octubre 01, 2026

Francisco Salamanca Moreno

 





NUESTRAS LEYENDAS



LA CRUZ DE LA NAVA DEL ABAD

La Leyenda

 

Reinaba, a la sazón, el Señor Rey don Alfonso, el Onceno.

Sobresalía en la corte de aquel monarca, un nobilísimo galán de muy arrogantes prendas personales y de irresistibles atractivos para las hermosas cortesanas.

Más de algún disgustillo hubo de acarrear el protagonista de esta leyenda al Rey, su Señor, con la interminable serie de aventuras que llevó a cabo, no sin escandalizar a la crema palaciega, hasta el punto de merecer repetidas amonestaciones de S.M. y varios destierros, si bien arto breves y cómodos para un joven tan bien templado, tan rico y tan ganoso de experimentar emociones.

Tal era a los veinticinco años don Rodrigo Mendoza de Almaraz.

A tal extremo llegó su osadía, en cierta ocasión, que el Rey se vio precisado a desterrarle para siempre, enviándole a la ciudadela de Cabra, patria de aquel denodado amador y pendenciero, y prohibiéndole, rigurosamente, el traspasar los límites de la pequeña población. Y conste que esto hizo el Señor don Alfonso muy contra su voluntad, pues profesaba gran cariño al de Mendoza y se dolía, casi con lágrimas, ante los más altos prohombres, en la conducta de su amado súbdito.

Antes de pasar más adelante, querrá saber el que leyere la causa originadora de la expulsión de don Rodrigo, y buena será, ya que está en nuestra mano, satisfacer tan natural deseo.

Era Jueves Santo. Los Reyes acompañados de su espléndida comitiva, salían del templo, ya terminados los divinos oficios, produciendo la curiosa admiración de las gentes. Cerca de las reales personas, y radiantes de hermosura y riqueza, marchaban doña Leonor de Guzmán y doña Doringa Bermúdez de Silva, más joven y más bella que su acompañante y verdadero encanto de infinitos corazones. Abandonó su puesto don Rodrigo, que no era, por cierto, de los más secundarios, y, acercándose cautelosamente a doña Doringa, la asió de la cintura, con el diestro e imprimió, satánico, un ardoroso y resonante ósculo en los labios de la Bermúdez de Silva: ósculo que hizo palidecer las primaverales rosas de aquella boca y que, cual por arte sobrenatural, enrojeció el rostro de todos los circunstantes y abrasó el de doña Doringa.

Hubo un momento en que nadie pudo darse cuenta de lo que vio: pero bien pronto se levantó un general clamoreo de indignación profunda. Y sin embargo; nadie osó castigar la incalificable osadía del Mendoza de Almaraz entre el gran número de palaciegos y hombres de Estado que escoltaban a los Reyes. Sólo el señor don Alfonso, saliendo con presura de su puesto, llamó al vehemente galán y, una vez le tuvo cerca de sí lo cogió de un brazo, con mucha violencia y justo encono. De suerte, le llevo a presencia de doña Doringa, haciéndole arrodillar, y ordenándoselo de tan grave y edificante manera, que las frases del monarca fueron recibidas con un “¡Viva el Rey!” nutridísimo y conmovedor.

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La orden del destierro fue cumplida

Don Rodrigo, previsoramente escoltado llegó a Cabra, donde, a pesar de todo fue recibido con amor, y hasta se le rio la gracia.

No guardaba nuestro cortesano la menor reminiscencia de su país natal. Venía, pues, a un pueblo desconocido. Debutaba – por decirlo así- de forastero; y así es que nuestros bonísimos antepasados se deshacían en cumplidas y oficiosas reverencias. En fin; se hallaban, o creían hallarse, tan favorecidos de la fortuna que no se hubieran cambiado por príncipes.

En estas y como estas, el Mendoza de Almaraz, cada vez más diabólico, se enamoró perdidamente de una doncella, llamada Sol del Valle, en la que se miraban sus convecinos como en un oráculo, por lo raro de su virtud y extraordinaria belleza.

