Los Burgundios, el Cabo y el 23F:
«Recuerdos del ayer»
Por Antonio Fernández Álvarez
(Escribidor de sueños)
Cuarenta
y cinco años después de haber hecho el servicio militar, ahora peino canas;
tengo todo el tiempo del mundo para evocar mi vida pasada, y busco aquellas
fotos que me hacen recordar de una manera gráfica un pasado que se me escapa en
el tiempo y que señala un final ya próximo.
Me ha
impresionado verme en una foto con mucho más pelo que ahora, totalmente negro. Y
esa apariencia de fuerza y carácter, quizás propia de mi juventud.
Vestido con un uniforme de militar de gala, llamaba la atención que, para ser soldado de reemplazo, utilizara corbata de nudo, no la típica de gomilla que era la habitual de los soldados de reemplazo. La foto en blanco y negro, no se aprecian mis distintivos de cabo en la bocamanga de la chaqueta y, colgado del bolsillo derecho de la misma, el emblema del Ejército de Tierra, así como un documento acreditativo de identificación en el que, además de mi nombre y apellidos, se leía mi rango militar: cabo, y lugar de destino: Primera Sección de Estado Mayor. Capitanía General (Valencia)
La
Valencia de entonces no se parece, o al menos no la he podido recordar, en mi
reciente visita. El edificio de Capitanía General, cerrado a cal y canto,
no presenta el aspecto de vida que tenía, no solo por los mandos que allí
trabajaban, sino por los soldados que, reemplazo a reemplazo, pasábamos allí
los meses que aún nos restaban tras la jura de bandera hasta cubrir los quince
del periodo militar. Las estrechas calles, donde abundaban los bares que
todas las tardes, cuando salíamos a pasear, nos tomábamos unas cervezas, no he
sido capaz de identificarlas.
Recuerdo
que apenas bebía, por lo que degustaba —a mí me lo parecía— la cerveza
Wol-Damm, una cerveza en la que su doble cantidad de malta le confiere el doble
de fuerza, el doble de sabor y doble de cuerpo. Ahí también degusté por
primera vez el pacharán. Recuerdo que un día debí pasarme en demasía, yo
que estaba poco acostumbrado a beber, y su alto volumen alcohólico y lo bien
que entraba. Lo cierto es que de esa tarde-noche solo recuerdo el caerme
de la tercera litera, que era donde yo dormía, ya que la primera siempre era en
la que todos se sentaban o incluso se tumbaban. La segunda era pisoteada
por el de arriba si se subía a tumbarse un rato hasta con las botas, por lo que
elegí esa que supuestamente no sería utilizada nada más que por mí. El
miedo de mis compañeros quedó reflejado durante días en sus caras, y su
preocupación por mi estado era más que evidente. Ciertamente, algo tendría
que ver que mi comportamiento para con ellos nunca fue de superior, sino de
camaradería. He de decir que me sentía querido y respetado.
Como
decía el artículo quinto del cabo: «El
cabo, como jefe más inmediato del soldado, debe ser querido y respetado por
él. Debe no disimular jamás las faltas de subordinación, infundir amor al
oficio y exactitud en el cumplimiento de sus obligaciones, ser firme en el
mando, y ser comedido en sus palabras, incluso cuando reprenda».
En la
foto se aprecia el claustro del antiguo Convento de Santo Domingo de los
Dominicos, donde se hallaba ubicada en esa época Capitanía General de
Valencia. El edificio es de estilo gótico valenciano y barroco, fundado en
1239. En él se halla la Capilla de San Vicente Ferrer, patrón de Valencia,
y que un día tuve la oportunidad de ver ya que me ordenaron que llevase a los
arrestados que había ese día a ese sagrado lugar para que estos la limpiasen,
pues al día siguiente se celebraría allí una misa con motivo del día del Santo
Patrón. El claustro era un lugar de paso a donde estaban las oficinas de
la Primera Sección de Estado Mayor, donde me pasé la milicia como
administrativo.
