RELATO
El último Campeón
de Bolos
Corría el año 1943. En el ambiente cargado de tabaco y sudor del campeonato de
bolos, David se alza con la victoria. El premio es modesto en objetos —un
trofeo y un pin—, pero la verdadera fortuna viaja en su bolsillo: 25.000 pesetas acumuladas en las
apuestas clandestinas que se han fraguado a la sombra del juego. Para la época,
es una cantidad que puede comprar una vida nueva.
Sin embargo, en el camino de regreso
a casa, el peligro acecha bajo la forma de su propia sangre. Su hermano gemelo,
Javier, un hombre díscolo y
atormentado por el juego que ya ha dilapidado la casa de sus padres fallecidos,
le espera escondido.
David, que se ha demorado celebrando
la victoria con los amigos, camina con el paso algo errático, envalentonado por
el vino. Al llegar al paraje de Valdecantos,
a escasos cien metros de su hogar, Javier le asalta.
—¿Qué haces aquí, Javier? —pregunta
David, sorprendido.
—Te esperaba —responde su hermano
con voz sombría—. Quiero que me des el dinero. Tengo que pagar una deuda de
juego o perderemos la casa definitivamente.
—Siempre igual, Javier... nunca vas
a cambiar. No te lo voy a dar.
—Pues entonces, uno de los dos no
vivirá para contarlo.
A pesar de que David no es hombre de
trifulcas, el alcohol le otorga un coraje inusual. Se enfrenta a su hermano en
una lucha feroz. Tras un forcejeo agónico, David logra desarmar a Javier, que
empuñaba una navaja de dimensiones considerables. Con la respiración agitada y
el arma en su poder, David mira a su reflejo exacto y toma una decisión
desesperada.
—Mira, Javier, eres mi hermano
gemelo y no voy a hacerte daño. Pero te propongo un trato que puede cambiar tu
destino: te doy el dinero, pero debes desaparecer de la ciudad. Vete lo más
lejos posible; que no volvamos a vernos nunca. A partir de ahora, tú tomarás mi
identidad y yo la tuya. Mañana denunciaré que has desaparecido, que te esperaba
tras el campeonato y nunca regresaste.
Javier le mira, atónito, mientras
David continúa:
—¿Y la casa? ¿Y las deudas de juego?
A partir de ahora, yo seré tú y cargaré con ellas. Tú solo tienes que
marcharte. Aún estás a tiempo de ser otro hombre.
La noticia de la
"desaparición" del campeón de bolos corrió como la pólvora por el
pueblo, pero el duelo duró poco frente a la cruda realidad de las deudas. A los
tres días, el cobrador llamó a la puerta. No era un hombre de palabras, sino de
hechos; traía consigo un documento que Javier (el verdadero) había firmado en
una timba de mala muerte.
David, asumiendo su papel de hermano
caído en desgracia, recibió al hombre con la mirada baja y el aliento a
aguardiente fingido.
—No tengo el dinero —dijo David con
voz ronca—. Mi hermano se fue... se llevó el premio del campeonato y no me dejó
ni una peseta. No pude sacárselo.
El cobrador recorrió la casa con
desprecio, tocando los muebles de madera vieja de los padres fallecidos.
—Entonces ya sabes lo que toca, Javier. No hay más prórrogas. O pagas, o la
casa pasa a ser propiedad de mi jefe.
—Quédatela —sentenció David con una
frialdad que heló al cobrador—. Cóbrate con los muros, que es lo único que nos
quedaba. A partir de hoy, yo ya no tengo techo.
Cuando David terminó de cerrar el
trato con el cobrador y entregó las llaves de la casa familiar, no salió de
allí con ropa o muebles. Salió cargando un saco de arpillera donde golpeaban,
con un sonido metálico y triste, todos
sus trofeos.
Eran su vida. El pin de plata, las
copas de latón brillante y aquel último trofeo de 1943 que debería haber sido
su gloria. Pero ahora, bajo la piel de su hermano, esos objetos eran pruebas de
un delito o, peor aún, recordatorios de un fantasma.
Se instaló en la choza del huerto de Manuel. Cuatro
postes de madera, techumbre de cañizo y el olor a tierra mojada. Allí, en un
rincón oscuro, cavó un hoyo en el suelo de barro. Uno a uno, depositó los
trofeos. El metal frío contra la tierra húmeda.
