noviembre 01, 2026

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 Cabra, Culta y Poética 

Este blog pone a disposición de ustedes, en este formato digital, la revista en PDF "Cabra, culta y poética" que desde el mes de junio del pasado año 2023, estamos editando. Nos complace y nos congratula muchísimo a todos los colaboradores, creer que nuestra revista contribuye de algún modo a la promoción de la cultura de nuestro pueblo.

La única pretensión del mismo es facilitar que los contenidos de la revista  puedan llegar a un mayor número de usuarios, sobre todo aquellos que usan las nuevas tecnologías. Nosotros procuraremos abarcar  el mayor número de campos culturales que nos sea posible: literatura, música, pintura, etc.

CONTENIDO:  

— EDITORIAL
—RELATOS DE HISTORIA

COLABORACIONES:

— RELATOS
— REFLEXIONES
— ENSAYOS
— TEATRO
— POESÍAS
— DIBUJOS
— LIBROS RECOMENDADOS
— FOTOS
— VIDEOS 

CONTACTO:

Email de contacto: cabracultaypoetica@gmail.com
https://cabramilenaria.blogspot.com

Edición y dirección: Antonio Fernández Álvarez
Diseño y Maquetación: Antonio Fernández Álvarez

Editorial

Amigos, colaboradores, lectores y aquellos que no nos echan cuentas, gracias, muchas gracias a todos.

Sí, claro, a todos: a los colaboradores, porque sin ellos esta revista no sería posible; a los lectores, porque son a quienes nos debemos y por ellos intentamos, mes a mes, mejorar y ampliar su contenido; y a los que no nos echan cuentas, porque el silencio de los indiferentes es la mejor de las aclamaciones.

Este mes volvemos a encontrarnos con nuestros lectores y lo hacemos con una satisfacción especial. Son ya tres años y medio de camino, de trabajo constante, de nuevos colaboradores, de nuevas historias y, sobre todo, de la ilusión de seguir creciendo número tras número.

Y quizá sea este un buen momento para detenernos un instante y mirar atrás. No para lamentarnos de lo que no ha llegado, sino para alegrarnos de lo que sí hemos conseguido. Tres años y medio no son pocos cuando detrás de cada número hay tiempo, esfuerzo, colaboración y muchas ganas de hacer cultura.

Hemos ido creciendo poco a poco, ampliando nuestros contenidos y sumando personas que han querido compartir con nosotros sus conocimientos, sus historias y su pasión. Y lo hemos hecho sin medios, pero con una voluntad enorme.

Quizá por eso, después de todo este tiempo, uno se pregunta si no hemos dejado ya de ser unos desconocidos. No necesitamos reconocimientos ni grandes titulares. Nos basta con saber que nuestro trabajo llega cada mes a más lectores y que esta revista sigue teniendo un lugar entre quienes aman la cultura.

Aunque, por qué no decirlo, también nos alegraría que algún día quienes tienen la responsabilidad de cuidar y promover nuestra cultura reparasen en que, desde hace tres años y medio, hay un grupo de personas que trabaja, mes tras mes, para aportar algo a ella.

Mientras tanto, nosotros seguiremos haciendo lo que sabemos hacer: trabajar, crecer y volver cada mes con nuevas historias.

Y eso, por sí solo, ya es motivo para estar orgullosos.

Bienvenidos una mes más a este espacio de todos.

 

Podéis participar enviando vuestros trabajos a:

Correo electrónico:

cabracultaypoetica@gmail.com

Nuestra publicación es mensual.

¡Bienvenidos al número 42!


También podemos enviártela en PDF, solicitándonosla a nuestro EMAIL de contacto o también pueden dercargarla desde nuestro blogs.

Vea en PDF nuestra revista, o si lo prefiere descárgela. AQUÍ

Véala también en formato revista digital, queda muy chula. ENTRE AQUÍ

Relatos de historia

RELATOS DE         
HISTORIA


El secreto del Castillo
de Cabra (1079)


No tengo más estudios que mis lecturas, ni más título que la curiosidad testaruda de quien se patea las calles de su pueblo sabiendo que cada esquina oculta tres capas de historia. A veces me pierde el vicio de indagar en la memoria de Cabra, de revolver en papeles viejos donde los siglos han dejado una pátina de polvo y silencio. Y entre tanto legajo de archivo, entre tomos espesos del siglo XII que a simple vista solo parecen servir para abultar las baldas de una biblioteca, tropecé con algo que la historia oficial suele pasar de largo con demasiada prisa.

Todo el mundo en mi pueblo ha oído hablar del Cid y de la famosa batalla. Pero casi siempre nos lo han contado mal, como una estampa de santoral o una reconquista de película donde los cristianos ganaban la villa. La realidad, la que guardaban aquellos documentos, era mucho más turbia, humana y fascinante. Cabra en 1079 era una plaza mora, y siguió siéndolo casi dos siglos más, hasta que Fernando III la tomó en 1240. La fortaleza tenía entonces su propio gobernador musulmán, aunque las fuentes no han conservado su nombre. Era una Cabra musulmana, con sus habitantes, sus autoridades y su vida cotidiana, que de pronto se convirtió en escenario de una disputa que se jugaba muy lejos de sus intereses. Lo que ocurrió aquí no fue una conquista, sino una disputa de poder y tributos.

Allí, entre notas al margen escritas con tinta desvaída, aparecía desglosado el verdadero tablero de ajedrez: Alfonso VI había enviado al Cid a Sevilla a cobrar las parias (el tributo en oro) y a García Ordóñez a Granada para lo mismo. Pero Granada atacó a Sevilla, y el conde García Ordóñez, en lugar de mantenerse al margen, se unió a los granadinos. El Cid, para defender al rey de Sevilla que era quien pagaba a Castilla, tuvo que plantar cara a sus propios paisanos a las puertas de nuestra villa.

Y justo cuando el legajo parecía terminar en la fría descripción de la victoria y la afrenta a García Ordóñez, al dar la vuelta a la última foja, encontré una nota manuscrita en un castellano arcaico. No era la voz de un cronista de corte ni la de un obispo; era la memoria cosida de puño y letra por quien iba al lado del Campeador en la vanguardia, comiendo el mismo polvo de la Campiña: Alvar Fáñez de Minaya.

La noche de Cabra

(Por la pluma o el recuerdo de Alvar Fáñez de Minaya)

«Muchos de los que hoy cantan versos en las plazas no estuvieron allí. Dicen que íbamos a plantar cruces en los torreones o a liberar cristianos del yugo sarraceno. Mentiras de juglar. A Cabra fuimos a por oro, a cumplir la palabra del rey Alfonso y a defender al rey moro de Sevilla, que era quien pagaba tributo a Castilla.

Recuerdo la luz de aquella tarde en la Campiña. Mi señor Rodrigo había enviado tres cartas a los nobles castellanos que venían con las tropas de Granada. “No combatáis contra Sevilla”, les mandó decir, “pues su emir está bajo el amparo de nuestro señor el rey Alfonso”. Pero la soberbia es un mal endémico entre los grandes de la corte. El conde García Ordóñez y los suyos se rieron de la misiva. Creían que por venir en hueste numerosa con los de Granada nos harían dar un paso atrás. No conocían la cabeza de Rodrigo.

Mi señor no se alteró. Ajustó el cincho de su caballo, nos miró a los pocos caballeros que formábamos la vanguardia y nos dijo con esa calma áspera suya: “Ellos traen el número; nosotros traemos la razón y el orden”.

La carga no duró más que un suspiro de angustia. Cuando la caballería de Rodrigo rompió las líneas de Granada, el pánico cundió en un abrir y cerrar de ojos. Los caballeros de García Ordóñez se desbandaron entre los olivos y los cerros que guardaban la fortaleza. Capturamos al conde allí mismo, al pie de las murallas. A un noble de la alta cuna de Castilla, preso por los hombres de Vivar en mitad de una contienda entre dos emires.

Tres días con sus tres noches permaneció el conde custodiado en el torreón, mientras la vida de la fortaleza continuaba al otro lado de aquellos muros. No hubo cadenas ni torturas, que a los de alta cuna se les guarda el decoro por ley de guerra, pero hubo algo peor: la vergüenza. Allí, bajo el techo de una fortaleza mora y a la vista de nuestras tropas y de los propios andalusíes, el gran conde de Nájera comprendió que de nada le valían sus títulos ni el favor del rey cuando enfrente tenía al de Vivar.

Entre los soldados de la vanguardia corría la guasa con el vino de la tarde. Decían los nuestros, entre risas bajas para que no los oyera Rodrigo, que si el rey Alfonso no le había otorgado al de Nájera las tierras del sur, los de Vivar le habíamos hecho merced de un feudo nuevo: el "señorío de la humillación". Y entre trago y trago, acabaron bautizándolo con un mote que, estoy seguro, que lo persiguió hasta la tumba: "el conde de Cabra". No porque la villa fuera suya —que bien mora y bien guardada estaba—, sino porque aquí vino a perder la honra y a ganarse el título a costa de las barbas.

Fue la mañana del tercer día, antes de darle la libertad a cambio de su palabra y rescate, cuando Rodrigo hizo lo que nadie en Castilla se había atrevido a hacer: se acercó a García Ordóñez, le asió el rostro y le mesó la barba ante todos los caballeros. En nuestras leyes, tocar la barba de un noble es arrebatarle el honor de un plumazo. Cuando el conde cruzó las puertas del castillo de Cabra camino del norte, no llevaba heridas en el cuerpo, pero llevaba una cicatriz en el orgullo que no le sanaría jamás.»

