febrero 01, 2026

Relatos de historia

 Los Burgundios, el Cabo y el 23F:
«Recuerdos del ayer»

Por Antonio Fernández Álvarez
(Escribidor de sueños)

Cuarenta y cinco años después de haber hecho el servicio militar, ahora peino canas; tengo todo el tiempo del mundo para evocar mi vida pasada, y busco aquellas fotos que me hacen recordar de una manera gráfica un pasado que se me escapa en el tiempo y que señala un final ya próximo.

Me ha impresionado verme en una foto con mucho más pelo que ahora, totalmente negro. Y esa apariencia de fuerza y carácter, quizás propia de mi juventud.

Vestido con un uniforme de militar de gala, llamaba la atención que, para ser soldado de reemplazo, utilizara corbata de nudo, no la típica de gomilla que era la habitual de los soldados de reemplazo. La foto en blanco y negro, no se aprecian mis distintivos de cabo en la bocamanga de la chaqueta y, colgado del bolsillo derecho de la misma, el emblema del Ejército de Tierra, así como un documento acreditativo de identificación en el que, además de mi nombre y apellidos, se leía mi rango militar: cabo, y lugar de destino: Primera Sección de Estado Mayor. Capitanía General (Valencia) 

La Valencia de entonces no se parece, o al menos no la he podido recordar, en mi reciente visita. El edificio de Capitanía General, cerrado a cal y canto, no presenta el aspecto de vida que tenía, no solo por los mandos que allí trabajaban, sino por los soldados que, reemplazo a reemplazo, pasábamos allí los meses que aún nos restaban tras la jura de bandera hasta cubrir los quince del periodo militar. Las estrechas calles, donde abundaban los bares que todas las tardes, cuando salíamos a pasear, nos tomábamos unas cervezas, no he sido capaz de identificarlas.

Recuerdo que apenas bebía, por lo que degustaba —a mí me lo parecía— la cerveza Wol-Damm, una cerveza en la que su doble cantidad de malta le confiere el doble de fuerza, el doble de sabor y doble de cuerpo. Ahí también degusté por primera vez el pacharán. Recuerdo que un día debí pasarme en demasía, yo que estaba poco acostumbrado a beber, y su alto volumen alcohólico y lo bien que entraba. Lo cierto es que de esa tarde-noche solo recuerdo el caerme de la tercera litera, que era donde yo dormía, ya que la primera siempre era en la que todos se sentaban o incluso se tumbaban. La segunda era pisoteada por el de arriba si se subía a tumbarse un rato hasta con las botas, por lo que elegí esa que supuestamente no sería utilizada nada más que por mí. El miedo de mis compañeros quedó reflejado durante días en sus caras, y su preocupación por mi estado era más que evidente. Ciertamente, algo tendría que ver que mi comportamiento para con ellos nunca fue de superior, sino de camaradería. He de decir que me sentía querido y respetado.

Como decía el artículo quinto del cabo: «El cabo, como jefe más inmediato del soldado, debe ser querido y respetado por él. Debe no disimular jamás las faltas de subordinación, infundir amor al oficio y exactitud en el cumplimiento de sus obligaciones, ser firme en el mando, y ser comedido en sus palabras, incluso cuando reprenda».

En la foto se aprecia el claustro del antiguo Convento de Santo Domingo de los Dominicos, donde se hallaba ubicada en esa época Capitanía General de Valencia. El edificio es de estilo gótico valenciano y barroco, fundado en 1239. En él se halla la Capilla de San Vicente Ferrer, patrón de Valencia, y que un día tuve la oportunidad de ver ya que me ordenaron que llevase a los arrestados que había ese día a ese sagrado lugar para que estos la limpiasen, pues al día siguiente se celebraría allí una misa con motivo del día del Santo Patrón. El claustro era un lugar de paso a donde estaban las oficinas de la Primera Sección de Estado Mayor, donde me pasé la milicia como administrativo.

A cargo de esta sección estaba el capitán Chamorro, un hombre que nunca vestía de militar, siempre iba de paisano, solo aquella mañana del 25 de febrero tras el fallido golpe de Estado. En la madrugada del 25, el capitán general Antonio Palmarés, procedente de la IV Región Militar con sede en Zaragoza, se presentó en Capitanía General de Valencia y haría su presentación oficial como Capitán General de la III Región Militar, que era Valencia. Entonces le vimos con su traje de gala de capitán, distintas condecoraciones que no sabría enumerar y una banda cruzada con distintivo de diplomado de Estado Mayor. El trato con nosotros, sus subordinados, soldados de reemplazo, era cordial y afable, hasta el punto que algo tendría que ver que siempre todos los que eran asignados a su oficina solían ser los que mejor desarrollaban el trabajo. Eso suponía que él cumplía su trabajo frente a sus superiores, y él a cambio nos regalaba siempre una simpatía que le hacía parecer más cercano a pesar de su escalafón.