David, el mejor jugador de bolos de
la comarca, nunca más podría tocar una bola. Si lo hacía y demostraba su
destreza, todos sabrían que no era Javier. El "nuevo Javier" debía
ser torpe, descuidado y rudo.
Había entregado las paredes donde
creció para saldar una deuda que no era suya.
Había pagado 25.000 pesetas para no
volver a ver a su gemelo, comprando un exilio que se sentía como una muerte.
Mientras los vecinos pasaban por el
camino y señalaban con desprecio al "pobre Javier", el hombre que
dormía sobre un jergón de paja sonreía en la oscuridad. Había perdido su
nombre, su fama y su hogar, pero bajo las estrellas de aquel huerto, por
primera vez, David no tenía que ser el ejemplo de nadie.
Desde su posición como guardián del
huerto, David veía a veces a los jóvenes del pueblo practicar en la bolera
cercana. Escuchaba el impacto seco de la madera contra los bolos y sentía un
calambre en el brazo derecho, el instinto de lanzar que aún vivía en sus
músculos. Pero se obligaba a quedarse sentado frente a su choza, liando un
cigarrillo con torpeza, fingiendo la desidia de su hermano.
Nadie sospechaba. El pueblo veía a
un hombre acabado, un Javier que malvivía entre hortalizas por haber arruinado
a su ejemplar hermano. David aceptaba los escupitajos y los insultos en
silencio. Había ganado el campeonato más difícil: el de desaparecer estando
vivo.
En el cuartelillo, el aire olía a
humedad y a tabaco de picadura. David, bajo la piel de su hermano, sentía el
frío de las baldosas en las rodillas.
—¿Dónde está, Javier? ¿Dónde has
enterrado a tu hermano? —le espetó el sargento, mientras un cabo le propinaba
un golpe seco en los riñones que le quitó el aire.
David apretó los dientes. Cada golpe
que recibía era un clavo más en el ataúd de su antigua vida. Si confesaba, si
gritaba que él era el campeón, que él era el "bueno", el pacto se
rompería y su hermano sería perseguido como un criminal. El dolor físico era,
de alguna manera, una penitencia que aceptaba con una calma que desquiciaba a sus
interrogadores.
—No sé nada —susurró con el labio
partido—. Se fue con el dinero. Me dejó con las deudas y sin techo. Pregúntenle
a los del juego... ellos saben que no tengo ni para tabaco.
Tras horas de interrogatorio y
golpes ciegos, lo soltaron al amanecer. El sargento le vio salir arrastrando
los pies hacia el huerto de Manuel y comentó de lado: —Fíjate, parece que los
palos le han quitado la chulería. O la pena por el hermano lo ha dejado seco, o
de verdad es que no sabe nada. Hasta parece que camina con más respeto que
antes.
David regresó a su choza, cojeando
entre los surcos de las berenjenas. Se lavó la sangre con el agua helada de la
acequia. Al mirarse en el reflejo turbio del agua, vio el rostro de Javier:
amoratado, sucio, despreciado.
Nadie en el pueblo fue a visitarle
para consolarle por la paliza. Al contrario, los vecinos se cruzaban de acera.
Había logrado lo imposible: que el mundo entero odiara a David pensando que era
Javier, mientras él, en el silencio de su choza, custodiaba el secreto más caro
de la posguerra.
Aquella noche, David metió la mano
en el hoyo donde descansaban sus trofeos enterrados. Tocó el metal frío del pin
de plata de 1943. Sus dedos, hinchados por los golpes de la Guardia Civil,
recorrieron el grabado de la fecha. Ya no era un deportista; era un mártir de
su propia mentira.
El destino de Julián, el eterno segundo en los
campeonatos de bolos, se selló en las tabernas. Julián era un buen hombre, de
manos rudas y corazón noble, pero con la lengua floja cuando el vino le
recordaba sus derrotas frente a David. Sus bravuconadas de borracho —"Algún
día ese David morderá el polvo"— fueron su sentencia cuando el campeón
desapareció.