        Hoy, si uno camina por las inmediaciones del Castillo de Cabra, el transeúnte se topa con un recordatorio mudo pero poderoso de aquella hazaña: una réplica de la mítica espada Tizona y un grabado que recuerda a quien pasa por allí que fue precisamente por esta gesta en tierras egabrenses por lo que a Rodrigo Díaz de Vivar se le empezó a aclamar con el título de El Campeador —el batallador invicto en campo abierto—.

Cuando el Cid y sus hombres recogieron los bártulos al cuarto día y tomaron el camino del norte con el oro de las parias para el rey, la vida en Cabra no cambió de fe. Las llamadas al rezo continuaron resonando desde la fortaleza y los olivos siguieron creciendo bajo el sol de la Campiña durante siglo y medio más. Pero en la corte de Castilla acababa de nacer una herida irreparable: la envidia de García Ordóñez y los celos de Alfonso VI, que apenas dos años después mandarían a Rodrigo al destierro.

Cabra no fue conquistada aquel otoño de 1079, pero en sus murallas y en el acero de su memoria quedó grabado para siempre el nacimiento del mayor mito de nuestra historia.

 

Epílogo. Entre la historia y la leyenda

Lo que acabas de leer nace de un hecho histórico: la batalla de Cabra de 1079, en la que Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, se enfrentó a las fuerzas granadinas en las que combatían también nobles castellanos, entre ellos García Ordóñez. Aquel enfrentamiento se produjo en el complejo escenario de las alianzas entre los reinos musulmanes de la península, los intereses de sus gobernantes y el cobro de las parias, los tributos que algunos de ellos pagaban a los reyes cristianos.

También es histórico que el Cid capturó a García Ordóñez y que, según la tradición recogida en las fuentes medievales, lo humilló mesándole la barba. Cabra fue escenario de aquel episodio, pero no fue conquistada entonces por los cristianos: la localidad permaneció bajo dominio musulmán hasta el siglo XIII.

Pero hay una parte de este relato que pertenece a otro terreno: el de la imaginación.

No he encontrado un manuscrito de Alvar Fáñez que contenga las palabras que aquí aparecen, ni pretendo que sus recuerdos, los diálogos, las cartas o los detalles de aquella noche sean testimonios auténticos. Su voz es un recurso literario con el que he querido acercar al lector a unos acontecimientos ocurridos hace casi mil años, cuando la historia todavía se escribía entre el polvo de los caminos, el acero de las espadas y las ambiciones de los poderosos.

He mezclado, por tanto, hechos históricos con escenas recreadas para dar vida a una historia que merece ser contada. Porque una cosa es lo que los documentos nos permiten afirmar y otra lo que la imaginación puede construir a partir de ellos. Confundir ambas sería engañar al lector; distinguirlas nos permite disfrutar de la narración sin perder de vista la verdad histórica.

Y si algo me gustaría que quedara después de leer estas páginas es que, cuando paseemos junto al Castillo de Cabra, no veamos solamente unas piedras antiguas. Pensemos en los hombres que estuvieron allí, en los conflictos que protagonizaron y en todo lo que aquellos muros han visto pasar.

Porque la historia no necesita que inventemos sus grandes acontecimientos. A veces, basta con contarla de otra manera para descubrir que la realidad también tiene mucho de novela.

María del Carmen Azaustre (Profesora, Poeta y Escritora)

 

POEMA


Título: Donde muere la razón
 
Modalidad: Verso clásico (octava real)
 
2º Premio en el V Certamen Internacional  de poesía y prosa poética “Espejo de Alicante” 2025, en la modalidad de verso clásico.

 

Donde muere la razón

El trueno de cañones ruge impío,
se quiebra entre los gritos la alborada,
se tiñe de ceniza el campo frío,
y el aire es una muerte desvelada.
No queda más refugio que el hastío,
ni más razón que la razón callada,
pues donde antes latía la ternura,
hoy reina la barbarie más oscura.
 

Las sombras van cubriendo las ciudades,
se funden con el llanto de la gente,
los ojos de los niños, sus verdades,
preguntan con un miedo permanente.
¿Acaso en la violencia hay dignidades?
¿Quién puede ser verdugo y ser consciente?
Mas nadie da respuesta, solo el viento
recoge su dolor con su lamento.

La historia se repite sin piedad,
el hombre no ha aprendido de su ruina,
alza la espada en falsa libertad
y siembra muerte a cambio de su espina.
Promete redención con falsedad,
más solo deja un eco que fulmina,
la guerra no distingue en su tormenta
y todo lo que toca lo revienta.

Los muertos son los mismos, siempre iguales,
no importa en qué bandera los alisten,
ni dónde los conviertan en mortales,
ni en nombre de qué causa los revisten.
Son jóvenes, ancianos, criminales,
o niños que a la pólvora resisten,
y mientras la ambición siga en el trono,
seremos del horror fieles patronos.

 

Que cese de una vez la mano injusta,
que el odio se disuelva con la brisa,
que el hierro en su soberbia se deslustra,
y el arma de matar pierda su prisa.
Que el hombre de una vez al hombre ilustra,
y nunca más su propia herida avisa,
pues solo cuando el fin nos dé respuesta,
sabremos que la paz fue la más cuesta.

Miguel Blancas Calzado


 

CANTAORES FLAMENCOS
QUE LE HAN CANTADO
A LA VIRGEN DE LA SIERRA:




Vamos a continuar y cerrar el trabajo que publicaba el mes pasado, titulado Cantaores Flamenco que le han cantado a la Virgen de la Sierra. Si el mes pasado iniciamos con José Córdoba, a continuación Vicente Carnero le cantaba a la Virgen de la Sierra estas sevillanas:


SEVILLANAS A LA VIRGEN DE LA SIERRA

 
Los de la tercera edad    
aquí los tenéis presentes
olé, olé, olé, olé
los de la tercera edad
aquí los tenéis presentes
aquí los tenéis presentes
para cantar y bailar
para cantar y bailar
y divertirse con su gente.
 
ESTRIBILLO                              

 
Qué bonito es divertirse
qué bonito es divertirse
con gracia y simpatía
y podremos demostrar
que somos de Andalucía.
 
A la Virgen de la Sierra
le venimos a cantar
le venimos a cantar
olé, olé, olé, olé
a la Virgen de la Sierra
le venimos a cantar
 
 
le venimos a cantar
con mucha gracia y salero
con mucha gracia y salero
los de la tercera edad.
 
ESTRIBILLO                                              
 
Qué bonito es divertirse
qué bonito es divertirse
con gracia y simpatía
y podremos demostrar
que somos de Andalucía.
Si te quieres divertir
vente conmigo al hogar vente conmigo al hogar
olé, olé, olé, olé
si te quieres divertir
vente conmigo al hogar
si te quieres divertir
si te quieres divertir
si te quieres divertir
y tus penas olvidar.
 
ESTRIBILLO
 
Qué bonito es divertirse
qué bonito es divertirse
con gracia y simpatía
y podremos demostrar
que somos de Andalucía.
Día cuatro de septiembre
cuando te bajan, María,
día cuatro de septiembre
olé, olé, olé, olé
día cuatro de septiembre,
cuando te bajan, María,
a hombros de costaleros
a hombros de costaleros
vas radiante de alegría.
 
ESTRIBILLO
 
Qué bonito es divertirse
qué bonito es divertirse
con gracia y simpatía
y podremos demostrar
que somos de Andalucía.
 
 
A continuación José Cobo Puerto cantaba esta:

  
COLUMBINA A LA VIRGEN DE LA SIERRA

 
Te llaman Paloma Blanca virgencita de la Sierra
bonita por tu cara
y tan llena de pureza;

todo el mundo a ti te quiere
y llorando a ti te rezan.
 
El aire de la Viñuela
que huele a pino y a romero
a vino de nuestra tierra
a cantares de romeros
alegrando con sus cantes
alegrando con sus cantes
a lo largo del sendero.
 
Romero que vas hasta la ermita
pasito a paso has venido
y que llevas de promesa
encenderle dos velas
y rezarle una oración
y rezarle una oración
a tu Virgen de la Sierra.


Por último, cerraremos con Cayetano Muriel cantaor que le cantó a la Virgen de la Sierra este fandango:

 
                                                FANDANGO 

            Virgen de la Sierra en Cabra,
            Virgen de Araceli en Lucena,
            son dos hermanas gemelas
            que nadie puede igualarlas. 


Ce Jamieson — Jamieson Art Projects

 


CRÍTICA DE ARTE Y
PERFIL BIOGRÁFICO







EL LARGO OFICIO DE MIRAR: 

HOWARD R. CARR, MEMORIA Y CONTINUIDAD

Hay carreras artísticas que pueden resumirse con facilidad: una sucesión de exposiciones, catálogos, críticas y fechas. Otras exigen una mirada distinta. Sus historias quedan repartidas entre obras, archivos, galerías, fotografías, recuerdos y décadas de trabajo que nunca entraron en una cronología ordenada.

La trayectoria de Howard R. Carr pertenece a este segundo territorio.

Carr lleva más de cinco décadas trabajando. Lo que me interesa de esa continuidad no es convertir la duración en una medalla, sino preguntarme qué significa seguir mirando y seguir haciendo durante tanto tiempo. Una vida en el arte no está compuesta únicamente por los momentos visibles. Está hecha, sobre todo, de los días de estudio que nadie registra.

Trabajo en desarrollo de artistas y suelo explicar mi labor de una manera sencilla: intento construir una base debajo del artista. Eso significa reunir historia y documentación, entender la obra, encontrar el contexto adecuado y ayudar a que una trayectoria pueda verse con claridad sin convertirla en una campaña publicitaria.

Trabajar con Howard R. Carr ha sido un verdadero placer precisamente porque no hay que inventar una historia. La historia ya existe. Hay que escucharla, ordenarla y dejar que la obra haga su parte.

