El
arte no se sustrae a ese fenómeno religioso tan marcado, sino que, al
contrario, en muchas ocasiones, lo potencia claramente. La existencia de
diversas comedias de la etapa barroca, que tienen como objetivo fundamental la
alabanza y exaltación de una advocación mariana, es algo conocido por todos los
que se han asomado al teatro del Siglo de Oro. Entre ellas están La soberana
Virgen de Guadalupe y sus milagros y grandezas de España, atribuida con
escaso fundamento a Miguel de Cervantes —autor tan fervoroso devoto de la
Virgen, como se observa en muchas páginas de Los trabajos de Persiles y
Sigismunda—, junto a otras realizaciones como La madre de la mejor o
El capellán de la Virgen (San Ildefonso), de Lope de Vega; La Reina
de los Reyes, de Tirso de Molina, sobre la Virgen de los Reyes de Sevilla;
u Origen, pérdida y restauración de la Virgen del Sagrario, de Calderón
de la Barca, por no mencionar nada más que algunas de autores fundamentales.
A
esta serie debe unirse también una comedia barroca, manuscrita e inédita, al
parecer desconocida para casi todos los interesados en estas cuestiones, que
está centrada en la Virgen de la Sierra de Cabra. Se titula La Aurora en
Andalucía y milagro de la Sierra. Nuestra Señora de la Sierra que se venera en
la muy ilustre villa de Cabra, tal como aclara el subtítulo, para que no
haya lugar a dudas; cuyo autor, según se indica en la portada del códice, es
don Manuel Ángel González, un secretario de la casa de Sessa, «oficial de la
secretaría del Excelentísimo Señor Duque de Sessa», se dice textualmente. Su
nombre no aparece en los repertorios bibliográficos cordobeses consultados y es
posible que sea autor circunstancial de esta sola pieza. Sin embargo, parece un
escritor que resuelve con mediana pericia los problemas teatrales, en la línea
de Lope de Vega, cuya fórmula dramática sigue, aunque la comedia es muy
posterior a la etapa lopesca.
Sin embargo, encuentro en La Barrera la indicación siguiente: GONZÁLEZ
(LICENCIADO MANUEL), autor de “El Español Juan de Urbina, o el cerco de
Nápoles”. (P. 4.ª).
Transcribimos la portada, actualizando grafías y deshaciendo abreviaturas: “Comedia
nueva. La Aurora en Andalucía y milagro de la Sierra. Nuestra Señora de la
Sierra que se venera en la muy ilustre Villa de Cabra. Copiada del original
manuscrito que conserva una persona de la Villa de Baena, en este mes de mayo
del año 1794. Compuesta por don Miguel Ángel González, oficial de la secretaría
del Excmo. Sr. Duque de Sessa, y representada en esta Villa de Cabra a
principios del siglo 18. Hallándose en ella los Excmos. Sres. Duques”, ms.
16296, BNE. Las restantes referencias a esta obra se señalan en el cuerpo del
texto mediante la cita del folio correspondiente
También
el manuscrito nos suministra algunos datos sobre la representación, porque la
comedia no es solo un texto que se escribe y se guarda, sino que parece haber
sido representada ante el duque de Sessa durante alguna estancia del mismo en
sus estados cordobeses. Estos datos se hacen constar claramente en la portada,
en la que se indica: «representada en dicha villa de Cabra a principios de este
siglo XVIII, hallándose en ella los excelentísimos señores duques». También hay
huellas de esto en la loa que encabeza la representación. En la introducción
del espectáculo, titulada «Loa para la comedia de La Aurora en Andalucía y
milagro de la Sierra», aparecen diversos personajes mitológicos, entre los que
están el Tiempo, Baco, Flora, Saturno, Ceres y el Poder, y algunos de ellos se
dirigen a los nobles (el duque, su esposa y el nieto de ambos) como si
estuvieran presentes en el momento real de la representación. El Tiempo elogia al
duque en estos términos:
Yo, el Poder, si la elocuencia
me donare sus conceptos,
elogiaré al siempre invicto,
sabio, justo, amable y recto,
de la caridad archivo,
de la nobleza el espejo,
el sapiente, el poderoso,
el amparo y señor nuestro,
conde y dueño de esta villa,
duque de Sessa, que el cielo
nos le guarde muchos años;
y a ti te amonesto, Tiempo,
no toques a su grandeza (ff. 7 v. – 8 r.)
