ARTÍCULO DE OPINIÓN Y REFLEXIÓN
La orquídea negra del océano
En mi opinión, si tuviera que
describir noviembre con una sola palabra, sería «misterioso». Los días se
acortan, la oscuridad llega antes y todo parece volverse más oculto, más
enigmático. Incluso diría que el ambiente adquiere una intensidad especial.
Pero noviembre no es solo un mes oscuro en sentido figurado; también lo es en
cierto modo por naturaleza, pues marca el comienzo de la mitad más oscura del
año. Y, aunque hay algo en esa atmósfera que me resulta absolutamente
encantador, también despierta en mí un cierto temor.
Supongo que todo el mundo
tiene sus propios miedos y fobias. Y, aunque suele decirse que no debemos
desvelarlos porque nos hacen más débiles, yo creo precisamente lo contrario:
reconocer nuestros miedos es una forma de enfrentarnos a ellos y, quizá, de
hacernos un poco más fuertes.
Así que hoy voy a compartir el
mío.
Me aterra la profundidad del
mar. Adentrarte en el agua, sentir la arena bajo los pies, ver cómo poco a poco
desaparece bajo la superficie y, de repente, nada; solo un vacío oscuro que se
extiende bajo ti. No importa que sepa nadar o que pueda seguir manteniéndome a
flote; la idea de mover las piernas sobre una inmensidad que no alcanzo a ver
no me provoca, precisamente, cosquillas de las buenas.
Y es que, si hay algo que me
inquieta de verdad, es todo aquello que permanece oculto bajo la superficie:
aquello que existe, aunque no podamos verlo; aquello que todavía no
comprendemos.
¿Sabías que se estima que aún
quedan millones de especies marinas por descubrir? A día de hoy, solo conocemos
una pequeña parte de la biodiversidad que alberga el océano. Imagina, entonces,
qué criaturas podrían habitar en esa oscuridad profunda, allí donde la luz
apenas llega y donde todavía quedan tantos secretos por desvelar.
Ahora imagina que el Kraken no
fuera únicamente un ser mitológico; que, más allá de las leyendas y los relatos
de marineros, existieran criaturas gigantescas que todavía no hemos llegado a
descubrir. Puede que la realidad no sea tan distinta de la fantasía como nos
gustaría pensar.
Y no hace falta viajar hasta
los confines de la imaginación para encontrar una historia que alimente esta
idea.
En noviembre de 1861, frente a
las costas de Tenerife, el buque francés Alecton protagonizó un
encuentro extraordinario. Su tripulación avistó una enorme masa flotando sobre
la superficie del océano. Al acercarse, descubrieron que se trataba de un
calamar gigante, de entre cinco y seis metros de longitud, sin contar sus
largos tentáculos.
El capitán Bouyer no tardó en
comprender que podía encontrarse ante un hallazgo científico excepcional. Así
que decidió intentar capturar al animal vivo, dando comienzo a una lucha que se
prolongaría durante más de tres horas.
Finalmente, consiguieron
sujetarlo con una cuerda provista de un nudo corredizo alrededor del cuerpo.
Sin embargo, el peso del animal era tal que, cuando comenzaron a izarlo, la
cuerda terminó seccionando su cuerpo. La mayor parte de la criatura desapareció
de nuevo bajo las aguas, dejando a la tripulación únicamente con un fragmento
de su cola, de unos catorce kilos de peso, que llegó hasta el puerto de Santa
Cruz de Tenerife.
Aquel encuentro contribuyó a
alimentar el debate científico sobre la existencia de los cefalópodos gigantes
y a cuestionar la idea de que aquellas criaturas fueran poco más que
invenciones de marineros.
Porque, al fin y al cabo,
¿cuántas cosas habrán permanecido ocultas en las profundidades durante siglos,
esperando a que alguien las descubra?
Quizá por eso me da miedo el
océano: porque esconde una belleza que apenas alcanzamos a comprender, pero
también una oscuridad que nos recuerda lo poco que sabemos sobre el mundo que
habitamos.
Y hay una expresión que,
aunque no constituye una denominación científica, me parece especialmente
hermosa para evocar a estas criaturas extraordinarias: la «orquídea negra del
océano».
Una imagen poética para
describir algo tan extraño como fascinante; una criatura que parece surgir de
las profundidades como una flor oscura, hermosa y enigmática, casi imposible de
encontrar.
Y, aunque no sea un apodo
oficial para los cefalópodos gigantes, me parece una manera preciosa de
imaginar aquello que habita en los rincones más desconocidos del mar.
Quizá fue precisamente esa
mezcla de belleza, misterio y oscuridad la que me llevó a elegir la ilustración
de este mes: un Kraken cuyos tentáculos se entrelazan y se funden con una
orquídea negra.
Una criatura nacida de las
profundidades, a medio camino entre la realidad y la leyenda.
Algo que, como noviembre,
resulta tan inquietante como irresistible.


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