Esa misma idea está detrás de The Long View, una exposición que estoy desarrollando con Carr, Daniel Ellis y Richard Berenholtz. Los tres son artistas distintos, con lenguajes y recorridos propios, pero el proyecto nace de una pregunta compartida: ¿qué ocurre cuando dejamos de mirar solamente lo nuevo y concedemos tiempo a una trayectoria?

El título no habla de nostalgia. Habla de perspectiva.

En el caso de Carr, esa perspectiva permite observar cómo una práctica sustained atraviesa cambios de gusto, mercado y lenguaje sin perder la necesidad fundamental de hacer. Sus pinturas pueden ser exuberantes o contenidas, densas o reducidas. En unas, el color parece ocupar el espacio antes que cualquier otra cosa; en otras, la repetición y el gesto construyen una estructura mucho más silenciosa.

Casualism, un pequeño óleo sobre cartón, es un buen ejemplo de la primera posibilidad. El color aparece en capas y grandes movimientos: verdes, rojos, violetas, azules y ocres que no buscan describir un objeto sino establecer una experiencia visual. Su escala es íntima, pero la pintura no se comporta como algo pequeño.

Vermillion Trail trabaja de otra manera. Sobre un campo rojo aparecen formas oscuras repetidas, casi signos. La reducción de medios obliga a mirar las diferencias entre una marca y la siguiente. La repetición nunca es completamente idéntica; la mano permanece visible.

Overheard in Mayfair vuelve a abrir el campo. Grandes pasajes de violeta, naranja, verde, rosa y tierra se encuentran y se interrumpen. El título introduce la idea de algo escuchado de paso, algo parcial, y la pintura conserva precisamente esa sensación de fragmento y movimiento.

Portrait of Alexei Navalny demuestra otra dimensión de la práctica. Frente a la libertad de las abstracciones, el retrato exige reconocimiento, presencia y concentración. Incluirlo junto a las otras obras evita una lectura demasiado estrecha de Carr. Una trayectoria larga rara vez cabe en una sola fórmula.

Eso es importante cuando se habla de memoria artística.

Los archivos tienden a conservar acontecimientos: una exposición, una reseña, una invitación, una fotografía. Pero la mayor parte de una vida de trabajo ocurre entre esos acontecimientos. La continuidad diaria casi nunca queda documentada.

Con el tiempo, las galerías cambian, los críticos desaparecen de una publicación, los archivos privados se dispersan y las obras pasan de unas manos a otras. Lo que parecía evidente para una generación puede resultar difícil de reconstruir para la siguiente.

Por eso el desarrollo de un artista, cuando se hace con seriedad, también tiene algo de conservación cultural. No consiste simplemente en buscar visibilidad. Consiste en reconocer qué materiales importan, qué historias deben comprobarse y qué contexto permite que la obra sea comprendida sin exageraciones.

En Howard encuentro algo que me interesa profundamente: la distancia entre una vida de trabajo y la parte de esa vida que el mundo alcanza a registrar.

Esa distancia existe en muchísimos artistas.

El sistema cultural necesita fechas y acontecimientos porque son fáciles de ordenar. Una vida creativa, en cambio, es desordenada. Tiene periodos de atención y periodos de silencio. Tiene encuentros decisivos que quizá nunca fueron documentados. Tiene obras que desaparecen durante años en colecciones privadas. Tiene cambios que solo se comprenden cuando se mira hacia atrás.

De ahí el valor de tomar la perspectiva larga.

The Long View nace de esa convicción. No pretende decir que el pasado fue mejor ni convertir la longevidad en una categoría estética. Pretende mirar con suficiente paciencia para distinguir entre notoriedad y permanencia, entre el acontecimiento y la práctica.

Howard R. Carr ocupa un lugar natural en esa conversación porque sigue trabajando.

Eso cambia todo.

No estamos intentando reconstruir una historia terminada. El archivo y el presente conviven. Las obras anteriores no son reliquias; forman parte de una práctica que continúa desarrollándose.

Quizá esa sea una de las razones por las que trabajar con un artista de larga trayectoria puede resultar tan estimulante. El pasado ofrece profundidad, pero no dicta el siguiente cuadro.

En el estudio, la historia del arte vuelve a reducirse a algo elemental: una superficie, materiales, decisiones y tiempo.

Después de más de cinco décadas, Carr continúa regresando a ese punto.


Y tal vez ahí se encuentre la verdadera medida de una vida artística: no en la cantidad de ruido que produjo alrededor de sí, sino en la capacidad de seguir mirando cuando el ruido desaparece.


