julio 01, 2026

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 Cabra, culta y poética 

Este blog pone a disposición de ustedes, en este formato digital, la revista en PDF "Cabra, culta y poética" que desde el mes de junio del pasado año 2023, estamos editando. Nos complace y nos congratula muchísimo a todos los colaboradores, creer que nuestra revista contribuye de algún modo a la promoción de la cultura de nuestro pueblo.

La única pretensión del mismo es facilitar que los contenidos de la revista  puedan llegar a un mayor número de usuarios, sobre todo aquellos que usan las nuevas tecnologías. Nosotros procuraremos abarcar  el mayor número de campos culturales que nos sea posible: literatura, música, pintura, etc.

CONTENIDO:  

— EDITORIAL
—RELATOS DE HISTORIA

COLABORACIONES:

— RELATOS
— REFLEXIONES
— ENSAYOS
— TEATRO
— POESÍAS
— DIBUJOS
— LIBROS RECOMENDADOS
— FOTOS
— VIDEOS 

CONTACTO:

Email de contacto: cabracultaypoetica@gmail.com
https://cabramilenaria.blogspot.com

Edición y dirección: Antonio Fernández Álvarez
Diseño y Maquetación: Antonio Fernández Álvarez

Editorial


 Con este número, el 38, continuamos una nueva etapa en nuestra revista. Como ya les adelantábamos en la edición anterior, durante las últimas semanas nos hemos volcado en una profunda renovación visual y estética. No ha sido un proceso sencillo, ya que requería muchas horas de pruebas, selección de formatos y maquetación, pero creemos firmemente que el resultado final está a la altura del excelente material que mes a mes nos confían nuestros colaboradores y, por supuesto, de la fidelidad de todos ustedes, nuestros lectores. Este esfuerzo es nuestra manera de devolverles todo el cariño que nos brindan.

Queremos que la limpieza del nuevo diseño, la cuidada armonía de los espacios en blanco y la tipografía actual sirvan como el marco perfecto para que la palabra, la poesía y el arte sigan respirando con total libertad, sin rigideces ni barreras visuales. Este cambio no altera en absoluto nuestra esencia fundacional ni nuestro compromiso inquebrantable con la difusión de una cultura sin artificios; al contrario, lo que busca es vestir esa misma autenticidad con la elegancia y la vanguardia que los nuevos tiempos nos exigen, otorgando a cada texto y a cada ilustración el lugar destacado que se merece.

Como siempre les recordamos, esta revista se hace entre todos y sigue siendo un lienzo en blanco para quien quiera expresar su talento. Ningún cambio estético tendría sentido si no fuera por la comunidad que se ha creado en torno a estas páginas. Por eso, si escribes, pintas o creas, este sigue siendo tu lugar para brillar y compartir tus inquietudes. Agradecemos de corazón vuestro apoyo constante, que es el verdadero motor de esta metamorfosis y el impulso que nos anima a seguir adelante cada mes.

Podéis participar enviando vuestros trabajos a:

Email: cabracultaypoetica@gmil.com

Nuestra publicación es mensual.

¡Bienvenidos al número 38! 

También podemos enviártela en PDF, solicitándonosla a nuestro EMAIL de contacto o también pueden dercargarla desde nuestro blogs.

Vea en PDF nuestra revista, o si lo prefiere descárgela. AQUÍ

Véala también en formato revista digital, queda muy chula. ENTRE AQUÍ

Relatos de Historia

 

RELATOS DE HISTORIA



La Vara y el Fuego

El mapa de la Córdoba insurgente

 

CUARTA PARTE 

Bujalance: El fuego del Alto Guadalquivir

Donde el papel se vuelve ceniza 

Aparqué cerca de la Plaza Mayor. A pesar de estar a solo 75 kilómetros de casa, Bujalance se me antojaba un escenario nuevo, una ciudad de torres orgullosas que parecía esconder sus secretos tras el ladrillo de sus fachadas. Me senté en un banco, bajo la sombra, y saqué el libro de Díaz del Moral. No pasaron ni cinco minutos cuando una mujer de edad avanzada, que caminaba con paso menudo, se detuvo un instante. Sus ojos, nublados por el tiempo pero curiosos, se fijaron en la portada desgastada.

—No sé qué pondrá ese libro —dijo con una voz que sonaba a tierra seca—, pero a veces el dolor no se cuenta bien. Lo escriben como si aquello fuera cosa de buenos y malos, y la verdad es más amarga.

Le expliqué mi viaje, mi búsqueda del rastro de 1873. Ella asintió lentamente y se sentó a mi lado, dejando que el peso de sus recuerdos se acomodara en el banco.

—Mi abuelo sufrió esa justicia —continuó—, una justicia lenta que te va comiendo por dentro. Él no tuvo nada que ver con la quema de los papeles, pero en este pueblo, cuando el fuego empieza, el humo acaba manchando a todos.

Y allí, bajo el sol del Alto Guadalquivir, la anciana comenzó a narrar la historia que no sale en los índices de los libros técnicos:

Aquel febrero, Bujalance no era el pueblo tranquilo que usted ve ahora. El hambre se mascaba en el aire. Cuando llegó la noticia de la República, la gente no fue a celebrar; fue a cobrar lo que se le debía. Se dirigieron al Ayuntamiento como una marea. Mi abuelo decía que el resplandor de la hoguera se veía desde los olivares.