En la oficina éramos cuatro soldados los destinados a nuestra sección, que era la encargada de asuntos de tropa hasta suboficiales. En cuanto a tropa: destino de los nuevos reclutas, cambio de región por ser casados, permisos al extranjero y otros. Para los suboficiales: cambio de destino, bajas por accidentes y otros. Aunque como he citado, éramos cuatro, a veces por permisos, solo coincidíamos tres que teníamos que sacar el trabajo adelante. También si a alguno le tocaba imaginaria por la noche, no solía llegar a la oficina hasta bien entrada la mañana. Aun así, nunca teníamos trabajo atrasado. La oficina tenía tres mesas para nosotros con su correspondiente máquina de escribir, una Olivetti 98, y una mesa de despacho para el capitán Chamorro, donde todas las mañanas tenía preparado el trabajo a realizar más el que entrase a lo largo del día.

En la rigidez militar que hallaba cuando bajaba al cerrar la oficina sobre las cinco de la tarde, si habíamos acabado el trabajo, a la Compañía de Destinos a la que pertenecía, el trato especial que recibíamos por parte del capitán Chamorro era un oasis. En esta caja donde he hallado esta foto, he encontrado una carta de un compañero de la oficina con el cual durante una década estuve carteándome principalmente para felicitarnos en Navidad y, de despedida, me ha evocado una anécdota que sirvió para afianzar cierto beneplácito del capitán, ya que en la despedida me decía mi compañero: «Recuerdo a los Burgundios».

Y es que un día el capitán Chamorro me pide un favor personal. Este me pide que haga un trabajo para el instituto sobre los Burgundios que le han pedido a su hijo para subir nota. Para ello, a mí me da un pase de paisano para poder salir y acudir a la biblioteca de Gobierno Militar, que es extensísima, y un pase a deshoras por si volvía más tarde de la hora establecida por la compañía de destinos. Ciertamente, hacer un trabajo por parte de un soldado de reemplazo para fines interesados, en este caso del hijo del capitán, hoy estaría mal visto. Pero no era raro ver a los carpinteros, herreros, pintores, electricistas, mecánicos de coches, etc., de la Compañía de Destinos acudir incluso a casa de los oficiales a realizar algunos de estos trabajos.

Mientras yo faenaba en el estudio sobre los Burgundios, aquí en Valencia, la capital del Turia, preparando un trabajo para el  hijo del Capitán Chamorro, en Madrid, en la capital de España, un grupo de guardias civiles entraban en el Congreso de los Diputados con el fin de afanar la democracia, la tarde del 23 de febrero de 1981. Al frente, el teniente coronel Tejero de la Guardia Civil irrumpe en el Congreso e incluso disparan ráfagas de disparos al aire para intimidar a sus señorías.

La tarde del 23 de febrero no fue una tarde normal para los que nos encontrábamos en la Primera Sección de Estado Mayor de Capitanía General de Valencia. El capitán Chamorro y el capitán Díaz, también responsable de la oficina de la Primera Sección de Estado Mayor, pero este último encargado de las peticiones de los oficiales y otros mandos, se marcharon dejándome a cargo de las oficinas por mi condición de cabo, con la orden expresa de que no se marchase nadie hasta que ellos volvieran. 

Normalmente a las cinco pasaba un ordenanza, indicaba que ya habían dado la hora y, si teníamos el trabajo acabado, nos marchábamos a la Compañía. Aquella tarde no pasó. Por lo tanto, aquella tarde no íbamos a salir a las cinco. En realidad, no salimos de la oficina salvo por turnos para merendar y cenar, y solo volvimos a la compañía de destinos tras la intervención de Su Majestad el Rey Juan Carlos I, ordenando que se mantuviera el orden constitucional, parando así el golpe de Estado, al menos a la espera de la respuesta que dieran los golpistas, no solo los que habían asaltado el Congreso, sino como el caso de nuestra Región Militar Valencia al mando de don Jaime Miláns del Bosch y Ussía que no solo apoyaba el golpe, sino que en Valencia vimos, poco después de las imágenes del asalto en televisión, cómo los carros de combate tomaban la ciudad. Y un bando, redactado por el coronel Ibáñez, jefe de la Primera Sección de Estado Mayor, es entregado al coronel Guerri Vaquer y este al capitán Chamorro, que me lo entrega a mí para que lo pase a máquina y se distribuya para ser radiado y se haga público. Dejé sobre la mesa del capitán Chamorro mi trabajo sobre los Burgundios, que ya estaba a punto de acabar.