Flora
hace lo mismo con la duquesa:
A mí me tocan por dama
los elogios y así empiezo,
excelentísima sabia,
doña Teresa, en quien veo
las gracias más preeminentes,
que mi lengua no halla acentos
para numerarlas todas,
y en la caridad me quedo,
porque es tan agigantada
esta virtud, que comprendo
que en el tribunal divino
del consistorio supremo
una lámpara dotada
tiene, que está preluciendo (ff. 8 r.-v.)
Ceres
alaba luego al nieto de la noble pareja:
A mí me toca elogiar
a su más querido nieto,
nuestro conde, que aunque niño
se descubren los reflejos
de aquella fulgente llama
de sus ascendientes, siendo
en su niñez un gigante
en pueriles años tiernos (f. 8 v.)
Uniendo
algunos cabos, y teniendo en cuenta la indicación de que fue representada a
principios del siglo XVIII, podemos localizar el duque destinatario de la
comedia en cuestión, que parece haber sido don Francisco Javier Fernández de
Córdoba Folch de Cardona Aragón (1688-1709), X duque de Sessa, VIII de Baena,
IX de Soma, XII conde de Cabra, XII vizconde de Iznájar, etc., nacido en Cabra
el 20 de septiembre de 1688, esposo de doña Teresa (Manuela Antonia) Fernández
de Córdoba y Guzmán (1688-1750), dama mencionada expresamente por su nombre en
el texto. Queda por determinar una fecha algo más concreta, en lo que hay que
contar con el hecho de que ambos tenían ya un nieto para entonces.
La
loa de carácter mitológico que encabeza la obra, así como el título La
Aurora en Andalucía, que parece evocar aquellos versos gongorinos que don
Luis dedica al nacimiento: «Caídosele un clavel, hoy a la Aurora del seno», en
los que se observa una correlación mitológica vertida a lo divino, nos hicieron
pensar que estábamos ante una pieza del tipo de los contrefacta, es
decir, una pieza en la que los mitos paganos griegos y romanos se modifican o
se entienden con un sentido religioso cristiano, como hay tantas en el Siglo de
Oro. Sin embargo, su lectura nos hace constatar que se trata de una comedia más
bien historicista, ambientada en torno a los años de la conquista de la ciudad
de Córdoba por Fernando III el Santo, y en ella se advierte una doble acción,
al estilo habitual de Lope: la que corresponde a la parte histórica sobre la
conquista de Córdoba y de Cabra, y la que se ocupa de la parte amorosa
sentimental; es precisamente en esta acción de amor, entre un cristiano
fugitivo y una princesa árabe, en la que se incluye la localización de la
Virgen egabrense en una cueva de la sierra.
Claro
que no se trata de una comedia propiamente dicha, sino más bien de una fiesta
teatral barroca, es decir, de un espectáculo completo. La representación está
integrada por las partes siguientes, todas ellas conservadas:
La
ya mencionada «Loa para la comedia de La Aurora en Andalucía y milagro de la
Sierra».
Jornada
primera de la comedia de La Aurora en Andalucía y milagro de la Sierra,
dividida en tres escenas.
Un
«Entremés del maestro de andar a la moda».
Jornada
segunda de la comedia señalada, también dividida en tres escenas.
Un
baile entremesado, que se titula «El sargento jeringado».
Jornada
tercera de la comedia central, con tres escenas igualmente.
Un
fin de fiesta, sin título explícito, con cuatro personajes.
Otras fuentes indican la fecha de 1654
Son
casi cien folios los que integran el códice. Nos ocuparemos de forma somera de
la comedia central, que da título a nuestro trabajo.
Desde
el punto de vista cronológico interno, ya hemos indicado que se localiza su
acción en torno a la época de la conquista de Córdoba, y sobre este tema se
incluye en el manuscrito un grabado inicial alusivo al hecho, en cuyo pie se
lee: «Entrega de la ciudad de Córdoba a San Fernando, rey de España, en 29 de junio
de 1236, día de los Santos Apóstoles San Pedro y San Pablo». Entre los
personajes que rodean al santo rey hay varios identificados con sus nombres,
como don Álvar Pérez de Castro, adelantado mayor; don Alfonso Téllez de Meneses
o don Pedro Ruiz de Castro.
Algunos
de ellos pasan luego a formar parte de la comedia, como don Alonso de Meneses,
don Álvaro de Castro o el propio rey San Fernando, en la parte cristiana. Otros
personajes importantes se incluyen en la facción árabe. La acción que pudiera
considerarse histórica, de manera aproximada, se centra en la conquista de
Córdoba y posteriormente en la conquista de Cabra, y desde la perspectiva
religiosa es solo el marco que envuelve la acción central: el descubrimiento de
la Virgen de la Sierra, oculta en una profunda cueva, en cuyo hallazgo se dan
cita otros prodigios sobrenaturales, como la intervención efectiva de un ángel.