               Howard R. Carr, Casualism, 11 × 8½ in.                                      Howard R. Carr, Vermillion Trail
                  óleo sobre cartón                                                                           30 × 24 in., acrílico sobre lienzo



   Howard R. Carr, Overheard in Mayfair                                       Howard R. Carr, Portrait of Alexei
                 11⅜ × 9¼ in., óleo sobre cartón                                                   12 × 5 in., óleo sobre cartón




           Retrato de Howard R. Carr en el estudio                                 The Long View — imagen del proyecto/
                                                                                                            exposición con Daniel Ellis, Howard R. 
                                                                                                            Carr y   Richard Berenholtz                       

Antonio Cruz Casado (Real Academia de Córdoba)

 



RESEÑA ACADÉMICA







PRESENTACIÓN DEL LIBRO DE JOSÉ CALVO POYATO, EL REY HECHIZADO (BARCELONA, MARTÍNEZ ROCA, 1995),

EN EL INSTITUTO AGUILAR Y ESLAVA, DE CABRA

(DÍA 7 DE DICIEMBRE DE 1995).

 

(Agradezco la amable invitación que me hace mi amigo y compañero José Calvo a presentar ante vosotros su primera novela en esta fría noche de diciembre; pienso evocar en líneas generales la aproximación de un lector de mi generación a la novela histórica, para luego centrarme en un somero análisis de El rey hechizado, de don José Calvo).

 

Hace ya veintitantos años los adolescentes que acabábamos de dejar junto con la infancia los tebeos del Capitán Trueno, del Jabato y del Guerrero del Antifaz, descubríamos otros mundos de ficción igualmente apasionantes en las narraciones que nos suministraba la novela histórica, convenientemente expurgada o adaptada a la moral de la época, en los libros de la colección Historias de la editorial Bruguera. Allí, con dibujos paralelos a la letra pequeña, se podía seguir el argumento de Historia de dos ciudades, sumergidos en plena revolución francesa, o de El príncipe y el mendigo, de Genoveva de Brabante o de Rob Roy, de La flecha negra o de Las aventuras de David Balfour, junto con las novelas de aventuras de Julio Verne y otras muchas más. Luego, los textos más completos, prácticamente íntegros, de la editorial Ramón Sopena, ya sin ilustraciones, salvo la colorida portada, nos hicieron conocer más historias y más aventuras de ambiente histórico, ahora ya en un contexto más amplio, en el que aparecían también obras fundamentales de la literatura española, cuyo valor no distinguíamos en absoluto de aquellas otras que luego hemos sabido que pertenecían a la literatura llamada de consumo. El proceso de formación de los lectores de aquellos años puede ser aproximadamente el mismo, de tal manera que los folletinistas

 Xavier de Montepin, Paul Feval y Fernando de Rojas, Alejandro Dumas y Lope de Vega se encontraban para nosotros en un nivel aproximado de calidad, e incluso, para decir la verdad, nos inclinábamos sin vacilación por los extranjeros, que parecían tener más interés, más intriga, más amenidad, y además, y eso era muy visible, estaban escritos en una lengua más cercana a nuestra capacidad de comprensión, la que el traductor de turno les había prestado, claro está.

La novela histórica fue, tras los tebeos, un paso más en el acercamiento del lector de entonces al gran mundo de la literatura y ella nos fue ampliando el mundo, nos lo sigue ampliando aún en nuestros días.

Como se sabe la novela histórica es producto de la desazón romántica, de la inadaptación del hombre romántico a su propia época, de la necesidad de encontrar aspectos ideales en otros periodos, en otras gentes. Y surge ante ellos, ante los románticos, la Edad Media, "enorme y delicada" que diría Verlaine. Por eso, la sensibilidad del adolescente parece estar un poco de acuerdo con este tipo de narración, de tal manera que desde una perspectiva actual sumergirnos en una de ellas es como regresar al país azulado de entonces, a las mañanas de sol de la vida, a las tardes invernales al lado del fuego o del brasero, donde había personajes como los de El pirata de Walter Scott, y toda la infinita caterva de su linaje, y echamos de menos aquel periodo tan dulce y tan lejano, con Lucía de Lamemoor enloquecida de amor, con Guy Mannering o el astrólogo misterioso, con la novela arqueológica antigua, magníficos aún Los últimos días de Pompeya, e incluso Ben-Hur, leída a raíz de la película. Y luego la continuidad y amplitud imposible de abarcar de Alejandro Dumas, cuyas aventuras de D´Artagnan y tantas otras mantienen aún su vitalidad y su encanto. Y ya en nuestra época el lector de novelas históricas descubre a Marguerite Yourcenar, no sólo en las famosas Memorias de Adriano, sino en Opus nigrum, de ambiente ocultista, con sus alquimistas y sus problemas heréticos, o El nombre de la rosa, de Umberto Eco, que resurge ahora con otra novela de ambiente histórico, La isla del día de antes, tras el fracaso, según han indicado algunos críticos, de El péndulo de Foucault, también de un fondo histórico marcado.

La novela histórica es, pues, una narración de actualidad, también cultivada por autores españoles, como Gonzalo Torrente Ballester, con la Crónica del rey pasmado, o Juan Eslava Galán, con En busca del unicornio. A estos últimos, hay que unir, desde ahora, la creación de José Calvo Poyato, que se asoma al panorama de las letras españolas con su primera novela, El Rey Hechizado, a la que esperamos sigan muchas otras más.