Los Burgundios

De una manera somera, quiero darles a conocer quiénes fueron los Burgundios, porque se sabe que las primeras migraciones burgundias los llevaron a establecerse en la margen izquierda del curso medio del Óder, aunque algunas tribus llegaron hasta las costas del lejano mar Negro. Más tarde se trasladaron a la cuenca del Vístula, según Jordanes, el historiador de los godos de mediados del siglo VI. A mediados del siglo III, los burgundios habían estado a punto de desaparecer, derrotados por otro pueblo que habitaba la misma zona, los gépidos, que, encabezados por su rey Fastida, casi los aniquilaron. Hacia la década de 270, los Burgundios comenzaron nuevamente a emigrar y entraron por primera vez en contacto con los romanos.

Hacia el final del siglo III, una población bastante numerosa de Burgundios había ocupado las antiguas tierras abandonadas de los alamanes a orillas del Rin y el Meno. El pueblo alamán había empezado a desplazarse hacia el este, hasta la frontera del Imperio (Limes Germánico), que atravesaban con cierta frecuencia para hacer incursiones en gran parte de la Galia (hacia el 259-260), hasta que fueron derrotados y se retiraron al otro lado de la frontera del Rin. Durante casi un siglo, no ocasionaron más problemas a Roma, pero hacia el año 352 retomaron las incursiones. Al final del año 367, cruzaron por sorpresa el Rin y saquearon Moguntiacum (Maguncia). En el año 369, el emperador Valentiniano I solicitó la ayuda de los burgundios en su guerra contra los alamanes (Amiano Marcelino, XXVIII, 5, 8-15), pero al final la campaña no se llevó a cabo, ya que los romanos empezaban a ver en la llegada masiva de los guerreros burgundios una amenaza incluso mayor que la que suponían los alamanes. Valentiniano contraatacó en Solicinium y, con ayuda de otros pueblos, los derrotó pírricamente, pues las bajas del ejército romano fueron tan numerosas que tuvo que abandonar la idea de continuar su campaña contra ellos.

En 374, los romanos firmaron la paz con Macriano, rey de los alamanes, que desde entonces fue un fiel aliado suyo. Los siguientes tres años, Valentiniano reorganizó las defensas de la frontera del Rin, supervisando personalmente la construcción de numerosos fuertes. Al final del siglo IV, los burgundios expulsaron a los alamanes de la región entre el Taunus y el Neckar y alcanzaron el Rin. Aproximadamente cuatro décadas más tarde, los burgundios aparecen de nuevo en las fuentes. Tras la caída en desgracia y posterior cautiverio y ejecución en Rávena del general y magister militum romano Estilicón, las tropas visigodas de Alarico I volvieron a luchar (406-408) contra Roma, acompañadas esta vez por las tribus del norte, que cruzaron el Rin y penetraron en el Imperio. Entre estas tribus se encontraban los alanos, los vándalos, los suevos y, posiblemente, los burgundios, que se supone habían emigrado hacia el oeste y se habían establecido en el valle del Rin, en la zona próxima a Borbetomagus (Worms). En 436, fueron derrotados por los hunos, perdiendo a 20.000 guerreros y su rey Gundahario.

Cuando el Imperio romano se debilitó, autorizó a los pueblos germánicos a asentarse en su territorio como «federados» (fœderati). Estos pueblos recibían tierras y una parte del impuesto sobre la renta a cambio de garantizar la seguridad del territorio. Entre ellos estaban los Burgundios que, a pesar de su condición de fœderati, parecen haber tenido una relación tormentosa con los romanos, pues irrumpieron en las regiones fronterizas y extendieron su influencia todo lo posible. Al parecer hubo a veces una relación amigable entre los hunos y los Burgundios. Una costumbre huna para las mujeres les llevaba a alargar artificialmente el cráneo de las niñas mediante fuertes vendajes cuando eran tan solo bebés. En algunas tumbas germánicas, se han encontrado adornos hunos y también cráneos femeninos tratados de esa manera. Al oeste del Rin, solo las tumbas burgundias contienen un gran número de esos cráneos.

Los siguientes años vieron el nacimiento del primero de los reinos Burgundios en torno a Worms y su posterior destrucción en el año 436. Luego, ya dentro de los límites del Imperio, en el año 443 recibieron una región llamada Sapaudia (la Saboya actual y gran parte de la meseta de Suiza) y se expandieron luego a la Borgoña, donde lograron crear un segundo reino que fue el más duradero y el que abarcó más territorio. Este desapareció en el año 534 tras su definitiva conquista por los francos.

