ARTÍCULO DE OPINIÓN Y
DIVULGACIÓN CULTURAL
LAO TSE. LECTURAS,
PENSAMIENTOS
Y DIGRESIONES EN
UNA IGLESIA
A
menudo entro en una iglesia y observo. Contemplo la hechura del templo, las
imágenes, las tallas, las caras de los feligreses… A veces la iglesia, sobre
todo sábados y domingos, está repleta. Siempre acabo reflexionando sobre el
hecho que se presenta ante mí, este tema que ha acompañado al ser humano desde
su mismo origen cultural, entendiendo este como el momento en el que toma
consciencia de sí mismo y, en consecuencia, de su existencia. Porque antes de
este momento, que tal vez duró milenios y no en todos los lugares al mismo
tiempo, era un animal más y, por lo tanto, tan sólo vivía. A partir de ese
momento comenzó a existir.
Existir
es muchísimo más que vivir. Es preguntarse, es tomar consciencia, desarrollar
mecanismos psicológicos de seguridad y respuestas, dudar, descubrir la
finitud…, es despertar a lo trascendente. Quizás entonces intuyera -o más bien
necesitara- algo que le explicara el qué, el quién, el porqué y el para qué.
¿La filosofía? ¿El conocimiento? ¿La religión?
¿Todo ello junto? Estoy en la iglesia.
Desde
nuestra visión occidental y monoteísta, tendemos a definir la religión desde la
fe, mas, sin embargo, en otros espacios culturales -quizás debiéramos llamar
civilizaciones- no resolvieron el problema de la misma manera, y aunque no
exista la fe como tal, desarrollaron unas creencias y unas explicaciones que no
coinciden en su totalidad con nuestra área cultural o civilización. La fe
engloba las creencias, pero no al contrario… Ceguera o luz, he aquí la cuestión.
En
un momento del oficio al que asisto en la iglesia -léase misa- se dice el
Credo. Esta palabra es de la familia de creencia, pero sin embargo al
convertirla en rezo y profesión de fe, comienza a nublarse la luz para dar
entrada a la oscuridad, que está siempre al lado de la ceguera. Y no hablo
precisamente de la fisiológica. Estamos ante el dogma. Se dice una verdad
porque sí. Palabra de Dios. Y no hay más que hablar. Lo contrario, en un Estado
donde no se separa lo civil y lo religioso, aparece la excomunión, el margen,
lo equivocado, lo maldito, incluso lo perseguido. Cuando afirmaciones que se
desgranan en la boca de los fieles se convierten en incuestionables entra el
dogma y a las creencias y a la fe se les apaga la luz, la luz del razonamiento,
del cuestionamiento, naciendo en una parte de nuestro pensar una estructura
rígida, de la que no se duda y se acepta sencillamente porque sí. Palabra de
Dios. Razón y fe, esa es la cuestión. Averroes, desde su visión islámica, ya en
la Edad Media, abrió algunas ventanas.
Pero
volvamos al origen de este escrito y al interés que en él pongo. Partiendo de
la premisa de esa necesidad que el ser humano ha experimentado como especie,
sin que esto signifique incluir a todos los individuos, de creer en algo
trascendental y superior que aporte sentido y esperanza a su transitar por la
existencia, me atrevo a decir que una vida sin consciencia es tan sólo vida,
biología. En consecuencia, solo una vida con consciencia es existencia. Lo
aclaro porque haber personas sin consciencia, haylas. Y a veces no pocas. El
ser humano para tal circunstancia de consciencia tiene que hacer uso de sus
facultades que le vienen de serie y debe desarrollar con la educación. Este es
otro tema para otro artículo.
Una
de esas facultades es la imaginación y a ella me acojo para viajar a China y
explorar, ayudado por mis lecturas, visionado de reportajes, películas y videos
de osos panda… Me adentro en un espacio totalmente agreste y natural donde casi
se esconde un templo taoísta y escucho con mis ojos lo que leo o leo con mis
oídos lo que veo. Ah, escuchar, escuchar. Dicen que China es más sabia que
Occidente porque sencillamente se escucha. Primero silencio… Quien no escucha
no aprende, es un verso suelto que vibra en el ambiente, como el oxígeno en el
aire. Templo y naturaleza. Autenticidad. Todos los asistentes están sentados en posición de loto menos yo, que no estoy habituado y mi cuerpo no me lo permite. Me
siento en el suelo. Escucho. Silencio. No hay pregones ni púlpitos. Saco mi
libro de Lao Tse, “Tao te King”, y leo. O mejor, parece que escucho como un
manantial lo que allí está escrito: El gran Tao es como río que fluye en
todas direcciones. La doctrina del sabio es obrar sin combatir, es recto pero
no tajante, oculta bajo sus pobres vestidos las piedras preciosas de su pecho…
El sabio prefiere la peor parte de un contrato y no se querella con los demás,
pero el que no tiene virtud persigue sus ganancias… Conocer la armonía es
eternidad y en esa armonía se contienen los tres grandes tesoros del taoísmo:
Humildad/amor, frugalidad/moderación, compasión/perdón... Quien se ofusca, se
pierde a sí mismo...” Sigo
escuchando con mis ojos: No hay mayor error que consentir los deseos, ni
mayor desgracia que ser insaciable ni mayor vicio que ser un codicioso… Las palabras
veraces no son agradables. Cuando hay revueltas en el Reino, se inventa la
fidelidad del buen súbdito… (Como estamos en el ombligo de Occidente, léase
ciudadano, nacionalismo y patriotismo, por favor).
La
fe, el dogma, la luz, el razonamiento. Reflexiono sobre esto último y me digo,
vaya si tienen razón estos postulados y, además, alumbran parecidos y
similitudes con la actualidad, después de más de dos mil quinientos años. Siglo
XXI, prisas, ansiedades, estrés, depresiones, consumismo. Sigo leyendo: “Tao
significa camino, un camino constante, un camino sin meta”. Y esto me
produce un alivio y una serenidad, me exime del sentido de la prisa, de hacer
muchas cosas a la vez y del llegar corriendo con retrasos. Pienso: quizás
convenga seguir sus directrices, pero, claro, quién es el valiente que se pone
a contramano... En esos momentos escucho al sacerdote comentar una parte del
Evangelio católico: “Es más fácil que un camello entre por el ojo de una
aguja que un rico en el Reino de los Cielos”. Yo, que soy un poco
analfabeto en teologías y versículos, encuentro muchos parecidos en los
planteamientos y valores de una y otra creencia que me sirvan como brújula para
el transitar mi existencia. A la mente me viene una extraña palabra:
felicidad. Pero tal vez esté equivocado, habida cuenta que el lema que más
siguen los humanos es aquel que dice: “Yo no soy tonto”. O “Aquí, el
que no corre, vuela”.


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