ENSAYO DE INVESTIGACIÓN LITERARIA
VALERA
Y LA TRADICIÓN ORAL ANDALUZA
La
tertulia madrileña de don Juan y los Cuentos y chascarrillos andaluces
(1896 y 1898)
Fue en la tertulia madrileña de
Valera, sita en su propio domicilio, localizado en esos años en la Cuesta de
Santo Domingo, número 3, donde se fraguaron y organizaron los materiales que
compondrían el volumen de marcado aire folklórico andaluz que nos ocupa.
Gracias al utilísimo y valioso
epistolario del escritor, tenemos noticias puntuales y amplias de todo lo que
se refiere a la gestación, desarrollo y publicación del nuevo libro, al igual
que sucede con la mayoría de sus otras obras.
Sobre la tertulia madrileña del
escritor tenemos noticias, al menos, desde 1895, cuando escribe a su pariente
José Alcalá Galiano:
En
las noches de los domingos, y no ya de los sábados, empiezan a restablecerse
las antiguas tertulias literarias; pero están aún harto poco medradas y distan
de tener y acaso no tengan nunca el esplendor y la animación que tuvieron
cuando tú asistías a ellas. Hasta ahora no han venido más que Vidart, Narciso
Campillo y el conde de las Navas. Es verdad que yo no he convidado más que a
los tres mencionados y a dos más que no han venido aún: a Manuel del Palacio y
a Menéndez Pelayo. Acaso Menéndez no llegue a venir y se haya escamado de los
desdenes y melindres de mi mujer y de mi hija. Mucho me pesa de ello, pero no
puedo negar que ambas tienen alguna razón en mostrarse melindrosas y
desdeñosas. Menéndez, como no se lava nunca, huele bastante mal, a pesar de los
fríos del invierno… Es lástima que Menéndez, el más sabio de los españoles y
uno de los más eruditos y discretos escritores que viven en el día sobre la faz
de nuestro planeta, esté tan asqueroso y tan poco de recibo.
Además de las curiosas noticias
sobre la escasa higiene de don Marcelino, en el fragmento se mencionan ya dos
contertulios que van a colaborar con Valera en la recopilación de cuentos y
chascarrillos andaluces, uno de ellos sevillano y el otro malagueño, Narciso
Campillo y Correa (1835-1900) y el conde de las Navas, Juan Gualberto
López-Valdemoro de Quesada (1855-1935), grupo editor al que sólo falta el
cuarto elemento, el Doctor Thebussem, que era el seudónimo habitual del
gaditano don Mariano Pardo de Figueroa (1828-1910). Con esta adición estaban
representadas en el libro cuatro importantes provincias andaluzas (Córdoba,
Sevilla, Málaga y Cádiz) por medio de algunos de los más ilustres
representantes culturales de la segunda mitad del siglo XIX.
Precisamente al último de los
escritores citados, el Doctor Thebussem, escribirá Valera detalladamente sobre
el proyecto de estos recopiladores con la intención de que participe en el
mismo, cosa que conseguirá de manera casi inmediata. La carta es del 28 de mayo
de 1896 y por ella sabemos que el proceso de recopilación y escritura está ya
muy avanzado. Y así se lo comenta:
Dos
de mis tertulianos, el conde de las Navas y Narciso Campillo, me han metido en
una empresa, en que la que Vd., si quisiese, podría ayudarnos. Se trata de
reunir y conservar por escrito para que no se olviden o se pierdan los cuentos
y chascarrillos andaluces que andan en boca del vulgo. Treinta tenemos ya
escritos para la colección, pero necesitamos lo menos ciento para formar un
tomo, pues, aunque algunos de los ya escritos forman más de veinte cuartillas,
la mayor parte de ellos no tienen más que una cuartilla (p. 164).
Añade, además,
algunas características inherentes al impreso que preparan:
Los
cuentos y chascarrillos saldrán sin nombre de autor o de colector; pero
llevarán una introducción erudita y muy filosófica.
Aunque la musa popular y callejera
no suele ser muy casta, nosotros procuraremos que la verdura de nuestros
cuentos no sea muy subida de punto y no escandalice.
