Estar
sentado en aquel sillón le daba la paz y el sosiego que necesitaba en ese
momento. Vislumbraba que todo estaba cambiando muy rápidamente, la cuerda de su
reloj ya no giraba, el final estaba próximo. Sus codos apoyados en los brazos
de madera hacían que sus manos, huesudas de piel ceniza, se entrelazaran a la
altura de su pecho. La pierna izquierda, cruzada encima de la derecha, oscilaba
al ritmo del tic-tac del viejo reloj de péndulo que tenía al lado. Su figura
hierática, fría e inexpresiva y un poco distante, asemejaba más a una talla
pétrea que a un ser animado. Hundidos en sus cuencas, sus ojos cansados,
observaban todos aquellos objetos amontonados en el centro de la gran sala. Su
cabeza se movía despacio, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, y
todo lo que veía le traía a su memoria pasajes y paisajes de una historia, de
un pasado que era en sí, su vida. Cubiertos por plásticos opacos y sábanas
viejas, las estanterías, las mesas, las urnas con animales disecados, los
cuadros de pinturas de personas ilustres, fotografías, menciones honoríficas,
los viejos tomos de enciclopedias, el viejo esqueleto en su soporte, las sillas
y los antiguos pupitres, los fósiles, la vieja bola del mundo, etc., todos,
desde su enfoque, eran un montón de objetos viejos, sin orden, desubicados.
Pero a pesar de ello, todo y todos estaban enlazados, todos tenían
memoria.
Una cuadrilla de pintores acababa de terminar las dos
enormes salas destinadas, en un futuro próximo, a ser el nuevo museo de aquel
vetusto instituto. Notaba que aquel sillón de despacho, en el cual estaba
sentado, se ajustaba a su cuerpo como un molde, quizás porque había sido su
compañero de viaje, en las alegrías y en las soledades, durante más de 25 años.
Madera de roble americano y giratorio eran sus principales y raras virtudes
para la época en que se había fabricado. Se había cruzado en su vida en el
tanatorio de lo que no sirve y de lo que no tiene arreglo. Su amigo Juanillo,
el herrero y el mecánico para todo, le había quitado aquella pieza defectuosa
que soltaba bolitas del cojinete según se movía y le había colocado otra
parecida de una grúa manual, de la conservera, que habían dejado abandonada en
un patio. Juanillo era un manitas y le llamaban frecuentemente cuando, de las
fábricas y molinos de aceite de la zona, tenían problemas con las nuevas
máquinas que llegaban sobre todo de las Vascongadas y Barcelona. Aunque no
tenía muchos estudios, Juanillo sí tenía una curiosidad infinita de cómo
funcionaban y por qué, la mecánica de las cosas, le gustaba todo lo que le
hacía pensar, disfrutaba dándole sentido a todo lo que no tenía explicación.
Todo lo guardaba, lo que servía y lo que no, siempre pensando en una segunda
oportunidad. Otro amigo, Pedro, el astilero, le ayudó a aliviar aquella cojera
de una de sus cuatro patas en forma de estrella, con una pieza de madera de
olivo cortada y colocada con maestría.
Aquel sillón había estado en el despacho soportando
las posaderas del jefe de estudios correspondiente durante más de 30 años y, cuando
ya no pudo más, lo propusieron para ser hoguera de chimenea. Pero como estaba
inventariado y nadie sabía muy bien cómo darlo de baja, lo depositaron en un
almacén, en un rincón del olvido, para que el tiempo, el polvo y la polilla
hicieran su trabajo. El entonces director del instituto aprovechó la coyuntura
e hizo una jugada maestra: donó el suyo, que era exactamente igual al
damnificado, al jefe de estudios y, ya de paso, propuso comprar otro de mayor
categoría y comodidad para él. De esta forma, aquel sillón reparado, más una
mesa de escritorio, pasaron a formar parte del cuarto del bedel o portería.