A cargo de esta sección estaba el capitán Chamorro, un hombre que nunca vestía de militar, siempre iba de paisano, solo aquella mañana del 25 de febrero tras el fallido golpe de Estado. En la madrugada del 25, el capitán general Antonio Palmarés, procedente de la IV Región Militar con sede en Zaragoza, se presentó en Capitanía General de Valencia y haría su presentación oficial como Capitán General de la III Región Militar, que era Valencia. Entonces le vimos con su traje de gala de capitán, distintas condecoraciones que no sabría enumerar y una banda cruzada con distintivo de diplomado de Estado Mayor. El trato con nosotros, sus subordinados, soldados de reemplazo, era cordial y afable, hasta el punto que algo tendría que ver que siempre todos los que eran asignados a su oficina solían ser los que mejor desarrollaban el trabajo. Eso suponía que él cumplía su trabajo frente a sus superiores, y él a cambio nos regalaba siempre una simpatía que le hacía parecer más cercano a pesar de su escalafón.
En la
oficina éramos cuatro soldados los destinados a nuestra sección, que era la
encargada de asuntos de tropa hasta suboficiales. En cuanto a tropa:
destino de los nuevos reclutas, cambio de región por ser casados, permisos al
extranjero y otros. Para los suboficiales: cambio de destino, bajas por
accidentes y otros. Aunque como he citado, éramos cuatro, a veces por
permisos, solo coincidíamos tres que teníamos que sacar el trabajo
adelante. También si a alguno le tocaba imaginaria por la noche, no solía
llegar a la oficina hasta bien entrada la mañana. Aun así, nunca teníamos
trabajo atrasado. La oficina tenía tres mesas para nosotros con su
correspondiente máquina de escribir, una Olivetti 98, y una mesa de despacho
para el capitán Chamorro, donde todas las mañanas tenía preparado el trabajo a
realizar más el que entrase a lo largo del día.
En la
rigidez militar que hallaba cuando bajaba al cerrar la oficina sobre las cinco
de la tarde, si habíamos acabado el trabajo, a la Compañía de Destinos a la que
pertenecía, el trato especial que recibíamos por parte del capitán Chamorro era
un oasis. En esta caja donde he hallado esta foto, he encontrado una carta
de un compañero de la oficina con el cual durante una década estuve carteándome
principalmente para felicitarnos en Navidad y, de despedida, me ha evocado una
anécdota que sirvió para afianzar cierto beneplácito del capitán, ya que en la
despedida me decía mi compañero: «Recuerdo a los Burgundios».
Y es que
un día el capitán Chamorro me pide un favor personal. Este me pide que
haga un trabajo para el instituto sobre los Burgundios que le han pedido a su
hijo para subir nota. Para ello, a mí me da un pase de paisano para poder
salir y acudir a la biblioteca de Gobierno Militar, que es extensísima, y un
pase a deshoras por si volvía más tarde de la hora establecida por la compañía
de destinos. Ciertamente, hacer un trabajo por parte de un soldado de
reemplazo para fines interesados, en este caso del hijo del capitán, hoy estaría
mal visto. Pero no era raro ver a los carpinteros, herreros, pintores,
electricistas, mecánicos de coches, etc., de la Compañía de Destinos acudir
incluso a casa de los oficiales a realizar algunos de estos trabajos.
Mientras
yo faenaba en el estudio sobre los Burgundios, aquí en Valencia, la capital del
Turia, preparando un trabajo para el hijo del Capitán Chamorro, en
Madrid, en la capital de España, un grupo de guardias civiles entraban en el
Congreso de los Diputados con el fin de afanar la democracia, la tarde del 23
de febrero de 1981. Al frente, el teniente coronel Tejero de la Guardia
Civil irrumpe en el Congreso e incluso disparan ráfagas de disparos al aire
para intimidar a sus señorías.
