RELATO CORTO
La partida
¿Podría un
juego de ajedrez salvarte la vida?
El secuestro
David se encontraba en
el aparcamiento de un centro comercial, adonde había ido a hacer sus compras de
la semana. Un vehículo todoterreno negro se aproximó a él. Rápidamente salieron
dos individuos que lo sujetaron por ambos brazos y lo introdujeron por el
portón trasero en el interior del vehículo, al mismo tiempo que lo
narcotizaron, por lo cual perdió el conocimiento.
No sabía cuánto tiempo
había pasado, pero cuando despertó se encontraba con las manos esposadas a la
espalda y los pies atados con bridas a las patas de una silla. Enfrente de él,
un hombre bastante mayor, con un elegante traje, estaba sentado en un
confortable sillón de oficina. Los separaba solo una mesa en la que había
dibujados cuadros de color blanco y negro: era un tablero de ajedrez. Junto a
él, dos tipos de aspecto siniestro, como dos armarios empotrados.
—¿Por qué estoy aquí?
¿Por qué me retienen? ¿Qué es lo que quieren de mí? —dijo David.
El tipo le habló calmadamente, como un padre puede dirigirse a un hijo cuando quiere pedirle que se porte bien.
—Cálmese, joven. Sin
duda hemos cometido un error. Usted no es la persona que debería estar aquí.
—Pero, ya que está,
solo de usted depende que pueda irse libremente y volver a su rutina diaria: su
casa, sus amigos, su trabajo, etcétera.
—¿Qué me está
diciendo? No entiendo nada.
—Joven, esa actitud no
le beneficia. Cálmese; no me haga repetírselo más. Escúcheme: ya le he dicho
que no es a usted a quien quería ver sentado ahí. Pero, ya que está… juguemos
la partida.
—¿Sentado, dice? ¡Me
tiene atado como si fuese un delincuente!
Uno de los secuaces
del viejo abofeteó a David con tal fuerza que estuvo a punto de hacerlo caer al
suelo junto con la silla a la que estaba atado.
—Escuche, joven —dijo
el viejo—. Vamos a jugar una partida de ajedrez. Si me gana, le doy mi palabra
de que podrá salir libremente. Si pierde, perderá su vida también.
—¿Por qué?
—Porque lo que se
juega en esta partida es su vida.
El viejo había sido
jugador de ajedrez. Ciertamente era muy bueno, pero en muchas de sus partidas
se había dejado ganar por dinero. Ahora jugaba con las vidas de las personas.
Siempre ganaba, aunque tampoco jugaba limpio: mandaba a sus dos esbirros a
secuestrar a alguien y, como ahora sucedía con David, lo retaba a una partida
de ajedrez.
El juego
David jugaba con
blancas.
Tras más de cuarenta
jugadas, solo quedaban en el tablero el rey negro y una torre blanca que David
consiguió introducir hasta la séptima fila, en g7, contando con el apoyo del
caballo en f6. La casilla de escape g8 también estaba cubierta por el caballo.
David, sonriendo,
dijo:
—Esto se ha acabado.
Creo que el mate de los árabes me ha hecho ganar la partida.
El viejo volcó su rey
sobre el tablero, sin entender muy bien cómo había sido posible que perdiera
una partida que en muchas ocasiones creyó ganada.
—¿Cómo conoce este mate? ¿Acaso es usted jugador profesional de ajedrez?
—No, ni mucho menos. Solo
juego en casa con mis nietos y, de vez en cuando, leo algún artículo que
publican en una revista cultural.
—Pero este mate es de
bella resolución y está considerado como el primer jaque mate registrado, dado
que estas dos piezas —el rey y el caballo— no han cambiado su forma de moverse
con respecto a la versión con la que jugaban los árabes, según está documentado
en sus manuscritos de la época.
—Lo sé. Precisamente,
hace unos días pude leer en esa revista un artículo firmado por un monitor,
Francisco Luque, creo recordar, que explicaba en varios diagramas distintas
formas de dar este mate. Ahora cumpla con su palabra.
—¿Sabe, joven? No
pensaría… Ja, ja, ja. ¡O sí! Ja, ja, ja. Le dejaré libre y le daré cinco mil
euros. No sé si serán los cinco mil euros más fáciles que haya ganado en su
vida. Pero me tiene que dar su palabra de que olvidará lo que le ha pasado en
el día de hoy desde las once de la mañana hasta, ahora mismo, las dos de la
tarde.
Sintió un pinchazo en
el cuello. La droga que le habían inyectado para dejarlo sin voluntad y sin
capacidad de memoria inmediatamente comenzó a hacerle efecto. Solo pudo
musitar:
—Sí…
La liberación
Cuando despertó, se
hallaba sentado en su automóvil. Pensó que se habría quedado dormido;
últimamente, la medicación que tomaba para controlar la hipertensión y los
trastornos cardíacos solía producirle somnolencia. Miró su reloj y se alarmó:
eran las tres de la tarde. En casa se preocuparían por su tardanza, ya que era
la hora de la comida.
Buscó las llaves en el
bolsillo derecho de su chaqueta y, además de estas, le sorprendió hallar un
fajo de billetes de cincuenta euros. Estaba seguro de que no eran suyos.
Miró por los espejos
retrovisores: creyó ver un vehículo todoterreno negro aparcado a veinte metros
del suyo. Le pareció que abrían el portón trasero…
Puso el motor del
coche en marcha y, no sin cierta preocupación, se marchó para su casa.
FIN


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