Hay
una pareja de enamorados que mantienen a lo largo de la pieza aquellas
«intercadencias de la calentura de amor», que dirían los clásicos, aunque de
forma muy recatada y dificultosa, porque ambos pertenecen a distintas
religiones: el hombre, que se llama Andrés, es un soldado cristiano, y la
princesa mora tiene el nombre de Celima. No creamos que estas historias
románticas de amores contrariados por la religión o la cultura son solo propias
del romanticismo posterior, sino que hay una notoria tradición hispánica
previa, ya desde el siglo XVI, en la que el mundo árabe se ve con ciertos
rasgos positivos caballerescos, como se constata en la Historia del
Abencerraje y la hermosa Jarifa y en el romancero de tipo morisco.
Será esta pareja de
enamorados la que encuentre la imagen de la Virgen de la Sierra, que estaba
oculta en una sima de la montaña desde tiempos muy antiguos, al parecer desde
la época de los godos. Se trata de una recuperación milagrosa, puesto que en
ella interviene también un ángel que conforta y guía a los jóvenes.
En la parte final, el
propio rey San Fernando sanciona la unión de los enamorados, al mismo tiempo
que ennoblece al soldado cautivo de los árabes, con estas palabras:
Padrino seré de boda,
y para premiar tus hechos,
remunerar el trabajo
que padeciste a los hierros
de la cadena pesada,
que arrastró tu cautiverio,
te doy una compañía
de cien hombres, que el esfuerzo
de tu valor los gobierne,
constante, noble y guerrero,
nombrándote desde ahora
Andrés Cadenas, poniendo
como noble en el escudo
las cadenas por trofeo (ff. 89 v. – 90 r.)
Hay,
además, en la obra otros aspectos que vale la pena destacar, como un elogio
poético de Córdoba puesto en boca de Mahomet, rey de la ciudad; y, aunque se
trata de un fragmento de alguna extensión, vale la pena citarlo. El personaje
está hablando con su mujer, Rosa, que es la reina mora, y le dice así:
Esta ciudad poderosa,
Rosa, es de Febo holocausto,
cuyas aromas tributa
a sus soberanos rayos.
Del Andalucía es
el sitio más estimado,
más alegre y fructuoso
y pingüe de todo grano.
De aguas la más abundante
y de ingenios los más claros.
Dueño soy, gracias a Alá.
Mahomet soy, y quien la mando,
y tú su reina y señora;
harto he dicho, voy al caso.
Su fundación admirable
está situada en un llano,
a las faldas de esa Sierra
Morena, cuyos collados
y recuestos hacia el norte
país es extraordinario
de diversidad de flores;
Guadalquivir, río ufano,
abrigo de muchos ríos,
por lo que así le llamaron,
la baña, y esta ciudad
es toda en forma de un marco,
se extiende por la ribera
del río, muy a lo largo,
que les causa a los tracistas
mucha duda en el cuadrado.
Todos mis antecesores
su Alcázar Real ocuparon,
desde que el rey don Rodrigo
perdió a España, ¡triste caso!,
digno de eterna memoria,
hasta que la conquistaron
Abigualix Almanzor
con todos sus conjurados,
siendo el conde don Julián
causa de tantos trabajos.
Los arrabales que tiene
tan grandes y tan poblados
que forman otra ciudad,
cuyos obeliscos altos
por la puerta de Levante
los tienen todos cerrados.
Por la parte del Poniente
el Palacio está fundado,
tomado de un murallón,
que es su defensa y resguardo.
Una hermosa puente tiene
cuya arquitectura alabo,
por lo capaz y suntuoso
que corre todo su plano,
de la Mezquita mayor
hasta los últimos arcos (ff. 13 v. – 15
r.)
Como
es obvio, y teniendo en cuenta los receptores inmediatos de la obra, hay
también numerosas referencias, siempre elogiosas, a Cabra y a la Virgen, entre
las que podemos destacar algunas. Así Celima, cuando la acción se sitúa en la
ciudad mencionada, habla de su fortaleza y de su carácter casi inexpugnable:
Señor, no te dé cuidado,
que esta ciudad, cuyo asiento
está entre rocas y sierras,
se nombra Egabro, por esto,
por ser tan agria y tan fuerte,
que creo que con tu aliento
y la gente que la guarda,
todos valientes guerreros,
las fuerzas de los cristianos
sujetarán con esfuerzo (f. 20 r.-v.)
