PRESENTACIÓN DEL LIBRO DE JOSÉ CALVO POYATO, EL
REY HECHIZADO (BARCELONA, MARTÍNEZ ROCA, 1995),
EN EL INSTITUTO AGUILAR Y ESLAVA, DE CABRA
(DÍA 7 DE DICIEMBRE DE 1995).
(Agradezco la amable invitación que me hace mi amigo
y compañero José Calvo a presentar ante vosotros su primera novela en esta fría
noche de diciembre; pienso evocar en líneas generales la aproximación de un
lector de mi generación a la novela histórica, para luego centrarme en un
somero análisis de El rey hechizado, de don José Calvo).
Hace ya veintitantos años los adolescentes que
acabábamos de dejar junto con la infancia los tebeos del Capitán Trueno, del
Jabato y del Guerrero del Antifaz, descubríamos otros mundos de ficción
igualmente apasionantes en las narraciones que nos suministraba la novela
histórica, convenientemente expurgada o adaptada a la moral de la época, en los
libros de la colección Historias de la editorial Bruguera. Allí, con dibujos paralelos
a la letra pequeña, se podía seguir el argumento de Historia de dos ciudades,
sumergidos en plena revolución francesa, o de El príncipe y el mendigo,
de Genoveva de Brabante o de Rob Roy, de La flecha negra o
de Las aventuras de David Balfour, junto con las novelas de aventuras de
Julio Verne y otras muchas más. Luego, los textos más completos, prácticamente
íntegros, de la editorial Ramón Sopena, ya sin ilustraciones, salvo la colorida
portada, nos hicieron conocer más historias y más aventuras de ambiente
histórico, ahora ya en un contexto más amplio, en el que aparecían también
obras fundamentales de la literatura española, cuyo valor no distinguíamos en
absoluto de aquellas otras que luego hemos sabido que pertenecían a la
literatura llamada de consumo. El proceso de formación de los lectores de
aquellos años puede ser aproximadamente el mismo, de tal manera que los
folletinistas
Xavier de
Montepin, Paul Feval y Fernando de Rojas, Alejandro Dumas y Lope de Vega se
encontraban para nosotros en un nivel aproximado de calidad, e incluso, para
decir la verdad, nos inclinábamos sin vacilación por los extranjeros, que
parecían tener más interés, más intriga, más amenidad, y además, y eso era muy
visible, estaban escritos en una lengua más cercana a nuestra capacidad de
comprensión, la que el traductor de turno les había prestado, claro está.
La novela histórica fue, tras los tebeos, un paso
más en el acercamiento del lector de entonces al gran mundo de la literatura y
ella nos fue ampliando el mundo, nos lo sigue ampliando aún en nuestros días.
Como se sabe la novela histórica es producto de la
desazón romántica, de la inadaptación del hombre romántico a su propia época,
de la necesidad de encontrar aspectos ideales en otros periodos, en otras
gentes. Y surge ante ellos, ante los románticos, la Edad Media, "enorme y
delicada" que diría Verlaine. Por eso, la sensibilidad del adolescente
parece estar un poco de acuerdo con este tipo de narración, de tal manera que
desde una perspectiva actual sumergirnos en una de ellas es como regresar al
país azulado de entonces, a las mañanas de sol de la vida, a las tardes
invernales al lado del fuego o del brasero, donde había personajes como los de El
pirata de Walter Scott, y toda la infinita caterva de su linaje, y echamos
de menos aquel periodo tan dulce y tan lejano, con Lucía de Lamemoor
enloquecida de amor, con Guy Mannering o el astrólogo misterioso, con la
novela arqueológica antigua, magníficos aún Los últimos días de Pompeya,
e incluso Ben-Hur, leída a raíz de la película. Y luego la continuidad y
amplitud imposible de abarcar de Alejandro Dumas, cuyas aventuras de D´Artagnan
y tantas otras mantienen aún su vitalidad y su encanto. Y ya en nuestra época
el lector de novelas históricas descubre a Marguerite Yourcenar, no sólo en las
famosas Memorias de Adriano, sino en Opus nigrum, de ambiente
ocultista, con sus alquimistas y sus problemas heréticos, o El nombre de la
rosa, de Umberto Eco, que resurge ahora con otra novela de ambiente
histórico, La isla del día de antes, tras el fracaso, según han indicado
algunos críticos, de El péndulo de Foucault, también de un fondo
histórico marcado.
La novela histórica es, pues, una narración de
actualidad, también cultivada por autores españoles, como Gonzalo Torrente Ballester,
con la Crónica del rey pasmado, o Juan Eslava Galán, con En busca del
unicornio. A estos últimos, hay que unir, desde ahora, la creación de José
Calvo Poyato, que se asoma al panorama de las letras españolas con su primera
novela, El Rey Hechizado, a la que esperamos sigan muchas otras más.
Por lo general, los protagonistas de estas novelas
no suelen ser grandes figuras históricas, sino de segunda fila o incluso
inventadas por el propio autor, o cuando no interpretadas por él a su capricho.
