Autor: Jesús Sánchez Adalid
Editorial: Editorial Grijalbo
Nº. Páginas: 668
Fecha lanzamiento: 4/3/2026
Género: narrativa histórica
Época de la novela: De 1403 a 1406
Localización de los hechos: Viaje de Castilla a Samarcanda
Leído: Del 20 al 31 de marzo de 2026
RESEÑA
TRES HALCONES PARA
TAMERLÁN
Tres halcones, quince
mil kilómetros y un aprendiz: el regreso magistral de Sánchez Adalid
Un sacerdote extremeño y ex-juez rescata la embajada más audaz de Castilla en 1403. A través de los ojos de un joven halconero, nos lleva de las ruinas de Troya al fulgor de Samarcanda en un viaje que es, sobre todo, interior. Así se lo conté a mi hermano.
Mi hermano: ¿Jesús Sánchez Adalid? ¿El sacerdote?
Yo: Sí. Jesús Sánchez Adalid, de Villanueva de la Serena, Badajoz, del 62. Un perfil que no hay otro igual en nuestra literatura. Estudió Derecho en Extremadura, hizo el doctorado en la Complutense, ejerció como juez dos años y lo dejó todo para estudiar Filosofía y Teología. Cura, párroco de pueblo, de los que está con enfermos, con jóvenes, con familias. Y a la vez, uno de nuestros grandes novelistas históricos. Premio Fernando Lara, Alfonso X el Sabio, Premio Internacional de Novela Histórica Ciudad de Zaragoza, traducido a nueve idiomas... El de El Mozárabe, Alcazaba, En tiempos del Papa Sirio. Ahora publica Tres halcones para Tamerlán en HarperCollins, 672 páginas, y para mí es una de sus obras más maduras.
Mi hermano: ¿Y qué historia rescata esta vez?
Yo: Una que es alucinante que tengamos olvidada. Nos la han contado como
una nota a pie de página y en realidad rivaliza con Marco Polo. Te sitúo:
Segovia, año 1403. A la corte de Enrique III de Castilla llega un emisario
venido de Oriente con un presente insólito, casi provocador: tres mujeres de
extraordinaria belleza.
La
corona no puede quedar por debajo. Tiene que responder con un obsequio de igual
o mayor valor, algo que represente el poder de Castilla. ¿Y qué elige? Tres
halcones regios. Aves adiestradas para la cetrería, que en aquella época eran
joyas diplomáticas, valían una fortuna, eran símbolo de realeza.
Con esa excusa se organiza una de las embajadas más audaces de la Edad Media: llevar esos tres halcones vivos desde Segovia hasta Samarcanda, la capital de Tamerlán.
Mi hermano: ¿Tamerlán, el conquistador mongol? ¿Por qué iba Castilla a buscarlo tan lejos?
Yo: Por pura supervivencia y geopolítica. Tienes que entender el contexto
que Adalid reconstruye de forma magistral. En esos años, el sultán otomano
Bayaceto I, apodado El Rayo, estaba arrasando. Había vencido en Kosovo en 1389,
sometido Serbia, presionaba Bulgaria y Hungría y en 1396 había destrozado en
Nicópolis a un gran ejército cruzado de franceses, húngaros y borgoñones. El
golpe psicológico en Europa fue tremendo. Bayaceto tenía Constantinopla
rodeada, a punto de caer.
Entonces, ¿qué hace Enrique III? Un movimiento de ajedrez inteligentísimo. Si mi enemigo es Bayaceto, busco al enemigo de mi enemigo. Y el enemigo de Bayaceto era Tamerlán, el gran conquistador del Asia Central, que se proclamaba heredero de Gengis Kan y había impuesto su dominio a sangre y fuego. Castilla quería comprometerlo en una alianza contra los otomanos. Un puente entre dos mundos.
Mi hermano: Vale, la base histórica es potente. ¿Pero cómo la noveliza? Porque la crónica de Clavijo existe.
Yo: Y ahí está su maestría. Todos los historiadores conocen la Embajada a
Tamerlán de Ruy González de Clavijo, el cronista madrileño que fue. Es una
joya, pero como dice Adalid, es una joya difícil, escrita en un castellano del
XV bellísimo pero poco accesible. Ha sido más objeto de estudio que de lectura.
Nadie la había llevado al imaginario colectivo.
Adalid no la sustituye, la acompaña y le da vida. Y para eso toma una decisión literaria clave: no nos lo cuenta desde el embajador, desde el político. Nos lo cuenta desde abajo, desde los ojos de Alvar.
Mi hermano: El aprendiz de halconero.
Yo: Exacto. Alvar es una invención suya, pero es el alma del libro. Un
joven aprendiz, el encargado de custodiar a las tres aves. Imagina la carga:
cruzar media parte del mundo conocido, durante tres años, y que esos animales
lleguen vivos a su destino. La novela es su iniciación.
Adalid
dice de él: "Quería que Alvar fuera, ante todo, verdadero. Que no fuera un
héroe perfecto, sino un muchacho en proceso". Y lo es. Es bueno, inocente,
con esa capacidad de asombro que solo tiene la juventud. Pero también tiene
miedos, dudas, contradicciones. No juzga de entrada lo que ve, lo contempla. Y
eso nos permite a los lectores entrar con él sin prejuicios.
Mi hermano: ¿Cómo es ese viaje? Porque suena a odisea.
Yo: Es una odisea total, y Adalid la describe con una precisión casi
cinematográfica. El viaje empieza en Sevilla, se embarcan en galeras. Cruzan el
Mediterráneo con escalas legendarias: las ruinas de Troya, que para un
castellano del XV debía ser como pisar la mitología, y luego el esplendor
crepuscular de Constantinopla, la Bizancio que se está apagando pero que aún
deslumbra.