Hay
referencias del mismo personaje a la sima de Cabra, en donde se pretende
precipitar al fugitivo Andrés:
En la sima le echarán,
que es sepulcro y monumento
de todos cuantos cristianos
a esta plaza traen presos (f. 21 v.)
Una
parte de la acción se sitúa precisamente en la boca de esta conocida depresión:
Celima: Este
lugar ha de ser testigo
de lo que ahora me ofreces,
a la boca de la sima
estamos, mira qué albergue
tan tenebroso, que sirve
solo para delincuentes;
no se le ha hallado jamás
suelo, si acaso lo tiene.
Andrés:
Es escabrosa espelunca.
Celima: Es el lugar de la muerte.
Plegue a Alá que tu sepulcro
sea, si acaso rompieres
la palabra que me has dado (f. 37 v.)
Andrés
monologa acerca de su situación, escondido en la sierra, así como de la
incertidumbre que le produce la actitud de Celima, antes de oír la voz del
ángel que le indica el lugar en el que se oculta la imagen de la Virgen. Dice
así:
Sierra hermosa, abrigo mío,
que mi cautiverio amparas
tantos días, donde pongo
en María mi esperanza.
Una cueva me sepulta,
obscura tanto, como agria;
de ella salgo algunas veces,
de que doy a Dios las gracias.
Celima, que a visitarme
algunas veces se alarga
a subir hasta este sitio,
con motivo de la caza,
tarda ya. Pero yo estoy
con algún temor, ¿si falta
a su palabra? Lo dudo.
¿Podrá ser? Es mahometana,
y ella le dirá a su padre
dónde estoy, ¡cruel venganza!
Pero si a María tengo,
ningún temor me acobarda.
Muchas veces cuando el sueño
rinde la flaqueza humana,
en sus fantasmas nocturnas
se me representan varias
especies, de que un tesoro
en una cueva se guarda.
Ficción será de la idea;
el corazón se acobarda (ff. 49 v. – 50 r.)
El
ángel narra con cierto detalle el origen de la imagen que se guarda en la
sierra, en estos términos:
El tesoro que se esconde
de María en estos cerros
estas maravillas obra
por incógnitos decretos.
Desde que se perdió España
por justas causas que el cielo
tuvo, para que los moros
la dominasen un tiempo,
de guarda estoy de la efigie
de María, que escondieron
en aquella cueva godos
que con católicos pechos
tributaban a su imagen
reverentes cultos tiernos.
Andrés y Celima que
ocultos en este centro
están, absortos, confusos
de este prodigio, suspensos,
son los que descubrirán
este tesoro supremo,
que Dios por sus altos juicios
a nadie le ha descubierto
del principio de esta sacra
emperatriz de los cielos,
ni quien la trajo a esta sierra
no hay memoria, y lo que es cierto
ser de los retratos que hizo
Nicodemus, el más diestro
escultor, como San Lucas
fue pintor, que encarnó el bello
rostro de esta santa imagen,
María en carne viviendo.
A España la trasladaron,
como con muchas hicieron.
Mahomet, que ganará a Egabro,
rey de Granada soberbio,
para esta dominación
un siglo pasará entero,
y no pudiendo sus armas
mantenerla, desde luego
la abandonará y el rey
don Alonso, por decreto
real, mandará poblarla
al maestro del excelso
como ilustrísimo orden
de Calatrava; así mesmo
a su corona dichosa
la incorporará, y muerto,
los esclarecidos Reyes
Católicos, muy atentos
a los hechos valerosos
del ínclito siempre excelso
gran mariscal de Castilla,
ilustre señor don Diego
Fernández de Córdoba, quien
el conde será primero
de Egabro, llamada Cabra,
cabeza de muchos pueblos,
como también del condado,
cuya sucesión siguiendo
ha de durar muchos siglos,
por intercesión y ruegos
de María de la Sierra
y emperatriz de los cielos.
Todo esto sucederá
como lo dice mi acento.
Y ahora por satisfacer
a los curiosos que atentos
han estado motejando
(soy de parte del ingenio)
que María de la Sierra
fue su aparición en tiempo
del santo rey don Fernando,
cuando a Córdoba venciendo
y sujetando a Mahomet,
como también a los pueblos
de Écija, Estepa, Marchena,
Cabra, Osuna, y así mesmo
Porcuna, Baena y otros
menores, como es cierto
y se verificará
imprefigidiéndose el tiempo,
que así la historia lo dice,
con lo que desaparezco,
para que sigan la escena
Andrés y Celima (ff. 54 r. – 56 r.)
