SAN VALENTÍN
Donde el amor aprende a perdurar
Febrero llega siempre
con un rumor antiguo. No es solo el mes más breve del año; es el mes en que el
calendario parece latir. El invierno aún no se ha ido del todo, pero la luz
comienza a insinuarse, tímida, como una promesa. En medio de ese umbral entre
el frío y la esperanza, el 14 de febrero se alza como una fecha cargada de
símbolos: San Valentín, nombre que ha atravesado los siglos como un susurro
persistente.
Ese día, el mundo se
llena de gestos que buscan decir lo indecible. Flores que hablan sin voz,
cartas que tiemblan en las manos, silencios compartidos que valen más que
cualquier palabra. Para algunos, es una celebración íntima; para otros, un
ruido impuesto. Pero, más allá del juicio, San Valentín sigue ahí,
sobreviviendo al tiempo como lo hacen las historias que tocan algo esencial del
ser humano.
Porque San Valentín no
nació en los escaparates. Nació en el conflicto, en la desobediencia, en la
convicción de que amar también es un acto de resistencia. En la Roma del siglo
III, el amor no era una prioridad. El Imperio exigía cuerpos fuertes, espadas
firmes y corazones sin ataduras. Claudio II gobernaba con la lógica implacable
de la guerra, convencido de que un soldado sin familia era un soldado más útil.
Prohibió el matrimonio
entre los jóvenes, como quien arranca una raíz para que el árbol no se incline.
Creyó que podía legislar el afecto, domesticar el deseo, ordenar el corazón
como se ordenan las legiones. Y entonces apareció Valentín.
Sacerdote cristiano,
sí, pero ante todo hombre convencido de que el amor no admite decretos. En la
penumbra de las casas, lejos de la mirada del poder, unía a los enamorados. No
hacía ruido. No proclamaba rebeliones. Simplemente bendecía aquello que ya
estaba vivo. Por eso lo encarcelaron. Y por eso lo mataron.
El 14 de febrero del año 269, Valentín murió, pero su gesto quedó suspendido en el aire, como quedan las semillas que nadie ve germinar. A veces la historia no recuerda a los que conquistan, sino a los que aman a contracorriente. La muerte no fue suficiente para silenciarlo. Al contrario, fue entonces cuando comenzó el mito.
Se dice que en prisión
devolvió la luz a los ojos ciegos de una joven. Se dice que escribió una última
carta, firmada con una frase sencilla y eterna: «De tu Valentín». No importa si
ocurrió exactamente así. Hay verdades que no necesitan pruebas; basta con que
sean creídas durante siglos. La leyenda convirtió a Valentín en algo más que un
mártir: lo volvió símbolo. En él se concentró la idea del amor que no se rinde,
del afecto que persiste incluso cuando el mundo se vuelve hostil. Desde
entonces, cada gesto amoroso lleva, sin saberlo, un eco de aquella historia.
Antes de que Valentín
tuviera nombre en el calendario, febrero ya celebraba el impulso de la vida.
Las Lupercales llenaban Roma de rituales paganos, de cuerpos en movimiento, de
risas y sangre, de deseo y fertilidad. Era una fiesta antigua, visceral, ligada
al latido de la tierra.
Cuando la Iglesia
sustituyó aquellos ritos por la festividad de San Valentín, no borró el
impulso: lo transformó. Donde antes había instinto, colocó compromiso. Donde
había carne, puso promesa. El amor dejó de ser solo impulso y se convirtió en
camino compartido. Así, febrero siguió siendo el mes del renacer, pero con un
nuevo lenguaje: el del amor que elige quedarse.
En la Edad Media, el
amor se volvió palabra. Se volvió poema. Se creía que el 14 de febrero los
pájaros comenzaban a buscar pareja, y esa imagen bastó para encender la
imaginación humana. Los poetas, como Geoffrey Chaucer, hicieron el resto. El
amor dejó de ser solo un hecho y se convirtió en ideal.
Nació el amor cortés:
ese amor que observa desde la distancia, que admira, que espera. Un amor que
ennoblece tanto a quien ama como a quien es amado. Cartas escritas a mano,
versos torpes y sinceros, símbolos mínimos cargados de significado: el corazón
humano aprendía a expresarse. Y aún hoy, cuando alguien escribe «te quiero» con
un poco de miedo, está repitiendo aquel gesto medieval de exponerse sin
armadura.
La imprenta multiplicó
las palabras. El mercado multiplicó los gestos. El siglo XIX convirtió el amor
en tarjeta, y el XX lo envolvió en papel de regalo. San Valentín se expandió
por el mundo como una melodía conocida, adaptándose a cada cultura. A veces se
le acusa de superficial. Pero, incluso en su forma más comercial, San Valentín
revela algo profundo: necesitamos fechas para recordar lo que debería ser
cotidiano. Necesitamos símbolos porque el amor, por sí solo, no siempre
encuentra palabras.
Hoy, San Valentín no
tiene un solo rostro. En algunos lugares es chocolate; en otros, amistad; en
otros, cuidado personal. Hay quien lo celebra en pareja, quien lo comparte con
amigos y quien lo dedica a reconciliarse consigo mismo. Y quizá ahí esté su
fuerza: en no imponer una única forma de amar.
San Valentín ha sobrevivido porque habla de algo que no envejece. El amor cambia de forma, de lenguaje, de ritual, pero nunca desaparece. En un mundo rápido, ruidoso y fragmentado, amar sigue siendo un gesto radical. Escuchar, cuidar, permanecer. Amar no es un exceso romántico: es una forma de resistencia. Y cada 14 de febrero, entre flores o silencios, entre risas o ausencias, el corazón humano vuelve a recordarlo. Porque amar —como hizo Valentín— sigue siendo, todavía hoy, un acto profundamente valiente.


No hay comentarios:
Publicar un comentario