RELATOS DE
HISTORIA
El secreto del Castillo
de Cabra (1079)
No tengo más estudios que mis
lecturas, ni más título que la curiosidad testaruda de quien se patea las
calles de su pueblo sabiendo que cada esquina oculta tres capas de historia. A
veces me pierde el vicio de indagar en la memoria de Cabra, de revolver en
papeles viejos donde los siglos han dejado una pátina de polvo y silencio. Y
entre tanto legajo de archivo, entre tomos espesos del siglo XII que a simple
vista solo parecen servir para abultar las baldas de una biblioteca, tropecé
con algo que la historia oficial suele pasar de largo con demasiada prisa.
Todo el mundo en mi pueblo ha oído
hablar del Cid y de la famosa batalla. Pero casi siempre nos lo han contado
mal, como una estampa de santoral o una reconquista de película donde los
cristianos ganaban la villa. La realidad, la que guardaban aquellos documentos,
era mucho más turbia, humana y fascinante. Cabra en 1079 era una plaza mora, y
siguió siéndolo casi dos siglos más, hasta que Fernando III la tomó en 1240. La fortaleza tenía entonces su
propio gobernador musulmán, aunque las fuentes no han conservado su nombre. Era una Cabra musulmana, con sus
habitantes, sus autoridades y su vida cotidiana, que de pronto se convirtió en
escenario de una disputa que se jugaba muy lejos de sus intereses. Lo que ocurrió aquí no fue una conquista, sino una
disputa de poder y tributos.
Allí, entre notas al margen escritas
con tinta desvaída, aparecía desglosado el verdadero tablero de ajedrez:
Alfonso VI había enviado al Cid a Sevilla a cobrar las parias (el tributo en
oro) y a García Ordóñez a Granada para lo mismo. Pero Granada atacó a Sevilla,
y el conde García Ordóñez, en lugar de mantenerse al margen, se unió a los
granadinos. El Cid, para defender al rey de Sevilla que era quien pagaba a
Castilla, tuvo que plantar cara a sus propios paisanos a las puertas de nuestra
villa.
Y justo cuando el legajo parecía
terminar en la fría descripción de la victoria y la afrenta a García Ordóñez,
al dar la vuelta a la última foja, encontré una nota manuscrita en un
castellano arcaico. No era la voz de un cronista de corte ni la de un obispo;
era la memoria cosida de puño y letra por quien iba al lado del Campeador en la
vanguardia, comiendo el mismo polvo de la Campiña: Alvar Fáñez de Minaya.
La noche de Cabra
(Por la pluma o el recuerdo de Alvar
Fáñez de Minaya)
«Muchos de
los que hoy cantan versos en las plazas no estuvieron allí. Dicen que íbamos a
plantar cruces en los torreones o a liberar cristianos del yugo sarraceno.
Mentiras de juglar. A Cabra fuimos a por oro, a cumplir la palabra del rey Alfonso
y a defender al rey moro de Sevilla, que era quien pagaba tributo a Castilla.
Recuerdo la
luz de aquella tarde en la Campiña. Mi señor Rodrigo había enviado tres cartas
a los nobles castellanos que venían con las tropas de Granada. “No combatáis contra Sevilla”, les
mandó decir, “pues su emir está bajo
el amparo de nuestro señor el rey Alfonso”. Pero la soberbia es un mal
endémico entre los grandes de la corte. El conde García Ordóñez y los suyos se
rieron de la misiva. Creían que por venir en hueste numerosa con los de Granada
nos harían dar un paso atrás. No conocían la cabeza de Rodrigo.
Mi señor no
se alteró. Ajustó el cincho de su caballo, nos miró a los pocos caballeros que
formábamos la vanguardia y nos dijo con esa calma áspera suya: “Ellos traen el número; nosotros traemos la
razón y el orden”.
La carga no
duró más que un suspiro de angustia. Cuando la caballería de Rodrigo rompió las
líneas de Granada, el pánico cundió en un abrir y cerrar de ojos. Los
caballeros de García Ordóñez se desbandaron entre los olivos y los cerros que
guardaban la fortaleza. Capturamos al conde allí mismo, al pie de las murallas.
A un noble de la alta cuna de Castilla, preso por los hombres de Vivar en mitad
de una contienda entre dos emires.