A
partir de ahí, todo se complica: tempestades feroces, intrigas constantes entre
venecianos y genoveses que se disputan las rutas, escalas misteriosas en islas
remotas, caravanas, montañas, estepas, desiertos... Territorios devastados por
la guerra. Quince mil kilómetros a pie, a caballo, en mula.
Y aquí se nota el trabajo de campo del autor. En una entrevista cuenta que en mayo de 2024, invitado por la Cooperación Española a Kazajistán, se fue por su cuenta a Uzbekistán para seguir, paso a paso, las huellas de Clavijo hasta Samarcanda. Dice que no fue solo una experiencia geográfica, sino interior. "Caminar por aquellas tierras, contemplar la luz de Samarcanda, sentir la distancia real..." Y esa luz, ese polvo, ese cansancio, está en cada página. Hueles el camino.
Mi hermano: Me interesa mucho cómo escribe Adalid. ¿Sigue en su línea?
Yo: Más depurado que nunca. Su estilo es exquisito, envolvente, muy
respetuoso con el tono de la época sin caer en el pastiche. Lo que más me gusta
es su equilibrio, que es muy difícil: un rigor histórico impecable - se nota
que ha manejado fuentes complejas, que ha estudiado los uniformes de la corte
en el Libro de la Cámara Real de Fernández de Oviedo, que sabe de cetrería, de
navegación, de liturgia - pero sin que la novela pierda fluidez.
Él mismo lo dice: "La mayor dificultad ha sido siempre ser fiel a la historia sin perder el alma de la novela". Y lo consigue porque para él la historia no son fechas, son rostros. Dice que su pastoral, el estar con gente real, con su dolor y su esperanza, es su escuela de humanidad para construir personajes. No escribe desde teorías sobre el alma, sino desde rostros concretos.
Mi hermano: Hay algo que me llama la atención en lo que me cuentas: la fe. Siendo sacerdote, ¿es una novela religiosa?
Yo: No, y esa es su grandeza. Es una novela donde la fe es un ancla, no un
discurso. En una de las entrevistas le preguntan por eso y responde de forma
preciosa: "La fe no aparece como un discurso ni como una formulación
abstracta, sino como un sostén vital... no tanto en la ausencia del peligro,
sino en la presencia de Dios en medio de la historia".
Los
viajeros no se libran de la enfermedad, del miedo, de las intrigas políticas.
Pero lo viven con otra profundidad. Y hay una reflexión muy actual sobre la fe
y la violencia. La historia está llena de esas tensiones. Adalid no justifica,
muestra la complejidad. Al final, dice, "la verdadera batalla siempre es
la del corazón".
Para
él, y esto lo dice en Ecclesia, la literatura puede ser una forma de misión. No
predicando, sino insinuando. "No propone, sugiere; no impone,
insinúa". Abre preguntas, despierta el deseo de verdad, muestra la belleza
de una vida orientada al bien. En un mundo que no siempre acoge el lenguaje
religioso, la novela es un puente.
Mi hermano: ¿Y qué lección se lleva Alvar de todo eso?
Yo: Esa es la clave y por eso es una novela tan contemporánea. Lo que
aprende Alvar, y lo que nos enseña, es a descentrarnos. Lo dice Adalid con una
claridad enorme: "Alvar aprende algo esencial: que no es el centro del
mundo. Y eso es una de las conquistas más difíciles del alma".
El
chaval parte con una seguridad, con su talento de halconero, y el viaje lo va
despojando. Descubre su fragilidad, su ignorancia, su necesidad de los otros.
Aprende a mirar, a escuchar, a callar. Y descubre dentro de sí una capacidad de
amar y de resistir que no conocía. El viaje exterior se convierte en viaje
interior.
Su fe deja de ser heredada para ser asumida. Comprende, y cito literal: "que creer no es poseer la verdad como quien guarda un objeto, sino caminar hacia ella con humildad". Esa frase, "la humildad no debilita, al contrario: fortalece", es el lema del libro.
Mi hermano: Me has vendido la moto, pero sin contarme el final, ¿por qué tengo que leerla?
Yo: Por tres razones, como los tres halcones.
·
Primero, por memoria. Es rescatar una de las
mayores gestas diplomáticas de Castilla, una hazaña que nos pertenece y que
habíamos borrado. Somos un país de viajeros y no lo sabemos.
·
Segundo, por el placer literario. Es una
inmersión total. Vas a estar en una galera en medio de una tormenta, vas a oler
los mercados de Samarcanda, vas a ver animales que un castellano del XV no
había visto nunca - jirafas, elefantes, manadas de camellos -, vas a sentir el
peso de la capa de Tamerlán.
· Y tercero, por lo que te deja dentro. Al final, Adalid no quiere que te quedes con datos, quiere que te quedes con una intuición sencilla: que la vida es un camino, que no estamos solos, que cada encuentro forma parte de algo mayor, y que lo que permanece es el amor, la humildad y la búsqueda sincera de la verdad. Como decía San Agustín, a quien cita mucho: el corazón está inquieto hasta que descansa.
Tiene
dos frases que me llevo marcadas. Una: "Cada ciudad que veas será un
espejo. Algunas te mostrarán lo que dejas, otras, lo que anhelas. Aprende a
mirar más allá de los muros". Y otra: "Viajar es tiempo; llegar es
eternidad".
Léela.
Vuela con los halcones de Enrique III.


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