AJEDREZ EGABRENSE
RELATO
CORTO
Presentado al IV
CONCURSO RELATOS CORTOS DE AJEDREZ ENROQUE CORTO SAHALDAU (Puente Genil)
Dedicado a
mis compañeros y amigos ajedrecistas, a los que están y a los que ya no están.
LA CUEVA
La Cueva. Así llamamos los miembros del
club de ajedrez a nuestra sede. Club de una población de poco más de veinte mil
habitantes. El local de unos pocos metros cuadrados está situado bajo las
gradas del pabellón deportivo. Sin ventanas, sin servicios, con la luz de un
par de fluorescentes. El polvo invade la Cueva, su suelo de cemento en bruto no
para de producirlo, al que se añade el que entra por los respiraderos y la
puerta. Nos visitan los ratones que se pasean por la estructura de las gradas,
en busca de los restos de las chucherías consumidas por los espectadores de las
competiciones deportivas.
La Cueva es nuestro lugar de reunión, de
entrenamiento, de desahogo ante el tablero, donde los socios intentamos vernos
todos los viernes. Entre movimiento y movimiento, entre partida y partida, nos contamos
cosas de nuestra vida, de la actualidad, en fin, de lo que va surgiendo.
La concentración escasa. El ruido de los
entrenamientos y competiciones del pabellón no nos da descanso. Yo les digo a
mis compañeros, parte en broma, parte en serio, que nos sirve para
acostumbrarnos a los ruidos de fondo que suele haber en los torneos.
Tenemos una pequeña nevera de más de
cincuenta años, repintada, con rastros de óxido, funcionamiento perfecto, vamos,
de calidad, de las que ya no se fabrican. Imprescindible para los jugadores de
nuestro club, todos bastante “viejunos”, a los que nos gusta acompañar el juego
con alguna cerveza o copita de vino; algún despistado se toma un refresco.
Admiramos a nuestra nevera; creemos que se mantiene en mejor estado que todos
nuestros jugadores.
Estamos empezando a cazar premios de las
categorías de mayores de cincuenta años; los otros, cada vez más complicados,
es lo que hay. Nos lo tomamos bien; estamos en esa etapa que buscamos más el
disfrute con el juego que los premios. Nos gustan los torneos por equipos; no
vas solo a la competición, charlas con los compañeros de todas las vicisitudes
que van surgiendo en los enfrentamientos. Lo pasamos bien en el pre y el post torneo:
el café antes, la tapa después, acompañada por la habitual cerveza o vino de la
tierra; mientras tanto, comentamos las partidas. Alguna vez recogemos premio, y
lo disfrutamos mucho, más que en individual.
En la Cueva, siempre estamos expectantes
por ver si alguien nuevo toca en la puerta o la abre directamente; ocurre
algunas veces. Algunos lo hacen porque se han equivocado, la chiquillería por
dar la lata, golpear y salir corriendo. Es raro que alguien asome interesándose,
y el que lo hace le da un vistazo al lugar y se piensa el volver.
Cuando yo era un chaval de catorce años,
también busqué un lugar para jugar; lo encontré en el casino del pueblo; no
había club como tal. Los aficionados que había se concentraban allí. Jugadores
de los llamados “de café”. Esos denostados jugadores son flojos en aperturas y
finales, pero muy buenos en el medio juego, con sus celadas y ataques furiosos.
Curiosamente, acabé en otra cueva. En el
casino había tres mesas de ajedrez debajo de las escaleras; allí es donde se
jugaba. Había un perchero y nos iluminaba un fluorescente. Allí no se
necesitaba nevera; en la barra del lugar nos podían surtir de las bebidas
necesarias. Yo, lógicamente, en aquellos tiempos no bebía ni agua, por edad y
por cuestiones económicas. La cuestión es que jugar debajo de las escaleras es
lo mismo que jugar debajo de unas gradas; al fin y al cabo son lo mismo; en
unas te sientas y en otras no… bueno, si estás cansado, también les puedes dar
ese uso.