La portería se situaba en la antesala justo después de
la entrada principal al colegio. Era una sala cuadrada con una pequeña
ventanilla que daba al pasillo, un sitio estratégico por donde, por fuerza,
pasaba el que entraba y el que salía. Sin embargo, durante los años en que
Ramón había ejercido como bedel del instituto, la pequeña ventana apenas se
había abierto, solo en días de mucho frío y en momentos puntuales que había que
tener cierta discreción, la puerta de la portería se cerraba. A la derecha de
la mesa, una taquilla de madera donde guardaba sus batas, una gorra de plato
que nunca usó, una bota ortopédica de repuesto y unas cuantas herramientas para
alguna chapuza urgente. A la izquierda, un pequeño encerado donde anotaba todos
los quehaceres del día siguiente, los cuales iba borrando según se acometían.
Enfrente de la mesa, dos sillas de enea por si eran necesarias. Y a su espalda,
colgadas, unas vitrinas donde se ordenaban todas las llaves de las aulas y
estancias del instituto. Más arriba un crucifijo de madera y el cuadro con la
imagen del Jefe del Estado. Las vitrinas, la taquilla y los cuatro cajones de
la mesa estaban siempre cerrados. Ramón custodiaba esas llaves, más la de la
puerta principal y la de la propia portería, como algo personal, en un aro
metálico que colgaba del ancho cinturón de cuero de su pantalón.
Por el cuarto pasaban los proveedores de todas las
vituallas necesarias para el centro: los del material de limpieza, material
escolar, personal de mantenimiento, el cartero, y también padres de alumnos que
se acercaban a ver a sus hijos de algún pueblo cercano o cualquier tipo de
visita no concertada con el director. Aunque no estaba entre sus cometidos
Ramón lo anotaba todo en una libreta de entradas y salidas, incluso el importe
de presupuestos y facturas de los proveedores, el dinero que recogía y con el
que pagaba. Cualquier cosa que entrara o saliera dejaba su huella en la libreta
de Ramón. Después, todo lo fiscalizaba el secretario del centro. Cuando Ramón
hacía sus rondas para cuidar el orden fuera de las aulas o para repartir la
correspondencia del día entre los profesores, el tintinear de las llaves al
chocar unas contra otras y el chirriar de la ortopedia del pie izquierdo al
caminar por los pasillos y dependencias, le hacían previsible y ubicable en
todo momento. Eso era motivo de burla entre algunos alumnos, lo sabía, pero no
le importaba. Su semblante serio y seco, mirada tensa, de pocas palabras, hacía
que lo respetaran. Él, se encargaba de abrir y cerrar todos los días, era el
primero que entraba y el último que salía, y así fue durante todos los años que
estuvo ejerciendo de bedel, a no ser por fuerza mayor o festivos de guardar.
Hasta que un día todo se acabó: sin que él se hubiese preparado para ello llegó
uno de los momentos más duros de su vida, le comunicaron que tenía que dejarlo.
Una mano le tocó el hombro y lo sacó de su
abstracción, dándose la vuelta. - Pero Mati, casi me da un “vahío”. ¡Ojú! -,
dijo Ramón, - Pero, ¿qué hace aquí tan concentrado Don Ramón? -, - Pues mirando esos trastos, me traen a la
memoria otra época, dicen que cuando se recuerda se para el tiempo, pero es
mentira, el tictac de este reloj así me lo indica -, - ¡Jajaja, que cosas tiene
D. Ramón… Parece que los pintores han terminado ya, ¿no?, son buenos pero un
poco guarrillos también, mire cuántas gotas y marcas en el suelo, esto al final
quien lo tiene que sacar somos nosotras -, - Vamos Mati, que tú ya te jubilaste
y que ahora solo das consejos a las chicas nuevas y, otra cosa Mati, el “Don”
me lo quitas, ya te lo dije hace tiempo -, - Mire Don Ramón, bruta sí sé que
soy y eso no se lima, pero educada y agradecida la primera. Usted para mí es la
persona más buena y honrada que he conocido y le tengo un respeto infinito.
