abril 01, 2026

Antonio Jesús Morante Pineda

 



ATENEA Y POSEIDÓN








ATENAS
 
Deja las prisas atrás, respira.
Medita un minuto,
varias horas,
dando pasos por donde los dieron
guerreros y pensadores,
entre campos de olivos y amapolas.
 
Quiero sentir lo que sentía Sócrates
al pisar un campo floral,
al pisar el Partenón, el Ágora;
pasear por la Pnix
o, en un trirreme,
surcar las olas.
 
El tiempo es como el agua:
se evapora,
todo lo borra.
No mentía:
Cronos todo lo devora.
 
Espadas de mármol, limpias,
frente a escudos de escayola.
En mis ojos, columnas corintias;
en mi corazón, guitarras españolas.
 
En mis ojos, el Partenón.
En mi corazón, tú,
pero llora.
 
En mis oídos, un click.
Yo dije:
«Con gusto, dispara».
 
No sabía que era mi tacto y mis yemas
lo que sostenía la pistola.
Todavía huele a tu ausencia, nena;
me salió cara.
 
Todos los sentidos en ti, Atenas,
pero vuela,
vuelo.
Todos estos versos
te condecoran.
 
Mi pluma,
lo único que yo controlo.
Naces solo,
mueres a solas.
 
Por todas las generaciones que tengo
o creo que queden por venir,
por todos los que,
en verso o en prosa,
tengan algo que decir,
les invito a este paseo.
 
Mi tinta,
aceite de oliva
de la sombra del Guadalquivir,
bañada en el mar del Egeo.

 

NOTAS MITOLÓGICAS

Hubo un día en el que Atenea luchó con Poseidón por ser los patrones de esta tierra árida y vasta.

Al no ponerse de acuerdo ambos dioses, Zeus ordenó un concurso en el que ambos tenían que ofrecer algo al pueblo que allí habitaba: si Atenea, diosa de la sabiduría, nacida completamente armada de la cabeza de su padre Zeus, o Poseidón, dios de los mares, el del furioso tridente, provocador de tormentas y terremotos.

Poseidón, seguro y obstinado, golpeó con su tridente el suelo, provocando una gran grieta, estaba oscura y profunda; empezó a emanar agua como si sangre saliera de la piel de un humano tras un tajo. El pueblo se alegró del agua y corrió sediento para saciar su sed, pero al dar el primer sorbo escupieron el agua, ya que era salada. En cambio, en el tuno de Atenea, plantó un olivo en el suelo; este, con tronco recio, con hojas perennes y longevo, no solo daba sombra todo el año, sino que también un fruto, la aceituna, que podía ser comestible e incluso, tras su tratado, extraer aceite que servía de combustible.

El pueblo, maravillado, tenía claro quién sería su patrona a partir de ahora, pero esto le tocaba decidirlo al rey de ese poblado. Cécrope dio el voto a favor de Atenea, que salió como victoriosa de aquel duelo. Poseidón, indignado y como mal perdedor, golpeó con fuerza su tridente, inundando así parte del poblado hasta entonces llamado Cecropia.

Tras retirarse Poseidón hacia sus dominios marítimos, el pueblo estaba tan encantado con su patrona que pasó a llamarse Atenas y, desde entonces, se venera a esa diosa allí.

 Esta disputa se encuentra representada en el frontón de la parte occidental del Partenón, templo creado en honor a Atenea Parthenos, diseñado por Ictinos y Calícrates y supervisado por Fidias entre los años 447 y 432 a.C.



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