Recuerdo a esos jugadores; la mayoría ya
no está con nosotros. Quizás algún día nos encontremos nuevamente. No soy
religioso, pero quién sabe, tal vez nuestras mentes se queden flotando por ahí,
en el universo, entre las estrellas. Lleguen a encontrarse y jueguen partidas
durante la eternidad, alumbrados por luces estelares y no por fluorescentes
terrestres polvorientos.
Recuerdo a don José; era más que un
jugador de café, y si lo era, lo era superlativo. Tenía terribles secuelas
producidas por la guerra civil; había perdido un ojo y un brazo a causa de la
metralla. Era un jugador incansable; lo podías ver entre ronda y ronda de los
torneos jugando partidas amistosas con quien fuera, mientras los demás
intentábamos despejar la mente para la siguiente partida.
Tenía la costumbre de decir dichos de
otros tiempos mientras jugaba, como: “No sé qué haga, si ponerme a servir o
buscar criada”, cuando estaba indeciso en una posición, o no sabía si debía
atacar o defender, o “Vísteme despacio que tengo prisa”, cuando no se debía
precipitar en cierto momento de la partida.
Me acuerdo de Alfonsito “el del estanco”,
que se compró una de las primeras maquinitas de ajedrez y jugábamos con ella en
el mostrador de su establecimiento.
Recuerdo a Manuel, con su cojera y su
apellido de la principal pieza “Rey”.
Recuerdo a Fernando, enfermo del corazón,
que se empeñó en venir a jugar un torneo conmigo. La carretera tenía muchas
curvas, y tenía que parar de vez en cuando para que vomitara. Quizás sabía que
iba a ser su última competición. Poco después murió en brazos de su padre mientras
esperaba un trasplante.
Me acuerdo de Pepe, con su acento malagueño,
y el desplazarnos los jugadores en su coche a ver el famoso Torneo de Linares.
Yo quería ir, y no había plazas, así que, como era el más joven, me tocó ir
sentado en el maletero. Una locura de aquellos tiempos.
Y recuerdo a tantos otros.
Dicen que cuando alguien se acuerda de
personas que ya no nos acompañan en este mundo, nunca morirán del todo. Yo
practico ese pensamiento, intento que eso no pase, que no queden en el olvido,
que vivan algunos momentos en mi mente.
Empecé jugando al ajedrez en mi pueblo, en
una cueva, y parece que voy a terminar en otra. No sé, quizás algún día mis
compañeros y yo salgamos de esa cueva. Quizás algún día el ajedrez y otras
actividades donde el pensar, donde la mente, sea la protagonista, salgan de la
cueva. En una sociedad donde el pensamiento, donde la inteligencia, la cultura,
queda en un segundo plano. Donde no interesa que la gente piense o que no
piense lo que interesa en el momento, que no tenga criterio propio y así ser
más maleable.
Ahora llega la inteligencia artificial,
que, como todos los inventos, tendrá sus factores muy positivos, pero, como
siempre, el ser humano le buscará usos negativos. Pero lo que sí es seguro es que
se utilizará para usar cada vez menos nuestro cerebro.
Mientras aquí estamos en la Cueva, en
nuestra Cueva. Esperando que alguien llame a la puerta, algún jugador nuevo,
algún jugador más joven que siga nuestros pasos. Esperando que llamen a la
puerta aquellos jugadores que lo dejaron y quieren retomarlo. Esperando que
algún día podamos salir de la cueva, para ir a un sitio más luminoso, donde el
polvo no domine el ambiente, donde entre la luz del sol.
EL PROBLEMA DEL MES
Jugando ajedrez blitz en Lichess, me
encontré en esta posición con negras. En ella se da un mate sencillo, pero no
por eso menos bello. JUEGAN NEGRAS Y DAN
MATE EN 4 JUGADAS.
Solución al problema:
1… Txg2+ y mi contrario
abandonó ante: 2. Rxg2 (Si 2. Rh1
Dxh2++) Tg8+ 3. Dg5 (para sobrevivir una jugada más, ya que a 3. Rh1 sigue
Df3++) Txg5+ 4. Rh1 Df3++



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