octubre 01, 2026

Luis Ángel Ruiz Herrero

 



ARTÍCULO DE OPINIÓN
DIVULGACIÓN CULTURAL





Ibn Arabi: CRONOLOGÍA PARA UNA LUZ

 

“Toda la oscuridad en el mundo no puede apagar la luz de una sola vela”, decía Francisco de Asís en una época cuya imagen proyectada hasta nosotros es de oscuridad: la Edad Madia. Él, Francisco, es un ejemplo, pero no el único.

Efectivamente no hubo una sola vela sino muchas y muy brillantes cuyas luces perviven hasta nuestros días de este siglo XXI, repleto de tecnologías, globalizaciones, mundos virtuales, cientifismo y mediocridad. Aunque sin duda son muchos los inventos, constataciones y avances científicos, algunas de las nuevas propuestas de pensamiento y consideraciones psicoemocionales ya estaban descubiertas hace siglos, por más que se revistan con giros verbales, o palabras, que le otorguen una apariencia de novedad.

Y es que el tiempo, con las biografías de hombres y mujeres, con las circunstancias de lugares y calendarios, olvidos y rescates, va urdiendo una extraña y sorprendente trenza de sabiduría y conocimiento. A veces, las ideas expuestas en un libro olvidado durante siglos abren ventanas y puertas con tal trascendencia que cambia la forma de mirar y pensar de un largo futuro. Sirva como ejemplo la obra “De rerum natura”, de Lucrecio, buscada y encontrada por un monje del siglo XV, Poggio Bracciolini, cuyos avatares del redescubrimiento del único ejemplar que quedaba en un monasterio narra magistralmente Stephen Greenblatt, en su obra El Giro. Sí, todo gira, como un tío vivo existencial ajeno al calendario y la marcha del ser humano. O eso es lo que nos hacen creer, pues todo avanza de acuerdo a unas leyes determinadas no siempre bien comprendidas. El ser humano ha logrado llegar a la Luna, pero a menudo da la sensación de no haber salido de la aldea y de la tribu.

Cuando vino al mundo Francisco de Asís hacía tres años que había muerto Hildegarda de Bingen y 17 años que había nacido en Murcia Muhyddin Ibn al-Arabi. En poco más de una centuria (1098, año de nacimiento de la mística alemana Hildegarda, hasta 1240, año que falleció Ibn Arabi), son muchas y muy variadas las luces que aún en estos días del narcisista siglo XXI siguen luciendo desde aquella oscuridad con la que, soberbiamente, nuestra cultísima modernidad ha apodado a la citada Edad Media. Y en verdad en esta época nacieron personajes como Averroes, Maimónides, Rumi, ya en Persia, etc, etc. Curiosamente, también en el mismo año que muere nuestro Ibn Arabi (1240) nacen unos personajes que tuvieron una singular trascendencia para la mística judaica y la cábala: Sem Tob de Leon (perfeccionador del Zohar) y Abraham Albulafia; o el Rey cristiano y sabio Alfonso X. ¡Casi nada! ¡Y todo ello en aquella época oscura!

De todas ellas, voy a centrarme en una vela cuya luz no la ha podido apagar toda la oscuridad del mundo: Muhyddin Ibn al-Arabi. Sufí islámico andalusí, teniendo en cuenta que este término hace referencia a una entidad geográfica cambiante y que no concuerda con los límites de la actual Andalucía. Como ya he ha reflejado nació en Murcia, en el 1168, y fue durante toda su vida un pertinaz errante por al-Ándalus, norte de África y Asía. Murió en Damasco, donde pasó sus últimos 17 años de vida. Había recorrido Sevilla, Córdoba, Túnez, Fez, Granada, Almería, Marrakech, El Cairo, Jerusalén, La Meca, Bagdad, Konia (actual Turquía) hasta llegar a Damasco donde finalmente murió. Realizó una ingente obra referida al tema religioso y unión con Dios (misticismo) con tal grado de sabiduría, autenticidad y convicción que se le llamó el vivificador de la religión, el Maestro más grande, o la pluma guiada por el Espíritu Santo. Escribió más de cuatrocientas obras de las que cabe subrayar las dedicadas al sufismo, como por ejemplo “Las iluminaciones de la Meca”, “El intérprete de los deseos”, “Los engarces de la sabiduría”, “El secreto de los nombres de Dios”, etc, etc. De todas ellas, me voy a detener en el “Tratado del amor”, en la versión de Maurice Gloton, traducción de Alfonso Colodrón y la pertinente corrección de Abu Bakr, publicada en la edición de Arca de Sabiduría de 2002.  Es una obra de amor místico, pero también humano. A tal efecto, conviene recoger aquí su relación (¿espiritual?, ¿natural?, ¿ambas?) con Nizhâm ‘Ayn ash-Shams, en La Meca, joven de gran belleza, cultivada y espiritual, que fue la inspiradora de su recopilación del poema místico “El intérprete de los deseos ardientes”.