No buscaban dinero, buscaban los papeles. Querían quemar las escrituras, los registros de la propiedad, las deudas... Querían que, al amanecer, nadie pudiera decir “esto es mío y tú eres mi esclavo”. El papel era la cadena y el fuego era la llave.

—Mire usted —dijo la mujer, señalando con su mano temblorosa hacia las afueras—, los fielatos eran los puestos de la humillación. Allí te registraban el canasto, te pesaban la miseria y te quitaban los pocos reales que traías antes de dejarte entrar al pueblo para vender cuatro garbanzos.

Por eso, cuando estalló aquello, no hubo piedad con esas casetas. Mi abuelo contaba que la gente corría hacia ellas no con odio a las piedras, sino con odio a lo que significaban. No fue un fuego desordenado... fue un fuego con hambre.

“¡Que arda el fielato!”, gritaban y, mientras las llamas subían, la gente lanzaba los libros de cuentas al fuego. Decían que cada papel que se quemaba era un kilo de pan que volvía a la mesa de sus hijos. Pero después llegó el silencio. Y con el silencio, las represalias —añadió bajando la voz—, como le dije antes, el fuego limpió las deudas de esa noche, pero el humo acabó manchando a todos, y a mi abuelo, que solo miraba desde lejos, esa mancha le costó media vida de juicios y sombra.

Mi abuelo, que era un hombre de paz, se vio envuelto en los procesos judiciales que duraron años. Los poderosos volvieron, pero esta vez con una lista en la mano. No castigaron solo a los que llevaban la antorcha; castigaron a cualquiera que hubiera levantado la cabeza. Fue una condena que no terminaba nunca, una justicia que buscaba el castigo ejemplar para que nadie volviera a soñar con el reparto de las tierras».

La anciana se levantó, me dedicó una última mirada cargada de una sabiduría triste y se marchó, dejándome a solas con el libro de Díaz del Moral. Ahora, las letras impresas tenían una temperatura distinta.   

Epílogo: La mirada transformada

El viaje de regreso a Cabra fue un tiempo de silencio y reflexión. Mientras conducía, veía por el retrovisor cómo las torres de Bujalance se hacían pequeñas, pero la sensación de haber completado un puzle invisible me acompañaba en cada kilómetro.

No pude evitar pensar en aquella casa rural de Iznájar, en el desván donde todo comenzó por pura casualidad. Es curioso cómo un simple hallazgo bajo una tabla suelta, en un lugar donde solo buscaba descanso, pudo cambiar mi forma de mirar el paisaje que me rodea. Si no hubiera tropezado con aquel cuaderno, la historia de estos pueblos seguiría siendo para mí una página en blanco.

Ahora, al entrar en mi casa, el silencio tiene otro peso. He recorrido los caminos de una Córdoba que a menudo olvidamos. He visto que, más allá de los grandes nombres de la historia, existió una realidad durísima en nuestros campos; una vida de esfuerzo extremo donde el jornalero regaba con su sudor una tierra que no sentía como suya. No se trata de política, sino de la condición humana: de un lado, el poder de los grandes propietarios; del otro, el grito desesperado por una vida algo más digna.

Dejo el cuaderno y el libro de Díaz del Moral sobre mi escritorio. Mi periplo ha terminado, pero me llevo conmigo algo valioso: la voz de la anciana de Bujalance, la sabiduría del maestro de Aguilar y la memoria de aquellos que sufrieron las consecuencias de unos tiempos convulsos.

Aquel desván de la casa rural fue solo la puerta. Lo que he encontrado detrás es la historia de mi propia gente, un pasado de penurias hoy olvidado y ahora, cada vez que mire a los campos de olivos de mi provincia, ya no veré solo un paisaje hermoso, sino la huella de los que se atrevieron a soñar con la dignidad, el rastro de la opresión y el fuego que, aunque intentaron apagarlo con una justicia amarga, dejó una marca imborrable en las venas de Córdoba.

FIN

Miguel Blancas Calzado



VIDA Y ANÉCDOTAS
EGABRENSES DEL AÑO 2009



Vicente Carnerero López 

SEGUNDA PARTE 

Recuerdos de mi infancia


Semana Santa. Yo recuerdo en mi niñez, cosa que tengo en mi mente, unos cultos que se celebran en la parroquia de la Asunción y Ángeles. 

El primer acto que presencié fue el lavatorio, donde los apóstoles se descalzaban Y D. Francisco Caballero, Párroco de esta Iglesia, simulaba que le lavaban los pies. Con un jofaina y un jarrón que no contenía agua ninguna. Tendría yo diez años, y como fue la primera vez que lo vi, me quedó un recuerdo imborrable. 

Entonces me empezó a gustar la Semana Santa, y como chiquillo que era me impresionaban las caretas de los apóstoles: San Juan, Santiago el mayor y el menor, la cara horrenda de Judas el que vendió a Jesús. Todas estas cosas las tenía en mi mente con un cierto miedo; las carátulas de los judíos, los sayones que con escobones apaleaban la espalda del Señor amarrado a la columna. A mí en aquella edad me parecía todo muy triste y me acongojaba viendo el desfile de los romanos cuando prendían a Jesús, todo esto me ponía el corazón en un puño, yo corría con otros niños de esquina en esquina y por dentro la separación de las personas veíamos con tristeza lo que hacían con Jesús. 