La Guardia Civil, tras no sacar nada
de "Javier" (David), volcó su frustración sobre Julián. Las palizas
en el cuartelillo fueron brutales, pero el verdadero tormento fue el vacío del pueblo. Los vecinos dejaban
de hablar cuando él entraba en la plaza; las madres apartaban a sus hijos; las
tiendas "olvidaban" despacharle el racionamiento.
David, desde su choza en el huerto
de Manuel, lo veía todo. Una tarde, escondido entre los frutales, vio a Julián
y a su novia cargando dos maletas desvencijadas en un carromato. Ella lloraba
en silencio; él caminaba con los hombros hundidos, como si llevara encima todo
el peso de la parroquia. Se marchaban al destierro, huyendo de una culpa que no
les pertenecía.
David sintió el impulso de salir de
entre las sombras, de gritar: "¡Eh, Julián! ¡No te vayas! ¡Yo soy
David! ¡Javier no me mató!". Pero las palabras se le atascaron en la
garganta.
Si hablaba, su hermano Javier sería
cazado como un prófugo. Si hablaba, él iría a la cárcel por falsedad y por
engañar a la autoridad. Si hablaba, el pacto de sangre de aquel paraje de
Valdecantos se rompería para siempre.
Vio alejarse el carromato por el
camino real hasta que solo quedó una nube de polvo. Julián se iba con el
estigma de ser el "asesino del campeón", y David se quedaba con la
realidad de ser el "vividor que arruinó a su familia".
Esa noche, David no durmió. Fue al
rincón de la choza, desenterró el trofeo de 1943 y lo apretó contra su pecho
con tanta fuerza que el metal le hirió la piel. El precio de salvar a su
hermano gemelo ya no solo era su casa y su nombre; ahora también era la honra
de un inocente.
Manuel entró en la choza al
amanecer, extrañado de no ver el humo del primer cigarrillo de su guardián.
Encontró a su amigo frío, con una expresión de paz que Javier, el verdadero
Javier, jamás habría tenido. Pero lo que cambió la historia no fue el cadáver,
sino lo que David sostenía entre sus manos yermas.
Al ir a cubrir el cuerpo con una
manta, Manuel tropezó con una irregularidad en el suelo de tierra, justo debajo
de la litera. El barro estaba removido, como si los dedos agonizantes de David
hubieran intentado cavar una última vez.
Manuel, con el corazón en un puño,
terminó de apartar la tierra. Sus ojos no podían creer lo que veían:
Allí, envueltos en trapos podridos
por la humedad, aparecieron las copas de latón, el pin de plata y el gran
trofeo del campeonato de bolos de 1943.
Junto a los trofeos, encontró una
pequeña nota amarillenta, escrita con una caligrafía firme y elegante, impropia
de un jugador de taberna. Decía: "Perdona, Julián. Perdona, madre.
Manuel se sentó en el suelo, frente
al cuerpo sin vida de su amigo. Empezó a atar cabos que durante quince años
habían estado sueltos en su cabeza:
Recordó la nobleza con la que
"Javier" aceptaba los insultos del pueblo sin devolver una mala
palabra. Recordó que aquel hombre nunca volvió a tocar una bola de bolos, ni
siquiera por diversión, como si le quemaran las manos. Recordó la mirada de
sacrificio que brillaba en sus ojos cada vez que se mencionaba el nombre de
David.
—No eras tú... —susurró Manuel,
rompiendo a llorar—. Tú no eras Javier. Dios mío, David, ¿qué has hecho?
Manuel se quedó allí sentado, con
las manos manchadas de la tierra que custodiaba los trofeos. Miró el cuerpo de
aquel hombre al que todos llamaban Javier, pero al que él, en su fuero interno,
empezó a reconocer como el verdadero David.
Recordó perfectamente la tarde en
que llegó al huerto, quince años atrás. Venía con lo puesto, con el alma rota y
los bolsillos vacíos. Había perdido la casa de sus padres, no tenía ni una
peseta y su hermano había "desaparecido". Manuel siempre pensó que
aquel golpe de realidad había transformado al "bala perdida" de
Javier en un hombre nuevo, un hombre de silencio y trabajo. "Qué lejos estaba la verdad",
pensó Manuel con una amarga sonrisa.
