LA NIEVE Y LA LUZ
Priego resplandecía sobre una mañana nacional y analfabeta, impulsada desde todas las televisiones y muchas radios del país con buena coordinación y pretendida docencia. Desde la piel de La Tiñosa llegaba un aire tan renovado y fresco que inundó de claridad las cabezas de casi todos sus habitantes.
Contrariamente a lo que sería un caminar pesado y zombi, resultó que, por las calles, sus habitantes iban paseando con una sonrisa espontánea y jovial que renovaba los diálogos, los temas retransmitidos en los medios y un espíritu criticó inaudito. Y todo ello con un talante de convencida tolerancia y mirada solidaria... Que a algunos no les gustaban los toros pues fantástico; no asistían a las corridas y ya está. Sin indignaciones ni oposiciones. Que a otros no les caía bien el aborto, pues con no practicarlo bastaba. Y asunto concluido. Esta convicción, ¿por qué habrían de imponerla a los demás? Comprensión. Palabra, argumento sosegado, pensamiento, escuchar antes de hablar. Con la nieve había llegado una inundación purificadora de ese extraño valor llamado comprensión... Que los del barrio alto expresaban su convencimiento agnóstico, sin problemas. Jamás intentarían denostar a los creyentes practicantes... Incluso participaban o asistían a las procesiones de Semana Santa con un sentido de aceptación y respeto. Nada de críticas espalderas, destructivas y ruines. Ni que decir tiene que bares y tabernas se convirtieron en puntos de encuentro y consenso porque el viento blanco y puro había vuelto sus argumentos en solidarios pactos. El turista findesemanero se hubiera quedado perplejo al comprobar, ya dentro del bar o la panadería, que lejos de atropellarse intentando imponer su verbo de historias personales o visiones ideológicas, ahora se permitía hablar a la otra parte para enterarse bien y comprender. Todos estaban convencidos, y así lo asumían y practicaban, que lo que tenía que contar uno no era más importante que lo del otro, que un posicionamiento no era mejor que otro. Incluso se cedían la vez para que el de al lado hablara... "Usted primero, por favor", era una muletilla muy usada. Puntos de vista diferentes, sí; adversarios de posicionamiento conceptual o político, también; enemigos, jamás. Priego, punto de debate y encuentro. Priego, lugar para escucharse, convertido en una vieja escuela de la Atenas fundadora de la democracia.
Priego, escucha y habla, encuentro y tolerancia. Ese no era un eslogan sino el mandamiento único y sagrado, hasta tal punto que se consagró en una viñeta de tebeo dibujada por una escolar de ocho años, donde aparecían una mujer y un hombre, a la misma altura y en una misma azotea, y compartían el mismo globo de diálogo, representando a su totémica montaña. En él el alto Pico persuadía: "Respetaos los unos a los otros como yo os he respetado". Y aquello era un sortilegio aceptado, toda vez que la localidad jamás había experimentado devastación alguna por causas de terremotos, lluvias o vientos alocados. "A nosotros La Tiñosa nos protege", se comentaba cuando se tenía conocimiento de alguna catástrofe natural en otra parte de Andalucía, o España.
En la mente colectiva vivía un sentimiento histórico de protección y ayuda. Ahora, una vez más, la sagrada elevación de su montaña les había enviado aquel refrigerado aire como una vacuna contra esa epidemia cavernícola llamada "Visión uniforme". Enseguida, y una vez más, fueron conscientes de su estatus de privilegio. Pensar de muchas formas diferentes no sólo no era problemático sino muy conveniente. No era lo mismo observar, o ascender, aquel monte por el norte, o sur, el este o el oeste. Cuatro paredes y las cuatro necesarias porque necesariamente las cuatro lo conformaban. Pero algo debió pasar, algo milagroso y de interés público, esencialmente político y sociológico, porque, pasada una semana, llegaron políticos de Córdoba, Sevilla, Madrid y Barcelona. Todos alabaron aquel milagro. Eso era la verdadera democracia tan querida por ellos. Y así, con presupuesto público se nombraron representantes y se organizaron viajes y estancias en esas ciudades tan importantes por ser capitales de las divisiones administrativas o ser, en caso de Barcino, lugar de pensamiento universal. Todo el pueblo fue una fiesta. La Democracia necesitaba una renovación y para ello nada mejor que una cruzada de evangelización civil. Priego sería el punto cero de partida para la providencial regeneración.
Al cabo de no más de dos trimestres aquellos honorables representantes regresaron cubiertos de honor y poderío. A uno lo nombraron ministro; a otro cónsul de Oriente, pues su delicada oratoria y persuasión así lo requerían; al tercero le propusieron dirigir una gran empresa pública; y al cuarto, embajador de un Organismo de Naciones Unidas. Al llegar a la cita, en la gran calle Río, muy cerca de la Fuente del Rey, a todos se les vio bajar del coche oficial, una vez que el chófer les hubo abierto la puerta.
Era un reconocimiento al queridísimo y restaurador clima ideológico de Priego. Sobran populismo y sofismas, crecen humanidad y elegancia, era el lema del tal Congreso de la Renovación. Las mejores televisiones lo retransmitieron en directo, incluso más allá de las fronteras. Durante las tres horas que duró las retransmitidas intervenciones de los prohombres priegúos, hablaron y hablaron, dijeron y dijeron, comieron y bebieron, siempre con calculada sonrisa y educada actitud.
Al final, el único acuerdo adoptado y firmado fue el de posponer las necesarias decisiones de regeneración hasta un año más tarde. Sus trascendentes consecuencias requerían más tiempo de sesuda reflexión.
Durante ese tiempo de espera los ciudadanos de Priego fueron tomando posiciones hasta que un mal día en un bar de la calle donde un honorable Presidente tuvo casa y ahora museo, las cuatro facciones llegaron a las manos. Hubo algo de sangre, aunque muy poca. La cara de la estatua de don Niceto se volvió descolorida y en su piel apareció el arrebol de la vergüenza… Al cabo de otros dos trimestres aquello pasó de moda. La tristeza inundó las calles del agraciado pueblo de la Subbética y un grupo se refugió en la lectura, pintura, la música y la escritura, y para contrarrestar aquella epidemia de frustración y desgana, la Asociación Amigos de la Biblioteca organizó una excursión por el Barrio de la Villa y el Adarve. Todos los componentes se detuvieron en este último, frente a la Sierra de Albayate, quedando absortos ante su majestuosidad y la enigmática carretera de Granada. Alguien, quizás como símbolo de Victoria, exclamó con sencillez, hablando al Viento de la Sabiduría:
—Siempre nos quedará la belleza.
Dicen, aunque esto puede
ser más leyenda que verdad, que desde el Recreo de Castilla ascendió un
airecito renovador y optimista que endulzó los latidos de todos los asistentes.


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