Todo lo que estaba cerca de las procesiones se vivía con cierta tristeza, los tambores iban marcando el paso luctuoso de aquellos desfiles, solo se sentía la voz del cuadrillero en un silencio absoluto ¡Preparados! "Arriba".  

Desde algún balcón se asomaba un ramillete de saeteros ¡aquello era para verlo!, "mira va a cantar Elías, y está Curro y está Vega, está Carranas y José Córdoba, un niño que está empezando y que dice muy bien las saetas!. Aquello era el acabose, ya había tela cortada para toda la semana siguiente. 

Más adelante Radio Atalaya, sus concursos de saetas: "Cañaveras" de Castro del Río, "la Quica" de Lucena, Fernando Ávila de Castro del Río; creo, "el Tabarro" de Lucena y un niño que viene empujando demasiado; Manuel Lama "el Paleto" casi "na". Hoy sigue siendo de los mejores. 

Los hermanos Mesa son los cuadrilleros más antiguos de Cabra, les viene de generación en generación y hoy todavía siguen procesionando a "Jesús Preso qué es junto con otros Pasos el más sacado, así como, el Santo Entierro. 

También recuerdo el Año 1953, que vino a desfilar en la procesión de la Soledad una Compañía del Tercio de la Legión. Fue maravilloso ver a aquellos gastadores con aquellas barbas que imponían, con aquella seriedad y disciplina durante el desfile. Una vez terminado aquello fue Troya. Recuerdo que aquella tarde de Sábado Gloria, antes se llamaba así, hubo toros y había legionarios en todo los lados de Cabra, en las Andoválas recuerdo haber visto a alguno en lo alto de los tejados con la alegría que les daba el vino de Cabra. 

Por aquellos tiempos no era como ahora, los Hermanos Mayores de las Cofradías competían para demostrar quién lo haría mejor; quién pondría más tapas, más vino y más pestiños, porque estos costaleros no cobraban en metálico, nada más que lo que cabía en el "cinto". Cuentan que un costalero en una comida de estas que les daban, como el tiempo estaba lluvioso en el paraguas acordándose de sus hijos iba depositando pestiños y gajorros para llevarlos a su casa, pero como el tiempo se iba pasando y él bebiendo, cuando salió a la calle llovía Y él no se acordaba de los pestiños que llevaba en el paraguas, y cuando lo abrió le caían en lo alto la cabeza pestiños y gajorros en medio de la risa de los allí presentes. 

Aquellos hermanos mayores normalmente eran "señoritos" como antes se decía, D. Manuel Piedra "La Soledad", D. Andrés Piedra "El Sepulcro", D. Vicente Moñiz "Los Dolores", y Garrido "Las Angustias", etc. También había otros Hermanos Mayores que no eran "señoritos" que tenían sus Santos "chiquitos", el "Poaor Macho", Francisco Veinte y Cuatro, Zoilo; todos ellos sacaban unos pasos que no envidiaban a los demás. 

También me acuerdo de una mujer que vendía avellanas casi a la fuerza, "María Cebolla" que era la única que le hacía competencia a los avellaneros de Aguilar, que eran familias enteras las que se venían para Cabra en Semana Santa y todas nuestras fiestas, pues Aguilar en aquellos tiempos tenía muchísimas familias dedicadas a la venta de las avellanas, recorrían gran parte de España con este negocio, estaban en todas partes. Cuentan que el primer hombre que llego a la luna, lo primero que vio fue a un señor de Aguilar vendiendo Avellanas. 

HISTORIA DEL GRUPO DE MOCHILEROS 

VIRGEN DE LA SIERRA 

En el año 1.991, recién jubilado un grupo de amigos de los que nos re- uníamos en el Hogar del Pensionista, recordando nuestra juventud de las fiestas de navidad, casi todos habíamos sido "Mochileros", acordamos formar un grupo para pasar el rato. Estuvimos recordando letras y canciones de nuestra juventud. Empezamos en nuestro "hogar" y gustó mucho, luego fuimos a la cooperativa Ciate, hoy desaparecida. Donde se reunían en la Noche Buena todos los socios con toda su familia que yo calculaba más de 200 personas. Fue un éxito total, y esto nos animó a seguir cantando. Nos invitaron a cenar, nos regalaron tres pares de "Verdialeras", y un ánfora de metal de medio metro que guardamos en nuestro hogar. Entre los que nos juntamos para formar este grupo, acordamos ponerle el nombre de "Grupo Mochileros Virgen de la Sierra". Una de las innovaciones de nuestro grupo fue incorporar a las mujeres, para darle otro aire y alegría, pues antes los Mochileros solo íbamos hombres. Desde entonces, la mujer está hoy en todos los estamentos por suerte. El año siguiente, ya actuamos y seguimos actuando en el Asilo, y Promi., nuestro público más querido, Iglesias, Escuelas, Asociaciones de Vecinos, ya más adelante en Llanos del Espinar, Priego, Teatro Gran Capitán actuamos con diez grupos y nos trajimos el 3° premio. Almedinilla, Baena, Lucena, Llanos de Don Juan, Huertas Bajas, actuamos en Antequera, Córdoba Hogar no1. En Cabra en todos los sitios que nos solicitan. El día 25 de diciembre en un solo día actuamos cuatro veces en Radio Lucena, Atalaya TV, Radio Atalaya, etc... 