La tarde del 23 de febrero no fue una tarde normal para los que nos encontrábamos en la Primera Sección de Estado Mayor de Capitanía General de Valencia. El capitán Chamorro y el capitán Díaz, también responsable de la oficina de la Primera Sección de Estado Mayor, pero este último encargado de las peticiones de los oficiales y otros mandos, se marcharon dejándome a cargo de las oficinas por mi condición de cabo, con la orden expresa de que no se marchase nadie hasta que ellos volvieran.
Normalmente
a las cinco pasaba un ordenanza, indicaba que ya habían dado la hora y, si
teníamos el trabajo acabado, nos marchábamos a la Compañía. Aquella tarde
no pasó. Por lo tanto, aquella tarde no íbamos a salir a las
cinco. En realidad, no salimos de la oficina salvo por turnos para
merendar y cenar, y solo volvimos a la compañía de destinos tras la
intervención de Su Majestad el Rey Juan Carlos I, ordenando que se mantuviera
el orden constitucional, parando así el golpe de Estado, al menos a la espera
de la respuesta que dieran los golpistas, no solo los que habían asaltado el
Congreso, sino como el caso de nuestra Región Militar Valencia al mando de don
Jaime Miláns del Bosch y Ussía que no solo apoyaba el golpe, sino que en
Valencia vimos, poco después de las imágenes del asalto en televisión, cómo los
carros de combate tomaban la ciudad. Y un bando, redactado por el coronel
Ibáñez, jefe de la Primera Sección de Estado Mayor, es entregado al coronel
Guerri Vaquer y este al capitán Chamorro, que me lo entrega a mí para que lo
pase a máquina y se distribuya para ser radiado y se haga público. Dejé
sobre la mesa del capitán Chamorro mi trabajo sobre los Burgundios, que ya
estaba a punto de acabar.
Los Burgundios
De una
manera somera, quiero darles a conocer quiénes fueron los Burgundios, porque se
sabe que las primeras migraciones burgundias los llevaron a establecerse en la
margen izquierda del curso medio del Óder, aunque algunas tribus llegaron hasta
las costas del lejano mar Negro. Más tarde se trasladaron a la cuenca del
Vístula, según Jordanes, el historiador de los godos de mediados del siglo
VI. A mediados del siglo III, los burgundios habían estado a punto de
desaparecer, derrotados por otro pueblo que habitaba la misma zona, los
gépidos, que, encabezados por su rey Fastida, casi los aniquilaron. Hacia
la década de 270, los Burgundios comenzaron nuevamente a emigrar y entraron por
primera vez en contacto con los romanos.
Hacia el
final del siglo III, una población bastante numerosa de Burgundios había
ocupado las antiguas tierras abandonadas de los alamanes a orillas del Rin y el
Meno. El pueblo alamán había empezado a desplazarse hacia el este, hasta
la frontera del Imperio (Limes Germánico), que atravesaban con cierta
frecuencia para hacer incursiones en gran parte de la Galia (hacia el 259-260),
hasta que fueron derrotados y se retiraron al otro lado de la frontera del
Rin. Durante casi un siglo, no ocasionaron más problemas a Roma, pero
hacia el año 352 retomaron las incursiones. Al final del año 367, cruzaron
por sorpresa el Rin y saquearon Moguntiacum (Maguncia). En
el año 369, el emperador Valentiniano I solicitó la ayuda de los burgundios en
su guerra contra los alamanes (Amiano Marcelino, XXVIII, 5, 8-15), pero al
final la campaña no se llevó a cabo, ya que los romanos empezaban a ver en la
llegada masiva de los guerreros burgundios una amenaza incluso mayor que la que
suponían los alamanes. Valentiniano contraatacó en Solicinium y,
con ayuda de otros pueblos, los derrotó pírricamente, pues las bajas del
ejército romano fueron tan numerosas que tuvo que abandonar la idea de
continuar su campaña contra ellos.
