ARTÍCULO DE OPINIÓN
DIVULGACIÓN CULTURAL
Ibn Arabi: CRONOLOGÍA
PARA UNA LUZ
“Toda
la oscuridad en el mundo no puede apagar la luz de una sola vela”, decía
Francisco de Asís en una época cuya imagen proyectada hasta nosotros es de
oscuridad: la Edad Madia. Él, Francisco, es un ejemplo, pero no el único.
Efectivamente
no hubo una sola vela sino muchas y muy brillantes cuyas luces perviven hasta
nuestros días de este siglo XXI, repleto de tecnologías, globalizaciones,
mundos virtuales, cientifismo y mediocridad. Aunque sin duda son muchos los
inventos, constataciones y avances científicos, algunas de las nuevas
propuestas de pensamiento y consideraciones psicoemocionales ya estaban
descubiertas hace siglos, por más que se revistan con giros verbales, o
palabras, que le otorguen una apariencia de novedad.
Y
es que el tiempo, con las biografías de hombres y mujeres, con las
circunstancias de lugares y calendarios, olvidos y rescates, va urdiendo una
extraña y sorprendente trenza de sabiduría y conocimiento. A veces, las ideas
expuestas en un libro olvidado durante siglos abren ventanas y puertas con tal
trascendencia que cambia la forma de mirar y pensar de un largo futuro. Sirva
como ejemplo la obra “De rerum natura”, de Lucrecio, buscada y encontrada por
un monje del siglo XV, Poggio Bracciolini, cuyos avatares del redescubrimiento
del único ejemplar que quedaba en un monasterio narra magistralmente Stephen
Greenblatt, en su obra El Giro. Sí, todo gira, como un tío vivo existencial
ajeno al calendario y la marcha del ser humano. O eso es lo que nos hacen
creer, pues todo avanza de acuerdo a unas leyes determinadas no siempre bien
comprendidas. El ser humano ha logrado llegar a la Luna, pero a menudo da la
sensación de no haber salido de la aldea y de la tribu.
Cuando
vino al mundo Francisco de Asís hacía tres años que había muerto Hildegarda de
Bingen y 17 años que había nacido en Murcia Muhyddin Ibn al-Arabi. En poco más
de una centuria (1098, año de nacimiento de la mística alemana Hildegarda,
hasta 1240, año que falleció Ibn Arabi), son muchas y muy variadas las luces que
aún en estos días del narcisista siglo XXI siguen luciendo desde aquella
oscuridad con la que, soberbiamente, nuestra cultísima modernidad ha apodado a
la citada Edad Media. Y en verdad en esta época nacieron personajes como
Averroes, Maimónides, Rumi, ya en Persia, etc, etc. Curiosamente, también en el
mismo año que muere nuestro Ibn Arabi (1240) nacen unos personajes que tuvieron
una singular trascendencia para la mística judaica y la cábala: Sem Tob de Leon
(perfeccionador del Zohar) y Abraham Albulafia; o el Rey cristiano y sabio
Alfonso X. ¡Casi nada! ¡Y todo ello en aquella época oscura!
De
todas ellas, voy a centrarme en una vela cuya luz no la ha podido apagar toda
la oscuridad del mundo: Muhyddin Ibn al-Arabi. Sufí islámico andalusí, teniendo
en cuenta que este término hace referencia a una entidad geográfica cambiante y
que no concuerda con los límites de la actual Andalucía. Como ya he ha
reflejado nació en Murcia, en el 1168, y fue durante toda su vida un pertinaz
errante por al-Ándalus, norte de África y Asía. Murió en Damasco, donde pasó
sus últimos 17 años de vida. Había recorrido Sevilla, Córdoba, Túnez, Fez,
Granada, Almería, Marrakech, El Cairo, Jerusalén, La Meca, Bagdad, Konia
(actual Turquía) hasta llegar a Damasco donde finalmente murió. Realizó una
ingente obra referida al tema religioso y unión con Dios (misticismo) con tal
grado de sabiduría, autenticidad y convicción que se le llamó el vivificador de
la religión, el Maestro más grande, o la pluma guiada por el Espíritu Santo.