Por lo general, los protagonistas de estas novelas no suelen ser grandes figuras históricas, sino de segunda fila o incluso inventadas por el propio autor, o cuando no interpretadas por él a su capricho. Esta condición no es meramente arbitraria, sino necesaria: si se trata de un personaje de primera magnitud y se sigue fielmente su trayectoria, lo que se obtiene es una historia más o menos novelada, nunca una novela. El escritor carece de las condiciones necesarias de libertad para crear al héroe y enfrentarlo con su mundo, porque en la novela histórica, como en toda buena novela, suele haber un enfrentamiento del personaje singular con la sociedad en la que está inmerso, al contrario de lo que ocurría en la antigua epopeya, en la que el héroe es el símbolo de toda su sociedad y la representa.

Con todo, tenemos un desconocimiento notorio de nuestra novela romántica de tipo histórico, hay más de trescientas novelas en el periodo considerado más romántico del siglo XIX, es decir, entre 1830 y 1870, y en estas novelas se encuentra toda la historia de España, incluso el reinado de Carlos II, dato que tal vez desconozca el profesor Calvo Poyato, concretamente en los soporíferos cuatro tomos de Carlos II el Hechizado, de Francisco de Tárrago y Mateos, que aparecieron entre 1852 y 1854. Curiosamente la que se suele considerar primera novela histórica del periodo romántico español tiene como protagonista a un personaje de nuestra comarca; se trata de Ramiro Conde de Lucena, en la novela del mismo título, publicada en 1823, obra de Rafael Húmara y Salamanca, cuya acción se sitúa en la Sevilla de Fernando III el Santo y narra los amores del caballero protagonista y una princesa mora, hermana del rey árabe de Sevilla. La más notable de todas ellas es, sin duda, El señor de Bembibre (1844), de Enrique Gil y Carrasco, situada en la comarca del Bierzo leonés, con el telón de fondo de la extinción de la orden de los caballeros templarios españoles. Y más tarde, tras el romanticismo, en el periodo realista, la novela histórica sigue cultivándose, y ahí están las casi cincuenta novelas de los Episodios Nacionales de Pérez Galdós, y ya en el siglo XX, otros escritores se suman al cultivo de la narración histórica, como Valle-Inclán y la serie también incompleta de El ruedo ibérico.

En algunas de las novelas históricas además de la huida hacia el pasado, se proyecta sobre él el agitado mundo contemporáneo.

En este contexto de evocación del pasado, que hemos evocado a grandes rasgos, hay que situar la novela de José Calvo, que presentamos esta noche, y que puede definirse como una mezcla de historia y aventura en la corte del rey Carlos II, el hechizado.

Como se sabe, la etapa final del reinado de los Austrias españoles aparece configurada, según la mayoría de los historiadores que se ocupan del tema, entre ellos el propio doctor Calvo Poyato, como una época de intrigas palaciegas, supersticiones y decadencia generalizada. La agudización del proceso que desemboca en la llamada Guerra de Sucesión, que sirvió para entronizar en España a la dinastía de los Borbones, tuvo una de sus motivaciones, quizás la más importante, en la falta de descendencia del último rey de la dinastía, Carlos II de Austria. Sobre este hecho se fueron creando, ya desde su época, numerosas conjeturas y leyendas que tienden a presentarnos la figura del monarca como una persona enfermiza que había sido objeto de un hechizo, lo que le imposibilitaba para tener hijos. La mala salud del rey, ya en la etapa final de su reinado, hace que ni siquiera pueda cohabitar con la reina, tal como lo revela alguno de los historiadores más tradicionales y escrupulosos; así el Duque de Maura nos lo retrata, hacia 1697, como un hombre "valetudinario ahora, descolorido y flaco, húmedos siempre los ojos, permanentemente melancólico, [que] paseaba, cuando más, dentro de un coche cerrado, en tardes apacibles, o se recluía en sus habitaciones, escuchando aburrido a sus músicos de Cámara, acompañado siempre de día por la Reina; pero no de noche, pues los médicos prohibieron la cohabitación conyugal desde que, el 23 de enero de 1697, al cabo de cincuenta días sin fiebre, reapareció la terciana". Un aspecto desmedrado y enfermizo, un tanto raquítico, es el que se aprecia también en los retratos que quedan del joven rey, entre los que destacan los de Carreño de Miranda.

En uno de los capítulos centrales de la novela que nos ocupa, se refleja bien esta preocupación por la descendencia real[1]. 

