septiembre 01, 2026

Antonio Fernández Álvarez (Escribidor de sueños)

 




RELATO TESTIMINONIAL

Bajar con La Señora

 

El revolear de la bandera al ritmo del sonido del ronco tambor… todo nos anuncia que el día grande de Cabra está a la vuelta de la esquina.

El cuatro de septiembre supone para nosotros el encuentro con nuestra Patrona, la Virgen de la Sierra. Cabra aguarda su llegada, que ya se anuncia con un gran repique de campanas desde todas las espadañas de los templos egabrenses. Cabra se viste de gala.

Ese día, multitud de personas nos trasladamos al Picacho. Unos subimos peregrinos por Góngora haciendo el camino; otros lo hacen por Caño Gordo en los autobuses previstos. Todos, sin embargo, llevamos en el corazón la misma ilusión: bajar con Ella.

En los aledaños del santuario nos agolpamos esperando a que den las cuatro. A esa hora, por la puerta de piedra —antiguo acceso a la ermita primitiva de María Santísima de la Sierra— hará su salida la Sagrada Imagen. Comenzará, como cada año, «La Bajá».

A las cuatro de la tarde —el cuatro a las cuatro— repican las campanas de la ermita anunciando su salida entre miles de romeros. A hombros de sus costaleros, la Virgen inicia el descenso.

¿Cómo describir los sentimientos que cada uno de nosotros, los egabrenses, profesamos a la Virgen?

Amor, ánimo, confianza, consuelo, esperanza, expectación, ilusión, seguridad…

Comenzamos el camino por un trayecto zigzagueante entre quejigos y olivos. La acompañamos con cantos típicos, con vítores, con promesas y, sobre todo, con un deseo que nos sale de dentro: llevarla, aunque solo sean unos metros.

Los vítores y los cánticos nos embargan de emoción:

—¡Virgen de la Sieeeeeeeeeerra!

—¡Guapa y bonita, y bonita, y olé, y olé!

—¡Viva la Virgen de la Sierra!

—¡Viva! ¡Viva!

—¡Viva la Paloma Blanca!

—¡Viva! ¡Viva!

Los costaleros nos ceden las andas a aquellos peregrinos que deseamos portar a la Señora con amor y cariño. Y entonces ocurre algo difícil de explicar. No importa que tenga nueve stents en mis arterias, ni que el cansancio haga mella en mi cuerpo. En ese momento solo importa Ella.

He portado a la Señora,

mi hombro dolorido

y mi corazón henchido,

por haber recorrido,

aunque solo fueran unos metros,

y haberte mecido.

En los cordeles —esas cuerdas que se atan a la parte trasera del paso para retener un poco el ritmo—, buscamos un hueco donde colocar la mano para acompañar a la Señora, mientras proferimos cantos y vítores durante todo el recorrido.

Desde debajo de los varales, para evitar aglomeraciones delante del paso y avanzar a un ritmo lógico, un grito de:

 —¡Aire!. ¡Aire!

Provoca automáticamente una pequeña avalancha de empujones y jolgorio que, muy lejos de lo que pudiera parecer, sirve de aliento y ánimo a los costaleros.

Y así, entre sudor, polvo, cantos y vítores, seguimos bajando.

En La Viñuela, jinetes y amazonas esperan a la Virgen para unirse a la larga comitiva de peregrinos que la acompañará hasta su entrada en Cabra.

Entre una nube de polvo, monte bajo y olivares, sol y un calor que mitigamos con los miles de litros de agua fresca que los costaleros nos ofrecen todos los años, la Virgen llega a los lugares de parada del camino: La Viñuela, Los Colchones, La Salve…

Allí descansamos y refrescamos la garganta para continuar.

Y vuelven los vítores:

—¡Virgen de la Sieeeeeeeeeerra!

—¡Guapa y bonita, y bonita, y olé, y olé!

—¡Viva la Virgen de la Sierra!

—¡Viva! ¡Viva!

—¡Viva la Reina del Cielo!

—¡Viva! ¡Viva!

También le entonamos cantos de tiempos remotos, canciones que han pasado de generación en generación y que forman parte de la memoria de nuestro pueblo:

Al pasar por la Viñuela

el sombrero me quité,

y a la Virgen de la Sierra

una Salve le recé.

¡Que viva Cabra, viva mi tierra,

viva la Fuente del Río

y la Virgen de la Sierra!

Yo siempre he querido vitorearla, pero la voz se me apaga y gritar no puedo. Ronroneo, casi susurro, pero gritar yo quiero.

—¡Viva la Virgen de la Sierra!

—¡Viva la Patrona de Cabra!

—¡Viva el Consuelo Divino!

—¡Viva la Reina del Cielo!

—¡Viva la Salud de los Enfermos!

—¡Viva la Causa de nuestra Alegría!

—¡Viva la Madre de Dios!

—¡Viva nuestra Madre!

Y al unísono, como si una sola saliera de miles de gargantas, respondemos como un pueblo entero:

—¡Viva, viva, viva…!

Sin duda, uno de los lugares  más emblemático del camino es el cortijo de La Salve. Allí, la Virgen es portada por las mujeres mientras se canta la Salve: un canto monótono, casi hipnótico, que consigue imbuirnos en un ambiente de profunda oración. Durante unos instantes parece que el tiempo se detiene. El bullicio desaparece y solo queda Ella.

Después de la Salve, le cantamos a la Virgen Serrana coplas por sevillanas que nos alegran el alma, y nos recuerdan que la devoción también puede cantarse con alegría.

Tras este último receso, aligeramos el paso.

Hemos recorrido desde el Picacho a La Viñuela, el Peñón de la Beata, Los Colchones, La Salve, Góngora y, de ahí, a la Barriada. El camino parece haberse hecho corto.

El revolear de la bandera y el ronco sonido del tambor nos anuncian que ya está cerca.

Cabra la espera

Sobre las siete y media de la tarde, la Virgen de la Sierra hace su entrada en el popular barrio que lleva su nombre. Una multitud aguarda su llegada. Entre nosotros están las personas mayores que han esperado todo un año para volver a verla, quienes han contado los días, quienes han rezado por ella y quienes, quizá, no saben si el próximo cuatro de septiembre podrán volver a estar allí.

Y entonces, cuando aparece, todo cambia.

Los cansancios desaparecen. El calor deja de importar. El polvo, las horas de camino, el hombro dolorido… todo queda atrás.

Porque ya está con nosotros.

Porque la Señora ha bajado.

Y mientras la vemos avanzar entre la multitud, se mezclan los vítores, las lágrimas y las oraciones. Cada uno le pide lo suyo. Cada uno guarda una promesa, un agradecimiento, una pena o una esperanza.

Y yo, como tantos otros, solo puedo mirarla y decirle desde lo más profundo:

Madre amada de la Sierra,
no nos niegues tu favor.

Y Cabra entera vuelve a gritar:

—¡Viva la Virgen de la Sierra!

—¡Viva!

—¡Viva nuestra Patrona!

—¡Viva!

—¡Viva la Madre de todos los egabrenses!

—¡Viva, viva, viva…!

Porque el cuatro de septiembre no es solamente un día señalado en el calendario.

Es el día en que Cabra baja con su Señora.

Y mientras podamos acompañarla, mientras podamos escuchar el tambor, mientras podamos ver revolear la bandera y mientras quede una garganta capaz de gritar su nombre, seguiremos haciendo el camino.

Porque bajar con la Señora es mucho más que una tradiciónEs nuestra forma de ser.

Es nuestra seña de identidad.

Es Cabra.


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