abril 01, 2025

Ángel Pérez Campos

 


Eclipse lunar (I)




Estar sentado en aquel sillón le daba la paz y el sosiego que necesitaba en ese momento. Vislumbraba que todo estaba cambiando muy rápidamente, la cuerda de su reloj ya no giraba, el final estaba próximo. Sus codos apoyados en los brazos de madera hacían que sus manos, huesudas de piel ceniza, se entrelazaran a la altura de su pecho. La pierna izquierda, cruzada encima de la derecha, oscilaba al ritmo del tic-tac del viejo reloj de péndulo que tenía al lado. Su figura hierática, fría e inexpresiva y un poco distante, asemejaba más a una talla pétrea que a un ser animado. Hundidos en sus cuencas, sus ojos cansados, observaban todos aquellos objetos amontonados en el centro de la gran sala. Su cabeza se movía despacio, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, y todo lo que veía le traía a su memoria pasajes y paisajes de una historia, de un pasado que era en sí, su vida. Cubiertos por plásticos opacos y sábanas viejas, las estanterías, las mesas, las urnas con animales disecados, los cuadros de pinturas de personas ilustres, fotografías, menciones honoríficas, los viejos tomos de enciclopedias, el viejo esqueleto en su soporte, las sillas y los antiguos pupitres, los fósiles, la vieja bola del mundo, etc., todos, desde su enfoque, eran un montón de objetos viejos, sin orden, desubicados. Pero a pesar de ello, todo y todos estaban enlazados, todos tenían memoria. 

               Una cuadrilla de pintores acababa de terminar las dos enormes salas destinadas, en un futuro próximo, a ser el nuevo museo de aquel vetusto instituto. Notaba que aquel sillón de despacho, en el cual estaba sentado, se ajustaba a su cuerpo como un molde, quizás porque había sido su compañero de viaje, en las alegrías y en las soledades, durante más de 25 años. Madera de roble americano y giratorio eran sus principales y raras virtudes para la época en que se había fabricado. Se había cruzado en su vida en el tanatorio de lo que no sirve y de lo que no tiene arreglo. Su amigo Juanillo, el herrero y el mecánico para todo, le había quitado aquella pieza defectuosa que soltaba bolitas del cojinete según se movía y le había colocado otra parecida de una grúa manual, de la conservera, que habían dejado abandonada en un patio. Juanillo era un manitas y le llamaban frecuentemente cuando, de las fábricas y molinos de aceite de la zona, tenían problemas con las nuevas máquinas que llegaban sobre todo de las Vascongadas y Barcelona. Aunque no tenía muchos estudios, Juanillo sí tenía una curiosidad infinita de cómo funcionaban y por qué, la mecánica de las cosas, le gustaba todo lo que le hacía pensar, disfrutaba dándole sentido a todo lo que no tenía explicación. Todo lo guardaba, lo que servía y lo que no, siempre pensando en una segunda oportunidad. Otro amigo, Pedro, el astilero, le ayudó a aliviar aquella cojera de una de sus cuatro patas en forma de estrella, con una pieza de madera de olivo cortada y colocada con maestría.

               Aquel sillón había estado en el despacho soportando las posaderas del jefe de estudios correspondiente durante más de 30 años y, cuando ya no pudo más, lo propusieron para ser hoguera de chimenea. Pero como estaba inventariado y nadie sabía muy bien cómo darlo de baja, lo depositaron en un almacén, en un rincón del olvido, para que el tiempo, el polvo y la polilla hicieran su trabajo. El entonces director del instituto aprovechó la coyuntura e hizo una jugada maestra: donó el suyo, que era exactamente igual al damnificado, al jefe de estudios y, ya de paso, propuso comprar otro de mayor categoría y comodidad para él. De esta forma, aquel sillón reparado, más una mesa de escritorio, pasaron a formar parte del cuarto del bedel o portería.