Dígame Vd. qué le parece de nuestro
proyecto y si cree que podremos sacar a luz un libro interesante. Yo no dudo de
que Vd. pueda contribuir a que lo sea abriendo el tesoro de su memoria, sacando
de él algunos materiales y enviándomelos por el correo. Si Vd. lo hace así,
incluiremos en la colección los cuentos que Vd. escriba, tales como Vd. los
escriba, y se lo agradeceremos mucho.
Ya se entiende que no se trata de
cuentos de hadas, sino de cuentos chuscos, dichos agudos, chascarrillos, etc.
De seguro que Vd. sabe una infinidad. Comuníquenos algunos. Repito que se lo
agradeceremos (ibid.)
Todo esto aparece perfectamente
organizado en un esquema que le envía el día 2 de junio del mismo 1896:
I.-El
libro anunciado que ya se empieza a imprimir llevará por título Cuentos y
chascarrillos andaluces, tomados de la boca del vulgo, coleccionados e
ilustrados con una introducción erudita y muy filosófica por Fulano, Zutano,
Mengano y Perengano si Vd. escribe.
II. Tenemos ya, escritos unos y en
la imprenta otros, más de 50 cuentos y chascarrillos.
III. Como el tomo queremos que
conste de 300 páginas y como algunos chascarrillos son tan cortos que apenas
llenarán una página, necesitamos más de ciento para llenar el libro.
IV. El libro ha de aparecer en las
librerías en la primera semana del mes de julio. Menester es, pues, darse
priesa.
V. Mis dos colaboradores y yo
agradeceremos a Vd. muy de veras que nos envíe algo y a tiempo. Siquiera un par
de cuentos y un par de chascarrillos.
VI. Aunque no pocos críticos
califican la musa popular de casta, nosotros reconocemos que dista mucho de
brillar por su castidad y aceptamos e incluimos en la colección verduras, pero
suaves y veladas, desechando las más groseras y crudas (p.165).
También pide ayuda a su amigo de
Doña Mencía, Juan Moreno Güeto, con la idea de que le mande textos orales
recogidos en el pueblo. Empieza Valera, en carta del 5 de junio de 1896,
comentándole algunos aspectos de la tertulia madrileña donde ha tenido origen
el plan:
Acuden
a esta tertulia no pocos escritores de los más conocidos. Dos de ellos me han
excitado y empeñado a que escribamos y publiquemos los tres, sin dar nuestros
nombres, una colección de cuentos y chascarrillos andaluces. Cerca de 60
tenemos escritos ya, y hasta han empezado a imprimirse. El tomito aparecerá
pronto y será curioso y tal vez también será amenos. Yo creo que Vd. ha de
saber muchos chascarrillos. Cuénteme algunos, y se incluirán en el tomo, si no
son muy verdes o si no son de los ya incluidos. Los chascarrillos no han de ser
inventados, sino tomados de la boca del vulgo. La verdura, si la hay, ha de ser
moderada, a fin de no escandalizar y a fin también de que no nos censuren, pues
aunque nuestros nombres no irán en la portada, se sabrá que los autores somos
nosotros (p. 166).
Una de las cuestiones básicas de los
relatos seleccionados es la decencia, que se correspondería con el tratamiento
honesto del tema, sin recurrir a expresiones malsonantes ni obscenidades, algo
que también había recalcado a su amigo Moreno, como hemos visto, cuestión que
provoca la eliminación o corrección de algunos cuentos que le envía Thebussem,
al que escribe el 11 de junio:
Sobre
dos [cuentos de los que el escritor
gaditano le ha enviado] tengo mis dudas y me inclino a
excluirlos, al uno por sobrado fúnebre, el de “El verdugo de Málaga”, y al
otro, que me parece el mejor de todos y que está contado con muchísima gracia,
por sobrado verde. Pero dicho cuento, “Las orejas”, es tan chistoso y está tan
bien contado, que probablemente cederé a la tentación y le insertaré en el tomo
(p. 167).
Finalmente, el coordinador de la
edición no incluye ninguno de los dos citados, al menos con esos títulos. Y
añade don Juan una reflexión que incide en sus temores: “Difícil es marcar los
límites donde podemos llegar en la verdura sin escandalizar a las gentes y sin
que nos pongan como un trapo” (ibid.).
