septiembre 01, 2026

Ángel Pérez Campos

 




EVOCACIÓN NOSTÁLGICA



El viento y la memoria

Un repentino soplo de viento hinchó las velas de mi vigilia. El golpe seco de una ventana contra su marco me arrancó de mi travesía onírica, devolviéndome de bruces al sopor sofocante de la noche. Sentado ahora al borde de la cama, con la piel aún sudorosa, cierro los ojos. Me embarga la desesperación del que busca a tientas una puerta que acaba de cerrarse. El estruendo me arrastró a la realidad y mi mente se niega a soltar el recuerdo, aunque es inútil: el umbral de mis sueños está ya sellado.

Aquel sueño era mi refugio. En él habitaban mi felicidad intacta, mis rarezas, las tiernas vergüenzas del niño que fui y todas aquellas pequeñas cosas que el tiempo, sigiloso, me robó. Añoro a los amigos de entonces, el tacto rugoso de mis viejas calcomanías y aquellas inagotables ganas de vivir. Si afino el oído en el silencio de esta habitación, aún puedo escuchar con nitidez las voces del barrio, el canto cautivo de la perdiz y el trino del canario. Siento el roce áspero de la brocha esparciendo la cal por las paredes, y el crujido seco al partir las almendras con una piedra.

Qué no daría yo por volver a mojar los jeringos que mi madre traía de la plaza ensartados en un junco, y por ver de nuevo esa inmensa cara de felicidad que se le dibujaba al observarnos disfrutar. Conservo intacto el frescor del culo del pepino pegado en mi frente mientras ella aderezaba su gazpacho, el sabor inigualable de aquella rebanada de pan sumergida en el tomate frito, o aquel pajarillo de huerta cogido con un pellizco de miga. Y cómo olvidar aquel cubo repleto de trozos de hielo de la fábrica de la calle Baena, donde metíamos a enfriar el melón, la sandía y las botellas de gaseosa La Pitusa...

De pronto, la memoria me arrastra a la calle; esa misma calle que fue mi mundo entero. Era el escenario donde me erigía como corsario, gladiador o el comisario más temido de un salvaje Oeste. Era el bueno, el malo o, simplemente, lo que me tocara ser aquella tarde. Una vulgar caja de cartón mutaba en el más fastuoso de los palacios o en un castillo inexpugnable, siempre defendido a muerte con nuestras espadas de madera. Me pregunto dónde habrán quedado mi vieja camiseta de tirantes y aquel pantalón corto. Dónde quedaron esas manos, esos codos y esas rodillas siempre impregnadas de una roña oscura, de esa tierra seca que mi madre, armada con un implacable estropajo de esparto, nos arrancaba cada noche casi a tiras, llevándose con ella hasta la piel.

Tras la batalla del día, caía la tarde. Veo a aquel anciano sentado en la graílla, buscando la corriente del portal entre el aroma de los nardos y la percusión de los grillos. Mientras, la vida cotidiana pasaba de boca en boca en las noches ardientes del verano. Todo era una acuarela, una melodía que se grababa a fuego en mi espíritu; todo aquello que juré que nunca podría olvidar. Atrás quedó imaginar el porvenir entre canicas y partidas a la machiva, o el eco de mi nombre lanzado a los cuatro vientos desde la ventana por mi madre.

Aquel era mi sueño, pero lo perdí en la maraña del tiempo, en un suspiro. Ahora, un nuevo soplo de viento vuelve a hinchar las velas, pero esta vez, las de mi realidad. La vigilia me ha desterrado de aquel paraíso y, al abrir los ojos, encuentro que todo en esta habitación está en su sitio. Hoy tengo más posesiones, es cierto, pero me falta lo que fui; por eso siento que el mundo está del revés. Solo tengo ganas de salir corriendo. Tengo un recuerdo, una historia, un cuento que contar antes de que deje de soplar el viento y el olvido me gane la partida.

Ya me he perdonado lo que hice mal y lo que descuidé. Me he sacudido el lastre de los desengaños; ahora solo quiero respirar, ser fiel a lo que aquel chiquillo imaginó. No quiero traicionarlo. Ese niño sigue habitando en mí y, de algún modo, continúa soñando.

Pero ¿por qué no regresa a mí aquel sorbo de libertad? Sin darme cuenta se fue, se evaporó. Cuánto echo de menos aquellas manos cosiéndome un jirón en la ropa, el peine de sus dedos alisando mis remolinos... Por más que lo desee, aquello ya es inalcanzable. La vida es un suspiro que se escapa, los años pasan y no vuelven; aunque a veces, solo a veces, cuando cerramos los ojos en la oscuridad, la vida se detiene.

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