EL JUICIO, de Luis Zueco
- Luis Zueco confirma con esta novela su habilidad para convertir episodios poco conocidos de la historia en relatos de gran eficacia narrativa.
- Con EL JUICIO, Luis Zueco demuestra una vez más su capacidad para combinar el rigor histórico con el pulso del relato de intriga.
- La novela se sitúa en la mejor tradición de la novela histórica contemporánea española, donde la documentación rigurosa se pone al servicio de una trama ágil.
- Al fin y al cabo, la historia de Francisco de Goya recuerda que el arte, cuando es verdaderamente libre, siempre incomoda a los poderes de su tiempo.
Goya estaría sordo,
pero no estaba ni ciego ni manco. Al contrario, estos otros sentidos —el de la
vista para discernir y el del tacto para manejar los pinceles y plasmar en el
lienzo o en el cobre la sociedad que contemplaba—, se potenciaron en su
brillante cerebro de artista, pero también de persona de su tiempo, la
consabida neuroplasticidad.
Y con sus pinceles en
la mano, con su ilustrada visión de la deshumanización de la sociedad, con su
hastío ante la latente ignorancia en que se encontraba esa sociedad en la que
se desenvolvía, en la que vivía, en la que pintaba para vivir y vivía pintando,
se revela con tintes de crítica y muestra su afer más revolucionario
denunciando con grotescos trazos los desmanes que se perpetraban en aquellos
convulsos años de finales del siglo XVIII que habrían de desembocar en los
desdichados acontecimientos de 1808, ya en los albores del XIX: la desigualdad
social, el atraso intelectual, la ignorancia como la culpable de todo, los
abusos del clero, la hipocresía de la nobleza, las supersticiones, la
corrupción moral, la prostitución y también los concertados matrimonios con
mucha diferencia de edad.
Todo ello concibió
pintarlo y plasmarlo en un libro, en un volumen que habría de ser el detonador
que removería su hasta entonces acomodada labor como retratista de la élite de
la sociedad que podía permitírselo, como pintor de frescos en ermitas o
capillas y especialmente como pintor de cámara de Carlos IV. Aquel volumen que tituló
Los caprichos y que contenía en cada lámina una determinada frase a
modo de explicación o sugerencia escrita por su amigo Moratín, no gustó para
nada a la por entonces casi finiquitada inquisición española. Es más,
probablemente para esta anquilosada y decadente institución supuso un revulsivo
pues, si conseguía llevar “al banquillo” a alguien tan bien considerado como
don Francisco de Goya y Lucientes, mostraría la fuerza de su poder y su
necesaria existencia.
Así pues, con la
publicación de aquel lujoso libro de estampas que el propio Goya hubiera de
sufragarse y con el que de alguna manera se mostraba como artista que rompe con
el yugo de la estética del arte para manifestarse como mensajero social a
través de sus dibujos, oscuros, siniestros tal vez, “caprichosos” sin duda,
escandalosos por supuesto, contribuye sin quererlo, a que la inquisición que
empezaba a no pintar casi nada en el
Madrid y en la España del XVIII, volviese a amedrentar al más pintado, tuviese o no motivos para temer
por sus actos recientes o pasados.
Y el primero de ellos
es Goya, pintor de la corte, que consciente del riesgo que ha supuesto difundir
su mirada crítica sobre la sociedad a través de sus Caprichos, decide retirar
la totalidad de su obra, los aproximadamente 240 ejemplares restantes toda vez
que en los pocos días transcurridos había vendido unos pocos y otros los había
regalado.
Aun cuando, estas
parrafadas pretenden ser una reseña de la última novela de Luis Zueco, EL JUICIO, subtitulado La inquisición
contra Goya, no he podido sustraerme a narrar todo lo antedicho,
principalmente porque es, sin duda, el leitmotiv o asunto central de la
novela, entre otros, y porque esta, llamémosle, lección de historia, era para
mí totalmente desconocida, me refiero al hecho de que la inquisición tomara
cartas en los asuntos de pintura “descriptiva” del maestro zaragozano nacido en
Fuendetodos.
