octubre 01, 2026

Antonio Fernández Álvarez (Escribidor de sueños)

 




RELATO




El último Campeón de Bolos  

Corría el año 1943. En el ambiente cargado de tabaco y sudor del campeonato de bolos, David se alza con la victoria. El premio es modesto en objetos —un trofeo y un pin—, pero la verdadera fortuna viaja en su bolsillo: 25.000 pesetas acumuladas en las apuestas clandestinas que se han fraguado a la sombra del juego. Para la época, es una cantidad que puede comprar una vida nueva.

Sin embargo, en el camino de regreso a casa, el peligro acecha bajo la forma de su propia sangre. Su hermano gemelo, Javier, un hombre díscolo y atormentado por el juego que ya ha dilapidado la casa de sus padres fallecidos, le espera escondido.

David, que se ha demorado celebrando la victoria con los amigos, camina con el paso algo errático, envalentonado por el vino. Al llegar al paraje de Valdecantos, a escasos cien metros de su hogar, Javier le asalta.

—¿Qué haces aquí, Javier? —pregunta David, sorprendido.

—Te esperaba —responde su hermano con voz sombría—. Quiero que me des el dinero. Tengo que pagar una deuda de juego o perderemos la casa definitivamente.

—Siempre igual, Javier... nunca vas a cambiar. No te lo voy a dar.

—Pues entonces, uno de los dos no vivirá para contarlo.

A pesar de que David no es hombre de trifulcas, el alcohol le otorga un coraje inusual. Se enfrenta a su hermano en una lucha feroz. Tras un forcejeo agónico, David logra desarmar a Javier, que empuñaba una navaja de dimensiones considerables. Con la respiración agitada y el arma en su poder, David mira a su reflejo exacto y toma una decisión desesperada.

—Mira, Javier, eres mi hermano gemelo y no voy a hacerte daño. Pero te propongo un trato que puede cambiar tu destino: te doy el dinero, pero debes desaparecer de la ciudad. Vete lo más lejos posible; que no volvamos a vernos nunca. A partir de ahora, tú tomarás mi identidad y yo la tuya. Mañana denunciaré que has desaparecido, que te esperaba tras el campeonato y nunca regresaste.

Javier le mira, atónito, mientras David continúa:

—¿Y la casa? ¿Y las deudas de juego? A partir de ahora, yo seré tú y cargaré con ellas. Tú solo tienes que marcharte. Aún estás a tiempo de ser otro hombre.

La noticia de la "desaparición" del campeón de bolos corrió como la pólvora por el pueblo, pero el duelo duró poco frente a la cruda realidad de las deudas. A los tres días, el cobrador llamó a la puerta. No era un hombre de palabras, sino de hechos; traía consigo un documento que Javier (el verdadero) había firmado en una timba de mala muerte.

David, asumiendo su papel de hermano caído en desgracia, recibió al hombre con la mirada baja y el aliento a aguardiente fingido.

—No tengo el dinero —dijo David con voz ronca—. Mi hermano se fue... se llevó el premio del campeonato y no me dejó ni una peseta. No pude sacárselo.

El cobrador recorrió la casa con desprecio, tocando los muebles de madera vieja de los padres fallecidos. —Entonces ya sabes lo que toca, Javier. No hay más prórrogas. O pagas, o la casa pasa a ser propiedad de mi jefe.

—Quédatela —sentenció David con una frialdad que heló al cobrador—. Cóbrate con los muros, que es lo único que nos quedaba. A partir de hoy, yo ya no tengo techo.

Cuando David terminó de cerrar el trato con el cobrador y entregó las llaves de la casa familiar, no salió de allí con ropa o muebles. Salió cargando un saco de arpillera donde golpeaban, con un sonido metálico y triste, todos sus trofeos.

Eran su vida. El pin de plata, las copas de latón brillante y aquel último trofeo de 1943 que debería haber sido su gloria. Pero ahora, bajo la piel de su hermano, esos objetos eran pruebas de un delito o, peor aún, recordatorios de un fantasma.