Cuando enviudé del astilero, me quedé sola con tres niños, usted me buscó y me
colocó aquí, es más, después me convenció para que aprendiera a leer y a
escribir, a hacer cuentas, me enseñó a expresarme con decoro y también aprendí
con usted que con educación se abren muchas puertas, usted me dio la mano
cuando más lo necesitaba, cuando la vida se me escapaba de entre los dedos, así
que su “Don” no se lo quito ¡¡ea!! Y por supuesto, sé que no soy la única
persona que usted apoyó y ayudó de una u otra forma, que una se entera de
todo... -, - Vamos, vamos, Mati…eso lo hice encantado, ya sabes que el astilero
era mi amigo y también que la enseñanza es algo que me gusta. Y ahora venga,
venga..., vamos a salir de aquí que el olor a pintura me marea -. Ramón se
levantó no sin esfuerzo de aquel sillón y ofreció su brazo a Mati, la antigua
limpiadora del centro. - ¿Usted sabe la cantidad de historias que he podido
imaginar con los libros que he leído, lo que aprendí, lo que viajé metida en
ellos?, cada vez que terminaba uno me acordaba siempre de usted…¡¡le estaba tan
agradecida!! -, continuó Mati, - ¿Cuál ha sido el último Mati? -, la interpeló,
- Mire usted que tengo libros por leer... - señalando a la puerta de la
biblioteca, - pero he vuelto a meterme en la vida de la “La Regenta”, en serio,
es apasionante, la he vuelto a disfrutar como la primera vez -, - Maravillosa
novela de D. Leopoldo y los intrincados amores de Doña Ana Azores ¿no? -, dijo
él, - Sí que es verdad D. Ramón -.
Siguieron andando por los pasillos hasta llegar al sitio más emblemático
del aquel instituto: el claustro y su impresionante techo vítreo. - D. Ramon,
qué bonito dejaron este patio y mire la antigua portería, qué pena que ahora
solo es un cuarto de material de limpieza, lleno de aljofifas, cubos y trapos
sucios, con las horas que habrá echado usted ahí… -, - Así es la vida Mati,
nada perdura para siempre, de todas formas, me gustaría que le hubiesen dado otro
uso -, - Pero mire D. Ramón, ¿no le parece que hoy pulula mucha gente por aquí
para ser martes?,- Cierto, quizás tenga la culpa el próximo eclipse -, dijo
él - pero... ¡¡¡mire, mire!!! Sí,
también ha venido D. Manuel, su medio hermano -, dijo Mati señalando la figura
que bajaba por las escaleras. - Vaya, vaya…, Don Manuel, ¡qué sorpresa! -.
La silueta de aquel hombre alto con traje azul y
camisa blanca se acercó a ellos desde las escaleras. - Por fin doy contigo
Ramón, llevo varios días en el pueblo y he preguntado por ti por aquí y por
allá, ya creía que te habían jubilado definitivamente… jajaja, ¿cómo estás
amigo mío? - le dijo, al mismo tiempo
que se abrazaban. Un instante duró ese estrechamiento, pero lograron
eternizarlo, al menos, unos segundos. Solo Mati los sacó de ese parón. - Bueno,
les dejo, que tendrán muchas cosas que contar, me esperan dos salas que limpiar
y estas chicas nuevas están muy verdes -. Emocionado todavía por el encuentro,
Ramón despidió a Mati con solo una mirada y una sonrisa. – Manolo, cuánto
tiempo, pero ¿dónde estuviste durante estos años? – Manolo echó su mano por
encima del hombro de Ramón y empezaron a caminar alrededor del claustro y
pasillos contiguos, sin prisa, a paso lento. - Sabes que, antes de coger la
plaza de director de este instituto, estuve en Algeciras veintiséis años de
profesor en un instituto de peso, como este, y tantos años me dejaron mucho
poso, tanto de paisajes como de amigos. Allí se fue mi querida Leonor y allí
están sus restos. Y claro, cuando pasó lo que pasó aquí, me acerqué por allí a
saludar y a darle compañía a ella y, sin darme cuenta, me quedé nueve años.
Pensé que ayudaría en aquel instituto con mi presencia, pero me cansé o, mejor
dicho, me frustré al darme cuenta de que el agua pasada, pasada está amigo.
