POEMA
El Labrador
Con su sombrero de paja,
bien ajustada la
faja,
comienza a nacer
su día.
abre surcos en
la tierra
con líneas bien
trazadas,
donde dejar su
siembra.
para que crezca
en bonanzas.
La trata con
mucho mimo,
como si fuera su
amante,
sabiendo que con
su atino
irá saliendo
adelante.
ni del
inclemente tiempo,
ni de lo que
pisa debajo,
ni de lo que se
lleva el viento.
Solo le queda un
lamento:
que todo el
esfuerzo dado
a lo largo de
este tiempo
no le sea
recompensado.
En su noche de
vigilia
piensa y trata
de saber
porqué trabajó
su familia
y apenas pueden
comer,
mientras en casa
lujosa
vive el dueño de
las tierras,
con su vida muy
ociosa,
afanado en otras
guerras.
Y piensa, sin
duda alguna,
que el rey de
toda baraja,
ya sea con sol o
con luna,
siempre será el
que trabaja.
“Si mis manos
encallecidas
son las que
sacan los frutos,
¿por qué han de
ser vencidas
por la fuerza de
los ricos?”
que oprime
tantas cabezas,
sin vencernos
por el vértigo
para encontrar
las certezas.
Aunque la tierra
sea vuestra
de clase mediana
o baja,
¡la mano siempre
la nuestra,
el dueño, quien
la trabaja!


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