agosto 01, 2026

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 Cabra, culta y poética 

Este blog pone a disposición de ustedes, en este formato digital, la revista en PDF "Cabra, culta y poética" que desde el mes de junio del pasado año 2023, estamos editando. Nos complace y nos congratula muchísimo a todos los colaboradores, creer que nuestra revista contribuye de algún modo a la promoción de la cultura de nuestro pueblo.

La única pretensión del mismo es facilitar que los contenidos de la revista  puedan llegar a un mayor número de usuarios, sobre todo aquellos que usan las nuevas tecnologías. Nosotros procuraremos abarcar  el mayor número de campos culturales que nos sea posible: literatura, música, pintura, etc.

CONTENIDO:  

— EDITORIAL
—RELATOS DE HISTORIA

COLABORACIONES:

— RELATOS
— REFLEXIONES
— ENSAYOS
— TEATRO
— POESÍAS
— DIBUJOS
— LIBROS RECOMENDADOS
— FOTOS
— VIDEOS 

CONTACTO:

Email de contacto: cabracultaypoetica@gmail.com
https://cabramilenaria.blogspot.com

Edición y dirección: Antonio Fernández Álvarez
Diseño y Maquetación: Antonio Fernández Álvarez

Editorial

 Agosto suele ser mes de calma, de tardes largas y de refugio bajo la sombra. En esta revista, ese refugio siempre ha sido la cultura: un territorio limpio donde la poesía, el relato, el arte y el conocimiento se dan la mano sin pedir carnets ni exigir filiaciones.

A veces conviene recordar los cimientos sobre los que se levanta esta casa común que ya compartimos 25 colaboradores y cientos de lectores. Desde su nacimiento, esta publicación mantiene una regla esencial: en nuestras páginas no hay espacio para la opinión política ni para los debates del fútbol. No porque ignoremos que forman parte de la vida, sino porque entendemos que existen espacios donde la palabra debe servir para acercar, no para separar.

Aquí importa únicamente el alma de lo que se escribe, la honestidad de la palabra y la belleza del trazo. Quienes hacemos posible esta revista somos hombres y mujeres libres, ciudadanos con voz propia que, fuera de estas páginas, pensamos, opinamos y expresamos nuestras ideas donde corresponde, faltaría más. Pero la libertad individual de un colaborador —o de su director— nunca debe confundirse con la línea editorial de una publicación que nace con vocación de encuentro.

Cabra, culta y poética seguirá siendo siempre eso: un oasis plural donde conviven sensibilidades diferentes, porque la cultura solo respira cuando se la deja ser libre.

Bienvenidos un mes más a este espacio de todos.

Podéis participar enviando vuestros trabajos a:

Email: cabracultaypoetica@gmil.com

Nuestra publicación es mensual.

¡Bienvenidos al número 39!

También podemos enviártela en PDF, solicitándonosla a nuestro EMAIL de contacto o también pueden dercargarla desde nuestro blogs.

Vea en PDF nuestra revista, o si lo prefiere descárgela. AQUÍ

Véala también en formato revista digital, queda muy chula. ENTRE AQUÍ

Relatos de Historia

RELATOS DE 
HISTORIA



El Precio de Granada

El fuego no comenzó con el estruendo de un cañón nazarí, sino con el susurro tímido de una vela mal colocada en la tienda de la reina. Fue en julio de 1491, bajo el cielo espeso de la vega granadina. En pocos minutos, el viento de la noche transformó el descuido de una dama de compañía en una lengua de fuego monstruosa que comenzó a devorar los tapices de Flandes, las sedas traídas de Oriente y los estandartes de Castilla.

En medio del caos, del humo cegador y de los gritos de los soldados que creían sufrir un ataque sorpresa, Isabel la Católica corrió. No corría como la soberana implacable que hacía temblar a Europa, sino como una madre desesperada. Con los pies descalzos sobre la tierra caliente, arrastró fuera de la tienda a sus hijas Juana, una niña de apenas once años que temblaba desorientada; a su lado la pequeña Catalina, de tan solo cinco, miraba el desastre con el pavor grabado a fuego en sus retinas mudas. Aquel incendio de Santa Fe, aunque la reina aún no pudiera saberlo, no era más que el presagio de otras llamas, mucho más crueles e invisibles, que terminarían por devorar la vida adulta de esas mismas niñas.

Mientras contemplaba cómo el campamento militar se convertía en un infierno de cenizas, Isabel la Católica sintió un frío helador en las entrañas. Nunca sabría con certeza si era Dios mismo quien había venido a cobrarse el precio de su gloria, pero aquella noche, frente al fuego, lo presintió con la fuerza de una maldición. Agarrando las manos de las pequeñas Juana y Catalina, los pensamientos de la reina se volvieron tan oscuros como el humo que nublaba las estrellas:

«Es por la bula falsa. Es por el engaño a mi hermano Enrique. Es por la sangre que he permitido que se derrame en las plazas bajo el nombre de la fe. El Señor me dio el trono y ahora me quema la casa porque sabe que mi corazón ha caminado por senderos oscuros para llegar aquí».

La noche del incendio, la reina de Castilla no era más que una pecadora asustada, despojada de sus galas y de su soberbia. En la soledad de su conciencia, intuía que los cimientos de su imperio se habían alzado sobre demasiados sacrificios ocultos, sobre mentiras de Estado y tribunales de fe que clamaban al cielo.

Si en ese mismo instante el humo le hubiera permitido vislumbrar el futuro; si Dios le hubiera mostrado el padecimiento que aguardaba a sus hijos —Juan muriendo a los diecinueve años, Isabel consumida por el duelo, María desgastada por partos interminables, y Juana y Catalina humilladas, ninguneadas, encerradas en castillos húmedos y tratadas como locas por hombres despiadados—, la reina de Castilla habría caído de rodillas.

