El arte de amar
No hay expresión más
tierna y dulce que la de «besito de pingüino», aunque seguramente muchos
también la conozcáis como el «besito de esquimal». La tengo resonando en mi
cabeza como una parte de la infancia y como un gesto de cariño; al fin y al
cabo, ¿qué gesto hay tan bonito como hacer que las narices de dos personas se
junten suavemente?
Como ya os podéis
imaginar por las fechas en las que estamos, hoy os vengo a hablar del amor.
Pero no del amor pasional, fugaz y comercial que nos trae el día de San
Valentín —en el que muchas parejas salen a cenar a restaurantes y se regalan
rosas—, sino de ese amor que, en el día a día, a menudo olvida su «besito de
pingüino».
A pesar de haber
mencionado tanto esta expresión, todavía no he explicado de dónde proviene. No
hay que ser un genio para imaginarlo: como muchas otras cosas en la vida, nos
lo han enseñado los animales. En concreto, ese animal tan bien trajeado y
elegante que es el pingüino, cuyos ejemplares rozan sus picos como muestra de
afecto.
El pingüino nos enseña
un amor fiel y una cercanía emocional basada en la creación de vínculos:
- Monogamia y lealtad: Este animal es monógamo y se mantiene fiel a su pareja. Si ambos
sobreviven al año siguiente, vuelven a elegirse para la crianza.
- Cooperación: Se
turnan para incubar, alimentarse y cuidar de la cría.
- Regalos simbólicos: El macho, como muestra de interés y compromiso, le regala a la hembra
una piedra. Si ella la acepta, es la señal de que acepta a la pareja.
Además, esa misma piedra se utiliza después para construir el nido.
Más allá de parecer un
documental sobre la vida animal, cabe preguntarse si esto no es mucho más
romántico que San Valentín. Me diréis que una rosa es más bonita que una piedra
pero, sinceramente, la piedra cuenta con un punto a su favor: no se marchita.
Me parece mucho más simbólico regalar algo que represente un amor verdadero y
duradero, y no una flor que en una semana estará lista para el compost. Quizá,
pensándolo bien, la rosa sea la flor más adecuada para representar el San
Valentín comercial y consumista que la publicidad nos impulsa a celebrar.
Si todavía no os
convence la idea de regalar una piedra —quizá por el riesgo de que vuestra
pareja os la tire a la cabeza por falta de contexto—, tengo otra propuesta: el Dianthus
barbatus, conocido comúnmente como el «clavel del poeta».
Se llama así porque en
la Europa medieval se decía que los poetas los regalaban a quienes amaban en
silencio. No es una flor pasional ni escandalosa, sino una cargada de profunda
admiración y amor reflexivo. Por eso se dice que, si recibes un clavel del
poeta, eres amado tanto con el corazón como con el pensamiento.
En definitiva, ahora
podéis entender por qué he traído esta ilustración este mes. Como siempre, no
quiero que veáis solo un dibujo bonito, sino todo lo que hay detrás. No quiero
que nos quedemos en la superficie de San Valentín.
No me malinterpretéis: me parece muy bien que exista un día para celebrar el amor, pero hoy en día todo está tan comercializado que parece importar solo lo que se compra. Yo solo quiero recordaros que, si lo celebráis, optéis por un amor fiel y lleno de cooperación; un amor en el que digas «te elijo y me quedo», como el del pingüino. Un amor como el del poeta: sincero, honesto, lleno de admiración y sin espectáculo.


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