RELATOS DE
HISTORIA
La Virgen de la Sierra:
entre la leyenda y la historia
El pastor, el cautivo y el misterio
del Picacho
He aquí dos fascinantes relatos de
cómo apareció la Virgen de la Sierra, narrados en primera persona por sus
protagonistas. La leyenda nos dice que un pastorcillo encontró la imagen; las
crónicas escritas nos cuentan que fue un cautivo cordobés. Cada uno de ustedes quédese
con la que más le haya llegado. Sea como fuere, el milagro de los siete siglos
escondida nos dejó a los egabrenses la imagen sagrada de la Virgen de la
Sierra.
Primer relato: El pastorcillo
Me llamo Gaspar. Mis manos olían a
tomillo, a lana de oveja y a la tierra seca del mediodía. Ese día, el calor era
insoportable en la sierra. Hasta las cigarras guardaban silencio. Mis ovejas
buscaban la sombra de los lentiscos. Yo, cansado de seguirlas entre la maleza y
las rocas del Picacho, decidí buscar un lugar donde protegerme del sol.
Entre las peñas más altas, casi
oculta por las zarzas y los matorrales, vi la boca de una cueva. La había visto
mil veces desde abajo, pero nunca me había animado a subir. Ese día, algo me
impulsó. Tal vez fue la curiosidad o una brisa fresca que salía de la
hendidura.
Me arrastré entre las piedras. Al
principio, la oscuridad me dejó ciego. Olía a humedad, a tiempo suspendido.
Pero cuando mis ojos se acostumbraron a las sombras, noté algo fuera de lo
común. La gruta no daba miedo. Tampoco se sentía fría. Había una paz distinta
en el aire.
Y entonces la vi.
Sobre una repisa de roca brillaba
una pequeña imagen de madera. Tenía el rostro más dulce que yo había visto. Su
mirada de madre parecía esperarme a mí, un simple pastor con ropa gastada y
manos ásperas. Sostenía al Niño con cuidado en sus brazos.
Se me cayó el cayado de las manos.
El eco del golpe sonó fuerte en las paredes de piedra. No podía moverme. No
sentí miedo, solo una calidez profunda en el pecho. Salí de la cueva corriendo.
Tropecé con las malezas y me olvidé del rebaño. Bajé la pendiente gritando
hacia el pueblo:
—¡La he visto! ¡Está en la cima del
Picacho! ¡Hay una Señora en la cueva!
Al principio, en Cabra, pocos
creyeron a un muchacho exhausto. Pero cuando subieron conmigo y vieron la
imagen en el corazón de la roca, la duda se volvió asombro. Supimos entonces
que la cumbre de nuestra montaña nunca volvería a ser solo piedra y viento.
Segundo relato: El cautivo cordobés
Mi nombre no importa. Durante años solo
fui un número y unas cuantas cadenas. Fui un prisionero cristiano en tierras de
Córdoba. Soporté noches largas de cautiverio y la presión constante de quienes
buscaban quitarme la fe. Pero el alma no se encadena tan fácil. Aproveché la
confusión de una noche oscura. Logré escaparme y corrí hacia la sierra.
Anduve sin dirección, con los pies
sangrando y el miedo detrás de mí. Solo buscaba un sitio difícil donde quienes
me seguían no pudieran atraparme. Así llegué a la cima de la Sierra de Cabra,
al Picacho, donde la montaña toca el cielo.
Buscando refugio del mal tiempo y de
mis perseguidores, entré en una grieta estrecha entre las rocas. Estaba
cansado, sin fuerzas y con muy poca esperanza. Pero cuando encendí una pequeña
llama para ver en la oscuridad, el corazón me saltó.
Allí, guardada en el seno de la
montaña, descansa una figura sagrada. Mi fe revivió de inmediato. Comprendí que
esa imagen había sido escondida allí siglos atrás. La propia naturaleza la
protegió del olvido durante los tiempos oscuros. Caí de rodillas frente a ella.
Ya no me sentía un prófugo ni un desdichado. En la soledad de la gruta encontré
la verdadera libertad.
Cuando supe que el rey Fernando III
había llegado y tomado la villa de Cabra, bajé de la sierra. No llevaba armas
ni riquezas. Solo traía la noticia que iba a cambiar para siempre esta tierra:
en las entrañas del Picacho, la Madre de Dios nos esperaba.
Detrás de ambas historias está la
misma pregunta: ¿cómo llegó esa talla de madera a la cumbre de la montaña y
cómo pudo quedarse allí, escondida y en silencio, durante casi setecientos
años?
En el año 714, Arcesindo, el décimo
obispo que ocupó la sede episcopal egabrense, escondió la imagen en una cueva
de la sierra ante el avance de la invasión musulmana.
La tradición cuenta que el obispo,
en medio de la noche y junto a un par de clérigos de su confianza, envolvió la
talla. Luego empezaron a subir hacia los lugares más escarpados de la sierra.
Allí hallaron una grieta profunda en la roca. Dejaron la imagen en el fondo de
la cueva, dijeron una última oración en la oscuridad y taparon la entrada con
piedras y maleza.
Pasaron los años y los siglos. Hubo
guerras, cambiaron los reinos y las generaciones que conocían el escondite
murieron sin contar el secreto. Las plantas cubrieron por completo cualquier
señal de la entrada y el tiempo hizo lo demás. Hasta que la montaña decidió
regresar lo que tenía guardado.
Quizá fue aquel pastor que buscaba
sombra para escapar del sol. Quizá fue el preso que corría con los pies heridos
hacia la libertad. Las historias y la memoria de la gente siguen discutiendo
quién tuvo el mérito, pero ahora eso ya no importa. Lo importante es que, casi
setecientos años después, encontraron la imagen.
El Picacho dejó de ser solo una
cumbre de piedra. Ahora es el pilar de Cabra, el lugar al que los egabrenses
seguimos mirando cuando necesitamos encontrar nuestras raíces.
Algunos relatos se guardan en los
libros. Otros pasan de boca en boca. Y luego están estos, los que al final
sostienen la identidad de toda una comarca.


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