De haber sabido que el precio de conquistar Granada era entregar a sus propias hijas al abismo, Isabel la Católica quizás habría renunciado a todo. Habría arrojado la corona a las llamas, habría pedido perdón a voz en grito y se habría retirado a los muros silenciosos de un convento, mendigando la misericordia que ella, como reina, tantas veces negó.

El amanecer sobre las ruinas ahumadas de Santa Fe trajo un silencio sepulcral. Isabel ordenó levantar piedra sobre piedra, una ciudad entera que sepultara las cenizas del aviso divino. Engañó al mundo con un despliegue de poder inmortal, pero el fuego ya se había mudado de sitio. Había anidado en la sangre de sus hijos.

Apenas seis años después de aquella noche, la factura que la reina tanto temía comenzó a cobrarse en oro y vidas.

El primer hachazo al corazón del imperio no vino de las armas francesas, sino del lecho conyugal en Salamanca. El príncipe Juan, el varón tan rezado, el sol de Castilla y Aragón, se apagaba a los diecinueve años.

Isabel viajó a contrarreloj, con el eco del incendio de Santa Fe resonando en sus oídos. Al llegar, solo encontró el rostro pálido de su hijo y los susurros de los médicos, que culpaban a la fogosidad del matrimonio con Margarita de Austria de haber consumido el débil cuerpo del príncipe. Fernando el Católico, buscando salvar la dinastía, intentó consolar a su esposa con razones de Estado, pero Isabel se encerró en un luto que ya nunca se quitaría.

La dinastía Trastámara se había quedado sin cabeza. El dolor se volvió absoluto cuando Margarita dio a luz a una niña muerta. La descendencia del varón se convertía en humo, tal como las tiendas de Santa Fe. Dios no quería un rey Trastámara; quería algo más complejo, o quizá algo más cruel.

La corona de la herencia cayó entonces como un peso de plomo sobre la primogénita, Isabel. La joven que había suplicado a sus padres que la dejaran profesar en un convento tras la muerte de su primer esposo, fue arrancada de su retiro místico. En nombre de la sagrada alianza con Portugal, la obligaron a desnudarse de sus ropas de viuda y a entregarse al lecho de Manuel I.

Isabel aceptó el matrimonio como quien abraza el martirio, exigiendo a cambio una purga de sangre: la expulsión de los judíos de tierras lusas. Dios pareció responderle de la misma forma en 1498. Durante un parto agónico en Zaragoza, mientras los nobles esperaban al heredero de la unificación ibérica, la joven princesa expiró a los veintisiete años. Su hijo, el pequeño Miguel de la Paz, apenas vivió dos años más antes de marcharse con ella.

Fernando e Isabel, incansables en su ajedrez político, no lloraron la pérdida deteniendo la maquinaria; la sustituyeron. La infanta María fue enviada a Portugal como una pieza de recambio silenciosa para ocupar la cama vacía de su hermana mayor. María no gritó, no se rebeló. Soportó con una sumisión desgarradora diez embarazos en diecisiete años. Su cuerpo, desgastado y vaciado por la exigencia biológica del imperio, se rindió a los treinta y cinco años tras su último parto. Fue la hija que se consumió sin hacer ruido, cumpliendo las órdenes de unos padres que confundían el amor filial con los tratados diplomáticos.

Mientras el sur se desangraba en partos y entierros, la hija menor, Catalina, navegaba hacia el norte, hacia las brumas de Inglaterra. Llevaba consigo el orgullo Trastámara, el latín perfecto que su madre le había enseñado y a un séquito de sirvientes donde destacaba una joven de su misma tierra: Catalina de Motril.

El matrimonio con el príncipe Arturo duró apenas cinco meses antes de que las fiebres se llevaran al joven heredero inglés. En la fría alcoba real, entre sábanas que la sirvienta de Motril lavaba en silencio, se custodió el secreto que años más tarde haría temblar a la Cristiandad. Catalina fue entregada al hermano menor, Enrique VIII, iniciando un reinado de aparente gloria que terminó en el fango de la obsesión del rey por un hijo varón.

Cuando Enrique inició el proceso de nulidad, intentando apartarla para coronar a Ana Bolena, la maquinaria de propaganda de los Tudor intentó presentar a Catalina como una mujer obsesiva, una fanática despechada que perturbaba la paz del reino con desvaríos y terquedades. La despojaron del título de reina, la llamaron "Princesa viuda" y la aislaron de su hija María.

Pero Catalina no era Juana; su fuego era de acero. El 21 de junio de 1529, en el tribunal de Blackfriars, se arrodilló ante su esposo y ante los legados papales para pronunciar las palabras que destruirían la estrategia legal del rey: "A este vuestro lecho he venido como verdadera virgen... Y si esto es verdad o mentira, lo pongo a la altura de vuestra propia conciencia".

Los enviados españoles buscaron desesperadamente a Catalina de Motril en Andalucía para que declarara sobre la limpieza de aquellas sábanas de 1501, pero el testimonio de la sirvienta nunca llegó. Catalina de Aragón murió en el gélido castillo de Kimbolton, vistiendo el hábito franciscano bajo sus ropas rasgadas, defendiendo su verdad frente a un rey que la ninguneó hasta el último suspiro.

De todas las hogueras que provocó el incendio de Santa Fe, ninguna clama al cielo con tanta fuerza como la de Juana. Ella, la niña que corrió descalza huyendo de las llamas, acabó encerrada en la más absoluta de las oscuridades.

A diferencia de su hermana Catalina, que era una reina consorte en tierra extraña, Juana era la Reina legítima y propietaria de Castilla. La corona era suya por derecho de nacimiento tras las muertes de sus hermanos. Y fue precisamente ese derecho el que la condenó. Los tres hombres en los que debía confiar —su esposo Felipe el Hermoso, su padre Fernando el Católico y finalmente su propio hijo, el emperador Carlos I— se convirtieron en sus carceleros.

