Artículo de opinión y memoria
Tradición, Manto y Claveles
Ha
llegado septiembre y, con él, ese evento que todos los egabrenses han estado
esperando durante todo el verano. No sé si atreverme a decir que, para algún
niño, estos días son incluso más emocionantes que el último día de colegio o
instituto que da paso a sus vacaciones.
Y permíteme que hable de mí.
Aunque no soy una persona
especialmente devota, sí lo soy de las tradiciones. Creo que son ellas las que,
de alguna manera, nos van dejando pequeñas huellas y terminan formando parte de
quienes somos.
Todavía puedo ver a mi abuelo
colocando la bandera de Cabra para recibir a la Virgen. Puedo oler los nardos
en casa de mi abuela, en mi propia casa y en las tiendas que los venden. Me veo
pequeña, asomada al balcón de la casa de mis tíos, esperando para verla pasar.
Puedo verme con quince años,
subiendo de madrugada la sierra para después hacer la Bajá aquel año y los
siguientes, con mis amigos y mi pareja.
Recuerdo mi primera Batalla de
Flores siendo niña. Mi vestido de gitana. El fajín rojo atado a la cintura de
mis vaqueros. Mi moño alto, preparado para colocar mi flor colorá. Y aquellas
botas camperas que me hicieron polvo los pies de lo incómodas que eran, pero
que, aun así, disfrutaron de la feria conmigo.
Hace años que no estoy en
septiembre en Cabra. Pero todos esos recuerdos siguen aquí. Porque las
tradiciones tienen eso: crean momentos que, con el tiempo, dejan de ser
simplemente momentos y pasan a formar parte de nosotros. Y aunque ahora viva
lejos, de vez en cuando vuelvo a oler nardos.
Y fue precisamente ese olor el
que me hizo pensar.
Pensé que quizás los nardos no
fueran la única flor capaz de representar a nuestra Virgen de la Sierra.
Siempre los he asociado a ella, y seguramente no sea la única, pero este año me
dio por preguntarme si existiría alguna otra flor que, de una manera menos
evidente, también estuviera ligada a nuestra Virgen.
Así que, indagando, me topé
con el clavel.
Y, concretamente, con uno de
los mantos históricos de la imagen: el conocido como «Manto de los Claveles»,
fechado en 1779, cuyo exorno floral está compuesto por numerosos motivos de
claveles.
No he encontrado, sin embargo,
ninguna fuente histórica que explique por qué fueron precisamente claveles los
que quedaron representados en él. Pero sí encontré una historia que quizá
muchos egabrenses ya conozcan, porque estas historias tienen la capacidad de
viajar de boca en boca, de generación en generación, y probablemente existan
distintas versiones de ella.
Os la cuento por si alguien
todavía no la conoce.
El relato de «Claveles rojos»
cuenta un romance que, como tantos otros, comienza con un joven enamorado. En
este caso, un joven cabrero que regresa al cortijo con sus cabras. Su
enamorada, Matilde, le pide que le lleve unos claveles rojos.
Él sale a buscarlos por la sierra,
recordando haber visto allí una mata. Pero no consigue encontrarlos. Entonces
recuerda algo: los mozos de los cortijos habían llevado pensamientos y claveles
rojos como ofrenda a la ermita de la Virgen de la Sierra.
Y es entonces cuando sube
hasta allí y toma un manojo para llevárselo a Matilde.
Esta historia popular, por
supuesto, no demuestra que esos claveles sean los que aparecen representados en
el manto de 1779. Tampoco podemos afirmar que el relato sea el origen de su
nombre.
Pero sí nos permite hacer algo
que me parece bonito: unir, aunque sea a través de la tradición y de la memoria
popular, tres cosas nuestras como la sierra, la Virgen y los claveles.


No hay comentarios:
Publicar un comentario