Estos apuntes me habían abierto paso al conocimiento de esta población. Prácticamente ya tenía enfocado el trabajo, solo tenía que repasarlo, darle forma y  acabarlo, pero de momento, lo tenía que dejar aparcado para pasar a máquina:

El bando

Bando que la III Región Militar ordenó se emitiera por todas las radios, tras el asalto al Congreso el 23 de febrero:

«Excelentísimo don Jaime Miláns del Bosch y Ussía, Teniente General del Ejército y Capitán General de la III Región Militar, hago saber: ante los acontecimientos que se están desarrollando en estos momentos en la capital de España y el consiguiente vacío de poder, es mi deber garantizar el orden en la región militar de mi mando hasta que se reciban las correspondientes instrucciones de Su Majestad el Rey. En consecuencia, dispongo:

Artículo primero. Todo el personal afecto a los servicios públicos de interés civil queda militarizado, con los deberes y atribuciones que marca la ley.

Artículo segundo. Se prohíbe el contacto con las unidades armadas por parte de la población civil. Dichas unidades repelerán sin intimidación ni aviso todas las agresiones que puedan sufrir con la máxima energía. Igualmente repelerán agresiones contra edificios, establecimientos, vías de comunicación y transporte, servicios de agua, luz y electricidad, así como dependencias y almacenes de primera necesidad.

Artículo tercero. Quedarán sometidos a la jurisdicción militar y tramitados por procedimiento sumarísimo todos los hechos comprendidos en el artículo anterior, así como los delitos de rebelión, sedición y atentado o resistencia a agentes de la autoridad, los de desacato, injuria, amenaza o menosprecio a todo el personal militar o militarizado que lleve distintivo de tal, cualquiera que lo realice, propague, incite o induzca. Igualmente, los de tenencia ilícita de armas o cualquier otro objeto de agresión.

Artículo cuarto. Quedan prohibidos los lock-out, huelgas... Se considera como sedición el abandono del trabajo, siendo principales responsables los dirigentes de sindicatos y asociaciones laborales.

Artículo quinto. Quedan prohibidas todas las actividades públicas y privadas de todos los partidos políticos, prohibiéndose igualmente las reuniones superiores a cuatro personas, así como la utilización por los mismos de cualquier medio de comunicación social.

Artículo sexto. Se establece el toque de queda desde las nueve de la noche a las siete de la mañana, pudiendo circular únicamente dos personas, como máximo, durante el citado plazo de tiempo por la vía pública y pernoctando todos los grupos familiares en sus respectivos domicilios.

Artículo séptimo. Solo podrán circular los vehículos y transportes públicos, así como los particulares debidamente autorizados. Permanecerán abiertas únicamente las estaciones de servicio y suministro de carburante que diariamente se señalen.

Artículo octavo. Quedan suprimidas la totalidad de las actividades públicas y privadas de todos los partidos políticos.

Artículo noveno. Todos los cuerpos de seguridad del Estado se mantendrán bajo mi autoridad.

Artículo décimo. Igualmente, asumo el poder judicial, administrativo, tanto del ente autonómico o los provinciales y municipales.

Artículo undécimo. Estas normas estarán en vigor el tiempo estrictamente necesario para recibir instrucciones de Su Majestad el Rey o de la superioridad. 

Este bando surtirá efectos desde el momento de su publicación. Por último, se espera la colaboración activa de todas las personas, patriotas, amantes del orden y de la paz, respecto de las instrucciones anteriormente expuestas. Por todo ello, termino con un fuerte ¡Viva el Rey! ¡Viva por siempre España!».

En el despacho del Teniente Coronel D. Jaime Guerri Vaquer, situado en el mismo pasillo donde se encontraba nuestra oficina, se reunieron sobre las 4 de la tarde el capitán Díaz y el capitán Chamorro. El Teniente Coronel desconocía lo que iba a ocurrir, solo había sido informado por la mañana en el despacho del Capitán General D. Jaime Milán del Bosch y Ussía, junto con el coronel Ibáñez Inglés y otros tenientes generales, que iba a producirse en Madrid un hecho importante. Aseverándoles Miláns del Bosch: «De este hecho S. M. el Rey está al corriente. Lo aprueba y lo apoya, como me lo ha hecho saber el general Armada, de cuya fidelidad a la Corona no tengo ninguna duda». (Esta última frase fue publicada en prensa, yo no desmiento y afirmo).

