EL NAZARENO BLANCO DE CABRA
Las calles estrechas,
empedradas, olían a incienso y a cera caliente. Desde la Cuesta del Bachiller
hasta la Plaza de España, el silencio era tan espeso que se podía tocar con los
dedos.
Juan, «el del Molino»,
se ajustó la túnica negra frente a su casa. Llevaba veinte años saliendo como
nazareno del mismo Cristo. Nadie recordaba haberle oído una palabra durante una
procesión. Solo caminaba, lento, como si cada paso fuese una oración.
Decían que su hijo
había muerto joven, en un accidente en la carretera del Santuario de la Virgen
de la Sierra, una noche de lluvia cerrada. Desde entonces, Juan prometió no
faltar nunca a la estación de penitencia.
Aquella noche de
Viernes Santo, cuando el paso dobló la esquina de la calle Martín Belda, Juan
sintió que el aire cambiaba. Los cirios comenzaron a temblar sin viento. Los
tambores sonaron más despacio.
Y entonces lo vio.
Delante del trono,
caminando descalzo sobre el empedrado frío, iba un muchacho con túnica blanca.
No llevaba capirote. Su rostro era el de su hijo, el mismo que había enterrado
veinte años atrás.
Juan dejó caer el
cirio.
Quiso correr hacia él,
pero sus piernas no respondían. Solo pudo seguirlo con los ojos mientras el
muchacho miraba al Cristo con una serenidad que no era de este mundo.
En la Plaza Vieja,
cuando el paso se detuvo, el muchacho se volvió.
—Padre, ya he llegado
—susurró.
Y el silencio fue
absoluto.
Las velas se apagaron
al mismo tiempo. La gente creyó que era una ráfaga de aire de la sierra. Pero
Juan supo la verdad.
Cayó de rodillas.
Cuando los costaleros
levantaron el paso de nuevo, el muchacho había desaparecido.
Juan tampoco volvió a
su sitio en la fila.
Lo encontraron al
amanecer, sentado junto a la fuente de la plaza, con la túnica empapada de cera
y una paz en los ojos que nadie le había visto jamás.
Murió allí mismo, sin
dolor.
Desde entonces, cada
Viernes Santo, cuando el Cristo pasa por esa esquina, algunos vecinos aseguran
ver una figura blanca caminando delante del trono.
Dicen que baja desde
la sierra.
Dicen que cruza Cabra
en silencio.
Dicen que acompaña a
su padre una vez más.
Y en el pueblo se
repite en voz baja:
En Cabra, en Semana
Santa, no solo procesionan los vivos… también caminan las promesas.
FIN


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