Como
hemos visto, en la profecía del ángel se encuentra un somero resumen de la
historia de la antigua Egabro. Este ser espiritual se aparece también en sueños
al rey San Fernando y le confía el secreto de la imagen, al mismo tiempo que le
insta a conquistar la ciudad de Cabra, auxiliado por el poder divino de María.
En consecuencia, la toma de la fortaleza está ligada con la devoción mariana.
La acotación escénica indica que «canta el ángel»:
Rey Fernando, rey Fernando,
despierta, no venza el sueño
a un monarca tan celoso
que pretende ensalzar de fe su celo.
Despierta, no estés dormido,
acude, y ha de ser presto,
a Egabro, para rendirla,
porque en ella hallarás un sacro cielo.
Despierta, y ensalza el nombre
de María, a cuyos ecos
vencerás muchas batallas,
que es el clarín que asusta al agareno.
Rey Fernando, no descuides,
que este es precepto supremo:
que el rey no ha de estar dormido
cuando es preciso que vele y esté atento
(ff. 70 r.-v.)
Quizás
el momento cumbre de la comedia sea el descubrimiento de la imagen de la
Virgen, hecho que tiene lugar en la propia escena, no mediante la narración de
lo que ha ocurrido fuera, como suele suceder en otras ocasiones. Tras la
conversión de Celima al cristianismo, se oye una música dentro de la cueva en
la que ambos están ocultos, y una voz canta:
Salve, divina Aurora;
salve, madre del Verbo;
salve, reina divina;
salve, refugio excelso,
consuelo de afligidos,
salud de los enfermos,
milagroso tesoro,
oculto tanto tiempo.
Andrés:
Por aquella peña abierta
salen gloriosos reflejos,
y las sonorosas voces
por su abertura se oyeron.
Celima, ayuda constante
y las piedras apartemos;
este tesoro divino
los dos le descubriremos.
Celima:
Pues, Andrés, te ayudaré,
y este prodigio indaguemos.
Van apartando piedras de la boca de
la otra cueva, y en lo último de ella se verá a Nuestra Señora de la Sierra y
el Ángel de la Guarda)
(f. 77 r.-v.)
No
falta tampoco la intervención de la figura del donaire o gracioso, como es de
rigor en las comedias que se escriben según la fórmula de Lope. Aquí el
gracioso se llama Martín, es un soldado cobarde y alguna de sus intervenciones
ante el rey tiene cierta gracia, como cuando se niega a ir como embajador ante
los moros:
Y si me parten los moros,
porque en la mazmorra estaba
y me cogen, ¡Jesús mío!,
más que al instante me empalan,
que es un martirio de mazo
a los filos de una estaca,
y es un remedio eficaz
para el que tiene almorranas;
búsquese a uno que las tenga
y que lleve esta embajada (f. 47 r.)
Se
trata, en fin, de una comedia que tiene interés desde diversas perspectivas,
además de las estrictamente estilísticas o literarias, que no son tampoco
desdeñables.
Su
existencia nos da fe de que el Barroco como estética pervive en la cultura
andaluza hasta bien entrado el siglo XVIII, de lo que es igualmente testigo la
presencia de otros poetas andaluces, como el cordobés José León y Mansilla, que
pretendía nada menos que continuar las Soledades gongorinas y escribió
la Soledad tercera, por la misma época de La Aurora en Andalucía,
editada en Córdoba en 1718. Lo que se suele llamar en los manuales de
literatura la «lucha contra el barroco» no parece haber afectado a la cultura
andaluza hasta bien entrada la centuria ilustrada.
Por
otra parte, la «fiesta» conservada constituye un documento curioso para el
estudio de las celebraciones palaciegas que se llevan a cabo en provincias,
ligadas en este caso a la casa ducal de Sessa, en Cabra, al mismo tiempo que se
constata la fertilidad y perennidad de la fórmula de Lope, autor, por otra
parte, tan relacionado personalmente con la noble casa andaluza mencionada.
Por
último, y no es lo menos importante, el tema mariano en torno a la Virgen de la
Sierra de la ciudad de Cabra tiene aquí un texto muy representativo, que parece
haber sido ignorado y omitido por los críticos que se han ocupado de la
cuestión. En él, la secular devoción popular a la Virgen egabrense se une a un
vehículo tan adecuado para la difusión religiosa como es el teatro. Su estudio
y edición quizás tendrían, aun en nuestros días, un interés superior a lo
meramente arqueológico literario.