noviembre 01, 2026

Isabel Natalia García Ruiz




 

ARTÍCULO DE OPINIÓN Y REFLEXIÓN








La orquídea negra del océano

 

En mi opinión, si tuviera que describir noviembre con una sola palabra, sería «misterioso». Los días se acortan, la oscuridad llega antes y todo parece volverse más oculto, más enigmático. Incluso diría que el ambiente adquiere una intensidad especial. Pero noviembre no es solo un mes oscuro en sentido figurado; también lo es en cierto modo por naturaleza, pues marca el comienzo de la mitad más oscura del año. Y, aunque hay algo en esa atmósfera que me resulta absolutamente encantador, también despierta en mí un cierto temor.

Supongo que todo el mundo tiene sus propios miedos y fobias. Y, aunque suele decirse que no debemos desvelarlos porque nos hacen más débiles, yo creo precisamente lo contrario: reconocer nuestros miedos es una forma de enfrentarnos a ellos y, quizá, de hacernos un poco más fuertes.

Así que hoy voy a compartir el mío.

Me aterra la profundidad del mar. Adentrarte en el agua, sentir la arena bajo los pies, ver cómo poco a poco desaparece bajo la superficie y, de repente, nada; solo un vacío oscuro que se extiende bajo ti. No importa que sepa nadar o que pueda seguir manteniéndome a flote; la idea de mover las piernas sobre una inmensidad que no alcanzo a ver no me provoca, precisamente, cosquillas de las buenas.

Y es que, si hay algo que me inquieta de verdad, es todo aquello que permanece oculto bajo la superficie: aquello que existe, aunque no podamos verlo; aquello que todavía no comprendemos.

¿Sabías que se estima que aún quedan millones de especies marinas por descubrir? A día de hoy, solo conocemos una pequeña parte de la biodiversidad que alberga el océano. Imagina, entonces, qué criaturas podrían habitar en esa oscuridad profunda, allí donde la luz apenas llega y donde todavía quedan tantos secretos por desvelar.

Ahora imagina que el Kraken no fuera únicamente un ser mitológico; que, más allá de las leyendas y los relatos de marineros, existieran criaturas gigantescas que todavía no hemos llegado a descubrir. Puede que la realidad no sea tan distinta de la fantasía como nos gustaría pensar.

Y no hace falta viajar hasta los confines de la imaginación para encontrar una historia que alimente esta idea.

En noviembre de 1861, frente a las costas de Tenerife, el buque francés Alecton protagonizó un encuentro extraordinario. Su tripulación avistó una enorme masa flotando sobre la superficie del océano. Al acercarse, descubrieron que se trataba de un calamar gigante, de entre cinco y seis metros de longitud, sin contar sus largos tentáculos.

El capitán Bouyer no tardó en comprender que podía encontrarse ante un hallazgo científico excepcional. Así que decidió intentar capturar al animal vivo, dando comienzo a una lucha que se prolongaría durante más de tres horas.

Finalmente, consiguieron sujetarlo con una cuerda provista de un nudo corredizo alrededor del cuerpo. Sin embargo, el peso del animal era tal que, cuando comenzaron a izarlo, la cuerda terminó seccionando su cuerpo. La mayor parte de la criatura desapareció de nuevo bajo las aguas, dejando a la tripulación únicamente con un fragmento de su cola, de unos catorce kilos de peso, que llegó hasta el puerto de Santa Cruz de Tenerife.

Aquel encuentro contribuyó a alimentar el debate científico sobre la existencia de los cefalópodos gigantes y a cuestionar la idea de que aquellas criaturas fueran poco más que invenciones de marineros.

Porque, al fin y al cabo, ¿cuántas cosas habrán permanecido ocultas en las profundidades durante siglos, esperando a que alguien las descubra?

Quizá por eso me da miedo el océano: porque esconde una belleza que apenas alcanzamos a comprender, pero también una oscuridad que nos recuerda lo poco que sabemos sobre el mundo que habitamos.

Y hay una expresión que, aunque no constituye una denominación científica, me parece especialmente hermosa para evocar a estas criaturas extraordinarias: la «orquídea negra del océano».

Una imagen poética para describir algo tan extraño como fascinante; una criatura que parece surgir de las profundidades como una flor oscura, hermosa y enigmática, casi imposible de encontrar.

Y, aunque no sea un apodo oficial para los cefalópodos gigantes, me parece una manera preciosa de imaginar aquello que habita en los rincones más desconocidos del mar.

Quizá fue precisamente esa mezcla de belleza, misterio y oscuridad la que me llevó a elegir la ilustración de este mes: un Kraken cuyos tentáculos se entrelazan y se funden con una orquídea negra.

Una criatura nacida de las profundidades, a medio camino entre la realidad y la leyenda.

Algo que, como noviembre, resulta tan inquietante como irresistible.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario