RELATO
El hombre que
presumió de matar a Lorca
El calor de aquel verano del 36
se pegaba a la piel como una segunda capa densa y pesada. Yo tenía apenas ocho
años y me pasaba el día correteando por el bar de mi padre, entre el olor a
serrín mojado, vino peleón y tabaco de picadura. Mi trabajo consistía en
recoger los vasos vacíos, pasar un trapo húmedo por la madera de las mesas y,
sobre todo, no molestar. «Los niños miran al suelo, oyen y callan», me repetía
mi padre a todas horas con un tono que no admitía réplica.
Por entonces, en Granada la
gente hablaba susurrando o gritaba para tapar el miedo.
Aquella mañana, el bar estaba
casi vacío, pero en la mesa del rincón, la que quedaba más resguardada del sol
que empezaba a pegar en la fachada, se habían sentado tres hombres. No eran
clientes habituales de los que se tomaban de un trago el vaso de aguardiente
para espabilar el cuerpo y se iban a trabajar. Venían de la calle con el aire
acelerado de quienes mandan sin que nadie se atreva a contestarles. Sobre la
mesa dejaron las gorras y el ambiente de la mesa olía a sudor, a pólvora y a
una euforia rara, áspera.
Eran Mariano, Antonio y Juan
Luis Trescastro. Yo por entonces no sabía bien quiénes eran ni me importaba,
pero se les notaba en la cara que venían de pasar la noche al raso. Hablaban
con brusquedad, entre risotadas roncamente celebradas y golpes secos en la
madera.
Mi padre, desde detrás del
mostrador, no les quitaba ojo. Tenía la cara pálida y secaba el mismo vaso una
y otra vez con un trapo, sin darse cuenta de que ya estaba seco. Cuando vio que
los tres hombres levantaban la mano pidiendo atención, me dio un empujón suave
en el hombro.
—Ve a tomarles nota —me dijo
en un suspiro casi inaudible—. Y no te entretengas.
Me acerqué a la mesa con el
lápiz mordido y un pedazo de papel de estraza en la mano. Cuando llegué a su
altura, ninguno de los tres me miró. Para ellos yo era invisible, una sombra
más del local. Trescastro, con la voz más alta de la cuenta y los ojos
encendidos, se reclinaba hacia atrás en la silla y gesticulaba con rabia y
orgullo. Fue en ese preciso instante, al inclinarme sobre la mesa para
atenderlos, cuando sus palabras me llegaron claras, ensordecedoras, sin que yo
pudiera entender del todo la magnitud de lo que significaban.
Volví al mostrador a la
carrera, inocente, convencido de que solo le llevaba a mi padre una comanda
más.
—Papá —le dije en voz alta,
tirándole de la manga del chaleco—, esos señores quieren tres copas de anís...
No sé por qué van a brindar, pero uno dice que le pegó dos tiros en el culo por
maricón.
No llegué a terminar de cerrar
la boca. El chasquido seco de la bofetada resonó en todo el bar.
El dolor me abrasó la mejilla
y el impacto me hizo dar un paso atrás, con los ojos llenos de lágrimas por la
sorpresa más por el guantazo de mi
padre, que jamás me había pegado. Pero cuando lo miré, no vi ira en su rostro.
Vi pánico. Un terror puro y desencajado que le hacía temblar las manos y la
mandíbula.
Se inclinó sobre mí, me agarró
del brazo con una fuerza tremenda y me susurró al oído con una voz que parecía
salirle del fondo de las entrañas:
—Tú no has oído nada. Tú no
has visto nada. Te metes ahora mismo en la cocina y como vuelvas a repetir esa
palabra o a nombrar a esos hombres, nos matan a todos.
Me mandó para dentro de un
empujón. Desde la oscuridad de la trastienda, entre los sacos de patatas y el
olor a aceite rancio, vi por la rendija de la puerta cómo mi padre se secaba el
sudor de la frente, tomaba la botella de anís con la mano temblorosa y salía a
servir la mesa, componiendo una sonrisa servil mientras agachaba la cabeza ante
los tres hombres.
«He dado dos tiros a Lorca en
el culo, por maricón». Aunque jamás volví a pronunciar esa frase en voz alta
tras la bofetada que me dio mi padre, las palabras se quedaron grabadas a fuego
en mi cabeza. Con doce años cumplidos, uno ya no es un crío atolondrado; a esa
edad en el bar de mi padre yo ya sabía leer las miradas de los clientes,
entender los silencios y distinguir cuándo el miedo cerraba las bocas. Y, sin
embargo, aquella atrocidad no dejaba de resonar por Granada. Se repetía en las
tabernas cada vez que el tipo que la dijo se pasaba de la cuenta con la bebida.
El rumor de que Juan Luis
Trescastro iba predicando su hazaña por los mostradores era constante, aunque
para muchos no pasaba de ser una simple fanfarronada de borracho. En la ciudad
circulaban versiones de todo tipo sobre su auténtico valor. Aseguraban algunos
que la tarde de la detención, cuando fueron a buscar a Lorca a la casa de los
Rosales en la calle Angulo, Juan Luis ni siquiera se atrevió a cruzar la
puerta. Había quien apuntaba a que se quedó fuera, en la acera, haciendo guardia
porque su primera mujer era pariente lejana de los Rosales Camacho y no quería
dar la cara ante la familia. Otros, en cambio, sostenían con sorna que sí
entró, pero solo para acomodarse en el salón y tomar café con las mujeres
mientras los demás registraban la casa.
Todo aquello me quemaba por
dentro, más aún porque por entonces yo ya guardaba el mayor de mis tesoros. El
libro no había llegado a mis manos por casualidad. Me lo dio don Julián, el
maestro que venía casi todas las tardes al bar a tomarse un café solo en la
mesa del rincón. Don Julián era un hombre mayor, de chaqueta raída y modales
suaves, que desde que yo era muy niño me había enseñado a leer, a escribir con
letra clara y a defenderme con las cuatro reglas básicas. Para él, la
trastienda de nuestro local había sido mi pequeña escuela.
Una tarde, poco antes de que
las cosas se pusieran definitivas en la ciudad y a él lo retiraran de la
enseñanza, se sacó del bolsillo interior de la chaqueta un librillo de
cubiertas gastadas, con el cartón vencido y las esquinas dobladas por el uso:
un ejemplar del Romancero Gitano. Me lo deslizó por debajo del
mostrador, oculto entre un paquete de folios en blanco, apretándome el brazo
con fuerza. «Guárdalo bien, muchacho, y léelo cuando estés solo. Este hombre
escribe con la luz de esta tierra, y vendrán tiempos en que querer leerlo será
un delito».
Lo guardaba escondido debajo
de mi jergón, envuelto en un trapo de cocina. Por las noches, a la luz de una
vela medio gastada, leía aquellos versos de verde luna, de caballos nocturnos y
de ríos oscuros. Leer las palabras de aquel hombre desaparecido me producía un
escalofrío: sus versos estaban vivos, luminosos, mientras que la barbarie de
los hombres que lo mataron olía a cerrado, a aguardiente y a sangre cobarde.
En mi mente, la frase de
Trescastro y las enseñanzas de mi maestro chocaban a todas horas, produciéndome
una repulsa profunda, un asco que se me agarraba a las tripas. Con mis doce
años recién estrenados, a medio camino entre la infancia que se acababa y el
aire enrarecido de la posguerra, me propuse una meta en silencio: iba a
averiguar por mi cuenta quién era de verdad aquel tipo.
Habrían de pasar lo menos seis
o siete años hasta que el tiempo, que todo lo aplaza pero no lo borra, me puso
por fin delante de la respuesta.
A principios de los cuarenta,
tras superar el Examen de Estado me abrió las puertas de la Universidad de
Granada, entré en la Facultad. Pasar de las sombras del bar de mi padre a los
claustros de piedra y al olor a tinta de las aulas fue como cambiar de planeta,
aunque la ciudad siguiera respirando con ese mismo encogimiento de hombros de
la posguerra.
Fue allí, entre los pasillos
de la facultad, donde el nombre de Juan Luis Trescastro volvió a cruzarse en mi
vida. Ocurrió a través de un compañero de clase, un muchacho de familia
acomodada que estudiaba Derecho sin demasiado entusiasmo. Hablábamos una tarde
en el patio cuando salió a relucir su futuro en la carrera. Con la suficiencia
de quien se sabe protegido, me contó sin pudor que estaba allí por
recomendación directa de un buen amigo de su padre: un abogadete e influyente
personaje de la ciudad, un tal Juan Luis Trescastro Medina.
Al oír aquel nombre, el
corazón me dio un vuelco y el aroma denso del anís, la bofetada de mi padre y
los versos leídos a escondidas a la luz de la vela regresaron de golpe.
Aprovechando la charlatanería
desmedida de mi compañero, tiré del hilo con disimulo, fingiendo simple
curiosidad. Fue así como encajé, por fin, las piezas del hombre que se escondía
tras la frase atroz: Trescastro no era ningún héroe militar ni un hombre de
mando, sino un terrateniente venido a menos, un tipo lleno de rencores locales,
emparentado por alianzas de tierras y sangre con viejas rencillas de la Vega de
Granada. Un hombre que había utilizado el caos de la represión para saldar
cuentas cobardes y que, con los años, buscaba desesperadamente ampararse en el
nuevo régimen a base de favorcillos, recomendaciones y fanfarronadas de
taberna.
Jamás se me fue de la cabeza
aquella frase. Me acompañó durante la universidad, durante mis años de juventud
y durante cada una de las etapas en las que fui haciéndome un hombre. Pero con
el paso del tiempo ocurrió algo extraordinario: cada vez que abría las páginas
manoseadas del libro que me regaló el maestro Don Julián, lo que encontraba en
los versos no era la sombra de la muerte, sino la vida intacta. Leía a Lorca y
veía al hombre completo, a la luz, a la belleza de esta tierra que nadie pudo
amordazar.
