Por Antonio Fernández Álvarez
(Escribidor de sueños)
La Vara y el Fuego
El mapa de la Córdoba insurgente
Índice:
Prólogo
1. El cuaderno
del desván
Crónica de una traición: Iznájar, abril de 1873
2.
De la Sierra
a la Campiña
El rastro de la opresión
Sucesos de Montilla: El estallido de la indignación
3.
Aguilar de
la Frontera
El espejismo de la libertad
4.
Bujalance: El fuego del Alto Guadalquivir
Donde el papel se vuelve ceniza
Epílogo
La mirada transformada
Prólogo
Hay historias que no
aparecen en los manuales, pero siguen respirando bajo la tierra. No figuran en
las fechas solemnes ni en los retratos oficiales, y sin embargo forman la trama
íntima de un territorio. Este libro nace precisamente de una de esas historias:
de un cuaderno oculto bajo una tabla suelta, de una memoria que se negó a
desaparecer.
La vara y el
fuego no es solo un recorrido por los sucesos de 1873 que
sacudieron desde la Subbética hasta la Campiña cordobesa. Es, ante todo, una
mirada que se transforma. Lo que comienza como una curiosidad personal termina
revelándose como un viaje hacia la raíz misma de la dignidad y del poder. En
Iznájar, Montilla, Aguilar de la Frontera y Bujalance, la proclamación de la
Primera República despertó algo más profundo que un cambio político: encendió
la esperanza de quienes llevaban generaciones esperando justicia.
Antonio Fernández
Álvarez reconstruye esos días convulsos con equilibrio y sensibilidad. Su
escritura evita el juicio apresurado y prefiere escuchar: la voz del cuaderno,
la del maestro jubilado, la de la anciana que recuerda cómo el fuego devoró los
papeles que simbolizaban la opresión. En esas voces se encuentra la verdad más
humana del relato.
El fuego que atraviesa
estas páginas no es solo destrucción. Es también símbolo de purificación, de
rebeldía y de un deseo colectivo de comenzar de nuevo. Pero, como tantas veces
en la historia, la llama fue seguida por la sombra. El poder apenas cambió de
manos, y la justicia soñada se convirtió en una larga espera.
Este libro nos
recuerda que el paisaje nunca es inocente. Bajo cada olivo, bajo cada plaza
encalada, hay una memoria que merece ser escuchada. Y quizá ese sea el mayor
mérito de esta obra: devolver dignidad narrativa a quienes fueron reducidos a
una nota al pie.
Leer estas páginas es aceptar que el pasado no está cerrado. Sigue ahí, latiendo, esperando a que alguien levante la tabla adecuada.
El cuaderno del desván
El fin de semana iba a
ser para mí impensablemente fructífero. En realidad, no me apetecía despegarme
de mi ordenador para escribir, pero mi hijo se había empeñado en que pasásemos
unos días en una casa rural con piscina en Iznájar. Allí podríamos tomar el sol
de estos últimos días de febrero y, por la noche, encender la chimenea para
charlar hasta la madrugada mientras degustábamos unas copitas de rosolí.
Mi curiosidad me llevó
a subir al desván de la casa. Aunque tenía la puerta cerrada, curiosamente se
abrió con una de las llaves del manojo que nos entregó el agente inmobiliario.
El desván contenía algunos muebles viejos e incluso podría habilitarse como
dormitorio supletorio; me resultó un lugar agradable, ideal para aislarse y
escribir.
En mi recorrido por la
estancia, una tabla del suelo se levantó un poco al pisarla. Presioné con la
mano y, al levantarla, encontré un cuaderno con tapas de piel. Como si temiese
que alguien me viera, lo cogí, coloqué la tabla en su sitio y bajé. En el
exterior, junto a la piscina, mi mujer, mi hijo y su pareja tomaban el sol.
Metí el cuaderno en la funda de mi Tablet y salí.
—Vamos a acercarnos a
la playa del pantano y ver el pueblo. De camino compramos algo de comida.
¿Vienes? —dijo mi hijo.