Construyeron meticulosamente el mito de su locura. Utilizaron sus arranques de celos justificados, su desesperación ante las traiciones y su huelga de hambre como pruebas de un desequilibrio mental que justificaba arrebatarle las riendas del gobierno. El encierro en el torreón de Tordesillas duró casi cincuenta años. Cinco décadas de penumbra, de maltratos por parte de los marqueses de Denia, despojada de sus hijos pequeños, obligada a escuchar que estaba loca por los mismos clérigos que debían consolarla.

Juana resistió en el silencio de sus habitaciones, negándose a firmar los documentos que legitimaran la usurpación de su hijo o de los comuneros. Sabía que firmar era aceptar la mentira que la enterraba en vida.

 Epílogo

Si Isabel la Católica hubiera tenido el don de la profecía aquella noche en Santa Fe, habría comprendido que la toma de Granada no era el inicio de una era de bendiciones, sino el altar donde sacrificaría a su estirpe. Consiguió el mundo para sus herederos, pero les legó un territorio de destierros, torres de piedra y humillaciones.

Sus hijas, educadas en el más alto estandarte de la dignidad real, terminaron siendo las reinas más incómodas de Europa, anuladas en el instante en que su voluntad Trastámara osó desafiar el poder de los hombres que se repartían sus reinos. La gran reina de Castilla murió creyéndose una santa de la fe, sin saber que el fuego que vio en Santa Fe terminaría por consumir, una a una, las vidas de todos sus hijos.

FIN

Miguel Blancas Calzado



VIDA Y ANÉCDOTAS
EGABRENSES DEL AÑO 2009 






Vicente Carnerero López


TERCERA PARTE 

Poemas, sevillanas y escritos

 Estas páginas nacen del deseo de rendir un justo homenaje a Vicente Carnerero López, dejando constancia en Cabra de la generosa labor de toda una vida. Vicente fue un hombre sencillo y humano, de esos que hacen historia local desde el corazón y la entrega a su pueblo.

Su nombre quedó unido de forma indisoluble a la Navidad egabrense. Como director del grupo de «Mochileros de la Virgen de la Sierra», llevó la paz y la alegría de sus villancicos a cada rincón de nuestra geografía urbana: desde barrios y colegios hasta centros como Promi, el Centro de Día de la Tercera Edad y el Asilo de Ancianos, donde su presencia era un regalo esperado desde la festividad de la Purísima hasta la víspera de Reyes.

A su faceta musical se sumaba su sensibilidad como poeta. Este capítulo recoge una cuidada selección de poesías, sevillanas y escritos de su puño y letra. Una trayectoria tan entrañable no pasó desapercibida para el pueblo de Cabra, que reconoció oficialmente sus méritos distinguiéndolo como Egabrense del Año en 2009.

 

Con cariño a los egabrenses en Cataluña

Venimos a Santa Coloma                                         Ella vino con sus hijos
de Andalucía, nuestra tierra,                            a esta bendita tierra,
para ver a nuestra Patrona                              para poder dar consuelo
que es la Virgen de la Sierra.                           cuando pasan «horas negras».
 
Que en Cataluña o en Cabra                            De Cabra hemos venido
siempre la tendrán presente,                             para estar con los paisanos,
nuestra Patrona querida,                                 para ir a la romería y
Reina de los egabrenses.                                  darles un abrazo de hermanos.  
 
En esta gran romería                                      ¡Que vivan los catalanes,
que rinde Santa Coloma,                                 que vivan los andaluces,
¡qué alegría cuando gritan                              «toá» la gente de esta tierra,
«¡Viva la Blanca Paloma!»!                            que todos juntos gritaremos
                                                                  ¡Viva la Virgen de la Sierra!
Catalanes, andaluces,                                                               
egabrenses, ¿qué más da?,
aquí está nuestra Patrona
como andaluza una más.
 
 
Hospital Reina Sofía
 
Ay, hospital, hospital,                                          en el que enfermo tú estás,
voy por un túnel andando,                                   sin esperanza ninguna.
no veo luz al final,                                             Largas noches; enfermeras
las fuerzas me están faltando.                             y doctores, que todos son servidores
 
¿Por qué, Señor, por qué?                                   de los que enfermos están          
Hágase tu voluntad y,                                        en el lecho del dolor.
si no me voy a salvar,                                        Bendita Virgen María,
no me debes detener.                                          no le niegues tu favor.
 
Acepto tu veredicto                                           Abrid las puertas del cielo,
si es que ha llegado mi día,                               que yo quiero entrar en él,
pero, por favor, te ruego:                                   que gloria gané en la tierra
no prolongues mi agonía.                                  y gloria mereceré.
 
En el lecho del dolor                                        El Juez Supremo me juzgue,
paso días y más días,                                     su sentencia aceptaré;
estoy abrazado a tu cruz,                                 solo hay infierno y gloria,
¡llévame ya, Virgen María!                             y no me dejan escoger.
                             
Así pensaba un enfermo                                 El infierno estoy pasando
que en la cama se moría,                                en este triste hospital,                          
traspasado de dolor                                       y la fe me está faltando;                     
meses, semanas y días.                                  Dios mío, llévame ya.
 
Y le pedía al Señor                                      Que no puedo con la cruz,
que lo llevara con él,                                    bien lo sabes, Padre mío;
que calmara su dolor;                                  no me puedo levantar,
la vida ponía a sus pies.                              mi cuerpo ya se ha rendido.
 
Qué triste será el mar
pasar las noches sin luna;                           A mi compadre Antonio Pedrosa
más triste es el hospital                              que falleció el 31-12-1995

 

A las Huertas Bajas y sus fiestas
 
Qué bonita está mi huerta                                     No le pidas más al Santo,                  
cuando nacieron sus plantas,                                  que yo te entrego mi alma,                   
dando un verdor a la tierra                                   que mi corazón es tuyo,                       
que negra del invierno estaba.                                mi niña guapa hortelana.
  