               La portería se situaba en la antesala justo después de la entrada principal al colegio. Era una sala cuadrada con una pequeña ventanilla que daba al pasillo, un sitio estratégico por donde, por fuerza, pasaba el que entraba y el que salía. Sin embargo, durante los años en que Ramón había ejercido como bedel del instituto, la pequeña ventana apenas se había abierto, solo en días de mucho frío y en momentos puntuales que había que tener cierta discreción, la puerta de la portería se cerraba. A la derecha de la mesa, una taquilla de madera donde guardaba sus batas, una gorra de plato que nunca usó, una bota ortopédica de repuesto y unas cuantas herramientas para alguna chapuza urgente. A la izquierda, un pequeño encerado donde anotaba todos los quehaceres del día siguiente, los cuales iba borrando según se acometían. Enfrente de la mesa, dos sillas de enea por si eran necesarias. Y a su espalda, colgadas, unas vitrinas donde se ordenaban todas las llaves de las aulas y estancias del instituto. Más arriba un crucifijo de madera y el cuadro con la imagen del Jefe del Estado. Las vitrinas, la taquilla y los cuatro cajones de la mesa estaban siempre cerrados. Ramón custodiaba esas llaves, más la de la puerta principal y la de la propia portería, como algo personal, en un aro metálico que colgaba del ancho cinturón de cuero de su pantalón.

               Por el cuarto pasaban los proveedores de todas las vituallas necesarias para el centro: los del material de limpieza, material escolar, personal de mantenimiento, el cartero, y también padres de alumnos que se acercaban a ver a sus hijos de algún pueblo cercano o cualquier tipo de visita no concertada con el director. Aunque no estaba entre sus cometidos Ramón lo anotaba todo en una libreta de entradas y salidas, incluso el importe de presupuestos y facturas de los proveedores, el dinero que recogía y con el que pagaba. Cualquier cosa que entrara o saliera dejaba su huella en la libreta de Ramón. Después, todo lo fiscalizaba el secretario del centro. Cuando Ramón hacía sus rondas para cuidar el orden fuera de las aulas o para repartir la correspondencia del día entre los profesores, el tintinear de las llaves al chocar unas contra otras y el chirriar de la ortopedia del pie izquierdo al caminar por los pasillos y dependencias, le hacían previsible y ubicable en todo momento. Eso era motivo de burla entre algunos alumnos, lo sabía, pero no le importaba. Su semblante serio y seco, mirada tensa, de pocas palabras, hacía que lo respetaran. Él, se encargaba de abrir y cerrar todos los días, era el primero que entraba y el último que salía, y así fue durante todos los años que estuvo ejerciendo de bedel, a no ser por fuerza mayor o festivos de guardar. Hasta que un día todo se acabó: sin que él se hubiese preparado para ello llegó uno de los momentos más duros de su vida, le comunicaron que tenía que dejarlo.