Alguna otra referencia, en carta al
mismo escritor gaditano, del 23 de junio, vuelve a poner de relieve el cuidado
que se ha seguido en la selección de los textos e incluso en la corrección de
ciertos términos que pudieran considerarse duros desde el punto de vista moral.
Así comenta el coordinador de la colección:
[...]
llegó a mi poder la segunda remesa de cuentos, compuesta de “Las sardinas”, “El
alojado”, “Los tres favores” y “La pobre”. Los cuatro me parecen bien e irán en
la colección dándole mérito. Sólo el cuento de “La pobre” me asusta un poco,
pero, en fin, allá veremos. Acaso yo le inserte, modificando en esta forma las
palabras con que termina: “Todos me jo… roban” (p. 171).
Finalmente encontramos incluidos en
la colección los tres primeros cuentos, pero no “La pobre”.
Estos reparos de índole moral y
lingüística se documentan ampliamente en la correspondencia, como sucede en la
carta del 26 de junio, del mismo año 1896, en la que responde a Moreno Güeto,
el cual le ha enviado algunos chistes y chascarrillos del pueblo:
Igualmente
doy a Vd. gracias por los cuentos que me ha enviado. Todos ellos son buenos,
pero será difícil que ni uno solo pueda servir para nuestra colección y entrar
en nuestro libro por la verdura tan subida que tienen. El del “Ínterin”, que
tiene chiste, me hace vacilar aún entre aprovecharle o desecharle. De todos
modos, para aprovecharle sería menester parafrasear mucho y el cuento se haría
pesado y perdería la gracia con la paráfrasis. En fin, allá veremos. Si este
primer tomo de cuentos fuese bien recibido del público y si en vez de censuras
obtuviese indulgentes elogios, acaso nos atreveríamos a publicar otro más
verde, en el que cabrían perfecta y gallardamente lo que Vd. ha enviado. Para
este tomo, que ya está arreglado y que si no acaba de salir es por culpa de la
pesadez del impresor, tenemos ya original bastante. Sin embargo, todavía si
viniese algún cuento jocoso, pero que no fuese verde ni tampoco de pedos y de
otras porquerías, porque de esto hay ya abundancia, el cuento sería bien
recibido (pp. 172-173).
Creemos que Valera se está
refiriendo, en estas alusiones finales, a uno de los cuentos más conseguidos y
divulgados de la colección, el titulado “La Reina Madre”, que se inicia con el
sonoro pedo de una joven campesina y sus fantásticas consecuencias.
En el epistolario se pueden
documentar todas las intercadencias de la edición del libro de relatos,
intrahistoria editorial que no vamos a perseguir en esta ocasión. El hecho es
que se edita la colección y de ella nos da datos técnicos el conde de las
Navas, tanto en su primera edición como en la segunda:
CUENTOS
Y CHASCARRILLOS ANDALUCES tomados de la boca del vulgo, coleccionados y
precedidos de una introducción erudita y algo filosófica, por Fulano, Zutano, Mengano
y Perengano.--
Madrid. Librería de Fernando Fe, 1896. (Establecimiento tipográfico de Ricardo
Fe). 8.° francés, xxi-271 páginas de texto e índice.—Tirada de 2.000 ejemplares.
(Agotada).—3 pesetas.
CUENTOS
Y CHASCARRILLOS ANDALUCES
(Segunda edición, 1898). - 3 pesetas.
Incluye, además, el conde un
poemilla jocoso de Manuel del Palacio acerca de la obra y de los autores de la
misma, composición que había aparecido en El Imparcial, el 27 de julio
de 1896, poco después de divulgarse la publicación:
Un
librito de cuentos
se
ha publicado
del
que autores se dicen
cuatro
Fulanos.
Mas,
yo con el pelo
perdí
el olfato,
tras de aquellas hojas
se
oculta el rostro
de
un cartero famoso,
de
un catedrático,
de
un Conde que de libros
se
nutre á pasto,
y
un Juan que muchos llaman
Juanito
el Largo.