Después volví al cortijo “La Polvorilla, a ver a mi hermano Rodrigo con
intención de convencerlo para que fuéramos juntos a ver el próximo eclipse
lunar y allí he estado, otros catorce meses, con sus hijos, nietos y algún
bisnieto, recordando también nuestros lugares comunes, tiempos de niñez, de
felicidad Ramón. Y claro no quería irme sin ver a mi otro hermano -. Ramón lo
miró con lágrimas en los ojos y lo volvió abrazar.
-El
origen-
El padre de Ramón, Evaristo, se quedó huérfano a los
pocos años de vida, después que su madre muriera en el parto desangrada y una
mala coz de una yegua se llevara a su padre. Fueron sus abuelos maternos
quienes lo criaron en el cortijo “La Polvorilla”, donde el abuelo ejercía como
capataz de la finca. Casó con Mercedes, hija mayor de una familia de aparceros
de una hacienda muy cercana a Doña Mencía. Se conocieron en la feria de ganado
de septiembre. Él, que acababa de cumplir 19 años, buscaba una mula que le
había encargado su abuelo. Entre animales, tratantes, polvo y moscas, se fijó
en la planta de una joven mula torda y a Mercedes, de diecisiete años,
acompañada de sus padres, le llamó la atención el mismo animal, pues le gustaba
y entendía del trato con el ganado. Mirándola fijamente los dos, desde diferentes
sitios, se dirigieron hacia el animal entre la muchedumbre y sus diferentes
trayectorias se cruzaron finalmente, trastabillándose delante de la mula.
Merceditas hizo amago de caer hacia atrás cuando Evaristo la cogió del brazo,
al mismo tiempo que se quitaba el sombrero cañero. - Discúlpeme, señorita, me
había fijado en esta mula y … -. A ella le vino una risa floja que no podía
cortar al ver el desconcierto y el rubor del chico. El muchacho pensó que se
burlaba de él, pero cuando se fijó en sus grandes ojos verdes, su pelo ondulado
color miel recogido con una rosa y su cara redondita, se le estremeció el
cuerpo mientras ella pensaba que su fuerte mano nunca la iba a soltar. Durante
unos segundos se quedaron solos entre la algarabía de aquel gentío, en
silencio, mirándose, mientras la mula, con las orejas tiesas, los miraba
sorprendida. En septiembre del año siguiente se casaron en la pequeña capilla
de la hacienda. Don Fernando y Doña Elvira, los dueños de La Polvorilla, fueron
los padrinos de aquella boda que trajo la alegría por partida doble, pues el
abultado vientre de Doña Elvira hacía que los ojos del matrimonio brillaran de
una forma especial. Júbilo que se contagiaba a todas las gentes de aquella
cortijada.
Don Fernando, era hijo único, había heredado toda
aquella gran hacienda tras la muerte repentina de su padre. El no entendía nada
de ese mundo del campo. Se había criado, sin ninguna responsabilidad, en
Sevilla con su madre, en una sociedad elitista y llena de comodidades. Ella, su
hacedora, había huido de aquel gran caserío hastiada del olor a estiércol, del
zumbido de las moscas y de aburrirse como una ostra entre gentes simples.
Fernando había empezado ya sus estudios superiores cuando conoció a Elvira en
un acto de la Universidad de Sevilla, cuando su sede estaba en Cádiz, y la
chispa que nació allí nunca se apagó. Ella procedía de Sanlúcar, de una familia
que fomentaba el amor al estudio y a las humanidades, por lo que fue educada en
un ambiente de corte liberal. Cuando ocurrió la muerte de su padre, Fernando
tuvo que abandonar sus estudios de ciencias para hacerse cargo de aquella vasta
hacienda rural llena de personas, animales, casas y muchos, muchos olivos y
viñedos. Después de dos años, cansado de estar solo y a punto de bajarse de
aquella enorme empresa, cogió un carruaje con el capataz y su nieto, Evaristo,
y se presentaron en Sanlúcar. Elvira y Fernando se habían visto en contadas
ocasiones en ese tiempo, aunque no habían perdido el contacto pues se habían
carteado con asiduidad. Ella ya era maestra, pero no ejercía. En aquella época
era una “rara avis” que una mujer estudiara una carrera y más que la terminara
y, más aún, que la profesara. Mientras Fernando pedía la mano de Elvira a sus
padres, Evaristo y su abuelo se acercaron por primera vez a conocer aquel gran
lago azul que parecía no tener fin, el mar.
