EVOCACIÓN NOSTÁLGICA
El viento y la
memoria
Un repentino soplo de viento
hinchó las velas de mi vigilia. El golpe seco de una ventana contra su marco me
arrancó de mi travesía onírica, devolviéndome de bruces al sopor sofocante de
la noche. Sentado ahora al borde de la cama, con la piel aún sudorosa, cierro
los ojos. Me embarga la desesperación del que busca a tientas una puerta que acaba
de cerrarse. El estruendo me arrastró a la realidad y mi mente se niega a
soltar el recuerdo, aunque es inútil: el umbral de mis sueños está ya sellado.
Aquel sueño
era mi refugio. En él habitaban mi felicidad intacta, mis rarezas, las tiernas
vergüenzas del niño que fui y todas aquellas pequeñas cosas que el tiempo,
sigiloso, me robó. Añoro a los amigos de entonces, el tacto rugoso de mis
viejas calcomanías y aquellas inagotables ganas de vivir. Si afino el oído en
el silencio de esta habitación, aún puedo escuchar con nitidez las voces del
barrio, el canto cautivo de la perdiz y el trino del canario. Siento el roce
áspero de la brocha esparciendo la cal por las paredes, y el crujido seco al
partir las almendras con una piedra.
Qué no daría
yo por volver a mojar los jeringos que mi madre traía de la plaza ensartados en
un junco, y por ver de nuevo esa inmensa cara de felicidad que se le dibujaba
al observarnos disfrutar. Conservo intacto el frescor del culo del pepino
pegado en mi frente mientras ella aderezaba su gazpacho, el sabor inigualable
de aquella rebanada de pan sumergida en el tomate frito, o aquel pajarillo de
huerta cogido con un pellizco de miga. Y cómo olvidar aquel cubo repleto de
trozos de hielo de la fábrica de la calle Baena, donde metíamos a enfriar el
melón, la sandía y las botellas de gaseosa La Pitusa...
De pronto, la
memoria me arrastra a la calle; esa misma calle que fue mi mundo entero. Era el
escenario donde me erigía como corsario, gladiador o el comisario más temido de
un salvaje Oeste. Era el bueno, el malo o, simplemente, lo que me tocara ser
aquella tarde. Una vulgar caja de cartón mutaba en el más fastuoso de los
palacios o en un castillo inexpugnable, siempre defendido a muerte con nuestras
espadas de madera. Me pregunto dónde habrán quedado mi vieja camiseta de
tirantes y aquel pantalón corto. Dónde quedaron esas manos, esos codos y esas
rodillas siempre impregnadas de una roña oscura, de esa tierra seca que mi
madre, armada con un implacable estropajo de esparto, nos arrancaba cada noche
casi a tiras, llevándose con ella hasta la piel.
Tras la
batalla del día, caía la tarde. Veo a aquel anciano sentado en la graílla,
buscando la corriente del portal entre el aroma de los nardos y la percusión de
los grillos. Mientras, la vida cotidiana pasaba de boca en boca en las noches
ardientes del verano. Todo era una acuarela, una melodía que se grababa a fuego
en mi espíritu; todo aquello que juré que nunca podría olvidar. Atrás quedó
imaginar el porvenir entre canicas y partidas a la machiva, o el eco de mi
nombre lanzado a los cuatro vientos desde la ventana por mi madre.
Aquel era mi
sueño, pero lo perdí en la maraña del tiempo, en un suspiro. Ahora, un nuevo
soplo de viento vuelve a hinchar las velas, pero esta vez, las de mi realidad.
La vigilia me ha desterrado de aquel paraíso y, al abrir los ojos, encuentro
que todo en esta habitación está en su sitio. Hoy tengo más posesiones, es
cierto, pero me falta lo que fui; por eso siento que el mundo está del revés.
Solo tengo ganas de salir corriendo. Tengo un recuerdo, una historia, un cuento
que contar antes de que deje de soplar el viento y el olvido me gane la
partida.
Ya me he
perdonado lo que hice mal y lo que descuidé. Me he sacudido el lastre de los
desengaños; ahora solo quiero respirar, ser fiel a lo que aquel chiquillo
imaginó. No quiero traicionarlo. Ese niño sigue habitando en mí y, de algún
modo, continúa soñando.
Pero ¿por qué
no regresa a mí aquel sorbo de libertad? Sin darme cuenta se fue, se evaporó.
Cuánto echo de menos aquellas manos cosiéndome un jirón en la ropa, el peine de
sus dedos alisando mis remolinos... Por más que lo desee, aquello ya es
inalcanzable. La vida es un suspiro que se escapa, los años pasan y no vuelven;
aunque a veces, solo a veces, cuando cerramos los ojos en la oscuridad, la vida
se detiene.

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