RESEÑA LITERARIA Y FILOSÓFICA
La cuerda sabiduría del
vino.
Omar Jayam
No
digas esto a nadie: “La amapola marchita no florece
de nuevo”.
De vez en cuando conviene rescatar algunas pinceladas
de sabiduría que algún ser humano dejó plasmadas a través de la palabra, la
imagen o la música. En este caso se trata de OMAR KHEYYAM, poeta persa en cuyos
rubaiyat nos dejó reflexiones esenciales y eternas, habida cuenta que la
eternidad no deja de ser un concepto intelectual humano: las cosas existen
porque alguien las piensa.
“¿El
Paraíso?, ese instante del día que al placer dedicamos”.
Omar
Jayam (también Omar Kheyyam) recogió en su obra algunos de los múltiples
aspectos que acompañan e inquietan al ser humano: la poesía, la filosofía, la
astronomía, las matemáticas y, sobre todo, una apuesta y una actitud ante la
vida.
Nacido
en Nishapur, Persia -actual Irán- en 1048, en su larga vida utilizó como idioma
de escritura el persa; como lenguaje de la existencia, el vino; como sintaxis
del conocimiento, la curiosidad. De todos ellos tal vez el más destacado sea la
prioridad de una actitud, la sugerencia de una forma de transitar, el acicate
de un devenir basado en una serie de verdades que, a menudo, las personas
olvidan.
Mientras
poetas muy destacados, también persas, como Mansur Al-Hallaj o Jalal ad-Din
Rumi optaron por la mística como fundamento de sus exploración espiritual, Omar
eligió por reflejar, en sus estrofas de cuatro versos llamadas rubaiyat, la
cotidianidad de la vida y así alertar y recordar que también son necesarias
otras contemplaciones y otras formas de vivir como el epicureísmo o el
hedonismo; advertencias como la fugacidad, la imprescindibilidad del amor, la
belleza de la luz que permite contemplar el color, o lo inefable de la
existencia humana. “Nuestro destino será siempre insondable”, todos sus
versos, como un río imaginario, discurren entre la realidad palpable, la verdad
imaginaria o el ebrio discurso de la nada. Tal vez por ello indagó en diversos
campos del conocimiento como las matemáticas y la astronomía, la filosofía y el
verso para intentar encontrar explicaciones vitales en el ansia de satisfacer
su inquietud inquebrantable. A menudo se
piensa que aquellos que se acogen al hedonismo o el epicureísmo, por perseguir
lo inmediato del momento y los placeres, son seres superficiales carentes de la
sensibilidad espiritual inherente a la persona y, claro, no es así. Omar Jayam
es una evidencia de ello, pues aúna la invitación a las propuestas filosóficas
citadas con la profundidad de pensamiento y la riqueza de matices de la
psicología humana, sentencias y reflexiones sobre esa cosa a la que llamamos
existir: el nombre entre dos fechas, que diría Jorge Luis Borges. Consciente de
la transitoriedad, lo efímero del tiempo y la complejidad humana, anima a vivir
el momento con la intensidad que busca el paraíso del instante, pero acompañado
de reflexiones que invitan a pararse en la lectura y activar ese extraño
proceder que es el pensamiento. Y en este sentido dice:
“Mi ley es el placer y la
bebida, como/ mi religión el frío hacia la fe y la duda./ Cuando dije a mi
amada: “Qué dote solicitas?”,/ ella -el Mundo- repuso: “Tu corazón alegre”.
¿Acaso hay algo más recomendable
que la alegría? ¿Acaso no la buscamos denodadamente? En esta tesitura, quizás
nos esté alumbrando otro misticismo, otra felicidad que supone esa pequeña
diosa llamada Alegría, que nos transporta y nos eleva a un punto de éxtasis
nada desdeñable: el del vino.
“… sin mujeres ni amigos.
No digas esto a nadie:/ la amapola marchita no florece de nuevo”.
No
pretendo ser irreverente, pero siempre conviene contemplar lo trascendente
desde diferentes puntos de vista. Y en este sentido me aventuro -arriesgar,
quizá mejor- a proponer un cierto misticismo en la obra de Omar Kheyyam, que
también nos habla de la nada y su trascendencia, aunque a veces dude de la
religión, en contrapunto al otro misticismo más extendido: el del materialismo
y el del dinero, bajo el velo de la ironía, claro: “Hay muchos que se afanan
en reunir riquezas/ y otros muchos, en cambio, las dispersan al viento./ Nadie
se trueca en oro al morir. Un cadáver/ no es más que una carroña, pasto de los
gusanos”.
“Sin amor y sin vino la
vida es nada. Nada/ es sin el dulce canto de la flauta de Irán./ La nada
reflejada en los efímeros días…”
“Fíjate en esa rosa que
se abre a la brisa/ matutina. Mirando su lozana belleza/ se arroba el ruiseñor.
Bebamos. ¡Cuántos rosas/ que el viento deshojara se han convertido en polvo”.
“Cuando a los pies me vea
de la muerte/ el hilo de mi vida, con mis cenizas quiero/ que se fabrique un
jarro. Quién sabe si al llenarlo/ de vino hasta los bordes, renaceré a la
vida”.
Pinceladas de una
propuesta filosófica, de una concienciación de lo que es el ser humano… Lejos
de ser superficial, la esencialidad de su pensamiento queda recogida tanto en
los anteriores rubaiyat (estrofa de cuatro versos), como en el que sigue, con
unas imágenes de auténtica belleza expresiva;
“La vida es un tablero de
ajedrez, donde el Hado/ nos mueve cual peones, dando mates con penas./ En
cuanto acaba el juego, nos saca del tablero/ y nos arroja al cajón de la Nada”.
Omar Jayam murió en su
Nishapur natal en 1131, no sin antes dejar escrito:
“Quiero que, cuando
muera, con vino se me lave/ y que se rece en nombre del amor y la copa./ El que
el Día del Juicio Final desee dar conmigo,/ en el umbral de una taberna ha de
encontrarme.”
O algo en que, después de
mil años, aún estamos enzarzados de forma permanente, la homosexualidad:
“Cuando su ropa tiñe la
violeta, y la brisa/ matinal entreabre la rosa, no está loco/ quien, sentado a
la vera de un hermoso mancebo,/ bebe toda su copa para luego romperla.”
No
puedo ni pretendo en esta breve reseña de este genial poeta realizar un estudio
profundo y metódico sobre su obra literaria, que también lleva por título
Rubaiyat. Sólo invitar -incluso incitar- a leerlo no sin antes pretender,
porque puedo como autor de estos renglones, dejar el último apunte de esta persona
extraordinaria (en el buen sentido de la palabra):
“Créeme,
bebe vino. El vino es vida eterna,/ filtro que nos devuelve la juventud. Con
vino/ y alegres compañías, la estación de las rosas/ vuelve. Goza el fugaz
momento que es la vida.”
Otros
pensaron, y no durante poco tiempo, que era un valle de lágrimas. Cada cual
haga su elección. Yo, personalmente, me quedo con estas indicaciones para
transitarla:
“Disfruta
cuanto puedas, mas de un modo discreto./ No aflijas ningún pecho ni critiques a
nadie. /Da cuanto tengas, pero haz todo lo posible/ para que en la vejez jamás
te falte el vino”.


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