En 374, los romanos firmaron la paz con Macriano, rey de los alamanes, que desde entonces fue un fiel aliado suyo. Los siguientes tres años, Valentiniano reorganizó las defensas de la frontera del Rin, supervisando personalmente la construcción de numerosos fuertes. Al final del siglo IV, los burgundios expulsaron a los alamanes de la región entre el Taunus y el Neckar y alcanzaron el Rin. Aproximadamente cuatro décadas más tarde, los burgundios aparecen de nuevo en las fuentes. Tras la caída en desgracia y posterior cautiverio y ejecución en Rávena del general y magister militum romano Estilicón, las tropas visigodas de Alarico I volvieron a luchar (406-408) contra Roma, acompañadas esta vez por las tribus del norte, que cruzaron el Rin y penetraron en el Imperio. Entre estas tribus se encontraban los alanos, los vándalos, los suevos y, posiblemente, los burgundios, que se supone habían emigrado hacia el oeste y se habían establecido en el valle del Rin, en la zona próxima a Borbetomagus (Worms). En 436, fueron derrotados por los hunos, perdiendo a 20.000 guerreros y su rey Gundahario.
Cuando
el Imperio romano se debilitó, autorizó a los pueblos germánicos a asentarse en
su territorio como «federados» (fœderati). Estos pueblos recibían
tierras y una parte del impuesto sobre la renta a cambio de garantizar la
seguridad del territorio. Entre ellos estaban los Burgundios que, a pesar
de su condición de fœderati, parecen haber tenido una relación
tormentosa con los romanos, pues irrumpieron en las regiones fronterizas y
extendieron su influencia todo lo posible. Al parecer hubo a veces una
relación amigable entre los hunos y los Burgundios. Una costumbre huna
para las mujeres les llevaba a alargar artificialmente el cráneo de las niñas
mediante fuertes vendajes cuando eran tan solo bebés. En algunas tumbas
germánicas, se han encontrado adornos hunos y también cráneos femeninos
tratados de esa manera. Al oeste del Rin, solo las tumbas burgundias
contienen un gran número de esos cráneos.
Los
siguientes años vieron el nacimiento del primero de los reinos Burgundios en
torno a Worms y su posterior destrucción en el año 436. Luego, ya dentro
de los límites del Imperio, en el año 443 recibieron una región llamada
Sapaudia (la Saboya actual y gran parte de la meseta de Suiza) y se expandieron
luego a la Borgoña, donde lograron crear un segundo reino que fue el más
duradero y el que abarcó más territorio. Este desapareció en el año 534
tras su definitiva conquista por los francos.
Estos
apuntes me habían abierto paso al conocimiento de esta
población. Prácticamente ya tenía enfocado el trabajo, solo tenía que
repasarlo, darle forma y acabarlo, pero de momento, lo tenía que
dejar aparcado para pasar a máquina:
El bando
Bando
que la III Región Militar ordenó se emitiera por todas las radios, tras el
asalto al Congreso el 23 de febrero:
«Excelentísimo don Jaime Miláns del Bosch y Ussía, Teniente General del Ejército y Capitán General de la III Región Militar, hago saber: ante los acontecimientos que se están desarrollando en estos momentos en la capital de España y el consiguiente vacío de poder, es mi deber garantizar el orden en la región militar de mi mando hasta que se reciban las correspondientes instrucciones de Su Majestad el Rey. En consecuencia, dispongo:
Artículo primero. Todo el personal afecto a los
servicios públicos de interés civil queda militarizado, con los deberes y
atribuciones que marca la ley.
Artículo segundo. Se prohíbe el contacto con las
unidades armadas por parte de la población civil. Dichas unidades
repelerán sin intimidación ni aviso todas las agresiones que puedan sufrir con
la máxima energía. Igualmente repelerán agresiones contra edificios,
establecimientos, vías de comunicación y transporte, servicios de agua, luz y
electricidad, así como dependencias y almacenes de primera necesidad.