La primavera llegó                                              Los dos iremos a rezarle                     
una alegre madrugá,                                           a San Antonio de Padua,          
vistiendo de verde el campo                                  que yo también le pedí
y de flores variadas.                                           para que este día llegara.
 
Abanicos de colores                                            Niñas guapas de las Huertas,
parecían las Huertas Bajas                                 que San Antonio os llama
en esta estación bonita                                       para que vayáis a visitar
que primavera se llama.                                     con el mozo que soñabas.                 
 
Las niñas de la ribera,                                      Y ante él te jurará
hijas de madres tan guapas,                               promesa de amor eterno,  
le llevan flores al Santo                                    y en su huerta, en un altar,        
para que un novio les salga.                              a ti te pondrá por Reina.
 
Y los mozos que las ven                     
a San Antonio llevarlas,                     
les dicen con alegría:                                      Fiestas de San Antonio         
¿A dónde vas, niña guapa?                           Huertas Bajas de Cabra 13/06
 
 
Dulce Sueño
 
Anoche, mientras dormía,                           La emoción que yo tenía
soñé que me acariciabas,                            cuando a mi lado tú estabas
que en mis brazos te tenía                          solo era comparable
y tu aliento respiraba.                               con algún cuento de hadas.
 
Tu mano sobre mi frente                            Todo lleno de placer
mis cabellos peinaba,                                 en mi cama me estiraba,
y tus labios de amapola                            abrazado a tu cuerpo,
en la boca me besaban.                             y mi alma te entregaba.
 

Tus pechos sobre los míos,                        ¡Por Dios, que nunca amanezca,
tu cara sobre mi cara,                            que de mi vera no se vaya,                  
tus manos recorrían                              que no quiero despertar
mi cuerpo que se embriagaba.               porque no puedo olvidarla!


Antonio Cruz Casado (Real Academia de Córdoba)

 



ENSAYO DE INVESTIGACIÓN LITERARIA



VALERA Y LA TRADICIÓN ORAL ANDALUZA

 

La tertulia madrileña de don Juan y los Cuentos y chascarrillos andaluces (1896 y 1898)


            Fue en la tertulia madrileña de Valera, sita en su propio domicilio, localizado en esos años en la Cuesta de Santo Domingo, número 3, donde se fraguaron y organizaron los materiales que compondrían el volumen de marcado aire folklórico andaluz que nos ocupa.

            Gracias al utilísimo y valioso epistolario del escritor, tenemos noticias puntuales y amplias de todo lo que se refiere a la gestación, desarrollo y publicación del nuevo libro, al igual que sucede con la mayoría de sus otras obras.

            Sobre la tertulia madrileña del escritor tenemos noticias, al menos, desde 1895, cuando escribe a su pariente José Alcalá Galiano:

En las noches de los domingos, y no ya de los sábados, empiezan a restablecerse las antiguas tertulias literarias; pero están aún harto poco medradas y distan de tener y acaso no tengan nunca el esplendor y la animación que tuvieron cuando tú asistías a ellas. Hasta ahora no han venido más que Vidart, Narciso Campillo y el conde de las Navas. Es verdad que yo no he convidado más que a los tres mencionados y a dos más que no han venido aún: a Manuel del Palacio y a Menéndez Pelayo. Acaso Menéndez no llegue a venir y se haya escamado de los desdenes y melindres de mi mujer y de mi hija. Mucho me pesa de ello, pero no puedo negar que ambas tienen alguna razón en mostrarse melindrosas y desdeñosas. Menéndez, como no se lava nunca, huele bastante mal, a pesar de los fríos del invierno… Es lástima que Menéndez, el más sabio de los españoles y uno de los más eruditos y discretos escritores que viven en el día sobre la faz de nuestro planeta, esté tan asqueroso y tan poco de recibo[1].

            Además de las curiosas noticias sobre la escasa higiene de don Marcelino, en el fragmento se mencionan ya dos contertulios que van a colaborar con Valera en la recopilación de cuentos y chascarrillos andaluces, uno de ellos sevillano y el otro malagueño, Narciso Campillo y Correa (1835-1900) y el conde de las Navas, Juan Gualberto López-Valdemoro de Quesada (1855-1935), grupo editor al que sólo falta el cuarto elemento, el Doctor Thebussem, que era el seudónimo habitual del gaditano don Mariano Pardo de Figueroa (1828-1910). Con esta adición estaban representadas en el libro cuatro importantes provincias andaluzas (Córdoba, Sevilla, Málaga y Cádiz) por medio de algunos de los más ilustres representantes culturales de la segunda mitad del siglo XIX.

            Precisamente al último de los escritores citados, el Doctor Thebussem, escribirá Valera detalladamente sobre el proyecto de estos recopiladores con la intención de que participe en el mismo, cosa que conseguirá de manera casi inmediata. La carta es del 28 de mayo de 1896 y por ella sabemos que el proceso de recopilación y escritura está ya muy avanzado. Y así se lo comenta:

Dos de mis tertulianos, el conde de las Navas y Narciso Campillo, me han metido en una empresa, en que la que Vd., si quisiese, podría ayudarnos. Se trata de reunir y conservar por escrito para que no se olviden o se pierdan los cuentos y chascarrillos andaluces que andan en boca del vulgo. Treinta tenemos ya escritos para la colección, pero necesitamos lo menos ciento para formar un tomo, pues, aunque algunos de los ya escritos forman más de veinte cuartillas, la mayor parte de ellos no tienen más que una cuartilla (p. 164).