El cartero es Mariano Pardo, Doctor
Thebussem, al que se nombró Cartero Honorario de España, por sus estudios sobre
correos; el catedrático, Narciso Correa, que lo era de retórica; el Conde es
Juan Gualberto López-Valdemoro y el último Juan es Valera, designado aquí con
la adaptación masculina del nombre de uno de sus personajes más conseguidos,
Juanita la Larga.
Igualmente tenemos noticia del
escaso rendimiento económico que va a tener la edición, puesto que hay que
repartir la ganancia entre los cuatro contribuyentes, aun cuando la aportación
de cada uno haya sido desigual en cantidad y tal vez en calidad, predominando
al respecto los textos redactados o reescritos por Valera, ayudado
habitualmente por su secretario Pedro de la Gala. En el ámbito tipográfico de
la composición textual, hay una indicación gráfica al final de cada cuento, un
asterisco o varios, cuya correspondencia y autoría suele aceptarse de la forma
siguiente: un asterisco, Valera; dos, Campillo; tres, el conde de las Navas y
cuatro, el Doctor Thebussem.
Sobre el mediocre resultado del
negocio, tenemos la noticia de Valera a Thebussem, en carta del 14 de julio,
donde le cuenta la necesidad de que el público encuentre divertido el texto
editado y lo compre. Y añade:
Si
así fuera no tardarían en venderse los 2.000 ejemplares de que consta la
edición. Sobre estos 2.000 ejemplares, que tomará Fernando Fe por la mitad de
su precio, habrá algunos ejemplares para regalo. De estos enviaré a Vd. una
docena a fin de que Vd. los dé a quien le parezca (p. 183).
Le
comenta luego, en la misma misiva, que el negocio no ha sido nada lucido:
Fernando
Fe es cicatero, roñoso e interesado, pero es el menos malo de todos los
libreros de España y los tratos que con él se hacen son los menos
desventajosos. El libro de cuentos, pues, le toma por la mitad de su precio. El
ejemplar se venderá a 3 pesetas. Los 2.000 ejemplares importarán 6.000 pesetas.
Fernando Fe me dará 3.000. De esta suma será menester pagar el papel y la
imprenta. El producto líquido para los autores será bien poco, pero sea lo que
sea, lo dividiremos en cuatro partes iguales como buenos hermanos. No puedo
decir aún con exactitud lo que será el producto líquido, porque aún no me han
enviado la cuenta de la imprenta (ibid.).
Por otra carta de Valera al mismo
amigo gaditano, sabemos que el corresponsal no quiere cobrar nada de los
emolumentos que ha generado la publicación. El coordinador le da las más
expresivas gracias y le promete un regalo:
Ya
que Vd. no quiere aceptar la parte de ganancia que por los cuentos le
corresponda, yo le enviaré para recuerdo y en muestras de gratitud un ejemplar,
bien encuadernado, de todas mis obras, publicadas hasta ahora en tomos, que
podrán ser malas pero que no son pocas. Así crecerá, si no en calidad en
cantidad, la brillante biblioteca de la Huerta de Cigarra (p. 193)
Estamos, pues, como señalábamos al
comienzo de esta aproximación, en un contexto económico que no ofrece apenas
rendimiento para el escritor, pero seguro que seguiría pensando todavía en
estos años finales del siglo XIX en el placer que conlleva la creación
literaria y posiblemente también en la buena fama del creador que permanece
durante mucho tiempo en la memoria de las gentes. Es algo que ya había
comentado en alguna ocasión a un pariente suyo, José Alcalá Galiano, igualmente
interesado en la escritura, en una carta de 1887:
A pesar de todos mis
desengaños las ganas de escribir no se me quitan. Ahora tengo más ganas que
nunca. El mismo recelo de que ya no ha de durarme mucho la vida me inspira
mayor afán de escribir a ver si logro no morir del todo.
Juan Valera, Correspondencia.
Volumen VI. 1895-1899, ed. Leonardo Romero, María Ángeles Ezama Gil y
Enrique Serrano Asensio, Madrid, Castalia, 2007, p. 127; las restantes citas de
este volumen se indican en el texto mediante la página correspondiente.