Se instaló en la choza del huerto de Manuel. Cuatro postes de madera, techumbre de cañizo y el olor a tierra mojada. Allí, en un rincón oscuro, cavó un hoyo en el suelo de barro. Uno a uno, depositó los trofeos. El metal frío contra la tierra húmeda.

David, el mejor jugador de bolos de la comarca, nunca más podría tocar una bola. Si lo hacía y demostraba su destreza, todos sabrían que no era Javier. El "nuevo Javier" debía ser torpe, descuidado y rudo.

Había entregado las paredes donde creció para saldar una deuda que no era suya.

Había pagado 25.000 pesetas para no volver a ver a su gemelo, comprando un exilio que se sentía como una muerte.

Mientras los vecinos pasaban por el camino y señalaban con desprecio al "pobre Javier", el hombre que dormía sobre un jergón de paja sonreía en la oscuridad. Había perdido su nombre, su fama y su hogar, pero bajo las estrellas de aquel huerto, por primera vez, David no tenía que ser el ejemplo de nadie.

Desde su posición como guardián del huerto, David veía a veces a los jóvenes del pueblo practicar en la bolera cercana. Escuchaba el impacto seco de la madera contra los bolos y sentía un calambre en el brazo derecho, el instinto de lanzar que aún vivía en sus músculos. Pero se obligaba a quedarse sentado frente a su choza, liando un cigarrillo con torpeza, fingiendo la desidia de su hermano.

Nadie sospechaba. El pueblo veía a un hombre acabado, un Javier que malvivía entre hortalizas por haber arruinado a su ejemplar hermano. David aceptaba los escupitajos y los insultos en silencio. Había ganado el campeonato más difícil: el de desaparecer estando vivo.

En el cuartelillo, el aire olía a humedad y a tabaco de picadura. David, bajo la piel de su hermano, sentía el frío de las baldosas en las rodillas.

—¿Dónde está, Javier? ¿Dónde has enterrado a tu hermano? —le espetó el sargento, mientras un cabo le propinaba un golpe seco en los riñones que le quitó el aire.

David apretó los dientes. Cada golpe que recibía era un clavo más en el ataúd de su antigua vida. Si confesaba, si gritaba que él era el campeón, que él era el "bueno", el pacto se rompería y su hermano sería perseguido como un criminal. El dolor físico era, de alguna manera, una penitencia que aceptaba con una calma que desquiciaba a sus interrogadores.

—No sé nada —susurró con el labio partido—. Se fue con el dinero. Me dejó con las deudas y sin techo. Pregúntenle a los del juego... ellos saben que no tengo ni para tabaco.

Tras horas de interrogatorio y golpes ciegos, lo soltaron al amanecer. El sargento le vio salir arrastrando los pies hacia el huerto de Manuel y comentó de lado: —Fíjate, parece que los palos le han quitado la chulería. O la pena por el hermano lo ha dejado seco, o de verdad es que no sabe nada. Hasta parece que camina con más respeto que antes.

David regresó a su choza, cojeando entre los surcos de las berenjenas. Se lavó la sangre con el agua helada de la acequia. Al mirarse en el reflejo turbio del agua, vio el rostro de Javier: amoratado, sucio, despreciado.

Nadie en el pueblo fue a visitarle para consolarle por la paliza. Al contrario, los vecinos se cruzaban de acera. Había logrado lo imposible: que el mundo entero odiara a David pensando que era Javier, mientras él, en el silencio de su choza, custodiaba el secreto más caro de la posguerra.

Aquella noche, David metió la mano en el hoyo donde descansaban sus trofeos enterrados. Tocó el metal frío del pin de plata de 1943. Sus dedos, hinchados por los golpes de la Guardia Civil, recorrieron el grabado de la fecha. Ya no era un deportista; era un mártir de su propia mentira.

El destino de Julián, el eterno segundo en los campeonatos de bolos, se selló en las tabernas. Julián era un buen hombre, de manos rudas y corazón noble, pero con la lengua floja cuando el vino le recordaba sus derrotas frente a David. Sus bravuconadas de borracho —"Algún día ese David morderá el polvo"— fueron su sentencia cuando el campeón desapareció.