Los padres de Sol tenían dispuesta la boda de ésta con un joven, prodigio de honradez y de valor; pues había probado, como guerrero, la entereza y acierto de su brazo en varias lides, a cual más arriesgada.

Mas ¡ay! Las guerras a que entrega el amor los corazones, son, por lo regular, demasiado crueles para que pueda triunfar el humano castigo, lavando las sutilísimas perfidias de que impregnan al más sano pecho.

Sol desapareció una noche, y nadie volvió a ver a Mendoza de Almaraz. ¿Qué había sucedido? ¿Se trataba de un crimen, por parte de don Rodrigo, o de una traición de la hermosa joven? –Pues había, sus dudas… menos por parte del desventurado novio y de los padres de ella.

Inútiles fueron las pesquisas puestas en juego.

Pasaron años y años sin que se lograra tener noticias de Sol, ni de don Rodrigo.

Existía un pequeño monasterio, a una media legua, más bien larga que corta, de la ciudadela de Cabra; el cual monasterio, por estar enclavado en sitio muy sombrío y por ser el camino que a él conducía nada transitable, rara vez era visitado, aún por los más fervorosos penitentes. Se llamaba aquel lugar La Nava, y existe al norte de la hoy ciudad, a espaldas del cerro denominado La Atalaya.

En la tarde del 2 de noviembre, un hombre, ya anciano y de miserable aspecto, caminaba en dirección al indicado sitio, tal vez con el propósito de visitar el monasterio – Ni lo crudo de la temperatura, ni los densos y negruzcos nubarrones, que en el cielo se amontonaban, hacían retroceder al agobiado caminante.-

Cuando próximo se hallaba a la meseta que forma el camino en el límite de la empinada cuesta, estalló un formidable aguacero; sucediéndose espantosos relámpagos, areció el vendaval, destrozando los árboles; horrísonos truenos hacían retemblar los montes y las cavernas; la furia de los elementos, desencadenándose, parecía iniciar el fin del mundo; el cielo y la tierra, en una palabra inspiraban horror.

No tanto sorprendió a nuestro caminante el espectáculo que ofrecía la naturaleza, como hubo de sorprenderle, de un modo indescriptible, la total ruina a que había quedado reducido el sombrío monasterio de la Nava.- Un terrible relámpago iluminó el espacio durante algunos segundos; tiempo suficiente para que el absorto anciano viera con siniestra claridad el cuadro que se ofrecía a sus ojos.- Ya iba a retroceder, presa de la mayor consternación, cuando un gemido de espantosa agonía le hirió el alma, reteniéndole allí, cual si enclavado estuviera.

Y en esto la voz le dijo:

-¡No huyas, piadoso viajero; acércate a un desgraciado; acércate por caridad, en el nombre de Dios!...

La voz salía de entre las ruinas.

-Yo soy –volvió a oír el viejo- el único religioso que sobrevive, entre estos sagrados escombros. Yo fui el último Abad de esta Comunión. Antes de serlo me conocía el mundo por don Rodrigo Mendoza de Almaraz…

-¡Tú!... ¡Horrible encuentro!... ¡Tú el raptor de Sol del Valle!... ¡De mi Sol del alma! ¿Dónde, dónde estás?... ¡Quiero gozarme en tu bárbara agonía!

Esto diciendo, el anciano parecía la encarnación de Satanás. –Logró asir por el cuello al monje; pero escudándose tras la cruz, a cuyo pie se hallaba postrado, dijo con voz esforzadísima:

-¡Bajo mis plantas, bajo la piedra que a este cruz sostiene, duerme Sol del Valle!... ¡Murió digna de ti!... ¡Murió al escuchar de mis labios la primera impureza! ¡Yo he espiado mis culpas… perdón, perdón!… Pocos instantes después, el Abad moría.

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Hoy no queda ni el más pequeño vestigio de aquel monasterio. –Sólo se conserva la piadosa tradición de la cruz, perpetuada desde hace unos cuarenta años, en una modesta capilla, muy frecuentada por este vecindario.

Tal es lo que nosotros podemos decir, con referencia a la leyenda de La Cruz de la Nava del Abad.


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