No podía hablar. Si contaba que
aquel hombre era David, tendría que explicar que Javier seguía vivo en algún
lugar con una identidad robada y 25.000 pesetas manchadas de traición. Tendría
que admitir que David había permitido que un inocente, Julián, cargara con la
culpa de un asesinato que nunca existió.
—Si tú decidiste morir como Javier
para salvarle, quién soy yo para devolverte tu nombre ahora —susurró Manuel.
Con una solemnidad que nadie más
presenció, Manuel volvió a colocar los trofeos de bolos en el hoyo bajo el
jergón. Pero esta vez los cubrió con cal y piedras pesadas antes de echar la
tierra, para que nadie, nunca, pudiera encontrarlos por accidente.
Al día siguiente, el pueblo enterró
al "pobre Javier". Hubo pocos asistentes. Algunos vecinos comentaron
en voz baja que, al menos, el hombre había trabajado honradamente sus últimos
años en el huerto, redimiendo un poco su pasado de jugador. Manuel escuchaba y
callaba.
Cuando el ataúd bajó a la fosa,
Manuel tiró un puñado de tierra y se dio la vuelta. En su bolsillo guardaba el
pequeño pin de plata de 1943.
Fue lo único que rescató. A veces, en las tardes de verano, cuando Manuel se
sentaba en el huerto y oía a lo lejos el sonido de los bolos golpeando en la
plaza, apretaba el pin en su mano.
David se había ido sin gloria, sin
casa y sin nombre, pero Manuel sabía que aquel hombre que dormía en la choza
había ganado, en el último suspiro, la partida más difícil de todas: la de ser
el guardián de su propia sangre hasta el final.
El Encuentro en la
Taberna (1958)
Julián entró en aquel local del
sur, buscando un respiro tras la jornada en el puerto. De pronto, sus ojos se
clavaron en una mesa del rincón. Allí, rodeado de botellas de vino y vistiendo
un traje de lino impecable, estaba el hombre que el mundo conocía como David.
Julián sintió que las viejas
cicatrices de los riñones, las que le dejó la Guardia Civil en el 43, empezaban
a arder. Se acercó despacio. Javier, al levantar la vista, tardó unos segundos
en reconocer aquel rostro curtido por el salitre.
—¿Julián? ¿El de la bolera de
allá arriba? —preguntó Javier con una sonrisa, genuinamente sorprendido—. ¡Qué
pequeño es el mundo! Siéntate, hombre, que invita el campeón.
Julián se quedó de pie, rígido.
La ligereza con la que Javier le hablaba le revolvió el estómago. Javier no
sabía nada. Aquella noche de 1943, tras el forcejeo en Valdecantos, él
simplemente cogió las 25.000 pesetas del trato, aceptó la identidad de su
hermano y se marchó en la oscuridad, creyendo que el "bueno" de David
lo arreglaría todo en casa.
—¿Campeón? —masulló Julián—.
¿Así te haces llamar ahora?
—Es lo que soy, ¿no? —respondió
Javier, bajando un poco la voz—. Hicimos un trato. Él se quedaba con mis deudas
y mi mala fama para que yo pudiera ser otro hombre. Y mírame, Julián. He
prosperado. David siempre fue un santo, sabía que yo necesitaba esta
oportunidad más que él.
Julián soltó una carcajada
amarga que hizo que los clientes de las mesas cercanas se giraran. —Un santo...
—repitió Julián—. Un santo que permitió que me molieran a palos en el
cuartelillo buscándote a ti. Un santo que dejó que el pueblo me escupiera y me
llamara asesino hasta que tuve que huir como un criminal.
Javier palideció. La copa le
tembló en la mano. —¿De qué hablas? David me dijo que él lo arreglaría... que
denunciaría mi desaparición...
—Y lo hizo —le cortó Julián,
inclinándose sobre la mesa—. Pero el pueblo necesitaba un culpable, y yo era el
blanco fácil. Tu hermano guardó el secreto tan bien que dejó que me destruyeran
la vida con tal de no romper el trato contigo. Él eligió tu vida por encima de
la mía.
Javier se hundió en la silla.
Por primera vez en quince años, comprendió el precio real de su traje de señor.
—Yo... yo no sabía lo de la paliza. Pensé que todo se habría olvidado con el
tiempo.