Artículo tercero. Quedarán sometidos a la
jurisdicción militar y tramitados por procedimiento sumarísimo todos los hechos
comprendidos en el artículo anterior, así como los delitos de rebelión,
sedición y atentado o resistencia a agentes de la autoridad, los de desacato,
injuria, amenaza o menosprecio a todo el personal militar o militarizado que
lleve distintivo de tal, cualquiera que lo realice, propague, incite o induzca. Igualmente,
los de tenencia ilícita de armas o cualquier otro objeto de agresión.
Artículo cuarto. Quedan prohibidos los lock-out,
huelgas... Se considera como sedición el abandono del trabajo, siendo
principales responsables los dirigentes de sindicatos y asociaciones laborales.
Artículo quinto. Quedan prohibidas todas las
actividades públicas y privadas de todos los partidos políticos, prohibiéndose
igualmente las reuniones superiores a cuatro personas, así como la utilización
por los mismos de cualquier medio de comunicación social.
Artículo sexto. Se establece el toque de queda
desde las nueve de la noche a las siete de la mañana, pudiendo circular
únicamente dos personas, como máximo, durante el citado plazo de tiempo por la
vía pública y pernoctando todos los grupos familiares en sus respectivos
domicilios.
Artículo séptimo. Solo podrán circular los
vehículos y transportes públicos, así como los particulares debidamente
autorizados. Permanecerán abiertas únicamente las estaciones de servicio y
suministro de carburante que diariamente se señalen.
Artículo octavo. Quedan suprimidas la totalidad de
las actividades públicas y privadas de todos los partidos políticos.
Artículo noveno. Todos los cuerpos de seguridad
del Estado se mantendrán bajo mi autoridad.
Artículo décimo. Igualmente, asumo el poder
judicial, administrativo, tanto del ente autonómico o los provinciales y
municipales.
Artículo undécimo. Estas normas estarán en vigor el tiempo estrictamente necesario para recibir instrucciones de Su Majestad el Rey o de la superioridad.
Este
bando surtirá efectos desde el momento de su publicación. Por último, se
espera la colaboración activa de todas las personas, patriotas, amantes del
orden y de la paz, respecto de las instrucciones anteriormente expuestas. Por
todo ello, termino con un fuerte ¡Viva el Rey! ¡Viva por siempre España!».
En el
despacho del Teniente Coronel D. Jaime Guerri Vaquer, situado en el mismo
pasillo donde se encontraba nuestra oficina, se reunieron sobre las 4 de la
tarde el capitán Díaz y el capitán Chamorro. El Teniente Coronel
desconocía lo que iba a ocurrir, solo había sido informado por la mañana en el
despacho del Capitán General D. Jaime Milán del Bosch y Ussía, junto con el
coronel Ibáñez Inglés y otros tenientes generales, que iba a producirse en
Madrid un hecho importante. Aseverándoles Miláns del Bosch: «De este hecho
S. M. el Rey está al corriente. Lo aprueba y lo apoya, como me lo ha hecho
saber el general Armada, de cuya fidelidad a la Corona no tengo ninguna duda».
(Esta última frase fue publicada en prensa, yo no desmiento y afirmo).
En el
despacho, con un pequeño aparato, un «Teleraset» —televisión, radio y casete,
aparato muy típico de la época donde se podía ver la televisión, escuchar la
radio y poner cintas de casete—, seguían la emisión de TVE del Congreso de los
Diputados, la investidura de Calvo Sotelo. Cuando el teniente coronel
Tejero entra junto con los guardias civiles a su mando en el Congreso y se
produce el hecho más lamentable de nuestra joven democracia.
Mi
capitán, el capitán Chamorro, vuelve a nuestra oficina y me ordena marcar el
número de su casa para llamar a su mujer. Le pongo en comunicación y este
la tranquiliza por los acontecimientos acaecidos en Madrid.
