septiembre 01, 2026

Luis Ángel Ruiz Herrero


 


ARTÍCULO DE OPINIÓN Y
DIVULGACIÓN CULTURAL



LAO TSE. LECTURAS, PENSAMIENTOS

Y DIGRESIONES EN UNA IGLESIA

A menudo entro en una iglesia y observo. Contemplo la hechura del templo, las imágenes, las tallas, las caras de los feligreses… A veces la iglesia, sobre todo sábados y domingos, está repleta. Siempre acabo reflexionando sobre el hecho que se presenta ante mí, este tema que ha acompañado al ser humano desde su mismo origen cultural, entendiendo este como el momento en el que toma consciencia de sí mismo y, en consecuencia, de su existencia. Porque antes de este momento, que tal vez duró milenios y no en todos los lugares al mismo tiempo, era un animal más y, por lo tanto, tan sólo vivía. A partir de ese momento comenzó a existir.

Existir es muchísimo más que vivir. Es preguntarse, es tomar consciencia, desarrollar mecanismos psicológicos de seguridad y respuestas, dudar, descubrir la finitud…, es despertar a lo trascendente. Quizás entonces intuyera -o más bien necesitara- algo que le explicara el qué, el quién, el porqué y el para qué. ¿La filosofía? ¿El conocimiento? ¿La religión?  ¿Todo ello junto? Estoy en la iglesia.

Desde nuestra visión occidental y monoteísta, tendemos a definir la religión desde la fe, mas, sin embargo, en otros espacios culturales -quizás debiéramos llamar civilizaciones- no resolvieron el problema de la misma manera, y aunque no exista la fe como tal, desarrollaron unas creencias y unas explicaciones que no coinciden en su totalidad con nuestra área cultural o civilización. La fe engloba las creencias, pero no al contrario… Ceguera o luz, he aquí la cuestión.

En un momento del oficio al que asisto en la iglesia -léase misa- se dice el Credo. Esta palabra es de la familia de creencia, pero sin embargo al convertirla en rezo y profesión de fe, comienza a nublarse la luz para dar entrada a la oscuridad, que está siempre al lado de la ceguera. Y no hablo precisamente de la fisiológica. Estamos ante el dogma. Se dice una verdad porque sí. Palabra de Dios. Y no hay más que hablar. Lo contrario, en un Estado donde no se separa lo civil y lo religioso, aparece la excomunión, el margen, lo equivocado, lo maldito, incluso lo perseguido. Cuando afirmaciones que se desgranan en la boca de los fieles se convierten en incuestionables entra el dogma y a las creencias y a la fe se les apaga la luz, la luz del razonamiento, del cuestionamiento, naciendo en una parte de nuestro pensar una estructura rígida, de la que no se duda y se acepta sencillamente porque sí. Palabra de Dios. Razón y fe, esa es la cuestión. Averroes, desde su visión islámica, ya en la Edad Media, abrió algunas ventanas.

Pero volvamos al origen de este escrito y al interés que en él pongo. Partiendo de la premisa de esa necesidad que el ser humano ha experimentado como especie, sin que esto signifique incluir a todos los individuos, de creer en algo trascendental y superior que aporte sentido y esperanza a su transitar por la existencia, me atrevo a decir que una vida sin consciencia es tan sólo vida, biología. En consecuencia, solo una vida con consciencia es existencia. Lo aclaro porque haber personas sin consciencia, haylas. Y a veces no pocas. El ser humano para tal circunstancia de consciencia tiene que hacer uso de sus facultades que le vienen de serie y debe desarrollar con la educación. Este es otro tema para otro artículo.

Una de esas facultades es la imaginación y a ella me acojo para viajar a China y explorar, ayudado por mis lecturas, visionado de reportajes, películas y videos de osos panda… Me adentro en un espacio totalmente agreste y natural donde casi se esconde un templo taoísta y escucho con mis ojos lo que leo o leo con mis oídos lo que veo. Ah, escuchar, escuchar. Dicen que China es más sabia que Occidente porque sencillamente se escucha. Primero silencio… Quien no escucha no aprende, es un verso suelto que vibra en el ambiente, como el oxígeno en el aire. Templo y naturaleza. Autenticidad. Todos los asistentes están sentados en posición de loto menos yo, que no estoy habituado y mi cuerpo no me lo permite. Me siento en el suelo. Escucho. Silencio. No hay pregones ni púlpitos. Saco mi libro de Lao Tse, “Tao te King”, y leo. O mejor, parece que escucho como un manantial lo que allí está escrito: El gran Tao es como río que fluye en todas direcciones. La doctrina del sabio es obrar sin combatir, es recto pero no tajante, oculta bajo sus pobres vestidos las piedras preciosas de su pecho… El sabio prefiere la peor parte de un contrato y no se querella con los demás, pero el que no tiene virtud persigue sus ganancias… Conocer la armonía es eternidad y en esa armonía se contienen los tres grandes tesoros del taoísmo: Humildad/amor, frugalidad/moderación, compasión/perdón... Quien se ofusca, se pierde a sí mismo...”  Sigo escuchando con mis ojos: No hay mayor error que consentir los deseos, ni mayor desgracia que ser insaciable ni mayor vicio que ser un codicioso… Las palabras veraces no son agradables. Cuando hay revueltas en el Reino, se inventa la fidelidad del buen súbdito… (Como estamos en el ombligo de Occidente, léase ciudadano, nacionalismo y patriotismo, por favor).

La fe, el dogma, la luz, el razonamiento. Reflexiono sobre esto último y me digo, vaya si tienen razón estos postulados y, además, alumbran parecidos y similitudes con la actualidad, después de más de dos mil quinientos años. Siglo XXI, prisas, ansiedades, estrés, depresiones, consumismo. Sigo leyendo: “Tao significa camino, un camino constante, un camino sin meta”. Y esto me produce un alivio y una serenidad, me exime del sentido de la prisa, de hacer muchas cosas a la vez y del llegar corriendo con retrasos. Pienso: quizás convenga seguir sus directrices, pero, claro, quién es el valiente que se pone a contramano... En esos momentos escucho al sacerdote comentar una parte del Evangelio católico: “Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que un rico en el Reino de los Cielos”. Yo, que soy un poco analfabeto en teologías y versículos, encuentro muchos parecidos en los planteamientos y valores de una y otra creencia que me sirvan como brújula para el transitar mi existencia. A la mente me viene una extraña palabra: felicidad. Pero tal vez esté equivocado, habida cuenta que el lema que más siguen los humanos es aquel que dice: “Yo no soy tonto”. O “Aquí, el que no corre, vuela”.


Considero que es irrespetuoso leer a Lao Tse mientras se oficia una misa. Cierro el libro, me pongo de pie, escucho y comparto. Y me doy cuenta por qué algunos ojos laterales me miraban con un poco de sorpresa, quizás indignación. Me digo, ¿por qué es una falta de consideración? Gracias a este ingenuo desvío y digresión he encontrado hermosos parecidos. Sigo escuchando misa. Soy creyente, un creyente que alumbra su fe con lecturas y otros pensamientos. También con la duda. Mas por ello, no dejo de creer.

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