Al parecer, también el
autor de EL JUICIO, zaragozano
asimismo, ha confesado en alguna que otra entrevista que, deseando desde tiempo
atrás escribir sobre su paisano —y que no fuera relatar su extensa
vida
(84 años, 1746-1828),
lógicamente con referencia a su obra y enmarcado todo ello en la época en que
vivió—, cuando dio con este hecho, el del juicio o quizá pretendido juicio de
la inquisición, tuvo claro qué daría a sus lectores. Y aquí está esta exquisita
novela tratada y narrada con el extraordinario buen hacer literario de Luis
Zueco, en la que, con 84 capítulos nominados, la mayoría de ellos relativamente
breves —lo cual favorece mucho el ritmo y que el lector agradece—, con un
epílogo, con unas veinte páginas de notas de autor muy necesarias y plausibles
y con alguna que otra reproducción de las láminas de Los Caprichos (ocho en
concreto, tantas como partes en que ha concebido la obra), nos mueve el autor
por el Madrid de finales del XVIII y principios del XIX, con algún traslado a
la Zaragoza de aquellos mismos años, y nos hace partícipes de los sucesos y
acontecimientos con los que el genio de Fuendetodos hubo de desenvolverse.
Y es que todo lo que
se hablaba de que la inquisición estaba tras la pista de sus Caprichos, pintaba pero que muy
mal, pues si llegara a ser encausado tras las oportunas diligencias
inherentes a la fase de instrucción, podría no solo perder su cargo de pintor de
cámara, sino que quizá en su vida no pintara un cuadro más. Lo bueno de la
historia es que sabemos que eso no ocurrió o sea que pintó y mucho más, vaya si
pintó. Pero ¿qué es lo que ocurrió? ¿Que no llegó a ser enjuiciado o que, de
haberlo sido, no hubo condena? Y, si no fue enjuiciado, ¿por qué? La novela
plantea obviamente estos interrogantes, y lo mejor aún, los resuelve.
Es más quizá —y sin
quizá, pues documentado está, y Luis Zueco sabe documentarse grandemente—, hubo
otra causa o desmán transgresor que Goya se atrevió a perpetrar, siempre desde
el punto de vista de la “Santa”, lo de transgredir y perpetrar.
En efecto, estamos
hablando del cuadro de La maja desnuda. También de la vestida claro,
pero la que escandalizaba a la inquisición era la que mostraba el desnudo
femenino sin el paraguas de un hecho o escena mitológica que diera sentido y
razón de mostrar a la mujer tal y como vino al mundo. La Santa no estaba por
que el cuerpo de la mujer fuese mostrado ni en
pintura. Era pecaminoso, indecente, sucio, procaz, obsceno,
indecoroso, impúdico, desvergonzado, y quizá un sinfín más de desacertados
adjetivos similares que la inquisición esgrimía para justificar lo
injustificable.
Las ideas ilustradas
suponían una amenaza y debían ser combatidas. Las principales figuras de la
Ilustración Española fueron partidarias de la reforma de la Inquisición e
incluso, en algún caso, de su abolición. Por aquellos años muchos ilustrados
españoles como Jovellanos fueron procesados por el Santo Oficio por señalar, por
ejemplo, que los tribunales inquisitoriales se mostraban de todo punto
ineficaces. Así pues, el declive de la institución inquisitorial durante el
reinado de Carlos IV sería notorio, pues el poder del Trono venció al poder de
la Iglesia cuyo papel —el de la Inquisición— había quedado relegado únicamente
al de la censura.
Y la Santa, antes de
“morir” estrangulada por su propio transitar habría de dar un último golpe
sobre el tablero del Estado. Morir matando, vamos. Y de nuevo Goya, por su
desvergonzado atrevimiento de pintar un desnudo, podría ser el “instrumento” a
través del cual, la arcaica institución en sus últimos coletazos, pudiera
obtener un ansiado triunfo.
Pero, aunque la
situación les vino que ni pintada para
sus intereses, el proceso tampoco fructificó. O sea, ¿no llegó a celebrarse el
ansiado juicio? Entonces no habría condena. ¿Quién participó, quién medió?,
¿quién tuvo el atrevimiento o la fuerza para echarle un pulso a la Inquisición?
Un pulso en el que se supiera ganador antes de empezar porque si no…
De todo ello y mucho
más da cuenta la novela de Luis Zueco donde abunda también su detenimiento en
las técnicas pictóricas y de grabado de Goya, detallando muchos de los cuadros
del autor —además de los citados—, los de algunos nobles o sus esposas y como
joya de la corona —quizá nunca mejor dicho—, el de la familia de Carlos IV.