Añade, además, algunas características inherentes al impreso que preparan:

Los cuentos y chascarrillos saldrán sin nombre de autor o de colector; pero llevarán una introducción erudita y muy filosófica.

Aunque la musa popular y callejera no suele ser muy casta, nosotros procuraremos que la verdura de nuestros cuentos no sea muy subida de punto y no escandalice.

Dígame Vd. qué le parece de nuestro proyecto y si cree que podremos sacar a luz un libro interesante. Yo no dudo de que Vd. pueda contribuir a que lo sea abriendo el tesoro de su memoria, sacando de él algunos materiales y enviándomelos por el correo. Si Vd. lo hace así, incluiremos en la colección los cuentos que Vd. escriba, tales como Vd. los escriba, y se lo agradeceremos mucho.

Ya se entiende que no se trata de cuentos de hadas, sino de cuentos chuscos, dichos agudos, chascarrillos, etc. De seguro que Vd. sabe una infinidad. Comuníquenos algunos. Repito que se lo agradeceremos (ibid.)

            Todo esto aparece perfectamente organizado en un esquema que le envía el día 2 de junio del mismo 1896:

I.-El libro anunciado que ya se empieza a imprimir llevará por título Cuentos y chascarrillos andaluces, tomados de la boca del vulgo, coleccionados e ilustrados con una introducción erudita y muy filosófica por Fulano, Zutano, Mengano y Perengano si Vd. escribe.

II. Tenemos ya, escritos unos y en la imprenta otros, más de 50 cuentos y chascarrillos.

III. Como el tomo queremos que conste de 300 páginas y como algunos chascarrillos son tan cortos que apenas llenarán una página, necesitamos más de ciento para llenar el libro.

IV. El libro ha de aparecer en las librerías en la primera semana del mes de julio. Menester es, pues, darse priesa.

V. Mis dos colaboradores y yo agradeceremos a Vd. muy de veras que nos envíe algo y a tiempo. Siquiera un par de cuentos y un par de chascarrillos.

VI. Aunque no pocos críticos califican la musa popular de casta, nosotros reconocemos que dista mucho de brillar por su castidad y aceptamos e incluimos en la colección verduras, pero suaves y veladas, desechando las más groseras y crudas (p.165).

            También pide ayuda a su amigo de Doña Mencía, Juan Moreno Güeto, con la idea de que le mande textos orales recogidos en el pueblo. Empieza Valera, en carta del 5 de junio de 1896, comentándole algunos aspectos de la tertulia madrileña donde ha tenido origen el plan:

Acuden a esta tertulia no pocos escritores de los más conocidos. Dos de ellos me han excitado y empeñado a que escribamos y publiquemos los tres, sin dar nuestros nombres, una colección de cuentos y chascarrillos andaluces. Cerca de 60 tenemos escritos ya, y hasta han empezado a imprimirse. El tomito aparecerá pronto y será curioso y tal vez también será amenos. Yo creo que Vd. ha de saber muchos chascarrillos. Cuénteme algunos, y se incluirán en el tomo, si no son muy verdes o si no son de los ya incluidos. Los chascarrillos no han de ser inventados, sino tomados de la boca del vulgo. La verdura, si la hay, ha de ser moderada, a fin de no escandalizar y a fin también de que no nos censuren, pues aunque nuestros nombres no irán en la portada, se sabrá que los autores somos nosotros (p. 166).

            Una de las cuestiones básicas de los relatos seleccionados es la decencia, que se correspondería con el tratamiento honesto del tema, sin recurrir a expresiones malsonantes ni obscenidades, algo que también había recalcado a su amigo Moreno, como hemos visto, cuestión que provoca la eliminación o corrección de algunos cuentos que le envía Thebussem, al que escribe el 11 de junio:

Sobre dos [cuentos de los que el escritor gaditano le ha enviado] tengo mis dudas y me inclino a excluirlos, al uno por sobrado fúnebre, el de “El verdugo de Málaga”, y al otro, que me parece el mejor de todos y que está contado con muchísima gracia, por sobrado verde. Pero dicho cuento, “Las orejas”, es tan chistoso y está tan bien contado, que probablemente cederé a la tentación y le insertaré en el tomo (p. 167).

            Finalmente, el coordinador de la edición no incluye ninguno de los dos citados, al menos con esos títulos. Y añade don Juan una reflexión que incide en sus temores: “Difícil es marcar los límites donde podemos llegar en la verdura sin escandalizar a las gentes y sin que nos pongan como un trapo” (ibid.).

            Alguna otra referencia, en carta al mismo escritor gaditano, del 23 de junio, vuelve a poner de relieve el cuidado que se ha seguido en la selección de los textos e incluso en la corrección de ciertos términos que pudieran considerarse duros desde el punto de vista moral. Así comenta el coordinador de la colección:

[...] llegó a mi poder la segunda remesa de cuentos, compuesta de “Las sardinas”, “El alojado”, “Los tres favores” y “La pobre”. Los cuatro me parecen bien e irán en la colección dándole mérito. Sólo el cuento de “La pobre” me asusta un poco, pero, en fin, allá veremos. Acaso yo le inserte, modificando en esta forma las palabras con que termina: “Todos me jo… roban” (p. 171).

            Finalmente encontramos incluidos en la colección los tres primeros cuentos, pero no “La pobre”.