En los programas de Atalaya Televisión de la mano de nuestro querido amigo Adolfo Molina, al que tanto queremos. Este grupo de "Mochileros", la Asociación de Vecinos de la Barriada, a la que todavía seguimos actuando sin perder ni un año nos propuso y así lo hicimos. Visitar a los abuelos y abuelas, que no podían salir de su casa e íbamos a cantarle a su domicilio; también tuvimos el honor de cantar en el Mesón del Vizconde en la presentación de un disco de música Andalusí, con la consejera de cultura Doña Carmen Calvo. Se sorprendió gratamente y le dio mucha alegría, hasta se hizo una foto con el grupo: todo esto nos animó mucho hasta el punto de grabar una cinta de cassete que Musical Calvillo es su distribuidor. También contribuimos en otra cinta que Don Manuel Buil siendo Alcalde, recopiló con otros para una causa benéfica de un País Sur-Americano. Bueno amigo Miguel esto es a gran- des rasgos la historia de este modesto grupo, que nos sentimos felices haciendo felices a los demás. 

Llevan 18 años por Navidad, derramando Paz y Felicidad a toda Cabra y media Provincia Cordobesa. 

El grupo está formado por 17 componentes. Tres zambombas, una caña, un laúd, un acordeón, un juego de maracas, cinco pares de castañuelas, una botella de aguardiente, tres pares de almireces y dos panderetas. Por último decía Vicente: el grupo en su conjunto pesa 1.500 Kg. y 1500 años de edad. 


Antonio Cruz Casado

 



RESEÑA ACADÉMICA




Poemas de Valera. Reseña.















OCAMPOS PALOMAR, E. J., La poesía neoplatónica de Juan Valera. Estudio y Antología, Granada, Comares, 2025, 118 págs. 

Fue precisamente en Granada, donde ahora ve la luz esta novísima recopilación de poemas, el sitio elegido por el joven Valera para editar su primer libro: una colección de versos que pasó por completo desapercibida, de la que al parecer no se vendió casi ningún ejemplar y que, por último, seguramente se quedaría arrumbada en la casa familiar de Doña Mencía. ¡Cuánto le hubiera gustado al escritor egabrense tener noticia de libros como éste, que versasen sobre su obra poética y la considerasen digna de estudio y divulgación, al igual que sucede con su más conocida obra narrativa y crítica!

Para el mes de abril de 1844, fecha de su primera colección de versos, titulada Ensayos poéticos (Granada, Imprenta de Benavides, 1844), Valera no había cumplido aún los 20 años (como sabemos, había nacido el 18 de octubre de 1924), y llevaría escribiendo poemas destinados a este libro al menos desde 1841, puesto que las primeras composiciones fechadas en el impreso granadino llevan esa indicación, y también la de 1842, correspondiente a las poesías más abundantes, aunque alguna es un poco posterior, de 1843. 

Algunos de estos textos habían visto ya la luz en periódicos de Málaga, como El Guadalhorce, y de Granada; en esta última ciudad, podemos comprobar que hay algún poema de Valera publicado previamente en La Tarántula, revista literaria que también era editada por la misma Imprenta de Benavides que acoge la primera colección de Valera, como constatamos en el caso del poema “En la tumba de Laureta” (incluido en el número 6, correspondiente al día 1 de mayo de 1842). 

El joven poeta recuerda que la edición de su primer libro fue una especie de premio familiar por haber concluido satisfactoriamente una etapa de sus estudios, el bachillerato, según escribe en una carta autobiográfica al académico cordobés Luis María Ramírez y de las Casas-Deza (5 de enero de 1863): “Mis padres determinaron que yo volviese a Granada. Allí seguí la carrera, y el año de 1844, en premio de haberme graduado de bachiller, como un hombre, me dio mi padre dinero para publicar mis poesías en un tomo. Las imprimí en casa de Benavides y las publiqué; pero a los cuatro o cinco días, cuando yo imaginaba que se habrían vendido trescientos ejemplares, me encontré con ni tres se habían vendido; esto es, menos de los que vendió don Eleuterio de El gran cerco de Viena [se refiere al personaje de Moratín, en La comedia nueva, y a la obra compuesta por este dramaturgo]. Esto me desengañó o desilusionó; recogí todos los ejemplares, los di por no publicados, y me curé de poesías; pero no del todo, pues siempre seguí haciendo versos, aunque no con tanta frecuencia”. 

Es así como se afirma y pervive una vocación que, según confiesa el joven Valera, en la misma carta a Luis María Ramírez, arrastraba desde la infancia. Señala allí que, teniendo escasamente  unos doce años, ya escribía poemas: “A todo esto, era yo poeta; quiero decir, componía versos desde la edad de once o doce años. Aún conservo un tomo manuscrito de poesías [subrayado en el manuscrito original] de entonces, en el cual hay pájaros de mal agüero, brujas, bultos con negro capuz, y, sobre· todo, desesperación y desengaños a lo Byron y a lo Espronceda y elogio y rehabilitación de las comediantas y mujeres de mala vida, a lo Víctor Hugo, que entonces me enamoraba”. 