Aunque me apetecía,
tenía más ganas de leer el hallazgo. Sin embargo, si me quedaba, mi mujer
saltaría diciendo: «Con él no se puede contar para nada; siempre con el
ordenador o leyendo». Volvimos sobre las cinco de la tarde tras comer en una
terraza de la plaza «Corral de la Pacheca». No fue hasta la noche, cuando nos
retiramos a dormir, que encontré el momento. Aduje que no tenía sueño y que me
quedaría junto a la chimenea. Abrí la primera página y comencé a leer:
Crónica de una traición: Iznájar, abril de 1873
El eco de las palabras de Castelar en Madrid nos llegó como un soplo de aire fresco, pero en Iznájar el aire pronto se volvió irrespirable. Yo, que siempre me supe federal y creí en la justicia de la República, vi con asombro cómo quienes ayer nos despreciaban por monárquicos hoy se ponían la escarapela de «radicales». Don Ángel Cuellas y Montes, el alcalde, no cambió de corazón; solo cambió de chaqueta para no soltar la vara de mando.
Aquel 24 de abril
amaneció con una claridad insultante. El silencio en el pueblo era antinatural;
no se oía el trajín de las mulas, solo el eco de las botas de los voluntarios
de Cuellas patrullando. Todo empezó con el golpe de una culata en mi puerta.
Eran los hombres de Cuellas; me pusieron una carabina en las manos y me dijeron
que ahora era un soldado de la «causa radical».
—O tomas el fusil o
pruebas la madera —me soltaron sin mirarme a los ojos.
El miedo se podía
cortar con navaja. En la plaza se comentaba el destino de Francisco Valverde y
José Cañas: hombres honrados que, por dudar, fueron apaleados hasta que sus
gritos se oyeron en toda la calle Real. En la nueva «república» de Iznájar, la
libertad se escribía con sangre y moratones.
Para mantener a su
guardia pretoriana, los radicales vaciaron las casas de los sospechosos. Vi
cómo salían de los hogares de Rafael Garrido, Juan Muñoz y Antonio Torrubia
cargados con el botín del hambre: jamones, pan y hasta el chocolate de los
niños. Dejaron a las familias en la miseria.
La locura alcanzó su
cima una noche en la que el estruendo de los disparos rompió el silencio del
valle. Apuntaban a matar: las ventanas de los dormitorios del presbítero don
Mariano Doncel y de don Juan Rodríguez saltaron en mil pedazos mientras ellos
descansaban. Aquello era terrorismo puro.
Muchos hombres
empezaron a emigrar en secreto por los olivares bajo la luna. Pero esa huida
dejó a las mujeres desamparadas. La ira de los radicales se volvió contra
ellas. Jamás olvidaré el llanto de la mujer de Francisco Porras: la arrastraron
y le cortaron el pelo al rape, marcándola como si fuera ganado. El pánico fue
total cuando se supo que muchas otras estaban «sentenciadas» a la misma pena.
Iznájar se quedó sola,
con las puertas atrancadas contra el mundo. Sin embargo, la noticia de nuestra
agonía llegó al gobernador de Córdoba. El 30 de abril de 1873, el panorama
cambió. El gobernador envió a don Alfonso García Cordón con 300 soldados y 100
guardias civiles para destituir a los impostores.
Desde Rute, el delegado mandó un ultimátum. Los amotinados se atrincheraron en el Ayuntamiento y, cuando los soldados estaban dispuestos a tomar el edificio por la fuerza, ocurrió un gesto desesperado: los rebeldes arrojaron las varas de mando por los balcones hacia la calle. La tragedia se evitó gracias a la mediación de don Carlos Burell.
El 3 de mayo de 1873,
Iznájar dejó de ser una fortaleza de opresión. El nuevo Ayuntamiento desarmó a
los «voluntarios a palos» y entregó las carabinas a los vecinos honrados. Fue
el fin de un calvario que duraba más de un año. El 5 de mayo publicamos nuestro
sentir en el diario La República Federal bajo un título elocuente: «¡YA
SE RESPIRA!».
Cerré el cuaderno y me
quedé meditando.
Conocía el cantonismo
en las grandes capitales, pero no tenía idea de este suceso en Iznájar, a tan
solo 45 km de mi ciudad, Cabra. Dudé de si era un relato de ficción, pero al
buscar en mi Tablet «Iznájar cantón independiente», comprobé que todo lo que
había leído fue real.
Y además corroboré que
no fue un hecho aislado, sino el síntoma de un mal mayor que recorría las venas
de Córdoba tras la proclamación de la Primera República. Montilla, Aguilar y
Bujalance fueron lugares de la Campiña donde el rastro de la opresión dibujó el
mapa de la Córdoba insurgente.

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