abril 01, 2026

Francisco A. Granados Mellado (Paco Granados)


 



EL NAZARENO BLANCO DE CABRA






Las campanas de la iglesia de la Asunción sonaron cuando aún no había amanecido del todo. En Cabra, la Semana Santa no empieza con el calendario; empieza con un temblor en el pecho.

Las calles estrechas, empedradas, olían a incienso y a cera caliente. Desde la Cuesta del Bachiller hasta la Plaza de España, el silencio era tan espeso que se podía tocar con los dedos.

Juan, «el del Molino», se ajustó la túnica negra frente a su casa. Llevaba veinte años saliendo como nazareno del mismo Cristo. Nadie recordaba haberle oído una palabra durante una procesión. Solo caminaba, lento, como si cada paso fuese una oración.

Decían que su hijo había muerto joven, en un accidente en la carretera del Santuario de la Virgen de la Sierra, una noche de lluvia cerrada. Desde entonces, Juan prometió no faltar nunca a la estación de penitencia.

Aquella noche de Viernes Santo, cuando el paso dobló la esquina de la calle Martín Belda, Juan sintió que el aire cambiaba. Los cirios comenzaron a temblar sin viento. Los tambores sonaron más despacio.

Y entonces lo vio.

Delante del trono, caminando descalzo sobre el empedrado frío, iba un muchacho con túnica blanca. No llevaba capirote. Su rostro era el de su hijo, el mismo que había enterrado veinte años atrás.

Juan dejó caer el cirio.

Quiso correr hacia él, pero sus piernas no respondían. Solo pudo seguirlo con los ojos mientras el muchacho miraba al Cristo con una serenidad que no era de este mundo.

En la Plaza Vieja, cuando el paso se detuvo, el muchacho se volvió.

—Padre, ya he llegado —susurró.

Y el silencio fue absoluto.

Las velas se apagaron al mismo tiempo. La gente creyó que era una ráfaga de aire de la sierra. Pero Juan supo la verdad.

Cayó de rodillas.

Cuando los costaleros levantaron el paso de nuevo, el muchacho había desaparecido.

Juan tampoco volvió a su sitio en la fila.

Lo encontraron al amanecer, sentado junto a la fuente de la plaza, con la túnica empapada de cera y una paz en los ojos que nadie le había visto jamás.

Murió allí mismo, sin dolor.

Desde entonces, cada Viernes Santo, cuando el Cristo pasa por esa esquina, algunos vecinos aseguran ver una figura blanca caminando delante del trono.

Dicen que baja desde la sierra.

Dicen que cruza Cabra en silencio.

Dicen que acompaña a su padre una vez más.

Y en el pueblo se repite en voz baja:

En Cabra, en Semana Santa, no solo procesionan los vivos… también caminan las promesas.

FIN



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