La Guardia Civil, tras no sacar nada de "Javier" (David), volcó su frustración sobre Julián. Las palizas en el cuartelillo fueron brutales, pero el verdadero tormento fue el vacío del pueblo. Los vecinos dejaban de hablar cuando él entraba en la plaza; las madres apartaban a sus hijos; las tiendas "olvidaban" despacharle el racionamiento.

David, desde su choza en el huerto de Manuel, lo veía todo. Una tarde, escondido entre los frutales, vio a Julián y a su novia cargando dos maletas desvencijadas en un carromato. Ella lloraba en silencio; él caminaba con los hombros hundidos, como si llevara encima todo el peso de la parroquia. Se marchaban al destierro, huyendo de una culpa que no les pertenecía.

David sintió el impulso de salir de entre las sombras, de gritar: "¡Eh, Julián! ¡No te vayas! ¡Yo soy David! ¡Javier no me mató!". Pero las palabras se le atascaron en la garganta.

Si hablaba, su hermano Javier sería cazado como un prófugo. Si hablaba, él iría a la cárcel por falsedad y por engañar a la autoridad. Si hablaba, el pacto de sangre de aquel paraje de Valdecantos se rompería para siempre.

Vio alejarse el carromato por el camino real hasta que solo quedó una nube de polvo. Julián se iba con el estigma de ser el "asesino del campeón", y David se quedaba con la realidad de ser el "vividor que arruinó a su familia".

Esa noche, David no durmió. Fue al rincón de la choza, desenterró el trofeo de 1943 y lo apretó contra su pecho con tanta fuerza que el metal le hirió la piel. El precio de salvar a su hermano gemelo ya no solo era su casa y su nombre; ahora también era la honra de un inocente.

Manuel entró en la choza al amanecer, extrañado de no ver el humo del primer cigarrillo de su guardián. Encontró a su amigo frío, con una expresión de paz que Javier, el verdadero Javier, jamás habría tenido. Pero lo que cambió la historia no fue el cadáver, sino lo que David sostenía entre sus manos yermas.

Al ir a cubrir el cuerpo con una manta, Manuel tropezó con una irregularidad en el suelo de tierra, justo debajo de la litera. El barro estaba removido, como si los dedos agonizantes de David hubieran intentado cavar una última vez.

Manuel, con el corazón en un puño, terminó de apartar la tierra. Sus ojos no podían creer lo que veían:

Allí, envueltos en trapos podridos por la humedad, aparecieron las copas de latón, el pin de plata y el gran trofeo del campeonato de bolos de 1943.

Junto a los trofeos, encontró una pequeña nota amarillenta, escrita con una caligrafía firme y elegante, impropia de un jugador de taberna. Decía: "Perdona, Julián. Perdona, madre.

Manuel se sentó en el suelo, frente al cuerpo sin vida de su amigo. Empezó a atar cabos que durante quince años habían estado sueltos en su cabeza:

Recordó la nobleza con la que "Javier" aceptaba los insultos del pueblo sin devolver una mala palabra. Recordó que aquel hombre nunca volvió a tocar una bola de bolos, ni siquiera por diversión, como si le quemaran las manos. Recordó la mirada de sacrificio que brillaba en sus ojos cada vez que se mencionaba el nombre de David.

—No eras tú... —susurró Manuel, rompiendo a llorar—. Tú no eras Javier. Dios mío, David, ¿qué has hecho?

Manuel se quedó allí sentado, con las manos manchadas de la tierra que custodiaba los trofeos. Miró el cuerpo de aquel hombre al que todos llamaban Javier, pero al que él, en su fuero interno, empezó a reconocer como el verdadero David.

Recordó perfectamente la tarde en que llegó al huerto, quince años atrás. Venía con lo puesto, con el alma rota y los bolsillos vacíos. Había perdido la casa de sus padres, no tenía ni una peseta y su hermano había "desaparecido". Manuel siempre pensó que aquel golpe de realidad había transformado al "bala perdida" de Javier en un hombre nuevo, un hombre de silencio y trabajo. "Qué lejos estaba la verdad", pensó Manuel con una amarga sonrisa.

