ROMANCE A LA:
Virgen de la Sierra
de Cabra
En la cumbre donde el cielo
besa la piedra temprana,
guarda Cabra entre sus peñas
la luz más pura y más clara.
No hay tesoro que se iguale,
ni corona que la alcance,
porque reina en nuestra Sierra
la Señora más amable.
Dicen los viejos del pueblo,
con voz de fe y esperanza,
que llegó desde muy lejos
una aurora soberana;
que san Isicio la traía,
con fervor que nunca acaba,
como un regalo del Cielo
para la antigua Egabro amada.
Cruzó senderos y montes,
cruzó llanuras doradas,
y en sus manos peregrinas
iba la Madre esperada.
No traía oro ni plata,
ni riquezas humanas,
traía el mayor tesoro
que Dios concede a las almas.
Cuando la sombra del tiempo
cubrió la tierra cristiana,
y el rumor de las espadas
retumbó por las montañas,
el buen obispo Arcesindo,
con prudencia consagrada,
ocultó la imagen santa
en una cueva callada.
La escondió para salvarla
de la furia desatada,
y la Sierra fue su templo,
su refugio y su morada.
Las peñas fueron altar,
las estrellas, luminarias,
y los ángeles velaban
la sagrada soberana.
Pasaron años y siglos,
pasó la noche alargada,
hasta que un humilde cautivo
buscó entre riscos su patria.
Huyendo de la cadena
que aprisionaba su espalda,
subió llorando a la Sierra
con el alma desgarrada.
Y allí, entre piedra y silencio,
entre romero y retama,
descubrió una luz divina
que al corazón abrazaba.
Era María, la Madre,
la Virgen de nuestra casa,
esperando que su pueblo
volviera por fin a hallarla.
Corrió la nueva gozosa
por la campiña y la plaza;
llegó a oídos del gran Rey,
Fernando de noble espada,
y subieron hasta el Picacho
con devoción castellana,
para rendir homenaje
a la Reina Inmaculada.
Desde entonces es la Sierra
bandera nunca arriada,
y Cabra lleva en el pecho
su presencia venerada.
No hay campana que no tiemble,
ni balcón que no se engalane,
cuando la Virgen desciende
envuelta en flores y cantares.
¡Qué tesoro es tu semblante,
Virgen pura y delicada!
Más vales que cien imperios,
que cien ciudades doradas.
Tu pequeña imagen guarda
una grandeza sin tasa,
porque en tus ojos se enciende
la eternidad derramada.
Quien sube con pena honda
vuelve con el alma en calma;
quien asciende entre sus dudas
regresa lleno de esperanza.
Cuántas lágrimas has visto,
cuántas promesas calladas,
cuántos hijos a tus plantas
dejaron su madrugada.
Milagrosa te llamamos
porque el pueblo así te aclama;
porque hay enfermos que sanan,
porque hay hogares que alcanzan
la paz después de la tormenta,
la luz tras la noche amarga,
el consuelo inesperado
cuando ya no queda nada.
Milagrosa en el camino
del labriego y de la anciana,
del niño que te sonríe,
del joven que no descansa;
milagrosa en los peligros,
en la sequía y la escarcha,
en el parto y en la siega,
en la tristeza y la gracia.
Cuando la lluvia no llega
y la tierra se desmaya,
tu nombre cruza los campos
como una oración sembrada.
Y cuando el cielo responde
con su bendición temprana,
todo el pueblo reconoce
que tu misericordia habla.
Eres faro de la Sierra,
rosa blanca perfumada,
estrella de los egabrenses,
madre siempre enamorada.
En cada casa hay un cuadro,
en cada pecho una estampa,
y en cada generación
tu memoria nunca acaba.
Bendita sea tu llegada,
benditas las manos santas
de san Isicio, peregrino
que te ofreció como gracia.
Bendita la cueva humilde
que custodió tu esperanza,
bendito el monte del Picacho,
bendita nuestra montaña.
Y si algún día mis ojos
se cerraran sin mañana,
quiero dormir con tu nombre
como la última palabra.
Que me reciba tu manto,
Virgen de la Sierra amada,
y que Cabra, al recordarte,
cante por todas las almas.
Porque mientras exista un niño
que pronuncie tu alabanza,
mientras repiquen las fiestas
y florezca la campana,
seguirá vivo el milagro
que en nuestra historia se enlaza:
que Dios quiso regalarle
a Cabra su mejor joya sagrada.
Virgen de la Sierra, escucha,
Madre buena, nunca faltas;
eres el mayor tesoro
que guardan nuestras entrañas.
Y por los siglos, Señora,
con fe sencilla y honrada,
Cabra dirá de rodillas:
¡Viva la Virgen de la Sierra,
Patrona eterna y milagrosa de Cabra!


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