febrero 01, 2026

Miguel Ángel Moral Quero

 



SAN VALENTÍN






Donde el amor aprende a perdurar

Febrero llega siempre con un rumor antiguo. No es solo el mes más breve del año; es el mes en que el calendario parece latir. El invierno aún no se ha ido del todo, pero la luz comienza a insinuarse, tímida, como una promesa. En medio de ese umbral entre el frío y la esperanza, el 14 de febrero se alza como una fecha cargada de símbolos: San Valentín, nombre que ha atravesado los siglos como un susurro persistente.

Ese día, el mundo se llena de gestos que buscan decir lo indecible. Flores que hablan sin voz, cartas que tiemblan en las manos, silencios compartidos que valen más que cualquier palabra. Para algunos, es una celebración íntima; para otros, un ruido impuesto. Pero, más allá del juicio, San Valentín sigue ahí, sobreviviendo al tiempo como lo hacen las historias que tocan algo esencial del ser humano.

Porque San Valentín no nació en los escaparates. Nació en el conflicto, en la desobediencia, en la convicción de que amar también es un acto de resistencia. En la Roma del siglo III, el amor no era una prioridad. El Imperio exigía cuerpos fuertes, espadas firmes y corazones sin ataduras. Claudio II gobernaba con la lógica implacable de la guerra, convencido de que un soldado sin familia era un soldado más útil.

Prohibió el matrimonio entre los jóvenes, como quien arranca una raíz para que el árbol no se incline. Creyó que podía legislar el afecto, domesticar el deseo, ordenar el corazón como se ordenan las legiones. Y entonces apareció Valentín.

Sacerdote cristiano, sí, pero ante todo hombre convencido de que el amor no admite decretos. En la penumbra de las casas, lejos de la mirada del poder, unía a los enamorados. No hacía ruido. No proclamaba rebeliones. Simplemente bendecía aquello que ya estaba vivo. Por eso lo encarcelaron. Y por eso lo mataron.

El 14 de febrero del año 269, Valentín murió, pero su gesto quedó suspendido en el aire, como quedan las semillas que nadie ve germinar. A veces la historia no recuerda a los que conquistan, sino a los que aman a contracorriente. La muerte no fue suficiente para silenciarlo. Al contrario, fue entonces cuando comenzó el mito. 

Se dice que en prisión devolvió la luz a los ojos ciegos de una joven. Se dice que escribió una última carta, firmada con una frase sencilla y eterna: «De tu Valentín». No importa si ocurrió exactamente así. Hay verdades que no necesitan pruebas; basta con que sean creídas durante siglos. La leyenda convirtió a Valentín en algo más que un mártir: lo volvió símbolo. En él se concentró la idea del amor que no se rinde, del afecto que persiste incluso cuando el mundo se vuelve hostil. Desde entonces, cada gesto amoroso lleva, sin saberlo, un eco de aquella historia.

Antes de que Valentín tuviera nombre en el calendario, febrero ya celebraba el impulso de la vida. Las Lupercales llenaban Roma de rituales paganos, de cuerpos en movimiento, de risas y sangre, de deseo y fertilidad. Era una fiesta antigua, visceral, ligada al latido de la tierra.

Cuando la Iglesia sustituyó aquellos ritos por la festividad de San Valentín, no borró el impulso: lo transformó. Donde antes había instinto, colocó compromiso. Donde había carne, puso promesa. El amor dejó de ser solo impulso y se convirtió en camino compartido. Así, febrero siguió siendo el mes del renacer, pero con un nuevo lenguaje: el del amor que elige quedarse.

En la Edad Media, el amor se volvió palabra. Se volvió poema. Se creía que el 14 de febrero los pájaros comenzaban a buscar pareja, y esa imagen bastó para encender la imaginación humana. Los poetas, como Geoffrey Chaucer, hicieron el resto. El amor dejó de ser solo un hecho y se convirtió en ideal.

Nació el amor cortés: ese amor que observa desde la distancia, que admira, que espera. Un amor que ennoblece tanto a quien ama como a quien es amado. Cartas escritas a mano, versos torpes y sinceros, símbolos mínimos cargados de significado: el corazón humano aprendía a expresarse. Y aún hoy, cuando alguien escribe «te quiero» con un poco de miedo, está repitiendo aquel gesto medieval de exponerse sin armadura.

La imprenta multiplicó las palabras. El mercado multiplicó los gestos. El siglo XIX convirtió el amor en tarjeta, y el XX lo envolvió en papel de regalo. San Valentín se expandió por el mundo como una melodía conocida, adaptándose a cada cultura. A veces se le acusa de superficial. Pero, incluso en su forma más comercial, San Valentín revela algo profundo: necesitamos fechas para recordar lo que debería ser cotidiano. Necesitamos símbolos porque el amor, por sí solo, no siempre encuentra palabras.

Hoy, San Valentín no tiene un solo rostro. En algunos lugares es chocolate; en otros, amistad; en otros, cuidado personal. Hay quien lo celebra en pareja, quien lo comparte con amigos y quien lo dedica a reconciliarse consigo mismo. Y quizá ahí esté su fuerza: en no imponer una única forma de amar.

San Valentín ha sobrevivido porque habla de algo que no envejece. El amor cambia de forma, de lenguaje, de ritual, pero nunca desaparece. En un mundo rápido, ruidoso y fragmentado, amar sigue siendo un gesto radical. Escuchar, cuidar, permanecer. Amar no es un exceso romántico: es una forma de resistencia. Y cada 14 de febrero, entre flores o silencios, entre risas o ausencias, el corazón humano vuelve a recordarlo. Porque amar —como hizo Valentín— sigue siendo, todavía hoy, un acto profundamente valiente.


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