Desde antes de la muerte del padre de Fernando,
Evaristo ya ejercía de capataz, siempre con la supervisión de su abuelo, esa
era la voluntad del señorito. El abuelo era alto y delgado, su rictus siempre
serio y grave. Cuando daba las órdenes eran secas y sin matices y aquellos ojos
afilados hacían difícil mantenerle la mirada cuando hablaba, aunque quizás sus
silencios comunicaban más que una reprimenda, estremecían y cortaban el aire.
En cambio, era justo y templado en las decisiones, nunca alzaba la voz, ni tuvo
miedo de cantarle las verdades a nadie, incluso a quien le pagaba. Protegía y
cuidaba a los que estaban con él, los que sacaban el trabajo adelante, pero no
admitía ni la traición ni las dobleces, en eso era intransigente, e implacable
en el castigo. Él había sido y era el alma de aquel imperio agreste y rústico,
él tenía el poder porque disponía de toda la confianza y el beneplácito del
señorito. Cuando Fernando llegó, después del infausto suceso, le costó confiar
y transmitir toda su hacienda a aquellos extraños, pero solo tenía dos
opciones: dejarse llevar o vender como quería su madre. El primer año estuvo
lleno de dudas, de incertidumbres y desconfianzas; el segundo, le dio gracias a
Dios por haberle puesto en su camino aquellos seres, los únicos que podían
sacar aquello adelante. Sabiamente dio un paso al lado para empezar a aprender
y a caminar seguro con aquellas dos personas, Evaristo y su abuelo. Solo le faltaba
una cosa, convencer a Elvira.
Un día de septiembre, a los dos años del casamiento de
Mercedes y Evaristo, el abuelo no vio amanecer, ni revolotear los pájaros
mañaneros, ni vio ni oyó el arroyo correr, tampoco vio las mariposas y
libélulas juguetear entre la hierba, se durmió plácidamente para no volver a
ver nacer un nuevo día. Lo enterraron como él quería, sin ataúd, sin lapida y
en tierra, debajo del aquel nogal centenario, al lado de la capilla. Fue un
duro golpe para Evaristo, su abuelo había ocupado el sitio de su padre y su
madre. Solo heredó de él una casita en el pueblo, su sombrero cañero y lo mejor
de todo, su forma de ser y pensar. El abuelo había sido celoso en su educación,
lo quería preparado para enfrentarse a la batalla de la vida, pues cuando él
muriera se quedaría solo, era el último de su saga. Se había preocupado de que
estudiara en el pueblo tres años y después, él y el señorito, le pusieron un
profesor que iba dos días a la semana a la hacienda para que incrementara sus
conocimientos. Todo ello sin dejar de lado el aprendizaje de las labores que le
había marcado su destino, ser capataz de La Polvorilla. El abuelo no había sido
una persona cariñosa con él, ni con nadie, no le salía, pero los dos conectaban
y se querían a su modo. Ya no conocería a su bisnieto que se llamaría como él,
Ramón. Recordó que un día, después de despedir a un jornalero, le dijo:
“Rodéate siempre de personas buenas y nobles, que merezcan la pena, que empujen
en el mismo sentido, protégelas y nunca te fallarán. Las malas yerbas
arráncalas sin piedad, de cuajo, no mires para atrás, a ellas, si les das una
segunda oportunidad, volverán a crecer y arruinarán tu huerto. Estudia en los
libros, pero también observa lo que te rodea. Si acumulas conocimiento te dará
poder, pero nunca lo utilices para hacer el mal, solo en defensa propia, puede
ser un látigo de ida y vuelta”.