               Una mano le tocó el hombro y lo sacó de su abstracción, dándose la vuelta. - Pero Mati, casi me da un “vahío”. ¡Ojú! -, dijo Ramón, - Pero, ¿qué hace aquí tan concentrado Don Ramón? -,  - Pues mirando esos trastos, me traen a la memoria otra época, dicen que cuando se recuerda se para el tiempo, pero es mentira, el tictac de este reloj así me lo indica -, - ¡Jajaja, que cosas tiene D. Ramón… Parece que los pintores han terminado ya, ¿no?, son buenos pero un poco guarrillos también, mire cuántas gotas y marcas en el suelo, esto al final quien lo tiene que sacar somos nosotras -, - Vamos Mati, que tú ya te jubilaste y que ahora solo das consejos a las chicas nuevas y, otra cosa Mati, el “Don” me lo quitas, ya te lo dije hace tiempo -, - Mire Don Ramón, bruta sí sé que soy y eso no se lima, pero educada y agradecida la primera. Usted para mí es la persona más buena y honrada que he conocido y le tengo un respeto infinito. Cuando enviudé del astilero, me quedé sola con tres niños, usted me buscó y me colocó aquí, es más, después me convenció para que aprendiera a leer y a escribir, a hacer cuentas, me enseñó a expresarme con decoro y también aprendí con usted que con educación se abren muchas puertas, usted me dio la mano cuando más lo necesitaba, cuando la vida se me escapaba de entre los dedos, así que su “Don” no se lo quito ¡¡ea!! Y por supuesto, sé que no soy la única persona que usted apoyó y ayudó de una u otra forma, que una se entera de todo... -, - Vamos, vamos, Mati…eso lo hice encantado, ya sabes que el astilero era mi amigo y también que la enseñanza es algo que me gusta. Y ahora venga, venga..., vamos a salir de aquí que el olor a pintura me marea -. Ramón se levantó no sin esfuerzo de aquel sillón y ofreció su brazo a Mati, la antigua limpiadora del centro. - ¿Usted sabe la cantidad de historias que he podido imaginar con los libros que he leído, lo que aprendí, lo que viajé metida en ellos?, cada vez que terminaba uno me acordaba siempre de usted…¡¡le estaba tan agradecida!! -, continuó Mati, - ¿Cuál ha sido el último Mati? -, la interpeló, - Mire usted que tengo libros por leer... - señalando a la puerta de la biblioteca, - pero he vuelto a meterme en la vida de la “La Regenta”, en serio, es apasionante, la he vuelto a disfrutar como la primera vez -, - Maravillosa novela de D. Leopoldo y los intrincados amores de Doña Ana Azores ¿no? -, dijo él, - Sí que es verdad D. Ramón -.  Siguieron andando por los pasillos hasta llegar al sitio más emblemático del aquel instituto: el claustro y su impresionante techo vítreo. - D. Ramon, qué bonito dejaron este patio y mire la antigua portería, qué pena que ahora solo es un cuarto de material de limpieza, lleno de aljofifas, cubos y trapos sucios, con las horas que habrá echado usted ahí… -, - Así es la vida Mati, nada perdura para siempre, de todas formas, me gustaría que le hubiesen dado otro uso -, - Pero mire D. Ramón, ¿no le parece que hoy pulula mucha gente por aquí para ser martes?,- Cierto, quizás tenga la culpa el próximo eclipse -, dijo él  - pero... ¡¡¡mire, mire!!! Sí, también ha venido D. Manuel, su medio hermano -, dijo Mati señalando la figura que bajaba por las escaleras. - Vaya, vaya…, Don Manuel, ¡qué sorpresa! -.

               La silueta de aquel hombre alto con traje azul y camisa blanca se acercó a ellos desde las escaleras. - Por fin doy contigo Ramón, llevo varios días en el pueblo y he preguntado por ti por aquí y por allá, ya creía que te habían jubilado definitivamente… jajaja, ¿cómo estás amigo mío? -  le dijo, al mismo tiempo que se abrazaban. Un instante duró ese estrechamiento, pero lograron eternizarlo, al menos, unos segundos. Solo Mati los sacó de ese parón. - Bueno, les dejo, que tendrán muchas cosas que contar, me esperan dos salas que limpiar y estas chicas nuevas están muy verdes -. Emocionado todavía por el encuentro, Ramón despidió a Mati con solo una mirada y una sonrisa. – Manolo, cuánto tiempo, pero ¿dónde estuviste durante estos años? – Manolo echó su mano por encima del hombro de Ramón y empezaron a caminar alrededor del claustro y pasillos contiguos, sin prisa, a paso lento. - Sabes que, antes de coger la plaza de director de este instituto, estuve en Algeciras veintiséis años de profesor en un instituto de peso, como este, y tantos años me dejaron mucho poso, tanto de paisajes como de amigos. Allí se fue mi querida Leonor y allí están sus restos. Y claro, cuando pasó lo que pasó aquí, me acerqué por allí a saludar y a darle compañía a ella y, sin darme cuenta, me quedé nueve años. Pensé que ayudaría en aquel instituto con mi presencia, pero me cansé o, mejor dicho, me frustré al darme cuenta de que el agua pasada, pasada está amigo. Después volví al cortijo “La Polvorilla, a ver a mi hermano Rodrigo con intención de convencerlo para que fuéramos juntos a ver el próximo eclipse lunar y allí he estado, otros catorce meses, con sus hijos, nietos y algún bisnieto, recordando también nuestros lugares comunes, tiempos de niñez, de felicidad Ramón. Y claro no quería irme sin ver a mi otro hermano -. Ramón lo miró con lágrimas en los ojos y lo volvió abrazar. 