Además, haciendo
hincapié en que se trata de una novela, del género histórico, pero novela al
fin —esto es, una obra literaria en la que se narra una
acción fingida en su totalidad o en parte y cuyo fin es causar placer estético
a los lectores—,
nuestro escritor apoya la parte histórica con prosa clara y accesible dando
vida a una serie de personajes de su magín, muy bien
pintados en su caracterización y
razón de ser en las escenas, así como muy clarificadoras sus sensibilidades y
dimensiones personales, hasta el punto casi de humanizarlos.
El lector discierne las cuitas y luchas internas de cada uno de
aquellos personajes ficticios, hasta el punto de empatizar con ellos, —con los que
merecen empatía, claro está (Angélica,
Bernardino, Carmen, Rafael)— o de aborrecer a aquellos dignos de tal
consideración (fray Bartolomé, Jaime). Por supuesto esto mismo sucede con los
personajes reales tanto en lo que respecta a su descripción y humanización como
a la empatía (Josefa, la esposa de Goya) o desprecio. Pero hay un personaje que
no es de carne y hueso y que Luis Zueco trata, no sé si hasta la extenuación,
pero con el que nos hace conectar muy estrechamente para “movernos” por las
diversas tramas: no es otro —u otra, realmente—, que la villa de Madrid donde
mayormente se desarrollan los acontecimientos de la novela. Casi hace que
sintamos “nostalgia” de aquellas calles, parques, jardines, palacios… tal es el
grado de descripción de parajes y edificios trazados en la novela.
De las conspiraciones, persecuciones, tensiones políticas y
culturales, mentiras, amor, luchas por sobrevivir, intrigas, personajes con
secretos, las ideas de la ilustración, etc. tan solo referir que dan mucho
juego a la novela. Mejor aún: tratándose de pintura, aportan todo el color y la
calor necesarios para que el lector pase las páginas casi sin notarlo, ávido de
contemplar cómo se desenvuelven los personajes y especialmente el protagonista,
don Francisco de Goya, en su enfrentamiento con la Santa Inquisición, argumento
central de la novela EL JUICIO de Luis Zueco.
Hay que leerla: merece sin duda el tiempo que cada lector tenga
que dedicarle, tiempo que pasará casi sin notarlo mientras se adentra en los
capítulos de la novela y descubre aquellos pintorescos sucesos vividos por un muy precavido y juicioso
Goya.
Y
para concluir, algunas frases extraídas de la novela:
- El progreso es una ilusión venenosa (pág.
37)
- Las artes ... peligrosas cuando se
convierten en arma (pág. 38)
- El taller... huele a tiempo detenido,
huele a pensamiento encarnado (pág. 69)
- Toda obra tiene un mensaje, pues el arte
es un poderoso medio de comunicación y propaganda (pág. 159)
- El arte no es sólo lo que se dibuja o se
pinta, sino lo que se siente mientras se mira (pág. 212)
- Si los libros son la razón de un pueblo
las artes son su corazón (pág. 365)
- Los pobres son parte del sistema, son
necesarios para que se mantenga el estatus quo (pág. 416)
- Lo grotesco posee un valor negativo y su
presencia conduce a la reflexión (pág. 419)
- Con la sátira se pretende provocar la
simpatía del espectador (pág. 419)
- Es difícil precisar el punto en el que la
realidad y la fantasía se confunden (pág. 420)
- La hipocresía es uno de los peores mares de
nuestro tiempo (pág. 420)
- Las artes nacen donde termina el miedo a
decir lo que otros callan y donde empieza la necesidad de mostrar lo que
muchos no quieren ver (pág. 421)
- Únicamente los necios pueden pensar que
el arte no tiene intención (pág. 462)
- El hambre el deseo, la superstición, la
fe, el miedo … todo mezclado bajo el cielo de Madrid (pág. 488)
- Nuestras imperfecciones no son defectos,
son la clave para reconocer quien nos ama de verdad (pág. 559)
- Cuando el telón desciende lentamente es
como un párpado que se cierra para soñar (pág. 568)
EL JUICIO
Autor: Luis Zueco
Editorial: EDICIONES B
Publicación: 12 febrero 2026
Género: Narrativa histórica
Nº Páginas: 623
Período: De 1799 a 1804 (Epílogo 1808)
Localización de los hechos: Madrid
Leído: del 26 de febrero al 5 de marzo de 2026