agua que corre el río junto a nuestra mirada
volverá a circular por aquel cauce.

Ni los verbos que hoy usemos tendrán mañana la misma conjugación,
los versos no tendrán la misma rima,
porque mañana no es el hoy de nuestro existir.

El transitar vital de este amanecer es único,
como distinto fue ayer.
No hay monotonía machadiana.

Las gotas de lluvia que hoy empapan los cristales
no mojarán mañana la ventana de ningún afer.
Las notas de la sinfonía de este hoy
podrían componer distinta modalidad en un nuevo amanecer.

Completa hoy la paleta de colores de tu existir
contemplando los destellos matizados del sol de amanecida.

No te pares en las estaciones de tu transitar.
Gasta los tiempos de espera avanzando aconteceres.
Adelanta a tus propios pasos
dejando atrás sombras y desdichas.

Vive el hoy que amanece, que no es poco.
Mañana…



 












Francisco Asís Granados Mellado (Paco Granados)

 



RELATO

 

 


El Hombre que Volvió del Silencio

 

El silencio del campo de batalla tenía un peso insoportable. Aquel amanecer, el aire olía a hierro y ceniza, y el viento arrastraba el eco de los gritos que ya se habían apagado. Entre cuerpos y humo, el sargento José yacía inmóvil, con la mirada fija en un cielo que apenas podía ver. Una bala, certera y cruel, le había arrebatado el ojo derecho, hundiéndolo en un sueño del que nadie esperaba que despertara. 

Los médicos lo dieron por muerto. Su cuerpo, rígido y ensangrentado, fue envuelto con cuidado y colocado en un ataúd, como correspondía a su rango. Si hubiera sido un simple soldado, su destino habría sido distinto: una fosa común, un nombre borrado por la tierra y el olvido.

El ataúd se cerró. Oscuridad. Silencio. 

Y entonces, un latido.

José sintió el dolor como una llamarada que lo devolvía a la vida. Intentó moverse, gritar, pero solo escuchó su propia respiración rebotando en la madera. La desesperación se apoderó de él. Golpeó con las manos, arañó la tapa, clamó por alguien, por algo.

Fue entonces cuando una enfermera, que pasaba junto al improvisado depósito, creyó oír un gemido. Se detuvo, dudó.

El sonido volvió, débil pero humano.

Soltó un grito que heló el alma de quienes estaban cerca.

Corrieron, abrieron el ataúd, y allí estaba él: pálido, tembloroso, con un ojo cubierto por vendas y el otro lleno de un brillo que mezclaba terror y vida. Había vuelto.

Dicen que aquella mujer nunca volvió a dormir bien, y que José, desde ese día, miraba el mundo con más calma, como quien ha visto la frontera entre lo eterno y lo efímero. Nunca habló mucho de aquello. Solo decía, con voz baja y mirada perdida:

—No era mi hora todavía.

Volvió a su pueblo meses después, con el uniforme gastado y una mirada distinta. El ojo que le quedaba parecía verlo todo con más profundidad, como si buscara en cada rostro un motivo para seguir vivo. La gente lo recibía con respeto y cierto temor, como si cargara consigo un secreto demasiado grande.

Se dedicó a cuidar la tierra y a caminar por las calles con paso firme, saludando con ese gesto breve y sereno de quien ha aprendido a valorar el aire, el sol y los días tranquilos. En las tardes, se sentaba en la puerta de su casa, con una copa de vino y una sonrisa leve, mientras observaba a los niños correr por la plaza.

Algunos de esos niños, cuando lo miraban de reojo, decían que su ojo bueno brillaba distinto al atardecer, como si guardara una luz que no era de este mundo. 

Él se reía, acariciaba su cicatriz y murmuraba:

—No, hijos… es solo que una vez miré más allá.

Y aunque los años pasaron, y su cuerpo se fue apagando como una vela que sabe cuándo dejar de arder, su historia quedó viva. En el pueblo todavía se habla de aquel sargento que despertó dentro de su ataúd, del hombre que burló a la muerte y que, desde entonces, aprendió a mirar la vida con gratitud y misterio.

Porque hay hombres que no mueren cuando los entierran, sino cuando los olvidan.

Y José… nunca fue olvidado.

José Antonio García Granados

 


POEMA

 



El Labrador

Con su sombrero de paja,
            con el sol como su guía.
            bien ajustada la faja,
            comienza a nacer su día.
 
            El labrador
            abre surcos en la tierra
            con líneas bien trazadas,
            donde dejar su siembra.
            para que crezca en bonanzas.
            La trata con mucho mimo,
            como si fuera su amante,
            sabiendo que con su atino
            irá saliendo adelante.
 
            No se queja del trabajo,
            ni del inclemente tiempo,
            ni de lo que pisa debajo,
            ni de lo que se lleva el viento.
            Solo le queda un lamento:
            que todo el esfuerzo dado
            a lo largo de este tiempo
            no le sea recompensado.
            En su noche de vigilia
            piensa y trata de saber
            porqué trabajó su familia
            y apenas pueden comer,
            mientras en casa lujosa
            vive el dueño de las tierras,
            con su vida muy ociosa,
            afanado en otras guerras.
            Y piensa, sin duda alguna,
            que el rey de toda baraja,
            ya sea con sol o con luna,
            siempre será el que trabaja.
            “Si mis manos encallecidas
            son las que sacan los frutos,
            ¿por qué han de ser vencidas
            por la fuerza de los ricos?”
 
            Levantémonos contra el yugo
            que oprime tantas cabezas,
            sin vencernos por el vértigo
            para encontrar las certezas.
            Aunque la tierra sea vuestra
            de clase mediana o baja,
            ¡la mano siempre la nuestra,
            el dueño, quien la trabaja!