En esta aproximación al místico andalusí no se pretende realizar una exposición sistemática y organizada de todo lo que escribió referente al amor, sino, más bien, un intento de darlo a conocer, una aproximación, alejándonos del postulado occidental de un método, un sistema lógico y su correspondiente exposición discursiva. Tan sólo dejar unas pinceladas. Al leerlo, bajo ese amor místico, aparecen explicaciones y menciones que más tienen que ver con lo humano que con lo divino, cuestión que, por otra parte, recorre también buena parte de la mística cristiana.

Verdades que, aun después de siglos transcurridos, siguen vigentes, tal vez por su carácter universal y esencial de la especie humana. El amor. Siempre el amor: el divino (original), el natural (corporal) y el espiritual, que enlaza a ambos, siempre en la concepción de Ibn Arabi: “El amor es el principio de la existencia universal, del amor hemos nacido. Según el amor hemos sido hechos. Hacia el amor tendemos. Al amor nos entregamos.”

Lógicamente, su apuesta principal es el divino, el de Dios (como es musulmán, Alá), subrayando que Él es el origen y así nos dice que DIOS AMA a los que no dejan de volverse hacia Él, a los que se purifican, a los que se entregan a Él, a los constantes, a los seres sinceros, a los que se comportan perfectamente, a los que luchan en su guía, a los agradecidos…”. Y NO AMA a los que divulgan el mal por la palabra, a los arrogantes ni a los que se vanaglorian, a los inmoderados, a los injustos, a los infieles…” Pues son muchos los pasajes en los que se cita el amor en el Corán. Por ello, nuestro autor afirma:“El amor es esa relación que atañe tanto al hombre como a Dios, aunque nuestra ciencia ignore esta relación…” “Poque el amor es saboreado, pero su esencia permanece incomprendida. El mismo Ser de Dios se basa en el amor”.

Muhyddin Ibn al-Arabi expresa una visión del amor universal y redentor que supone un himno, un canto y una llamada… siempre al amor. Expresa en su tratado cuatro nombres principales para él, nombres reconocibles a través del estado espiritual que manifiestan. A saber: 1.-La pasión súbita del amor. 2.-El amor original. 3.- La fidelidad del amor. 4.-El desbordamiento del amor, reconocible porque obnubila la razón, provoca el adelgazamiento, la preocupación obsesiva, la alteración del comportamiento, aliena las facultades, provoca el insomnio, el deseo ardiente, la llama de la pasión y la vigilia, aflige e idiotiza… Si alguien lo ha probado, que diga cuánta razón hay en ello.

Siglos más tarde un genio de la poesía y del teatro español, concretamente Lope de Vega, escribió aquello de: “Desmayarse, atreverse, estar furioso, áspero, tierno…” para terminar asegurando “creer que el cielo en un infierno cabe; dar la vida y el alma a un desengaño, ¡esto es amor!, quien lo probó lo sabe”.

Ibn Arabi se adelantó en esto y en más cosas en su tratado sobre los aspectos del amor. También en el divino, pues al recordar aquellos extraordinarios versos de autor anónimo “No me mueve, mi Dios para quererte/ el cielo que me tienes prometido/ ni me mueve el infierno tan temido/ para dejar por eso de ofenderte”, he de decir que nuestro andalusí genial ya dejó escrito siglos antes: “Dios ha atravesado el corazón de los que aman a causa de Él, de forma que estos han visto intuitivamente el poder irresistible de su majestad Divina con las luces que emanan de su corazón. Así adoran a Dios lo mejor que pueden por amor hacia Él, sin desear el paraíso ni temer el infierno.”

Que así se recoge en el hadith: “Adora a Dios como si Lo vieras, porque, aunque tú no lo veas, Él te ve”.

            Al leer a este sufí, y otros, uno cae en la tentación de pensar que no son pocos los postulados que unen al islamismo y al cristianismo. Quizás, como el amor, para saberlo convenga probarlo.



 

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