Tres
días con sus tres noches permaneció el conde custodiado en el torreón, mientras
la vida de la fortaleza continuaba al otro lado de aquellos muros. No hubo cadenas ni torturas, que a los de alta cuna se les guarda el
decoro por ley de guerra, pero hubo algo peor: la vergüenza. Allí, bajo el
techo de una fortaleza mora y a la vista de nuestras tropas y de los propios
andalusíes, el gran conde de Nájera comprendió que de nada le valían sus
títulos ni el favor del rey cuando enfrente tenía al de Vivar.
Entre
los soldados de la vanguardia corría la guasa con el vino de la tarde. Decían
los nuestros, entre risas bajas para que no los oyera Rodrigo, que si el rey
Alfonso no le había otorgado al de Nájera las tierras del sur, los de Vivar le
habíamos hecho merced de un feudo nuevo: el "señorío de la
humillación". Y entre trago y trago, acabaron bautizándolo con un mote
que, estoy seguro, que lo persiguió hasta la tumba: "el conde de
Cabra". No porque la villa fuera suya —que bien mora y bien guardada
estaba—, sino porque aquí vino a perder la honra y a ganarse el título a costa
de las barbas.
Fue la
mañana del tercer día, antes de darle la libertad a cambio de su palabra y
rescate, cuando Rodrigo hizo lo que nadie en Castilla se había atrevido a
hacer: se acercó a García Ordóñez, le asió el rostro y le mesó la barba ante
todos los caballeros. En nuestras leyes, tocar la barba de un noble es
arrebatarle el honor de un plumazo. Cuando el conde cruzó las puertas del
castillo de Cabra camino del norte, no llevaba heridas en el cuerpo, pero llevaba
una cicatriz en el orgullo que no le sanaría jamás.»
Cuando el Cid y sus hombres recogieron
los bártulos al cuarto día y tomaron el camino del norte con el oro de las
parias para el rey, la vida en Cabra no cambió de fe. Las llamadas al rezo
continuaron resonando desde la fortaleza y los olivos siguieron creciendo bajo
el sol de la Campiña durante siglo y medio más. Pero en la corte de Castilla
acababa de nacer una herida irreparable: la envidia de García Ordóñez y los
celos de Alfonso VI, que apenas dos años después mandarían a Rodrigo al
destierro.
Cabra no fue conquistada aquel otoño
de 1079, pero en sus murallas y en el acero de su memoria quedó grabado para
siempre el nacimiento del mayor mito de nuestra historia.
Epílogo. Entre la historia y la
leyenda
Lo que acabas de leer nace de un
hecho histórico: la batalla de Cabra de 1079, en la que Rodrigo Díaz de Vivar,
el Cid Campeador, se enfrentó a las fuerzas granadinas en las que combatían
también nobles castellanos, entre ellos García Ordóñez. Aquel enfrentamiento se
produjo en el complejo escenario de las alianzas entre los reinos musulmanes de
la península, los intereses de sus gobernantes y el cobro de las parias, los
tributos que algunos de ellos pagaban a los reyes cristianos.
También es histórico que el Cid
capturó a García Ordóñez y que, según la tradición recogida en las fuentes medievales,
lo humilló mesándole la barba. Cabra fue escenario de aquel episodio, pero no
fue conquistada entonces por los cristianos: la localidad permaneció bajo
dominio musulmán hasta el siglo XIII.
Pero hay una parte de este relato
que pertenece a otro terreno: el de la imaginación.
No he encontrado un manuscrito de
Alvar Fáñez que contenga las palabras que aquí aparecen, ni pretendo que sus
recuerdos, los diálogos, las cartas o los detalles de aquella noche sean
testimonios auténticos. Su voz es un recurso literario con el que he querido
acercar al lector a unos acontecimientos ocurridos hace casi mil años, cuando
la historia todavía se escribía entre el polvo de los caminos, el acero de las
espadas y las ambiciones de los poderosos.
He mezclado, por tanto, hechos
históricos con escenas recreadas para dar vida a una historia que merece ser
contada. Porque una cosa es lo que los documentos nos permiten afirmar y otra
lo que la imaginación puede construir a partir de ellos. Confundir ambas sería
engañar al lector; distinguirlas nos permite disfrutar de la narración sin
perder de vista la verdad histórica.
Y si algo me gustaría que quedara
después de leer estas páginas es que, cuando paseemos junto al Castillo de
Cabra, no veamos solamente unas piedras antiguas. Pensemos en los hombres que
estuvieron allí, en los conflictos que protagonizaron y en todo lo que aquellos
muros han visto pasar.
Porque la historia no necesita que inventemos sus grandes acontecimientos. A veces, basta con contarla de otra manera para descubrir que la realidad también tiene mucho de novela.



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