Son los años juveniles, los que van de 1839 a 1840, los que pueden considerarse la prehistoria literaria o los años de formación del joven Juan Valera. El desánimo no parece afectar al incipiente poeta y en su segundo libro vuelve a tentar la suerte de los versos, ahora con mejor resultado: Poesías (Madrid, Rivadeneyra, 1858). Esta colección, más madura, recibe el espaldarazo de la crítica madrileña y suponemos que se vendería bastante más, aun sin llegar a convertirse en un éxito extraordinario. En la misma carta a Ramírez, en una breve adenda al final de la misiva, señala que el volumen ha sido comentado en los periódicos de la capital: “En elogio de mis poesías han escrito artículos críticos Cánovas del Castillo, Fernández-Guerra, Menéndez Rayón y otros”. 

Comprobamos que es cierto lo que afirma el poeta en esta postdata; al respecto podemos incluir la opinión resumen del relevante escritor y político malagueño Antonio Cánovas del Castillo, el cual, tras un amplio y circunstanciado comentario, concluye: “Las poesías del señor Valera podrán no llegar a ser populares; pero no serán ciertamente de las que arroje de sí con desdén el hombre de estudio; de las que el tiempo borra en breves años de una literatura. Por el contrario, la posteridad podrá pedirle cuenta si no aprovecha más su talento dando mayor desarrollo a sus obras poéticas” (El Mundo Pintoresco, 11 de julio de 1858, p. 111). 

Será la siguiente colección poética del escritor egabrense, Canciones, romances y poemas (Madrid, M. Tello, 1885), la que sirve de base a la selección y comentario del profesor Emilio José Ocampos Palomar, La poesía neoplatónica de Juan Valera. Estudio y antología (Granada, Comares, 2025), libro que reseñamos. Ahora estamos ante una recopilación mucho más extensa, que supera ampliamente las quinientas páginas y que implica una selección de varios poemas de su anterior volumen de versos, al que se añaden muchos más, unos originales y otros traducidos de diversos autores clásicos y modernos. Preceden a los textos poéticos varios escritos prologales: una extensa carta del autor a don Marcelino Menéndez Pelayo, fechada en Washington (7 de julio de 1885) y un prólogo de su pariente Antonio Alcalá Galiano, al que siguen las composiciones y, al final, una zarzuela fantástica (Lo mejor del tesoro). Unas amplias e interesantes notas de Menéndez Pelayo cierran el libro (que indica en el colofón el año 1886, como fecha  final de la impresión). 

En esta nueva selección granadina, el profesor Ocampos señala en su introducción que “en este trabajo se profundiza en la poética neoplatónica del autor desde diferentes aspectos: el significado de “poeta” y “poesía”, las huellas del petrarquismo y del neoplatonismo cristiano, y, por último, la ironía platónica o autoironía” (p. 2), aspectos que irá desarrollando pormenorizadamente a lo largo de su denso y documentado prólogo, texto que merece y exige una lectura detenida y del que queremos resaltar solamente algunas ideas. 

En este sentido, el estudioso considera que el poeta egabrense habla de dos tipos de creación poética, relacionados a su vez con la inspiración y el trabajo que debe realizar el creador: “Por tanto, Valera está definiendo dos tipos de creación poética desde el neoplatonismo: por un lado, la poesía inspirada o anagógica (“resplandores de luz y hermosura divinas”), que se remonta a los poetas neoplatónicos griegos, y, por otro, la expresión del alma bella (“en la virtud de expresarlo así sentido y pensado, con tan nítida y poderosa forma, que conmueve y arrebata las almas”), que bebe del neoplatonismo renacentista. En ambos casos, poesía inspirada o poesía “depurada” que “expresa” son fruto del elevado pensamiento del poeta, que lo conecta con la Idea” (p. 4). 

Más adelante podemos leer otro comentario sugerente: “La poesía es, por tanto, para Valera la expresión/aparición, o la materialización, de la Belleza. De ahí que, según él, la poesía no tenga una finalidad educativa” (p. 8). 

Entre las conclusiones de este estudio nos parecen de notable interés las que resaltan que la poesía puede entenderse, en ocasiones, como un camino para llegar a Dios: “El autor cordobés se enorgullece de ser poeta y lo hace desde un planteamiento neoplatónico: escribe para, siguiendo el camino del sabio (o del místico), llegar a Dios, pero también para encontrar el alma bella que le corresponde. De ahí que unas veces se apoye en el petrarquismo y otras en el neoplatonismo cristiano” (pp. 23-24). 

Como se trata de un texto introductorio no muy largo y de una colección de poemas igualmente breve (no llega a la treintena), invitamos al lector a conocer uno de los aspectos menos explorados de la producción valeriana, aquí perfectamente contextualizado.

Por otra parte, el volumen lleva una atractiva portada en la que campea la imagen de la diosa Venus, tomada del conocido cuadro de Sandro Botticelli, un detalle que puede interpretarse como una invitación más, en este caso icónica, a adentrarnos en el mundo ideal que nos presenta esta interesante aportación.




Nota

Nos complace enormemente dar la bienvenida a nuestras páginas a Antonio Cruz Casado, una de las voces más autorizadas y prestigiosas en el ámbito de la filología y la investigación literaria en nuestra tierra.