El temor
ante los acontecimientos que se estaban produciendo en nuestro país, y
nosotros, reclutas por un servicio militar que era obligatorio, nos tenía
«acojonados». Además, empezamos a recibir llamadas al teléfono de la
oficina de nuestros padres, que, habiendo conocido y de cerca los estragos de
la Guerra Civil Española, el miedo que tenían ellos en el cuerpo, aunque sin
quererlo, nos lo transmitían. Lo que hacía que fuéramos nosotros los que
les animábamos a que no tuvieran miedo. Estábamos en la oficina y
difícilmente aquello podría triunfar, y mucho habría de pasar para que nuestra
compañía fuese llamada al frente. Pero cuando bajamos a la Compañía de
Destinos a merendar o cenar, la actividad frenética, la tensión, la
incertidumbre en los pasillos, los Cabos hasta con la pistola reglamentaria en
el cinturón, no hacía presagiar un final feliz. Cierto es que yo, aunque
era Cabo, al estar en la oficina de Estado Mayor, no tenía obligación de
llevarla. Un plus de tranquilidad en una larga noche en la que pasadas las
1:30 de la madrugada pudimos irnos a dormir o hacer como que dormíamos.
Poco pudimos dormir la noche del 23, pues en el Congreso los asaltantes ahí seguían. La noche del 24 cuando en Madrid todo había acabado. Habían abandonado el Congreso y detenido al teniente coronel Tejero y otros mandos, así como a don Jaime Milán del Bosch y Ussía que había viajado en helicóptero hasta Madrid. En los corrillos que se formaban en Capitanía hablaban de una compañía del Mando de Operación Especiales dispuesta a asaltar Capitanía si seguía enquistada en continuar el golpe. La llegada de madrugada a Capitanía del nuevo capitán general hace que aparentemente todo vuelva a la calma, aunque durante unas semanas se habló de llamar al reemplazo que se había licenciado unos días antes de este lamentable acontecimiento en nuestra historia reciente. Por fortuna, la situación política se encauzó y seguimos con nuestra democracia.
Recuerdo
al capitán Chamorro con su traje de gala, su enorme barriga que a veces dejaba
caer en nuestra espalda mientras nos dictaba algún escrito que nos había pedido
que pasáramos a máquina y, desde esa posición, podía leer lo que escribíamos y
seguir con su redacción. Al menos a mí me pareció imponente, imponía
respeto, majestuosidad, pero aun así seguía derrochando bondad.
—Cabo,
marcho a la presentación del nuevo Capitán General. Hágase cargo de la
oficina, ordene para salir a la hora de almorzar por turnos pero que siempre
quede alguien en la misma.
—A la
orden, mi capitán.
—¿Cómo
lleva el trabajo sobre los Burgundios?
—Mi
capitán, solo me queda repasarlo y pasarlo a máquina, mañana lo tendrá acabado.
—Genial,
aún falta una semana para que mi hijo lo tenga que entregar. Todo sigue
igual, acabada la inestabilidad política, hoy es jueves 25 de febrero, el
próximo lunes vuelve a clase. Si lo tiene acabado mañana, este fin de
semana puede mi hijo repasarlo y aún quedaría tiempo por si hubiera que retocar
algo. Gracias, cabo.
—No hay
de qué, mi capitán.
Salió,
pero su presencia seguía allí. Para todos los presentes era una buena
persona, y lo más importante: nos trataba como personas. Para otros
oficiales de igual o menor rango, solo éramos «pringaos» que podían someter a
su antojo.
Recuerdo a los Burgundios. Lamentablemente para mí, no tengo copia de este trabajo que realicé, solo me queda el breve resumen que les he puesto. Sé que obtuve notables «beneficios» por el mismo. La buena nota que debieron darle al hijo del capitán Chamorro hizo que este consintiera en mimarme, concediéndome todos los permisos que le eran posibles e incluso echándome un «capote» importante un día que me vine sin permiso y le hice pasar a mi madre un enorme mal rato. Pero yo sabía que el capitán Chamorro, mi capitán de la oficina de la Primera Sección de Estado Mayor, y los Burgundios eran los que me salvarían de aquella chiquillada por venir a mi tierra a pasar un fin de semana.

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