La Vara y el Fuego
El mapa de la Córdoba insurgente
TERCERA PARTE
Aguilar de la Frontera
El espejismo de la libertad
Aparqué en
las inmediaciones de la Plaza de San José, esa joya octogonal que parece diseñada
para que todo el pueblo se mire a la cara. Me senté en un banco bajo la sombra,
con el libro de Díaz del Moral sobre las rodillas, aún con la mente puesta en
los incendios de Montilla. Fue entonces cuando un hombre de edad avanzada, que
descansaba apoyado en un bastón de madera de olivo, rompió mi silencio.
—Veo que busca usted las raíces de nuestro dolor
—dijo, señalando con un gesto pausado el ejemplar de Historia de las
agitaciones campesinas andaluzas.
Le expliqué mi viaje: el cuaderno de Iznájar, el
estanco de Ana María de Soto y el rastro de aquel febrero de 1873. El hombre
asintió con una gravedad antigua. Resultó ser un antiguo maestro, jubilado pero
con la memoria más despierta que nunca, que guardaba en su casa algo que podía
serme útil.
—En Aguilar —continuó—, el hambre no esperaba a que
los señores de Madrid se pusieran de acuerdo. Aquí, la República no fue un
debate, fue un grito de supervivencia.
Me invitó a acompañarlo a una pequeña casa cercana,
donde extrajo de una carpeta amarillenta una copia de un antiguo manifiesto de
los jornaleros de Aguilar. Según me contó, su abuelo lo había guardado como un
tesoro prohibido. Mientras lo leía, comprendí que Aguilar fue el espejo de
Montilla:
Al igual que en Montilla, la noticia de la República el 12 de febrero provocó que el pueblo se lanzara a las calles para deponer a las autoridades vinculadas a la oligarquía terrateniente.
Se quemaron los fielatos, que eran los puntos de cobro
del odiado Impuesto de Consumos, que gravaba los alimentos básicos de los más
pobres; fueron los primeros en arder.
A diferencia de otras revueltas puramente políticas,
en Aguilar los campesinos se dirigieron a los cortijos no solo para protestar,
sino para exigir que la tierra volviera a manos de quienes la trabajaban de sol
a sol.
El viejo maestro se reajustó las gafas y, con un
suspiro que parecía cargar con el peso de un siglo, continuó su relato mientras
el sol de la tarde empezaba a teñir de ocre las paredes de Aguilar de la
Frontera.
—Lo de aquí fue un espejismo de libertad que duró
apenas unos días —comenzó a decir—. Mientras el pueblo creía que la República
era el fin de su esclavitud frente a los terratenientes, en Córdoba ya se
estaban afilando las bayonetas.
Aquí tienes los hechos que el anciano te narró sobre
el final de la revuelta:
Tras el caos inicial y la quema de los fielatos, el
Gobierno no tardó en reaccionar. Desde Córdoba partió una columna militar al
mando del brigadier Pavía (quien más tarde se haría famoso por su golpe de
Estado). Su misión era clara: restaurar el «orden» a cualquier precio.
Al ver que el ejército se acercaba, muchos campesinos,
que esperaban que la República los protegiera, comprendieron con amargura que
el nuevo régimen no iba a permitir el reparto de tierras ni el desorden social.
En Aguilar, a diferencia de otros lugares, la resistencia fue breve pero
intensa antes de que la superioridad militar se impusiera.
Una vez que las tropas tomaron la plaza, empezaron las
detenciones. No solo fueron tras los que prendieron fuego a los fielatos, sino
tras los líderes naturales del campesinado. Muchos huyeron a la sierra,
repitiendo el ciclo de los huidos que habrás leído en el cuaderno de Iznájar.
El ejército restableció en sus puestos a la misma
oligarquía terrateniente que había provocado el hartazgo. Las varas de mando,
que en otros pueblos volaron por los balcones, aquí fueron devueltas a las
manos de quienes seguían viendo al jornalero como a un esclavo.
El maestro terminó la historia con una frase que me recordó mucho a lo que había sentido durante todo el viaje:
—Al final, hijo, la República en la Campiña fue un
estallido de luz que terminó en una oscuridad más profunda para los pobres. Los
que mandaban antes, mandaron después. Como dijo aquel alcalde de Iznájar,
muchos solo «cambiaron de chaqueta» para no soltar el mando.
Me despedí del viejo maestro con un apretón de manos
que sabía a historia viva. Al salir de Aguilar de la Frontera, el sol comenzaba
a esconderse tras las lomas de olivos, proyectando sombras alargadas que
parecían los fantasmas de aquellos jornaleros de 1873.
Dejé atrás la Campiña Sur con el motor del coche
ronroneando en dirección a casa, pero con la mente todavía anclada en el
«hartazgo» de las gentes que había descubierto. En el asiento del acompañante,
el libro de Díaz del Moral y el cuaderno de Iznájar eran ahora mis tesoros más
preciados.
Una vez en casa, en la quietud de mi despacho y lejos
del bullicio de las plazas, me dispuse a retomar la lectura. Al abrir de nuevo Historia
de las agitaciones campesinas andaluzas, mis ojos se detuvieron en un
nombre que ya había empezado a resonar en mis oídos: Bujalance.
Supe entonces que mi periplo no había terminado. Las
páginas describían sucesos en el Alto Guadalquivir que vibraban con la misma
rabia y esperanza que los de Montilla y Aguilar. El fuego de los fielatos y el
asalto a los ayuntamientos tenían allí un capítulo propio, uno que exigía ser
visitado y sentido sobre el terreno.
Cerré el libro lentamente. Ya no era solo curiosidad;
era una necesidad de completar este mapa de la rebeldía cordobesa. Mañana, con
las notas bien ordenadas y el espíritu descansado, comenzaría a preparar la
ruta. Bujalance me esperaba y, con ella, el siguiente relato de esta crónica
que comenzó, quién lo diría, bajo una tabla suelta en un desván.
CONTINUARÁ ............

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