Doctor en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid, Académico Numerario de la Real Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de Córdoba y Catedrático de Lengua y Literatura en el IES Marqués de Comares de Lucena, el profesor Cruz Casado cuenta con una dilatada y brillante trayectoria en la que destacan sus numerosos e imprescindibles trabajos sobre la figura de Juan Valera y otros grandes autores de las letras españolas.

Para nuestra revista, es un auténtico privilegio y una enorme satisfacción poder contar con su rigurosa y valiosa colaboración, la cual enriquece sin duda nuestro espacio cultural y ofrece a nuestros lectores una perspectiva analítica de primer nivel.

Antonio Fernández Álvarez (Escribidor de sueños)

 



RELATO




No sé si fue así

El testimonio de un secreto guardado durante décadas

 

Mi nombre ya no importa. Callé por tanto tiempo que las letras que lo forman se me han deshecho en la boca, igual que la cal con la lluvia. He sido durante décadas una sombra que caminaba por los bordes de la historia, un secreto guardado bajo siete llaves en el cofre de una etnia que sabe morir en silencio. Pero sé que ya me queda poco; quizá unos meses, días u horas. Siento que el aire me llega con el aroma de los olivares de agosto, y sé que pronto me reuniré con él.

Siento los pulmones cansados. Ochenta años es mucho tiempo para cargar con un secreto que pesa más que un saco de trigo. Ya no quedan muchos que recuerden la cara de Federico García Lorca sin verla antes en las fotos de los libros. Pero yo cierro los ojos y lo veo aquí mismo, a mi lado, con su traje de lana clara y esa tristeza que le goteaba de los ojos cuando hablaba de Salvador Dalí.

—Ellos no entienden, gitano… —me decía—. Buscan el orden en la geometría, pero la vida es otra cosa.

No sé si fueron exactamente esas palabras. Puede que el tiempo las haya cambiado. Pero era algo así.

Yo lo escuchaba en silencio, sabiendo —o creyendo— que yo era ese desorden.

Yo lo conocí cuando su alma ya venía tocada. Fue en 1933, o eso creo, cuando el camión de La Barraca entró en Puente Genil, levantando una polvareda que sabía a cal y a aceituna machacada.

Federico bajó del pescante con su mono azul de trabajo, sudoroso, más cansado que brillante. Con esa energía rara de quien parece traer algo dentro que no se le apaga.

Allí, apoyado en una tapia, estaba yo.

Él se detuvo. Me miró las manos callosas y después los ojos. No sé si me vio como un jornalero o como otra cosa. A veces pienso que fui yo quien puso el significado después.

—Tú tienes el duende en las cejas, muchacho —me dijo.

O algo muy parecido.

Aquella noche, tras la representación de La vida es sueño, mientras el pueblo dormía, nos encontramos en el hueco oscuro que quedaba entre el camión y la pared de la iglesia. No sabría decir quién buscó a quién.

Fue un amor de urgencia, de manos que se buscan para apagar un incendio que ya venía de lejos.

Mientras nuestras sombras se mezclaban, Federico me hablaba en voz baja. A ratos recitaba, como si no pudiera evitarlo. Yo no entendía todo, pero me quedaban dentro los sonidos.

“Verde… que te quiero verde…”

Eso sí lo recuerdo.

Me besaba con una desesperación que yo no entendía entonces. Era como si quisiera borrar algo. Me hablaba de París, de Nueva York y de aquel pintor de Figueras. Cuando lo nombraba, se le cambiaba la voz.

Éramos amantes, o algo parecido, pero de mundos distintos. Yo era quien lo escuchaba cuando se le caían las palabras. El que estaba allí cuando bajaba de lo que fuera que llevaba dentro.

Yo sabía —o creía saber— que aquello no podía durar. Que era una parada en su camino.

No pertenecía a su mundo. Ni él al mío.

Yo era el gitano de carne y hueso, no el de los libros. Y aun así, en mi cuerpo parecía buscar algo que no encontraba en otro sitio.

Nos veíamos donde se podía: pajares, rincones, sombras. Lugares que no dejan rastro.

Recuerdo una mosca en un pajar, dando vueltas sin parar. Es extraño lo que se queda en la memoria.

Él se reía a veces, pero no era una risa limpia. Tenía algo roto.

La última noche —si es que fue la última— el aire olía a jara.

Federico me puso una mano en la nuca, apretando más de lo normal.

—Escucha… —me dijo.

Recitó unos versos. No los recuerdo enteros. Solo fragmentos que se me han quedado como brasas:

“La noche se puso íntima…”

Y luego:

“Yo ya no soy yo…”

No sabría jurar que fueron exactamente así. Pero el sentido era ese.

Me habló de Granada. No con palabras claras, sino con miedo.

Yo le dije que no volviera. No sé por qué. No entendía de política ni de odios, pero algo en el ambiente estaba cambiando. La gente hablaba bajo.

Él no respondió.

Solo me miró.

Después vinieron las noticias, o los rumores. Nunca supe bien qué fue verdad.

Decían muchas cosas. Que lo habían matado. Que había sido por política. Que había otras razones.

Yo no lo vi. Yo no estuve allí.

Con los años, cada uno fue contando una historia distinta. Yo ya no sé cuál creer.

Solo sé que no volvió.

Hoy es 15 de agosto de 1995, o eso creo. He llegado a los ochenta años con este recuerdo guardado, viendo cómo otros buscaban sus huesos sin saber muy bien qué buscaban.