            Estos reparos de índole moral y lingüística se documentan ampliamente en la correspondencia, como sucede en la carta del 26 de junio, del mismo año 1896, en la que responde a Moreno Güeto, el cual le ha enviado algunos chistes y chascarrillos del pueblo:

Igualmente doy a Vd. gracias por los cuentos que me ha enviado. Todos ellos son buenos, pero será difícil que ni uno solo pueda servir para nuestra colección y entrar en nuestro libro por la verdura tan subida que tienen. El del “Ínterin”, que tiene chiste, me hace vacilar aún entre aprovecharle o desecharle. De todos modos, para aprovecharle sería menester parafrasear mucho y el cuento se haría pesado y perdería la gracia con la paráfrasis. En fin, allá veremos. Si este primer tomo de cuentos fuese bien recibido del público y si en vez de censuras obtuviese indulgentes elogios, acaso nos atreveríamos a publicar otro más verde, en el que cabrían perfecta y gallardamente lo que Vd. ha enviado. Para este tomo, que ya está arreglado y que si no acaba de salir es por culpa de la pesadez del impresor, tenemos ya original bastante. Sin embargo, todavía si viniese algún cuento jocoso, pero que no fuese verde ni tampoco de pedos y de otras porquerías, porque de esto hay ya abundancia, el cuento sería bien recibido (pp. 172-173).

            Creemos que Valera se está refiriendo, en estas alusiones finales, a uno de los cuentos más conseguidos y divulgados de la colección, el titulado “La Reina Madre”, que se inicia con el sonoro pedo de una joven campesina y sus fantásticas consecuencias.

            En el epistolario se pueden documentar todas las intercadencias de la edición del libro de relatos, intrahistoria editorial que no vamos a perseguir en esta ocasión. El hecho es que se edita la colección y de ella nos da datos técnicos el conde de las Navas, tanto en su primera edición como en la segunda:

CUENTOS Y CHASCARRILLOS ANDALUCES tomados de la boca del vulgo, coleccionados y precedidos de una introducción erudita y algo filosófica, por Fulano, Zutano, Mengano y Perengano.-- Madrid. Librería de Fernando Fe, 1896. (Establecimiento tipográfico de Ricardo Fe). 8.° francés, xxi-271 páginas de texto e índice.—Tirada de 2.000 ejemplares. (Agotada).—3 pesetas[2]. 

CUENTOS Y CHASCARRILLOS ANDALUCES (Segunda edición, 1898). - 3 pesetas.

            Incluye, además, el conde un poemilla jocoso de Manuel del Palacio acerca de la obra y de los autores de la misma, composición que había aparecido en El Imparcial, el 27 de julio de 1896, poco después de divulgarse la publicación:

 

Un librito de cuentos
se ha publicado
del que autores se dicen
cuatro Fulanos.
Mas, yo con el pelo
perdí el olfato,
 tras de aquellas hojas
se oculta el rostro
de un cartero famoso,
de un catedrático,
de un Conde que de libros
se nutre á pasto,
y un Juan que muchos llaman
Juanito el Largo.

            El cartero es Mariano Pardo, Doctor Thebussem, al que se nombró Cartero Honorario de España, por sus estudios sobre correos; el catedrático, Narciso Correa, que lo era de retórica; el Conde es Juan Gualberto López-Valdemoro y el último Juan es Valera, designado aquí con la adaptación masculina del nombre de uno de sus personajes más conseguidos, Juanita la Larga.

            Igualmente tenemos noticia del escaso rendimiento económico que va a tener la edición, puesto que hay que repartir la ganancia entre los cuatro contribuyentes, aun cuando la aportación de cada uno haya sido desigual en cantidad y tal vez en calidad, predominando al respecto los textos redactados o reescritos por Valera, ayudado habitualmente por su secretario Pedro de la Gala. En el ámbito tipográfico de la composición textual, hay una indicación gráfica al final de cada cuento, un asterisco o varios, cuya correspondencia y autoría suele aceptarse de la forma siguiente: un asterisco, Valera; dos, Campillo; tres, el conde de las Navas y cuatro, el Doctor Thebussem.

            Sobre el mediocre resultado del negocio, tenemos la noticia de Valera a Thebussem, en carta del 14 de julio, donde le cuenta la necesidad de que el público encuentre divertido el texto editado y lo compre. Y añade:

Si así fuera no tardarían en venderse los 2.000 ejemplares de que consta la edición. Sobre estos 2.000 ejemplares, que tomará Fernando Fe por la mitad de su precio, habrá algunos ejemplares para regalo. De estos enviaré a Vd. una docena a fin de que Vd. los dé a quien le parezca (p. 183).

Le comenta luego, en la misma misiva, que el negocio no ha sido nada lucido:

Fernando Fe es cicatero, roñoso e interesado, pero es el menos malo de todos los libreros de España y los tratos que con él se hacen son los menos desventajosos. El libro de cuentos, pues, le toma por la mitad de su precio. El ejemplar se venderá a 3 pesetas. Los 2.000 ejemplares importarán 6.000 pesetas. Fernando Fe me dará 3.000. De esta suma será menester pagar el papel y la imprenta. El producto líquido para los autores será bien poco, pero sea lo que sea, lo dividiremos en cuatro partes iguales como buenos hermanos. No puedo decir aún con exactitud lo que será el producto líquido, porque aún no me han enviado la cuenta de la imprenta (ibid.). 

            Por otra carta de Valera al mismo amigo gaditano, sabemos que el corresponsal no quiere cobrar nada de los emolumentos que ha generado la publicación. El coordinador le da las más expresivas gracias y le promete un regalo:

Ya que Vd. no quiere aceptar la parte de ganancia que por los cuentos le corresponda, yo le enviaré para recuerdo y en muestras de gratitud un ejemplar, bien encuadernado, de todas mis obras, publicadas hasta ahora en tomos, que podrán ser malas pero que no son pocas. Así crecerá, si no en calidad en cantidad, la brillante biblioteca de la Huerta de Cigarra (p. 193)

            Estamos, pues, como señalábamos al comienzo de esta aproximación, en un contexto económico que no ofrece apenas rendimiento para el escritor, pero seguro que seguiría pensando todavía en estos años finales del siglo XIX en el placer que conlleva la creación literaria y posiblemente también en la buena fama del creador que permanece durante mucho tiempo en la memoria de las gentes. Es algo que ya había comentado en alguna ocasión a un pariente suyo, José Alcalá Galiano, igualmente interesado en la escritura, en una carta de 1887:

A pesar de todos mis desengaños las ganas de escribir no se me quitan. Ahora tengo más ganas que nunca. El mismo recelo de que ya no ha de durarme mucho la vida me inspira mayor afán de escribir a ver si logro no morir del todo[3].