Escribió más de cuatrocientas obras de las que cabe subrayar las dedicadas al
sufismo, como por ejemplo “Las iluminaciones de la Meca”, “El intérprete de los
deseos”, “Los engarces de la sabiduría”, “El secreto de los nombres de Dios”,
etc, etc. De todas ellas, me voy a detener en el “Tratado del amor”, en la
versión de Maurice Gloton, traducción de Alfonso Colodrón y la pertinente
corrección de Abu Bakr, publicada en la edición de Arca de Sabiduría de
2002. Es una obra de amor místico, pero
también humano. A tal efecto, conviene recoger aquí su relación (¿espiritual?,
¿natural?, ¿ambas?) con Nizhâm ‘Ayn ash-Shams, en La Meca, joven de gran
belleza, cultivada y espiritual, que fue la inspiradora de su recopilación del
poema místico “El intérprete de los deseos ardientes”.
En
esta aproximación al místico andalusí no se pretende realizar una exposición
sistemática y organizada de todo lo que escribió referente al amor, sino, más
bien, un intento de darlo a conocer, una aproximación, alejándonos del
postulado occidental de un método, un sistema lógico y su correspondiente
exposición discursiva. Tan sólo dejar unas pinceladas. Al leerlo, bajo ese amor
místico, aparecen explicaciones y menciones que más tienen que ver con lo
humano que con lo divino, cuestión que, por otra parte, recorre también buena
parte de la mística cristiana.
Verdades
que, aun después de siglos transcurridos, siguen vigentes, tal vez por su
carácter universal y esencial de la especie humana. El amor. Siempre el amor:
el divino (original), el natural (corporal) y el espiritual, que enlaza a
ambos, siempre en la concepción de Ibn Arabi: “El amor es el principio de la
existencia universal, del amor hemos nacido. Según el amor hemos sido hechos.
Hacia el amor tendemos. Al amor nos entregamos.”
Lógicamente,
su apuesta principal es el divino, el de Dios (como es musulmán, Alá),
subrayando que Él es el origen y así nos dice que DIOS AMA a los que no
dejan de volverse hacia Él, a los que se purifican, a los que se entregan a Él,
a los constantes, a los seres sinceros, a los que se comportan perfectamente, a
los que luchan en su guía, a los agradecidos…”. Y NO AMA a los que
divulgan el mal por la palabra, a los arrogantes ni a los que se vanaglorian, a
los inmoderados, a los injustos, a los infieles…” Pues son muchos los
pasajes en los que se cita el amor en el Corán. Por ello, nuestro autor afirma:“El
amor es esa relación que atañe tanto al hombre como a Dios, aunque nuestra
ciencia ignore esta relación…” “Poque el amor es saboreado, pero su esencia
permanece incomprendida. El mismo Ser de Dios se basa en el amor”.
Muhyddin
Ibn al-Arabi expresa una visión del amor universal y redentor que supone un
himno, un canto y una llamada… siempre al amor. Expresa en su tratado cuatro
nombres principales para él, nombres reconocibles a través del estado
espiritual que manifiestan. A saber: 1.-La pasión súbita del amor. 2.-El amor
original. 3.- La fidelidad del amor. 4.-El desbordamiento del amor, reconocible
porque obnubila la razón, provoca el adelgazamiento, la preocupación obsesiva,
la alteración del comportamiento, aliena las facultades, provoca el insomnio,
el deseo ardiente, la llama de la pasión y la vigilia, aflige e idiotiza… Si
alguien lo ha probado, que diga cuánta razón hay en ello.
Siglos
más tarde un genio de la poesía y del teatro español, concretamente Lope de
Vega, escribió aquello de: “Desmayarse, atreverse, estar furioso, áspero,
tierno…” para terminar asegurando “creer que el cielo en un infierno
cabe; dar la vida y el alma a un desengaño, ¡esto es amor!, quien lo probó lo
sabe”.
Ibn
Arabi se adelantó en esto y en más cosas en su tratado sobre los aspectos del
amor. También en el divino, pues al recordar aquellos extraordinarios versos de
autor anónimo “No me mueve, mi Dios para quererte/ el cielo que me tienes
prometido/ ni me mueve el infierno tan temido/ para dejar por eso de ofenderte”,
he de decir que nuestro andalusí genial ya dejó escrito siglos antes: “Dios ha
atravesado el corazón de los que aman a causa de Él, de forma que estos han
visto intuitivamente el poder irresistible de su majestad Divina con las luces
que emanan de su corazón. Así adoran a Dios lo mejor que pueden por amor hacia
Él, sin desear el paraíso ni temer el infierno.”
Que así se recoge en el
hadith: “Adora a Dios como si Lo vieras, porque, aunque tú no lo veas, Él te
ve”.


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