Yo no sé dónde está.

Nunca lo supe.

A diferencia de otros, yo me quedé aquí. Con lo poco que fue y con lo mucho que pesó.

Me voy con la duda de si aquello fue como lo recuerdo o como lo he necesitado recordar.

Ya voy, Federico.

Esta vez no habrá prisa, ni miedo, ni sombra.

O eso quiero creer.


FIN


José Fernández Álvarez (JotaEfeA)

 


RESEÑA





Una historia que aún respira

(La dimensión humana del sacrificio)


                                                                            Una excelsa madre, la Madre del Redentor
Una novela que redime a Judas
Una historia nunca así contada
Una novela con mucho, mucho amor

 

HE VENCIDO AL MUNDO

(Juan 16:33)  אֲנִי נִצַּחְתִּי אֶת־הָעוֹלָם  (Aní nitzájti et-ha'olám)

Autor: Christian Gálvez

Editorial: SUMA (Penguin Random Hause, Grupo Editorial)

Publicación: marzo 2026

Género: Narrativa histórica

Nº Páginas: 403

Período: Siglo I (Año 30 d.C., 3790 שנה, 783 AUC -ab urbe condita-)

Localización de los hechos: Jerusalén …

Leído: Del 1 al 5 de abril de 2026

 

Desde las páginas de He vencido al mundo se puede asistir a la contemplación directa de unos hechos sobradamente conocidos que, sin embargo, no dejan de conmover, se profese o no la fe cristiana. Y ello mayormente, a través del exquisito verbo narrativo del que hace gala el autor a lo largo de la novela, con una prosa cuidada y de gran capacidad evocadora. No digo yo que la novela sea ni pretenda ser “evangelio”, pero es bien cierto que el novelista nos propone en esta —no olvidemos— novela histórica unos hechos que pudieron ser, pues el Nuevo Testamento los contempla principalmente en los cuatro Evangelios y en los Hechos de los Apóstoles. Unos hechos que pudieron suceder incluso como él los cuenta, con sus intencionados giros, con sus sorpresas narrativas y también con sus milagros.

Quiero con esto exponer que acercarse a esta novela histórica debiera hacerse sin prejuicios de ningún tipo, ni desde el dogma ni desde el escepticismo, y menos aún desde el paraguas del presentismo, del que siempre conviene huir al tratarse de historia de otros tiempos y, además, de una novela. No digo yo que uno no pueda plantearse interrogantes sobre los sucesos. Claro que sí. Es literatura, y la literatura nos ofrece esa posibilidad: la de reflexionar sobre aquello que, quizá pudo suceder de otra manera y sobre el encaje de lo verosímil.

Dicho esto, si este texto fuera una reseña habría que indicar de qué trata la última novela de Christian Gálvez. Antes de nada, he de expresar que ha sido fascinante el recorrido que, desde mi sillón, me ha llevado por tierras de aquel Jerusalén del primer siglo de nuestra era, así como por tierras de Betania, Betfagé e incluso la ínclita Belén (בית לחם). No digo yo que esto sea lo más importante de la novela, pero lo apunto para destacar la fuerza de una lectura que literalmente te transporta casi en cuerpo y —sin casi— en alma a otros tiempos, a unos lugares que, de existir en la actualidad, ya no son los mismos. Y es que tú los ves, pisas el polvo de los caminos, contemplas los edificios o las casas de barro, te impregnas de los olores que el autor describe e incluso tu salivar evoca las comidas de los vecinos del lugar. Tal es la capacidad descriptiva del autor desde una clara vocación inmersiva que sostiene buena parte del relato.

Novelista prolífico, dada su juventud —más de una veintena de libros entre novelas y obras de divulgación—, Christian Gálvez Montero nos propone en esta obra un término, una palabra que la vertebra: sacrificio. Una sencilla palabra de diez letras, pero con muchas acepciones, y podría afirmarse que la totalidad de ellas tienen cabida para tratar de entender esta historia, como novela, pero también esta novela como la narración de unos irrefutables acontecimientos, de hondo calado. En palabras del autor: esta es, sin lugar a dudas, una historia sobre el SACRIFICIO. No digo yo que con esta palabra pueda definirse todo lo narrado —no lo dice tampoco el autor—, pero es una palabra clave, pues todo en esta historia —personajes, decisiones, destino— gira en torno a ella, a lo que significa como desenlace inevitable.

A medida que avanzamos, cabe la posibilidad de caer en la tentación de dejarse llevar por los hechos acaecidos, de acompañar a los protagonistas por las sendas de su devenir histórico para desembocar en el categórico hecho del Sacrificio del Cordero. La prosa de Gálvez, rica en imágenes y recursos —metáforas, anáforas, frases breves de gran impacto, algunas de tan solo una palabra— invita en ocasiones a detenerse, a recrearse en la belleza de lo literario, a releer determinados pasajes para disfrutar del momento escénico, del espacio narrativo. No digo yo que toda la novela transcurra de tal guisa, ni que todos los lectores vayan a experimentar tales abstracciones, pero la narrativa que el autor despliega incita a ello pues ofrece una mirada distinta, sugerente y, en muchos momentos, profundamente humana. Y eso, en literatura, no es poco.

