junio 01, 2026

Relatos de historia

RELATOS DE HISTORIA     

       


La Vara y el Fuego

El mapa de la Córdoba insurgente

TERCERA PARTE

Aguilar de la Frontera

El espejismo de la libertad 

Aparqué en las inmediaciones de la Plaza de San José, esa joya octogonal que parece diseñada para que todo el pueblo se mire a la cara. Me senté en un banco bajo la sombra, con el libro de Díaz del Moral sobre las rodillas, aún con la mente puesta en los incendios de Montilla. Fue entonces cuando un hombre de edad avanzada, que descansaba apoyado en un bastón de madera de olivo, rompió mi silencio.

—Veo que busca usted las raíces de nuestro dolor —dijo, señalando con un gesto pausado el ejemplar de Historia de las agitaciones campesinas andaluzas.

Le expliqué mi viaje: el cuaderno de Iznájar, el estanco de Ana María de Soto y el rastro de aquel febrero de 1873. El hombre asintió con una gravedad antigua. Resultó ser un antiguo maestro, jubilado pero con la memoria más despierta que nunca, que guardaba en su casa algo que podía serme útil.

—En Aguilar —continuó—, el hambre no esperaba a que los señores de Madrid se pusieran de acuerdo. Aquí, la República no fue un debate, fue un grito de supervivencia.

Me invitó a acompañarlo a una pequeña casa cercana, donde extrajo de una carpeta amarillenta una copia de un antiguo manifiesto de los jornaleros de Aguilar. Según me contó, su abuelo lo había guardado como un tesoro prohibido. Mientras lo leía, comprendí que Aguilar fue el espejo de Montilla:

Al igual que en Montilla, la noticia de la República el 12 de febrero provocó que el pueblo se lanzara a las calles para deponer a las autoridades vinculadas a la oligarquía terrateniente. 

Se quemaron los fielatos, que eran los puntos de cobro del odiado Impuesto de Consumos, que gravaba los alimentos básicos de los más pobres; fueron los primeros en arder.

A diferencia de otras revueltas puramente políticas, en Aguilar los campesinos se dirigieron a los cortijos no solo para protestar, sino para exigir que la tierra volviera a manos de quienes la trabajaban de sol a sol.

El viejo maestro se reajustó las gafas y, con un suspiro que parecía cargar con el peso de un siglo, continuó su relato mientras el sol de la tarde empezaba a teñir de ocre las paredes de Aguilar de la Frontera.

—Lo de aquí fue un espejismo de libertad que duró apenas unos días —comenzó a decir—. Mientras el pueblo creía que la República era el fin de su esclavitud frente a los terratenientes, en Córdoba ya se estaban afilando las bayonetas.

Aquí tienes los hechos que el anciano te narró sobre el final de la revuelta:

Tras el caos inicial y la quema de los fielatos, el Gobierno no tardó en reaccionar. Desde Córdoba partió una columna militar al mando del brigadier Pavía (quien más tarde se haría famoso por su golpe de Estado). Su misión era clara: restaurar el «orden» a cualquier precio.

Al ver que el ejército se acercaba, muchos campesinos, que esperaban que la República los protegiera, comprendieron con amargura que el nuevo régimen no iba a permitir el reparto de tierras ni el desorden social. En Aguilar, a diferencia de otros lugares, la resistencia fue breve pero intensa antes de que la superioridad militar se impusiera.

Una vez que las tropas tomaron la plaza, empezaron las detenciones. No solo fueron tras los que prendieron fuego a los fielatos, sino tras los líderes naturales del campesinado. Muchos huyeron a la sierra, repitiendo el ciclo de los huidos que habrás leído en el cuaderno de Iznájar.

El ejército restableció en sus puestos a la misma oligarquía terrateniente que había provocado el hartazgo. Las varas de mando, que en otros pueblos volaron por los balcones, aquí fueron devueltas a las manos de quienes seguían viendo al jornalero como a un esclavo.

El maestro terminó la historia con una frase que me recordó mucho a lo que había sentido durante todo el viaje: 

—Al final, hijo, la República en la Campiña fue un estallido de luz que terminó en una oscuridad más profunda para los pobres. Los que mandaban antes, mandaron después. Como dijo aquel alcalde de Iznájar, muchos solo «cambiaron de chaqueta» para no soltar el mando.

Me despedí del viejo maestro con un apretón de manos que sabía a historia viva. Al salir de Aguilar de la Frontera, el sol comenzaba a esconderse tras las lomas de olivos, proyectando sombras alargadas que parecían los fantasmas de aquellos jornaleros de 1873.

Dejé atrás la Campiña Sur con el motor del coche ronroneando en dirección a casa, pero con la mente todavía anclada en el «hartazgo» de las gentes que había descubierto. En el asiento del acompañante, el libro de Díaz del Moral y el cuaderno de Iznájar eran ahora mis tesoros más preciados.

Una vez en casa, en la quietud de mi despacho y lejos del bullicio de las plazas, me dispuse a retomar la lectura. Al abrir de nuevo Historia de las agitaciones campesinas andaluzas, mis ojos se detuvieron en un nombre que ya había empezado a resonar en mis oídos: Bujalance.

Supe entonces que mi periplo no había terminado. Las páginas describían sucesos en el Alto Guadalquivir que vibraban con la misma rabia y esperanza que los de Montilla y Aguilar. El fuego de los fielatos y el asalto a los ayuntamientos tenían allí un capítulo propio, uno que exigía ser visitado y sentido sobre el terreno.

Cerré el libro lentamente. Ya no era solo curiosidad; era una necesidad de completar este mapa de la rebeldía cordobesa. Mañana, con las notas bien ordenadas y el espíritu descansado, comenzaría a preparar la ruta. Bujalance me esperaba y, con ella, el siguiente relato de esta crónica que comenzó, quién lo diría, bajo una tabla suelta en un desván.

CONTINUARÁ ............

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