No podía hablar. Si contaba que aquel hombre era David, tendría que explicar que Javier seguía vivo en algún lugar con una identidad robada y 25.000 pesetas manchadas de traición. Tendría que admitir que David había permitido que un inocente, Julián, cargara con la culpa de un asesinato que nunca existió.

—Si tú decidiste morir como Javier para salvarle, quién soy yo para devolverte tu nombre ahora —susurró Manuel.

Con una solemnidad que nadie más presenció, Manuel volvió a colocar los trofeos de bolos en el hoyo bajo el jergón. Pero esta vez los cubrió con cal y piedras pesadas antes de echar la tierra, para que nadie, nunca, pudiera encontrarlos por accidente.

Al día siguiente, el pueblo enterró al "pobre Javier". Hubo pocos asistentes. Algunos vecinos comentaron en voz baja que, al menos, el hombre había trabajado honradamente sus últimos años en el huerto, redimiendo un poco su pasado de jugador. Manuel escuchaba y callaba.

Cuando el ataúd bajó a la fosa, Manuel tiró un puñado de tierra y se dio la vuelta. En su bolsillo guardaba el pequeño pin de plata de 1943. Fue lo único que rescató. A veces, en las tardes de verano, cuando Manuel se sentaba en el huerto y oía a lo lejos el sonido de los bolos golpeando en la plaza, apretaba el pin en su mano.

David se había ido sin gloria, sin casa y sin nombre, pero Manuel sabía que aquel hombre que dormía en la choza había ganado, en el último suspiro, la partida más difícil de todas: la de ser el guardián de su propia sangre hasta el final.

El Encuentro en la Taberna (1958)

Julián entró en aquel local del sur, buscando un respiro tras la jornada en el puerto. De pronto, sus ojos se clavaron en una mesa del rincón. Allí, rodeado de botellas de vino y vistiendo un traje de lino impecable, estaba el hombre que el mundo conocía como David.

Julián sintió que las viejas cicatrices de los riñones, las que le dejó la Guardia Civil en el 43, empezaban a arder. Se acercó despacio. Javier, al levantar la vista, tardó unos segundos en reconocer aquel rostro curtido por el salitre.

—¿Julián? ¿El de la bolera de allá arriba? —preguntó Javier con una sonrisa, genuinamente sorprendido—. ¡Qué pequeño es el mundo! Siéntate, hombre, que invita el campeón.

Julián se quedó de pie, rígido. La ligereza con la que Javier le hablaba le revolvió el estómago. Javier no sabía nada. Aquella noche de 1943, tras el forcejeo en Valdecantos, él simplemente cogió las 25.000 pesetas del trato, aceptó la identidad de su hermano y se marchó en la oscuridad, creyendo que el "bueno" de David lo arreglaría todo en casa.

—¿Campeón? —masulló Julián—. ¿Así te haces llamar ahora?

—Es lo que soy, ¿no? —respondió Javier, bajando un poco la voz—. Hicimos un trato. Él se quedaba con mis deudas y mi mala fama para que yo pudiera ser otro hombre. Y mírame, Julián. He prosperado. David siempre fue un santo, sabía que yo necesitaba esta oportunidad más que él.

Julián soltó una carcajada amarga que hizo que los clientes de las mesas cercanas se giraran. —Un santo... —repitió Julián—. Un santo que permitió que me molieran a palos en el cuartelillo buscándote a ti. Un santo que dejó que el pueblo me escupiera y me llamara asesino hasta que tuve que huir como un criminal.

Javier palideció. La copa le tembló en la mano. —¿De qué hablas? David me dijo que él lo arreglaría... que denunciaría mi desaparición...

—Y lo hizo —le cortó Julián, inclinándose sobre la mesa—. Pero el pueblo necesitaba un culpable, y yo era el blanco fácil. Tu hermano guardó el secreto tan bien que dejó que me destruyeran la vida con tal de no romper el trato contigo. Él eligió tu vida por encima de la mía.

Javier se hundió en la silla. Por primera vez en quince años, comprendió el precio real de su traje de señor. —Yo... yo no sabía lo de la paliza. Pensé que todo se habría olvidado con el tiempo.