-El origen-

               El padre de Ramón, Evaristo, se quedó huérfano a los pocos años de vida, después que su madre muriera en el parto desangrada y una mala coz de una yegua se llevara a su padre. Fueron sus abuelos maternos quienes lo criaron en el cortijo “La Polvorilla”, donde el abuelo ejercía como capataz de la finca. Casó con Mercedes, hija mayor de una familia de aparceros de una hacienda muy cercana a Doña Mencía. Se conocieron en la feria de ganado de septiembre. Él, que acababa de cumplir 19 años, buscaba una mula que le había encargado su abuelo. Entre animales, tratantes, polvo y moscas, se fijó en la planta de una joven mula torda y a Mercedes, de diecisiete años, acompañada de sus padres, le llamó la atención el mismo animal, pues le gustaba y entendía del trato con el ganado. Mirándola fijamente los dos, desde diferentes sitios, se dirigieron hacia el animal entre la muchedumbre y sus diferentes trayectorias se cruzaron finalmente, trastabillándose delante de la mula. Merceditas hizo amago de caer hacia atrás cuando Evaristo la cogió del brazo, al mismo tiempo que se quitaba el sombrero cañero. - Discúlpeme, señorita, me había fijado en esta mula y … -. A ella le vino una risa floja que no podía cortar al ver el desconcierto y el rubor del chico. El muchacho pensó que se burlaba de él, pero cuando se fijó en sus grandes ojos verdes, su pelo ondulado color miel recogido con una rosa y su cara redondita, se le estremeció el cuerpo mientras ella pensaba que su fuerte mano nunca la iba a soltar. Durante unos segundos se quedaron solos entre la algarabía de aquel gentío, en silencio, mirándose, mientras la mula, con las orejas tiesas, los miraba sorprendida. En septiembre del año siguiente se casaron en la pequeña capilla de la hacienda. Don Fernando y Doña Elvira, los dueños de La Polvorilla, fueron los padrinos de aquella boda que trajo la alegría por partida doble, pues el abultado vientre de Doña Elvira hacía que los ojos del matrimonio brillaran de una forma especial. Júbilo que se contagiaba a todas las gentes de aquella cortijada. 

               Don Fernando, era hijo único, había heredado toda aquella gran hacienda tras la muerte repentina de su padre. El no entendía nada de ese mundo del campo. Se había criado, sin ninguna responsabilidad, en Sevilla con su madre, en una sociedad elitista y llena de comodidades. Ella, su hacedora, había huido de aquel gran caserío hastiada del olor a estiércol, del zumbido de las moscas y de aburrirse como una ostra entre gentes simples. Fernando había empezado ya sus estudios superiores cuando conoció a Elvira en un acto de la Universidad de Sevilla, cuando su sede estaba en Cádiz, y la chispa que nació allí nunca se apagó. Ella procedía de Sanlúcar, de una familia que fomentaba el amor al estudio y a las humanidades, por lo que fue educada en un ambiente de corte liberal. Cuando ocurrió la muerte de su padre, Fernando tuvo que abandonar sus estudios de ciencias para hacerse cargo de aquella vasta hacienda rural llena de personas, animales, casas y muchos, muchos olivos y viñedos. Después de dos años, cansado de estar solo y a punto de bajarse de aquella enorme empresa, cogió un carruaje con el capataz y su nieto, Evaristo, y se presentaron en Sanlúcar. Elvira y Fernando se habían visto en contadas ocasiones en ese tiempo, aunque no habían perdido el contacto pues se habían carteado con asiduidad. Ella ya era maestra, pero no ejercía. En aquella época era una “rara avis” que una mujer estudiara una carrera y más que la terminara y, más aún, que la profesara. Mientras Fernando pedía la mano de Elvira a sus padres, Evaristo y su abuelo se acercaron por primera vez a conocer aquel gran lago azul que parecía no tener fin, el mar.