—Pues no se olvidó. Mientras tú
brindas aquí, tu hermano vive en una choza de cañas en el huerto de Manuel.
Perdió la casa de tus padres para pagar tus deudas y ahora se pudre en la
miseria bajo el nombre de "Javier el golfo". Se está comiendo toda tu
mierda, Javier, mientras tú te paseas con su gloria.
Javier miró sus manos limpias y
luego las manos callosas y maltratadas de Julián. La magnitud del sacrificio de
David le golpeó como un rayo. David no solo le había dado el dinero; le había
dado su honra, su techo y había permitido una injusticia atroz contra un
tercero con tal de mantener a su hermano a salvo.
—Hicisteis un trato, sí
—sentenció Julián—. Pero él está pagando los intereses con su propia sangre.
Disfruta del vino, "campeón". Cada trago que das, es una lágrima de
David en su choza.
Julián se dio la vuelta y salió
a la noche. Javier se quedó solo, rodeado de lujos, pero sintiéndose más
miserable que el mendigo que dormía en la puerta de la taberna.
Tras el encuentro en la taberna,
Javier no pudo volver a dormir. El nombre de "David" le quemaba en la
boca. Movió sus hilos, contactó con viejos conocidos de la provincia y la
noticia llegó como un mazo: su hermano había muerto meses atrás en el huerto de
Manuel. Había muerto como un paria, pero con la dignidad intacta de quien
cumple un pacto hasta las últimas consecuencias.
Javier comprendió entonces que no
podía devolverle la vida a David, pero sí podía devolverle la honra a Julián,
el hombre que pagó con su espalda los pecados de los Mendieta.
Semanas después, Julián recibió una
visita en su humilde cuartucho del puerto. No era la policía, sino un abogado
de modales finos que decía representar a una "fundación de beneficencia
para represaliados del azar".
—Señor Julián —dijo el hombre,
extendiendo unos documentos—, se ha abierto una vacante de guarda mayor en una
fábrica de turrones en el Levante. Es un puesto de confianza. Incluye un sueldo
digno, uniforme y, lo más importante, una casa de piedra con jardín para usted
y su mujer.
Julián miró los papeles con
desconfianza. —¿Por qué yo? Nadie regala nada en este mundo, y menos a alguien
con mi historial.
—Digamos que alguien ha dado fe de
su honradez. Alguien que sabe que usted es un hombre de palabra que ha sufrido
injustamente. El puesto es suyo si acepta empezar mañana.
Julián aceptó. Mientras se mudaba a
la casa de la fábrica, rodeado del aroma dulce de la almendra y la miel, no
pudo evitar pensar en aquella noche en la taberna. Sabía, con la intuición de
quien ha pasado mucha hambre, que aquel "David" de traje de lino
estaba detrás de todo.
No hubo cartas de agradecimiento ni
reencuentros. Javier se aseguró de que así fuera. Prefería que Julián le odiara
un poco menos desde la comodidad de un hogar propio, que verle a la cara y
recordar que él era el motivo de todas sus desgracias.
En el pueblo, donde antes estaba la
vieja bolera de tierra, ahora se alza un moderno pabellón deportivo cubierto. Sin embargo, cada año, el día de la
desaparición de David, el pabellón amanece reservado.
Se celebra una fiesta popular con
vino y comida para todos los vecinos, pagada por un benefactor anónimo a través
de un abogado. La única condición es que, durante la celebración, se organice
un torneo deportivo (quizás de
baloncesto o fútbol sala, los nuevos deportes que llenan el pabellón) que lleve
el nombre de "Memorial David
Mendieta".
El pueblo celebra a su "héroe
del pasado" en un recinto del futuro, sin saber que el verdadero campeón
murió a pocos metros, en una choza de barro que ya nadie recuerda. Javier nunca
regresa, pero financia ese recuerdo eterno en un edificio que su hermano nunca
llegó a ver, mientras Manuel observa la fiesta desde la linde del huerto,
apretando en su mano el pin de plata del verdadero y último campeón de bolos.
David murió en una choza, pero su
sacrificio acabó comprando una casa para Julián y una conciencia para su
hermano. En la España de 1958, el juego de bolos había terminado, y aunque las
fichas estaban todas caídas, por fin alguien había ganado la partida.


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