Con Trescastro, en cambio,
ocurrió todo lo contrario.
Hasta su muerte en 1954, el
tipo siguió arrastrando su figura por los mostradores de los bares de Granada.
Pero los años no pasan en vano y la impunidad tiene un aliento muy corto.
Aquella frase con la que en el 36 pretendía exhibir poder y ganar méritos ante
los nuevos dueños de la ciudad, se fue volviendo con los años una carga
hedionda. Cada vez que apretaba el vaso de vino y empezaba a pregonar su hazaña
entre la parroquia del bar, la gente ya no lo miraba con temor, sino con un
silencio pesado, lleno de incomodidad y repulsa.
Ya no daba miedo. Se había
convertido en la estampa misma de la derrota moral: un hombre consumido por el
alcohol y las deudas, un testimonio ambulante de la barbarie y la cobardía que
muchos, incluso entre los suyos, preferían no mirar de frente para no recordar
el dolor y el monstruo que habían alimentado.
A
diferencia de Ramón Ruiz Alonso —aquel linotipista y exdiputado que encabezó la
detención en la calle Angulo y que acabó sus días años más tarde en el exilio estadounidense,
en Las Vegas, huyendo de las preguntas y sepultado en el anonimato—, Trescastro
murió aquí, en Granada, y descansa bajo una lápida con nombre y apellidos. Pero
de nada le sirvió el mármol ni el apellido de alcurnia.
Cuando supe de su muerte en aquel
invierno del 54, no sentí alegría ni rabia. Solo una profunda paz. Fui a mi
cuarto, saqué de debajo del jergón el viejo Romancero Gitano, aún envuelto en
el trapo de cocina, y lo puse sobre la mesa, a la luz del día, sin miedo a nada
ni a nadie.
Ahí estaba la respuesta a
todas las preguntas que me hice desde niño: Trescastro podía tener su tumba
grabada en el cementerio de San José, pero su recuerdo había quedado reducido a
una sombra despreciable; el poeta, en cambio, seguía hablándole al mundo con la
misma voz joven, libre e inmortal que nunca nadie pudo callar.
Juan Luis Trescastro Medina
(Granada, 1877-1954) fue abogado y político conservador, perteneciente a una
familia de notable influencia en la sociedad granadina y, especialmente, en el
entorno de Santa Fe. Siguiendo los pasos de su padre, también abogado,
desarrolló una carrera política que lo llevó a ocupar distintos cargos
públicos, entre ellos el de concejal de Santa Fe y diputado provincial de Granada.
Durante la Segunda República se
vinculó a Acción Popular, formación política integrada posteriormente en la
CEDA, y mantuvo una estrecha relación con Ramón Ruiz Alonso, uno de los
principales protagonistas de la detención de Federico García Lorca.
El 16 de agosto de 1936, Trescastro
participó en el dispositivo que acudió a detener al poeta en la vivienda de la
familia Rosales, donde se encontraba refugiado. Según diversas investigaciones,
permaneció en el vehículo por temor a ser reconocido, dada su relación de
parentesco con aquella familia. Otras, en cambio, señalan que aprovechó el
parentesco de su mujer para cruzar el umbral y sentarse a tomar café con la
señora de la casa.
Tras el asesinato de Lorca, su
nombre quedó asociado a las fanfarronadas con las que presumía por los bares de
Granada de haber participado en su muerte, llegando a atribuirse el disparo de
gracia. Sin embargo, su intervención material en la ejecución del poeta no ha
podido demostrarse de manera concluyente.
Murió en Granada el 17 de febrero de
1954, en su domicilio de la calle Alhamar. Se llevó consigo muchas respuestas
sobre aquellos acontecimientos que nunca llegaron a esclarecerse por completo.
Esta síntesis se apoya principalmente en la
documentación biográfica de Universo Lorca y en las investigaciones publicadas
por El Independiente de Granada.
Nota del autor:
He
aprendido algo y te lo voy a contar de una manera que te apetezca leerlo
Este relato nace de hechos y
personajes históricos relacionados con Federico García Lorca y Juan Luis
Trescastro.
He querido contar lo que he
aprendido sobre aquel personaje de una manera diferente: no mediante una simple
recopilación de datos ni remitiendo al lector a un enlace, sino construyendo
una historia que permita acercarse a aquellos acontecimientos de una forma más
humana y entretenida.
El niño, su padre, la taberna
y las situaciones personales que aparecen en el relato pertenecen a la
recreación literaria. Los hechos históricos que sirven de base a la narración
corresponden a la información que he podido conocer sobre aquellos años.
Porque a veces una historia inventada puede ser
una buena manera de despertar el interés por una historia que, esa sí, ocurrió
de verdad.
FIN


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