               Desde antes de la muerte del padre de Fernando, Evaristo ya ejercía de capataz, siempre con la supervisión de su abuelo, esa era la voluntad del señorito. El abuelo era alto y delgado, su rictus siempre serio y grave. Cuando daba las órdenes eran secas y sin matices y aquellos ojos afilados hacían difícil mantenerle la mirada cuando hablaba, aunque quizás sus silencios comunicaban más que una reprimenda, estremecían y cortaban el aire. En cambio, era justo y templado en las decisiones, nunca alzaba la voz, ni tuvo miedo de cantarle las verdades a nadie, incluso a quien le pagaba. Protegía y cuidaba a los que estaban con él, los que sacaban el trabajo adelante, pero no admitía ni la traición ni las dobleces, en eso era intransigente, e implacable en el castigo. Él había sido y era el alma de aquel imperio agreste y rústico, él tenía el poder porque disponía de toda la confianza y el beneplácito del señorito. Cuando Fernando llegó, después del infausto suceso, le costó confiar y transmitir toda su hacienda a aquellos extraños, pero solo tenía dos opciones: dejarse llevar o vender como quería su madre. El primer año estuvo lleno de dudas, de incertidumbres y desconfianzas; el segundo, le dio gracias a Dios por haberle puesto en su camino aquellos seres, los únicos que podían sacar aquello adelante. Sabiamente dio un paso al lado para empezar a aprender y a caminar seguro con aquellas dos personas, Evaristo y su abuelo. Solo le faltaba una cosa, convencer a Elvira. 

               Un día de septiembre, a los dos años del casamiento de Mercedes y Evaristo, el abuelo no vio amanecer, ni revolotear los pájaros mañaneros, ni vio ni oyó el arroyo correr, tampoco vio las mariposas y libélulas juguetear entre la hierba, se durmió plácidamente para no volver a ver nacer un nuevo día. Lo enterraron como él quería, sin ataúd, sin lapida y en tierra, debajo del aquel nogal centenario, al lado de la capilla. Fue un duro golpe para Evaristo, su abuelo había ocupado el sitio de su padre y su madre. Solo heredó de él una casita en el pueblo, su sombrero cañero y lo mejor de todo, su forma de ser y pensar. El abuelo había sido celoso en su educación, lo quería preparado para enfrentarse a la batalla de la vida, pues cuando él muriera se quedaría solo, era el último de su saga. Se había preocupado de que estudiara en el pueblo tres años y después, él y el señorito, le pusieron un profesor que iba dos días a la semana a la hacienda para que incrementara sus conocimientos. Todo ello sin dejar de lado el aprendizaje de las labores que le había marcado su destino, ser capataz de La Polvorilla. El abuelo no había sido una persona cariñosa con él, ni con nadie, no le salía, pero los dos conectaban y se querían a su modo. Ya no conocería a su bisnieto que se llamaría como él, Ramón. Recordó que un día, después de despedir a un jornalero, le dijo: “Rodéate siempre de personas buenas y nobles, que merezcan la pena, que empujen en el mismo sentido, protégelas y nunca te fallarán. Las malas yerbas arráncalas sin piedad, de cuajo, no mires para atrás, a ellas, si les das una segunda oportunidad, volverán a crecer y arruinarán tu huerto. Estudia en los libros, pero también observa lo que te rodea. Si acumulas conocimiento te dará poder, pero nunca lo utilices para hacer el mal, solo en defensa propia, puede ser un látigo de ida y vuelta”.       

CONTINUARÁ ..........

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