En el despacho, con un pequeño aparato, un «Teleraset» —televisión, radio y casete, aparato muy típico de la época donde se podía ver la televisión, escuchar la radio y poner cintas de casete—, seguían la emisión de TVE del Congreso de los Diputados, la investidura de Calvo Sotelo. Cuando el teniente coronel Tejero entra junto con los guardias civiles a su mando en el Congreso y se produce el hecho más lamentable de nuestra joven democracia.

Mi capitán, el capitán Chamorro, vuelve a nuestra oficina y me ordena marcar el número de su casa para llamar a su mujer. Le pongo en comunicación y este la tranquiliza por los acontecimientos acaecidos en Madrid.

El temor ante los acontecimientos que se estaban produciendo en nuestro país, y nosotros, reclutas por un servicio militar que era obligatorio, nos tenía «acojonados». Además, empezamos a recibir llamadas al teléfono de la oficina de nuestros padres, que, habiendo conocido y de cerca los estragos de la Guerra Civil Española, el miedo que tenían ellos en el cuerpo, aunque sin quererlo, nos lo transmitían. Lo que hacía que fuéramos nosotros los que les animábamos a que no tuvieran miedo. Estábamos en la oficina y difícilmente aquello podría triunfar, y mucho habría de pasar para que nuestra compañía fuese llamada al frente. Pero cuando bajamos a la Compañía de Destinos a merendar o cenar, la actividad frenética, la tensión, la incertidumbre en los pasillos, los Cabos hasta con la pistola reglamentaria en el cinturón, no hacía presagiar un final feliz. Cierto es que yo, aunque era Cabo, al estar en la oficina de Estado Mayor, no tenía obligación de llevarla. Un plus de tranquilidad en una larga noche en la que pasadas las 1:30 de la madrugada pudimos irnos a dormir o hacer como que dormíamos.

Poco pudimos dormir la noche del 23, pues en el Congreso los asaltantes ahí seguían. La noche del 24 cuando en Madrid todo había acabado. Habían abandonado el Congreso y detenido al teniente coronel Tejero y otros mandos, así como a don Jaime Milán del Bosch y Ussía que había viajado en helicóptero hasta Madrid. En los corrillos que se formaban en Capitanía hablaban de una compañía del Mando de Operación Especiales dispuesta a asaltar Capitanía si seguía enquistada en continuar el golpe. La llegada de madrugada a Capitanía del nuevo capitán general hace que aparentemente todo vuelva a la calma, aunque durante unas semanas se habló de llamar al reemplazo que se había licenciado unos días antes de este lamentable acontecimiento en nuestra historia reciente. Por fortuna, la situación política se encauzó y seguimos con nuestra democracia.

Recuerdo al capitán Chamorro con su traje de gala, su enorme barriga que a veces dejaba caer en nuestra espalda mientras nos dictaba algún escrito que nos había pedido que pasáramos a máquina y, desde esa posición, podía leer lo que escribíamos y seguir con su redacción. Al menos a mí me pareció imponente, imponía respeto, majestuosidad, pero aun así seguía derrochando bondad.

—Cabo, marcho a la presentación del nuevo Capitán General. Hágase cargo de la oficina, ordene para salir a la hora de almorzar por turnos pero que siempre quede alguien en la misma.

—A la orden, mi capitán.

—¿Cómo lleva el trabajo sobre los Burgundios?

—Mi capitán, solo me queda repasarlo y pasarlo a máquina, mañana lo tendrá acabado.

—Genial, aún falta una semana para que mi hijo lo tenga que entregar. Todo sigue igual, acabada la inestabilidad política, hoy es jueves 25 de febrero, el próximo lunes vuelve a clase. Si lo tiene acabado mañana, este fin de semana puede mi hijo repasarlo y aún quedaría tiempo por si hubiera que retocar algo. Gracias, cabo.

—No hay de qué, mi capitán.

Salió, pero su presencia seguía allí. Para todos los presentes era una buena persona, y lo más importante: nos trataba como personas. Para otros oficiales de igual o menor rango, solo éramos «pringaos» que podían someter a su antojo.

Recuerdo a los Burgundios. Lamentablemente para mí, no tengo copia de este trabajo que realicé, solo me queda el breve resumen que les he puesto. Sé que obtuve notables «beneficios» por el mismo. La buena nota que debieron darle al hijo del capitán Chamorro hizo que este consintiera en mimarme, concediéndome todos los permisos que le eran posibles e incluso echándome un «capote» importante un día que me vine sin permiso y le hice pasar a mi madre un enorme mal rato. Pero yo sabía que el capitán Chamorro, mi capitán de la oficina de la Primera Sección de Estado Mayor, y los Burgundios eran los que me salvarían de aquella chiquillada por venir a mi tierra a pasar un fin de semana.

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