agosto 01, 2026

Luis Ángel Ruiz Herrero

 


RESEÑA LITERARIA Y FILOSÓFICA



La cuerda sabiduría del vino.

Omar Jayam 


No digas esto a nadie: “La amapola marchita no florece de nuevo”.

De vez en cuando conviene rescatar algunas pinceladas de sabiduría que algún ser humano dejó plasmadas a través de la palabra, la imagen o la música. En este caso se trata de OMAR KHEYYAM, poeta persa en cuyos rubaiyat nos dejó reflexiones esenciales y eternas, habida cuenta que la eternidad no deja de ser un concepto intelectual humano: las cosas existen porque alguien las piensa.

“¿El Paraíso?, ese instante del día que al placer dedicamos”.

Omar Jayam (también Omar Kheyyam) recogió en su obra algunos de los múltiples aspectos que acompañan e inquietan al ser humano: la poesía, la filosofía, la astronomía, las matemáticas y, sobre todo, una apuesta y una actitud ante la vida.

Nacido en Nishapur, Persia -actual Irán- en 1048, en su larga vida utilizó como idioma de escritura el persa; como lenguaje de la existencia, el vino; como sintaxis del conocimiento, la curiosidad. De todos ellos tal vez el más destacado sea la prioridad de una actitud, la sugerencia de una forma de transitar, el acicate de un devenir basado en una serie de verdades que, a menudo, las personas olvidan.

Mientras poetas muy destacados, también persas, como Mansur Al-Hallaj o Jalal ad-Din Rumi optaron por la mística como fundamento de sus exploración espiritual, Omar eligió por reflejar, en sus estrofas de cuatro versos llamadas rubaiyat, la cotidianidad de la vida y así alertar y recordar que también son necesarias otras contemplaciones y otras formas de vivir como el epicureísmo o el hedonismo; advertencias como la fugacidad, la imprescindibilidad del amor, la belleza de la luz que permite contemplar el color, o lo inefable de la existencia humana. “Nuestro destino será siempre insondable”, todos sus versos, como un río imaginario, discurren entre la realidad palpable, la verdad imaginaria o el ebrio discurso de la nada. Tal vez por ello indagó en diversos campos del conocimiento como las matemáticas y la astronomía, la filosofía y el verso para intentar encontrar explicaciones vitales en el ansia de satisfacer su inquietud inquebrantable.  A menudo se piensa que aquellos que se acogen al hedonismo o el epicureísmo, por perseguir lo inmediato del momento y los placeres, son seres superficiales carentes de la sensibilidad espiritual inherente a la persona y, claro, no es así. Omar Jayam es una evidencia de ello, pues aúna la invitación a las propuestas filosóficas citadas con la profundidad de pensamiento y la riqueza de matices de la psicología humana, sentencias y reflexiones sobre esa cosa a la que llamamos existir: el nombre entre dos fechas, que diría Jorge Luis Borges. Consciente de la transitoriedad, lo efímero del tiempo y la complejidad humana, anima a vivir el momento con la intensidad que busca el paraíso del instante, pero acompañado de reflexiones que invitan a pararse en la lectura y activar ese extraño proceder que es el pensamiento. Y en este sentido dice:

“Mi ley es el placer y la bebida, como/ mi religión el frío hacia la fe y la duda./ Cuando dije a mi amada: “Qué dote solicitas?”,/ ella -el Mundo- repuso: “Tu corazón alegre”.

¿Acaso hay algo más recomendable que la alegría? ¿Acaso no la buscamos denodadamente? En esta tesitura, quizás nos esté alumbrando otro misticismo, otra felicidad que supone esa pequeña diosa llamada Alegría, que nos transporta y nos eleva a un punto de éxtasis nada desdeñable: el del vino.

“… sin mujeres ni amigos. No digas esto a nadie:/ la amapola marchita no florece de nuevo”.

No pretendo ser irreverente, pero siempre conviene contemplar lo trascendente desde diferentes puntos de vista. Y en este sentido me aventuro -arriesgar, quizá mejor- a proponer un cierto misticismo en la obra de Omar Kheyyam, que también nos habla de la nada y su trascendencia, aunque a veces dude de la religión, en contrapunto al otro misticismo más extendido: el del materialismo y el del dinero, bajo el velo de la ironía, claro: “Hay muchos que se afanan en reunir riquezas/ y otros muchos, en cambio, las dispersan al viento./ Nadie se trueca en oro al morir. Un cadáver/ no es más que una carroña, pasto de los gusanos”.

“Sin amor y sin vino la vida es nada. Nada/ es sin el dulce canto de la flauta de Irán./ La nada reflejada en los efímeros días…”

“Fíjate en esa rosa que se abre a la brisa/ matutina. Mirando su lozana belleza/ se arroba el ruiseñor. Bebamos. ¡Cuántos rosas/ que el viento deshojara se han convertido en polvo”.

“Cuando a los pies me vea de la muerte/ el hilo de mi vida, con mis cenizas quiero/ que se fabrique un jarro. Quién sabe si al llenarlo/ de vino hasta los bordes, renaceré a la vida”.

Pinceladas de una propuesta filosófica, de una concienciación de lo que es el ser humano… Lejos de ser superficial, la esencialidad de su pensamiento queda recogida tanto en los anteriores rubaiyat (estrofa de cuatro versos), como en el que sigue, con unas imágenes de auténtica belleza expresiva;

“La vida es un tablero de ajedrez, donde el Hado/ nos mueve cual peones, dando mates con penas./ En cuanto acaba el juego, nos saca del tablero/ y nos arroja al cajón de la Nada”.

Omar Jayam murió en su Nishapur natal en 1131, no sin antes dejar escrito:

“Quiero que, cuando muera, con vino se me lave/ y que se rece en nombre del amor y la copa./ El que el Día del Juicio Final desee dar conmigo,/ en el umbral de una taberna ha de encontrarme.”

O algo en que, después de mil años, aún estamos enzarzados de forma permanente, la homosexualidad:

“Cuando su ropa tiñe la violeta, y la brisa/ matinal entreabre la rosa, no está loco/ quien, sentado a la vera de un hermoso mancebo,/ bebe toda su copa para luego romperla.”

No puedo ni pretendo en esta breve reseña de este genial poeta realizar un estudio profundo y metódico sobre su obra literaria, que también lleva por título Rubaiyat. Sólo invitar -incluso incitar- a leerlo no sin antes pretender, porque puedo como autor de estos renglones, dejar el último apunte de esta persona extraordinaria (en el buen sentido de la palabra):

“Créeme, bebe vino. El vino es vida eterna,/ filtro que nos devuelve la juventud. Con vino/ y alegres compañías, la estación de las rosas/ vuelve. Goza el fugaz momento que es la vida.”

Otros pensaron, y no durante poco tiempo, que era un valle de lágrimas. Cada cual haga su elección. Yo, personalmente, me quedo con estas indicaciones para transitarla:

“Disfruta cuanto puedas, mas de un modo discreto./ No aflijas ningún pecho ni critiques a nadie. /Da cuanto tengas, pero haz todo lo posible/ para que en la vejez jamás te falte el vino”.


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