Destaco, por considerarlo muy importante, que hay otra palabra que el novelista repite con insistencia: amor. Sabido es que el amor es un concepto universal, relativo a la afinidad o armonía entre seres, definido de diversas formas según las distintas ideologías y puntos de vista. No digo yo que He vencido al mundo sea una novela de amor, desde luego no en el sentido convencional de ciertas tradiciones románticas. Pero sí es una novela escrita con mucho, mucho amor y, quizá, desde una fe profunda y renovada. Hay mucho amor en los protagonistas: Jesús de Nazaret (en latín Iesus, יֵשׁוּעַ en hebreo), que por amor se entrega; María, su madre, ejemplo de valentía, una Madre que no teme hacer sacrificios por su hijo, con un amor que no titubeó al aceptar su misión; los apóstoles, humanos en su temor; María de Magdala, la Magdalena, y otros.

Paralelamente hay que considerar a otros protagonistas de los hechos novelados. Algunos escribas actuaron desde el temor a perder su posición; el prefecto Poncio Pilato temía por su puesto ante Roma. La envidia, la incredulidad, los celos, la hipocresía, el orgullo y la falta de amor movieron a determinados antagonistas a actuar según describen las escrituras y como poéticamente describe y recrea el autor. No digo yo que la novela sea la verdad absoluta sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo … o quizá sí, en términos literarios. Lo cierto es que Christian Gálvez propone un giro inesperado —acaso intencionadamente desde el principio— que busca redimir, en cierta medida, la figura de aquel discípulo sedicioso que se dio a la traición.

En otro momento, el autor orquesta con verosimilitud un giro narrativo que replantea el papel del icónico Judas, alejándolo del trazo unívoco para dotarlo de una dimensión más compleja. El apóstol traidor camina por la senda de la felonía guiado, … ¿por amor? No digo yo, ni lo afirma el autor que Judas no cometiera traición. La pregunta —que se la hace incluso el mismo apóstol— es otra: ¿por qué? El beneficio económico quizá no fuera la única causa frente a dilemas de mayor calado emocional y moral.

Parece obvio afirmar que esta obra busca acercar el mensaje cristiano al lector contemporáneo. El autor plantea el libro con un recorrido por los valores, enseñanzas y episodios clave de la vida de Jesús desde una mirada personal que mezcla divulgación, espiritualidad y reflexión. No digo yo con ello que pretenda dogmatizar; sin embargo, la obra se convierte en el vehículo mediante el cual, tras una extensa investigación y documentación, desarrolla sus teorías sobre la traición de Judas Iscariote.

La fe en esta novela no se impone, sino que se descubre en los márgenes de la duda. La fe no evita el sufrimiento, lo atraviesa y provoca una grieta por la que entra la luz y la espada que causa dolor físico y real. La fe de un centurión es ciega, como la justicia, pero también ha contemplado el bien que el Hijo del Hombre ha traído. No digo que todos los protagonistas actúen con fe cristiana, pero aquello que les movía era, sin duda, auténtica fe: en sí mismos o incluso en el papel que la historia o el devenir de los acontecimientos les otorgara. Judas, entonces, se convierte en un personaje trágico; no se retrata la traición como un gesto frío, sino como un derrumbe interior: un hombre que ama se rompe y llega a suplicar “no quiero hacerlo”, mientras carga con la paradoja de sentirse necesario y a la vez, condenado por la memoria colectiva.

Tras recorrer la fe, el amor, el sacrificio y la humanidad de las páginas de He vencido al mundo —y esto si lo digo yo— se abre ante mí un MUNDO por contemplar: un universo donde la historia y la literatura se entrelazan, donde los personajes dejan de ser lejanos mitos para convertirse en seres palpables y complejos, y donde cada lector puede, a su manera, viajar con ellos, reflexionar, emocionarse… y, por qué no, descubrir nuevas verdades sobre la fe, la traición y la esperanza.

Concluyo con cuatro frases —podrían ser muchas más— que me han llamado la atención y que me han dado qué pensar:

·     Llevaba el corazón cosido con hilos de angustia (pág. 135)

·     La verdad era un lujo que solo se podía permitir los ingenuos (pág. 214)

·     Comenzaron a caminar hacia la colina donde la esperanza aún dolía (pág. 308)

·     A veces el silencio compraba más estabilidad que la verdad (pág. 355)

 

Gracias a la entrega de Jesús, habría de cumplirse

la redención espiritual

 

Poema acróstico: HE VENCIDO AL MUNDO

He visto la fe del centurión, luz humilde.
Este viaje cruza corazones de duda y esperanza.
Vuelan sombras, mitos acuciados.
En cada página, respira el silencio simbólico.
No todo responde; latente el perdón y la superación.
Con delicadeza, lo lejano se hace humano.
Invita a mirar decisiones que duelen y cambian.
Del acto pequeño al sacrificio, la misericordia relumbra.
Ofrece un hilo de esperanza y un cristianismo cercano.
A través del gesto, el amor sostiene lo imposible.
La divinidad y la vida se abrazan íntimamente.
Más allá de la ortodoxia, la narrativa sorprende.
Un mundo antiguo renace en polvo y palabras.
Nunca la historia se sintió tan cercana y trascendente.
De la pasión y traición emerge lo simbólico.
Otro tiempo, otro mundo y mirar con nuevos ojos.