 



[1] Juan Valera, Correspondencia. Volumen VI. 1895-1899, ed. Leonardo Romero, María Ángeles Ezama Gil y Enrique Serrano Asensio, Madrid, Castalia, 2007, p. 127; las restantes citas de este volumen se indican en el texto mediante la página correspondiente. 

[2] El Conde de las Navas, “Obras de El Conde de las Navas”, De libros, Madrid, Fortanet, 1908, pp. 250. Las otras dos referencias en p. 257 y pp. 250-251, respectivamente. Mantenemos el uso de las mayúsculas en estos títulos.

[3] Juan Valera, “Carta a José Alcalá Galiano, Bruselas, 20 de marzo de 1887”, en Correspondencia de don Juan Valera (1859-1905). Cartas inéditas publicadas con una introducción de Cyrus C. DeCoster, Valencia, Castalia, 1956, p 141.


Antonio Fernández Álvarez (Escribidor de sueños)

 



RELATO





El manifiesto

de los huérfanos

David era un joven escritor que vivía en una habitación alquilada que olía a café recalentado y a la humedad de los libros viejos. Su mundo eran cajas de zapatos llenas de manuscritos que ninguna editorial se dignaba a abrir. Sin embargo, tras asistir a la conferencia de un afamado escritor, algo prendió en él. Recogió notas históricas —fechas olvidadas, anécdotas marginales, pequeñas grietas de la historia oficial— que el maestro apenas había rozado, y con ellas tejió una novela corta, intensa y vibrante.

La obra le valió un premio provincial. No fue un Nobel, pero, para él, aquel diploma de cartón y la placa de metacrilato que brillaba bajo la bombilla desnuda de su cuarto eran la prueba de que su voz existía. Fue su primer sabor de gloria, aunque el premio apenas le alcanzó para cubrir dos meses de alquiler atrasado y una cena decente.

La llamada del escritor famoso no se hizo esperar. Se citaron en un café privado, un lugar de madera oscura donde el éxito se mide por el silencio. El veterano dejó la placa del joven sobre la mesa con una sonrisa paternal que escondía un cálculo frío.

—Tienes una voz privilegiada, muchacho —dijo el famoso—. Pero el mundo es sordo. Con tu nombre, este premio es el techo de tu carrera. Con el mío, tus palabras podrían ser ley.

El famoso le ofreció una tabla de salvación: un sueldo mensual generoso que le permitiría abandonar sus trabajos precarios y dedicarse únicamente a escribir. A cambio, el joven debía firmar un contrato de confidencialidad absoluto. Sería un fantasma, un motor silencioso. Escribiría para el maestro y jamás, bajo ninguna circunstancia, podría reclamar la autoría de esas páginas.

David aceptó, convencido de que era una «beca encubierta». Se dijo que solo sería durante un tiempo, lo justo para poder escribir con tranquilidad sus propias novelas. Pensó que usaría el dinero del famoso para financiar sus obras verdaderas, las que algún día publicarían con su nombre. Creyó que podría dividir su alma en dos: por la mañana escribiría los best sellers que alimentarían la leyenda del otro; por la noche escribiría sus propias novelas, las que le darían la posteridad. Lo que no previó fue la paradoja de la marca. El contrato era draconiano: cualquier indiscreción le costaría no solo el dinero, sino la propiedad de sus propios libros ignorados.

Pasaron los años. El escritor famoso se convirtió en una institución nacional. Cada novela que David escribía para él era recibida con galardones, portadas en los suplementos culturales y entrevistas en televisión donde el famoso hablaba, con fingida modestia, de la «soledad del creador» y del «sufrimiento de su pluma».

Mientras tanto, David publicaba sus propios libros. Gracias al sueldo del famoso, podía permitirse editarlos en sellos pequeños, pero sus obras pasaban sin pena ni gloria. En el trastero de su apartamento se acumulaban cajas con ejemplares devueltos por las librerías, mientras los extractos de su cuenta bancaria crecían silenciosamente en el correo electrónico. David terminó habitando un limbo cruel: era un hombre rico que vivía en la sombra, un genio anónimo que financiaba sus propios fracasos con el dinero que ganaba fabricando los éxitos de un impostor.

Todo cambió una fría tarde en una firma de libros; pero no en la del afamado escritor —donde las colas daban la vuelta a la manzana—, sino en una pequeña librería de barrio donde David presentaba su última novela propia. Solo había tres personas: el librero, una mujer que buscaba refugio de la lluvia y un lector empedernido que sostenía un ejemplar de la última obra del afamado escritor (escrita, por supuesto, por David).

El lector se acercó por cortesía a la mesa del joven, hojeó su novela propia con desgana y la dejó de nuevo en el montón.

—No está mal —dijo el lector, señalando el libro de David—, pero le falta… alma. Se nota que es un autor que aún no ha vivido lo suficiente. Es técnica pura, pero sin ese «fuego» que solo los grandes maestros poseen.

David tragó saliva. Sintió un nudo de hierro en la garganta.

—¿A qué maestros se refiere? —preguntó con un hilo de voz.

El hombre levantó con orgullo el libro del afamado escritor.

—A este. Mire esta frase en la página 42: «El silencio es el único idioma que los muertos no olvidan». ¡Es sublime! Solo un hombre que ha conocido la verdadera gloria y la verdadera pérdida puede escribir algo así. Usted debería leerlo, joven. Quizá aprenda cómo se le da vida a un personaje.

