POEMA
Canto y Romancero de la Bajada
Comienzo de la jornada
descalza por la ladera del Picacho,
en tanto que la frescura de septiembre
huele a nardo, tomillo y a calvario.
Un mar de olivos despierta
con el murmullo del canto,
canto que del fondo de las eras
asciende la quebrada.
Ya llega la Madre buena
pequeñita de manto sagrado;
deja arriba la cima
y busca el pueblo abajo.
En el pecho lleva encendida
la luz de un lucido venero
y en las miradas que pasan
un semillero de luceros.
Va cruzando el milagro
entre la piedra y el pino
en tanto que los pasos del pueblo
van entrando por el camino.
Baja la Reina del Cielo
por la vereda que cruje,
y entre romero y vástagos la gente
la van dibujando.
Gente de garganta parda
le reza con voz de pino
en tanto que los pechos
se van abriendo al compás del mismo ritmo.
Aparecen las manos curtidas
a sostener sus varales,
dejan sobre su manto
promesas y manantiales.
Campanas suenan alegres
fuego de flores y hinojos
que para verla bajar
se vuelven cielo los ojos.
Rozan sus plantas el suelo
de la cantera y la huerta
de donde la fuente de plata
despierta su cristal fino.
Huelen las calles a fiesta
a albahaca con cal de luna,
esperando que la Virgen
cure las penas de una.
Cabra la guarda en brazos,
Virgen de la Serranía
y en cada esquina del alma,
la noche se hace día.
Ya entra en la Villa tranquila,
los corazones palpitan
mientras se apagan los soles
y estallan las oraciones.
Entre suspiros y vivas
mira su pueblo el milagro:
la Sierra baja al pueblo
hecha suspiro y abrazo.


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