Esta condición no es meramente arbitraria, sino necesaria: si se trata de un
personaje de primera magnitud y se sigue fielmente su trayectoria, lo que se
obtiene es una historia más o menos novelada, nunca una novela. El escritor
carece de las condiciones necesarias de libertad para crear al héroe y
enfrentarlo con su mundo, porque en la novela histórica, como en toda buena
novela, suele haber un enfrentamiento del personaje singular con la sociedad en
la que está inmerso, al contrario de lo que ocurría en la antigua epopeya, en la que el héroe es el símbolo
de toda su sociedad y la representa.
Con todo, tenemos un desconocimiento notorio de
nuestra novela romántica de tipo histórico, hay más de trescientas novelas en
el periodo considerado más romántico del siglo XIX, es decir, entre 1830 y
1870, y en estas novelas se encuentra toda la historia de España, incluso el
reinado de Carlos II, dato que tal vez desconozca el profesor Calvo Poyato,
concretamente en los soporíferos cuatro tomos de Carlos II el Hechizado,
de Francisco de Tárrago y Mateos, que aparecieron entre 1852 y 1854.
Curiosamente la que se suele considerar primera novela histórica del periodo
romántico español tiene como protagonista a un personaje de nuestra comarca; se
trata de Ramiro Conde de Lucena, en la novela del mismo título,
publicada en 1823, obra de Rafael Húmara y Salamanca, cuya acción se sitúa en
la Sevilla de Fernando III el Santo y narra los amores del caballero
protagonista y una princesa mora, hermana del rey árabe de Sevilla. La más notable
de todas ellas es, sin duda, El señor de Bembibre (1844), de Enrique Gil
y Carrasco, situada en la comarca del Bierzo leonés, con el telón de fondo de
la extinción de la orden de los caballeros templarios españoles. Y más tarde,
tras el romanticismo, en el periodo realista, la novela histórica sigue
cultivándose, y ahí están las casi cincuenta novelas de los Episodios
Nacionales de Pérez Galdós, y ya en el siglo XX, otros escritores se suman
al cultivo de la narración histórica, como Valle-Inclán y la serie también
incompleta de El ruedo ibérico.
En algunas de las novelas históricas además de la
huida hacia el pasado, se proyecta sobre él el agitado mundo contemporáneo.
En este contexto de evocación del pasado, que hemos
evocado a grandes rasgos, hay que situar la novela de José Calvo, que
presentamos esta noche, y que puede definirse como una mezcla de historia y
aventura en la corte del rey Carlos II, el hechizado.
Como se sabe, la etapa final del reinado de los
Austrias españoles aparece configurada, según la mayoría de los historiadores
que se ocupan del tema, entre ellos el propio doctor Calvo Poyato, como una
época de intrigas palaciegas, supersticiones y decadencia generalizada. La
agudización del proceso que desemboca en la llamada Guerra de Sucesión, que
sirvió para entronizar en España a la dinastía de los Borbones, tuvo una de sus
motivaciones, quizás la más importante, en la falta de descendencia del último rey
de la dinastía, Carlos II de Austria. Sobre este hecho se fueron creando, ya
desde su época, numerosas conjeturas y leyendas que tienden a presentarnos la
figura del monarca como una persona enfermiza que había sido objeto de un
hechizo, lo que le imposibilitaba para tener hijos. La mala salud del rey, ya
en la etapa final de su reinado, hace que ni siquiera pueda cohabitar con la
reina, tal como lo revela alguno de los historiadores más tradicionales y
escrupulosos; así el Duque de Maura nos lo retrata, hacia 1697, como un hombre
"valetudinario ahora, descolorido y flaco, húmedos siempre los ojos,
permanentemente melancólico, [que] paseaba, cuando más, dentro de un coche
cerrado, en tardes apacibles, o se recluía en sus habitaciones, escuchando aburrido
a sus músicos de Cámara, acompañado siempre de día por la Reina; pero no de
noche, pues los médicos prohibieron la cohabitación conyugal desde que, el 23
de enero de 1697, al cabo de cincuenta días sin fiebre, reapareció la
terciana". Un aspecto desmedrado y enfermizo, un tanto raquítico, es el
que se aprecia también en los retratos que quedan del joven rey, entre los que
destacan los de Carreño de Miranda.
En uno de los capítulos centrales de la novela que
nos ocupa, se refleja bien esta preocupación por la descendencia real.
Son, por lo tanto, los últimos años del reinado de
Carlos II los que ocupan el centro de la trama de la novela histórica de José
Calvo Poyato, El Rey Hechizado (Barcelona, Martínez Roca, 1995). Para la
composición de una novela de este tipo es preciso tener un conocimiento
adecuado de una época, conocimiento plasmado no sólo en hechos históricos y
personajes, sino también en ambiente social y religioso, en motivaciones y en
consecuencias. Todo esto se da en nuestro flamante novelista que ha dado hasta
ahora a las prensas numerosos libros de historia sobre la etapa final del siglo
XVII y la primera parte del XVIII, entre los que podemos mencionar Los
señoríos del sur de Córdoba en el tránsito del siglo XVII al XVIII,
Córdoba, 1985, Así vivían en el Siglo de Oro, Madrid, 1989, De los
Austrias a los Borbones, Madrid, 1991, Carlos II el Hechizado y su época,
Barcelona, 1992, y Felipe V, el primer Borbón, Barcelona, 1993. Su
cualificación como historiador sobre la cuestión está, pues, fuera de toda
duda, al igual que lo estará ante el lector que se acerque a la novela su
capacidad de fabulación y la coherencia con los hechos históricos que se pone
de manifiesto a lo largo de las páginas de El Rey Hechizado.
Escrita en un estilo ágil, ameno y directo, la
historia auténtica de los hechos de estos últimos años del desgraciado rey
aparece entretejida con sucesos que proceden de la imaginación del escritor,
dando como resultado una narración que mantiene el interés desde la primera
hasta la última página. Las intrigas palaciegas y los problemas personales de
la pareja real son el marco por el que deambulan personajes, en su mayoría
históricos, que se mueven en una orquestación adecuada para procurar unos la
descendencia real, otros, los menos (pero igualmente poderosos), para
estorbarla. De esta forma las intimidades sociales y religiosas de la corte
quedan al descubierto en una gran panorámica novelesca que bien puede servir,
tal como se indica en la contraportada de esta edición, como base para un
estimable guión cinematográfico. Entre los personajes y los sucesos que
configuran la trama, la figura del rey está vista con simpatía; es un ser
humano que sufre víctima del entorno social y familiar; no es un tarado, ni
tampoco un deficiente mental, como se nos ha hecho creer en otras ocasiones,
sino un ser necesitado de comunicación, de ayuda.
La acción y el dinamismo son los ejes configuradores
de toda la novela, de tal manera que el lector accede a las motivaciones de los
personajes más por su actuación externa que por los elementos introspectivos o
descriptivos, menos marcados que la aventura y los diálogos. Se trata de una
novela entretenida, cuya trama en muchas ocasiones se convierte en apasionante,
de agradable y fácil lectura, que nos deja una buena impresión de las
cualidades de José Calvo como escritor de ficción, de la misma manera que ya ha
demostrado con creces su valía como historiador de uno de los periodos más
interesantes y oscuros del pasado de España.
El libro tiene los ingredientes necesarios para
convertirse en un éxito de público, no sólo en Cabra, donde es habitual que los
libros del doctor Calvo Poyato tenga el merecido refrendo popular. Hay en la
novela acción y aventura, misterio y cierta carga de erotismo, sin llegar al
mal gusto de algunos escritores actuales, también suspense y emoción, todo ello
sabiamente dosificado. Los personajes no son meros muñecos que se mueven a
gusto del novelista, sino que están correctamente configurados, tienen su
autonomía como entes de ficción así como su ámbito de actuación y sus
motivaciones. También aparecen en la obra ciertos detalles de erudición
bibliográfica, que nunca vienen mal, como quedó demostrado en la primera novela
de Umberto Eco, que, a pesar de ser un texto de cierta complejidad histórica y
ambiental, se convirtió en un éxito de ventas. También en esta novela, como en El
nombre de la rosa, un libro adquiere importancia e interés en el desarrollo
argumental.
Hay además algunas escenas, fragmentos o actitudes,
que quedan en la mente del lector, como la espalda del rey sometida al rigor de
la disciplina por motivos religiosos, los tormentos que la Inquisición inflige
a la supuesta bruja María Ortas, los viajes de Cantillana a Praga, los accesos
de furia de la reina María Ana de Neoburgo, los exorcismos a los que el rey se
verá sometido, la humanidad del médico Paravicino, etc.
Sólo me resta recomendar la lectura de la novela de
don José Calvo, recomendación que sin duda muchos me agradecerán una vez que la
hayan leído, porque leer es volver a vivir otra vida, otras muchas vidas, es
estar preocupados con el conde de Cantillana por la localización del libro de
Abraham el judío, sufrir con el doctor Paravicino ante el cruel martirio de
María Hortas, sentir con el propio rey hechizado que la espalda castigada con
cilicios se va curando, con el gran inquisidor experimentar el temor ante la
cólera de la reina Ana María, etc. etc. Además, los que no conocemos en la
necesaria profundidad la época de finales del siglo XVII español, tan mal conocida
por otra parte, aquí encontraremos un buen retrato de los personajes más
representativos, del ambiente social, de las motivaciones y causas que
provocaron el cambio de una dinastía francesa en lugar de la dinastía habitual
alemana, hechos históricos que nos afectan y nos interesan a pesar de los
trescientos años transcurridos desde entonces. Muchas gracias.
(Texto inédito)