Son, por lo tanto, los últimos años del reinado de Carlos II los que ocupan el centro de la trama de la novela histórica de José Calvo Poyato, El Rey Hechizado (Barcelona, Martínez Roca, 1995). Para la composición de una novela de este tipo es preciso tener un conocimiento adecuado de una época, conocimiento plasmado no sólo en hechos históricos y personajes, sino también en ambiente social y religioso, en motivaciones y en consecuencias. Todo esto se da en nuestro flamante novelista que ha dado hasta ahora a las prensas numerosos libros de historia sobre la etapa final del siglo XVII y la primera parte del XVIII, entre los que podemos mencionar Los señoríos del sur de Córdoba en el tránsito del siglo XVII al XVIII, Córdoba, 1985, Así vivían en el Siglo de Oro, Madrid, 1989, De los Austrias a los Borbones, Madrid, 1991, Carlos II el Hechizado y su época, Barcelona, 1992, y Felipe V, el primer Borbón, Barcelona, 1993. Su cualificación como historiador sobre la cuestión está, pues, fuera de toda duda, al igual que lo estará ante el lector que se acerque a la novela su capacidad de fabulación y la coherencia con los hechos históricos que se pone de manifiesto a lo largo de las páginas de El Rey Hechizado.

Escrita en un estilo ágil, ameno y directo, la historia auténtica de los hechos de estos últimos años del desgraciado rey aparece entretejida con sucesos que proceden de la imaginación del escritor, dando como resultado una narración que mantiene el interés desde la primera hasta la última página. Las intrigas palaciegas y los problemas personales de la pareja real son el marco por el que deambulan personajes, en su mayoría históricos, que se mueven en una orquestación adecuada para procurar unos la descendencia real, otros, los menos (pero igualmente poderosos), para estorbarla. De esta forma las intimidades sociales y religiosas de la corte quedan al descubierto en una gran panorámica novelesca que bien puede servir, tal como se indica en la contraportada de esta edición, como base para un estimable guión cinematográfico. Entre los personajes y los sucesos que configuran la trama, la figura del rey está vista con simpatía; es un ser humano que sufre víctima del entorno social y familiar; no es un tarado, ni tampoco un deficiente mental, como se nos ha hecho creer en otras ocasiones, sino un ser necesitado de comunicación, de ayuda.

La acción y el dinamismo son los ejes configuradores de toda la novela, de tal manera que el lector accede a las motivaciones de los personajes más por su actuación externa que por los elementos introspectivos o descriptivos, menos marcados que la aventura y los diálogos. Se trata de una novela entretenida, cuya trama en muchas ocasiones se convierte en apasionante, de agradable y fácil lectura, que nos deja una buena impresión de las cualidades de José Calvo como escritor de ficción, de la misma manera que ya ha demostrado con creces su valía como historiador de uno de los periodos más interesantes y oscuros del pasado de España.

El libro tiene los ingredientes necesarios para convertirse en un éxito de público, no sólo en Cabra, donde es habitual que los libros del doctor Calvo Poyato tenga el merecido refrendo popular. Hay en la novela acción y aventura, misterio y cierta carga de erotismo, sin llegar al mal gusto de algunos escritores actuales, también suspense y emoción, todo ello sabiamente dosificado. Los personajes no son meros muñecos que se mueven a gusto del novelista, sino que están correctamente configurados, tienen su autonomía como entes de ficción así como su ámbito de actuación y sus motivaciones. También aparecen en la obra ciertos detalles de erudición bibliográfica, que nunca vienen mal, como quedó demostrado en la primera novela de Umberto Eco, que, a pesar de ser un texto de cierta complejidad histórica y ambiental, se convirtió en un éxito de ventas. También en esta novela, como en El nombre de la rosa, un libro adquiere importancia e interés en el desarrollo argumental.

Hay además algunas escenas, fragmentos o actitudes, que quedan en la mente del lector, como la espalda del rey sometida al rigor de la disciplina por motivos religiosos, los tormentos que la Inquisición inflige a la supuesta bruja María Ortas, los viajes de Cantillana a Praga, los accesos de furia de la reina María Ana de Neoburgo, los exorcismos a los que el rey se verá sometido, la humanidad del médico Paravicino, etc.

Sólo me resta recomendar la lectura de la novela de don José Calvo, recomendación que sin duda muchos me agradecerán una vez que la hayan leído, porque leer es volver a vivir otra vida, otras muchas vidas, es estar preocupados con el conde de Cantillana por la localización del libro de Abraham el judío, sufrir con el doctor Paravicino ante el cruel martirio de María Hortas, sentir con el propio rey hechizado que la espalda castigada con cilicios se va curando, con el gran inquisidor experimentar el temor ante la cólera de la reina Ana María, etc. etc. Además, los que no conocemos en la necesaria profundidad la época de finales del siglo XVII español, tan mal conocida por otra parte, aquí encontraremos un buen retrato de los personajes más representativos, del ambiente social, de las motivaciones y causas que provocaron el cambio de una dinastía francesa en lugar de la dinastía habitual alemana, hechos históricos que nos afectan y nos interesan a pesar de los trescientos años transcurridos desde entonces. Muchas gracias. 

            (Texto inédito)




[1]El texto continúa en los términos siguientes: “hablan el conde de Cantillana y el polaco Plenick, en Praga, y el primero comenta al segundo la situación, en los términos siguientes: pp. 149-150”. No tenemos a mano, en esta ocasión, el texto que leeríamos con referencias a la falta de descendencia del rey.