—Pues no se olvidó. Mientras tú brindas aquí, tu hermano vive en una choza de cañas en el huerto de Manuel. Perdió la casa de tus padres para pagar tus deudas y ahora se pudre en la miseria bajo el nombre de "Javier el golfo". Se está comiendo toda tu mierda, Javier, mientras tú te paseas con su gloria.

Javier miró sus manos limpias y luego las manos callosas y maltratadas de Julián. La magnitud del sacrificio de David le golpeó como un rayo. David no solo le había dado el dinero; le había dado su honra, su techo y había permitido una injusticia atroz contra un tercero con tal de mantener a su hermano a salvo.

—Hicisteis un trato, sí —sentenció Julián—. Pero él está pagando los intereses con su propia sangre. Disfruta del vino, "campeón". Cada trago que das, es una lágrima de David en su choza.

Julián se dio la vuelta y salió a la noche. Javier se quedó solo, rodeado de lujos, pero sintiéndose más miserable que el mendigo que dormía en la puerta de la taberna.

Tras el encuentro en la taberna, Javier no pudo volver a dormir. El nombre de "David" le quemaba en la boca. Movió sus hilos, contactó con viejos conocidos de la provincia y la noticia llegó como un mazo: su hermano había muerto meses atrás en el huerto de Manuel. Había muerto como un paria, pero con la dignidad intacta de quien cumple un pacto hasta las últimas consecuencias.

Javier comprendió entonces que no podía devolverle la vida a David, pero sí podía devolverle la honra a Julián, el hombre que pagó con su espalda los pecados de los Mendieta.

Semanas después, Julián recibió una visita en su humilde cuartucho del puerto. No era la policía, sino un abogado de modales finos que decía representar a una "fundación de beneficencia para represaliados del azar".

—Señor Julián —dijo el hombre, extendiendo unos documentos—, se ha abierto una vacante de guarda mayor en una fábrica de turrones en el Levante. Es un puesto de confianza. Incluye un sueldo digno, uniforme y, lo más importante, una casa de piedra con jardín para usted y su mujer.

Julián miró los papeles con desconfianza. —¿Por qué yo? Nadie regala nada en este mundo, y menos a alguien con mi historial.

—Digamos que alguien ha dado fe de su honradez. Alguien que sabe que usted es un hombre de palabra que ha sufrido injustamente. El puesto es suyo si acepta empezar mañana.

Julián aceptó. Mientras se mudaba a la casa de la fábrica, rodeado del aroma dulce de la almendra y la miel, no pudo evitar pensar en aquella noche en la taberna. Sabía, con la intuición de quien ha pasado mucha hambre, que aquel "David" de traje de lino estaba detrás de todo.

No hubo cartas de agradecimiento ni reencuentros. Javier se aseguró de que así fuera. Prefería que Julián le odiara un poco menos desde la comodidad de un hogar propio, que verle a la cara y recordar que él era el motivo de todas sus desgracias.

En el pueblo, donde antes estaba la vieja bolera de tierra, ahora se alza un moderno pabellón deportivo cubierto. Sin embargo, cada año, el día de la desaparición de David, el pabellón amanece reservado.

Se celebra una fiesta popular con vino y comida para todos los vecinos, pagada por un benefactor anónimo a través de un abogado. La única condición es que, durante la celebración, se organice un torneo deportivo (quizás de baloncesto o fútbol sala, los nuevos deportes que llenan el pabellón) que lleve el nombre de "Memorial David Mendieta".

El pueblo celebra a su "héroe del pasado" en un recinto del futuro, sin saber que el verdadero campeón murió a pocos metros, en una choza de barro que ya nadie recuerda. Javier nunca regresa, pero financia ese recuerdo eterno en un edificio que su hermano nunca llegó a ver, mientras Manuel observa la fiesta desde la linde del huerto, apretando en su mano el pin de plata del verdadero y último campeón de bolos.

David murió en una choza, pero su sacrificio acabó comprando una casa para Julián y una conciencia para su hermano. En la España de 1958, el juego de bolos había terminado, y aunque las fichas estaban todas caídas, por fin alguien había ganado la partida.






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