David cerró los ojos un segundo, recordando perfectamente esa frase. La escribió un martes de madrugada, con dolor de espalda, mientras el afamado escritor estaba de vacaciones en una isla privada. La escribió pensando en su propia soledad, en su propio anonimato. Era su frase. Era su alma. Pero, para el mundo, esa alma pertenecía a otro.

—Lo tendré en cuenta —respondió David, forzando una sonrisa—. Aunque a veces los grandes nombres ocultan grandes deudas.

El lector se rio, condescendiente.

—Los jóvenes siempre son tan envidiosos. El talento no se puede comprar, muchacho. Se nace con él o no se nace.

El hombre se marchó, abrazando el libro «falso» como si fuera un tesoro sagrado. David se quedó solo en la librería vacía. El librero se acercó para consolarlo:

—No le haga caso. Es un esnob. Al menos usted puede permitirse seguir publicando. Otros genios como usted tienen que trabajar en una oficina. Usted tiene suerte de tener ese «mecenas» que le paga las facturas, ¿no?

El joven miró su placa de reconocimiento provincial, la que guardaba en su maletín. Entendió que su condena era perfecta: el mundo amaba su sombra y despreciaba su rostro. Su consuelo era el dinero que le permitía imprimir libros que nadie leería, financiando su propio olvido con el éxito de su secuestrador.

Tras años de silencio, una noche David releyó a uno de sus personajes más famosos: el detective cansado que el público atribuía al gran escritor. Mientras avanzaba por las páginas, tuvo la incómoda sensación de estar leyendo su propia vida disfrazada. Aquellos personajes, pensó, habían nacido de su vigilia y de su hambre. Entonces decidió arriesgarlo todo. No quería dinero: quería verdad.

Escribió una novela que fue su obra definitiva: un ejercicio de metaficción donde todos los personajes que había creado para el escritor famoso a lo largo de las décadas se encontraban en una vieja mansión. En la novela, los personajes —el detective cansado, la heroína romántica, el villano histórico— rodeaban al «Autor», una clara representación del famoso, para agradecerle por haberles dado la vida. Era un libro lleno de amor, de claves privadas y de una profundidad que solo el verdadero padre de esas criaturas podría conocer.

El joven la publicó con su nombre real, convencido de que el mundo entendería el mensaje: «Nadie podría conocer tan bien a estos personajes si no fuera su creador». La reacción no fue la que él esperaba. No hubo revelación, solo indignación.

Crítica feroz. Los suplementos culturales titularon: «El parásito que quiso ser Dios». Lo acusaron de ser un fanático obsesivo que había robado el universo intelectual del gran maestro.

Veredicto público. Lo tildaron de plagiador desvergonzado. Decían que su estilo era una «imitación barata» (sin saber que ese estilo siempre fue el suyo).

Sentencia editorial. «Es triste ver cómo un escritor mediocre intenta apropiarse de los personajes que el Maestro dotó de alma. El joven autor intenta imitar la voz de su mentor, pero solo logra un eco vacío».

El escritor famoso lo llamó a su despacho. No estaba enfadado; estaba divertido. Bebía un whisky caro mientras señalaba las críticas en el periódico.

—Te lo advertí, muchacho —dijo con una calma gélida—. Tú no eres nadie. Para el mundo, esos personajes son mis hijos. Si tú intentas decir que son tuyos, solo pareces un loco o un ladrón. Has intentado suicidarte literariamente.

El joven, hundido en la silla, comprendió que había perdido su última batalla. El famoso deslizó un nuevo cheque sobre la mesa, más grande que los anteriores.

—Olvida este error. Mañana empezamos la nueva novela. El público espera otra obra maestra de «mi» pluma. Y tú necesitas pagar al abogado para la demanda por plagio que te ha puesto mi editorial… a menos que aceptes mi protección.

David no miró la cifra. Lo dobló con la misma frialdad con la que el famoso se lo había entregado. Al llegar a su lujoso apartamento, que ahora sentía como una cripta de cristal, tomó una decisión definitiva. Firmó los documentos para donar toda su fortuna acumulada a una fundación para jóvenes artistas: pintores, poetas y novelistas que solo necesitaban una oportunidad para no tener que vender su alma por un plato de comida.

Después, se sentó frente a su vieja máquina de escribir. No escribió una carta de despedida convencional. Cuando la policía entró en la habitación días después, encontraron al joven en paz. Sobre la mesa, una única hoja de papel contenía un texto que hizo temblar los cimientos del mundo literario. No era la voz de David, sino un coro de voces que todo el país reconocía. La nota decía:

«Nosotros, los que nacimos de tu vigilia y tu hambre, nos despedimos hoy contigo. Te vimos escribirnos en la penumbra mientras otro dormía sobre laureles ajenos. Nosotros sabíamos que eras tú; siempre fuiste tú. En cada adjetivo, en cada metáfora, en cada latido de nuestras historias, reconocíamos tu mano. Intentamos gritártelo desde las páginas, pero no hallábamos la forma de hacerte entender que te estabas dejando ningunear y, sobre todo, comprar. Ahora que te vas, nos vamos contigo; siempre nos hemos sentido huérfanos. Dejamos a un hombre de paja frente a un escritorio vacío, para que el mundo descubra, por fin, que el genio no se hereda ni se compra y que, a partir de hoy, su pluma no es más que un palo seco que ha olvidado cómo florecer».

Epílogo

El escritor famoso nunca volvió a publicar una sola línea digna. La crítica dijo que «el dolor por la pérdida de su pupilo le había secado la inspiración». Pero, en los círculos literarios, cada vez que alguien lee una de sus viejas novelas, ya no ve el nombre de la portada. Ven la placa de un joven escritor que prefirió el silencio eterno a seguir financiando su propia desdicha. David murió siendo nada para el mundo, pero siendo todo para sus criaturas.

FIN