RELATOS DE HISTORIA
La Vara y el Fuego
El mapa de la Córdoba insurgente
CUARTA PARTE
Bujalance: El fuego del Alto Guadalquivir
Donde el papel se vuelve ceniza
Aparqué cerca
de la Plaza Mayor. A pesar de estar a solo 75 kilómetros de casa, Bujalance se
me antojaba un escenario nuevo, una ciudad de torres orgullosas que parecía
esconder sus secretos tras el ladrillo de sus fachadas. Me senté en un banco,
bajo la sombra, y saqué el libro de Díaz del Moral. No pasaron ni cinco minutos
cuando una mujer de edad avanzada, que caminaba con paso menudo, se detuvo un
instante. Sus ojos, nublados por el tiempo pero curiosos, se fijaron en la
portada desgastada.
—No sé qué pondrá ese libro —dijo
con una voz que sonaba a tierra seca—, pero a veces el dolor no se cuenta bien.
Lo escriben como si aquello fuera cosa de buenos y malos, y la verdad es más
amarga.
Le expliqué mi viaje, mi búsqueda
del rastro de 1873. Ella asintió lentamente y se sentó a mi lado, dejando que
el peso de sus recuerdos se acomodara en el banco.
—Mi abuelo sufrió esa justicia
—continuó—, una justicia lenta que te va comiendo por dentro. Él no tuvo nada
que ver con la quema de los papeles, pero en este pueblo, cuando el fuego
empieza, el humo acaba manchando a todos.
Y allí, bajo el sol del Alto
Guadalquivir, la anciana comenzó a narrar la historia que no sale en los
índices de los libros técnicos:
Aquel febrero, Bujalance no era el
pueblo tranquilo que usted ve ahora. El hambre se mascaba en el aire. Cuando
llegó la noticia de la República, la gente no fue a celebrar; fue a cobrar lo
que se le debía. Se dirigieron al Ayuntamiento como una marea. Mi abuelo decía
que el resplandor de la hoguera se veía desde los olivares.
No buscaban dinero, buscaban los
papeles. Querían quemar las escrituras, los registros de la propiedad, las
deudas... Querían que, al amanecer, nadie pudiera decir “esto es mío y tú eres
mi esclavo”. El papel era la cadena y el fuego era la llave.
—Mire usted —dijo la mujer,
señalando con su mano temblorosa hacia las afueras—, los fielatos eran los
puestos de la humillación. Allí te registraban el canasto, te pesaban la
miseria y te quitaban los pocos reales que traías antes de dejarte entrar al
pueblo para vender cuatro garbanzos.
Por eso, cuando estalló aquello, no hubo piedad con
esas casetas. Mi abuelo contaba que la gente corría hacia ellas no con odio a
las piedras, sino con odio a lo que significaban. No fue un fuego
desordenado... fue un fuego con hambre.
“¡Que arda el fielato!”, gritaban y,
mientras las llamas subían, la gente lanzaba los libros de cuentas al fuego.
Decían que cada papel que se quemaba era un kilo de pan que volvía a la mesa de
sus hijos. Pero después llegó el silencio. Y con el silencio, las represalias
—añadió bajando la voz—, como le dije antes, el fuego limpió las deudas de esa
noche, pero el humo acabó manchando a todos, y a mi abuelo, que solo miraba
desde lejos, esa mancha le costó media vida de juicios y sombra.
Mi abuelo, que era un hombre de paz,
se vio envuelto en los procesos judiciales que duraron años. Los poderosos
volvieron, pero esta vez con una lista en la mano. No castigaron solo a los que
llevaban la antorcha; castigaron a cualquiera que hubiera levantado la cabeza.
Fue una condena que no terminaba nunca, una justicia que buscaba el castigo
ejemplar para que nadie volviera a soñar con el reparto de las tierras».
La anciana se levantó, me dedicó una
última mirada cargada de una sabiduría triste y se marchó, dejándome a solas
con el libro de Díaz del Moral. Ahora, las letras impresas tenían una
temperatura distinta.
Epílogo: La
mirada transformada
El viaje de
regreso a Cabra fue un tiempo de silencio y reflexión. Mientras conducía, veía
por el retrovisor cómo las torres de Bujalance se hacían pequeñas, pero la
sensación de haber completado un puzle invisible me acompañaba en cada
kilómetro.
No pude evitar pensar en aquella
casa rural de Iznájar, en el desván donde todo comenzó por pura casualidad. Es
curioso cómo un simple hallazgo bajo una tabla suelta, en un lugar donde solo
buscaba descanso, pudo cambiar mi forma de mirar el paisaje que me rodea. Si no
hubiera tropezado con aquel cuaderno, la historia de estos pueblos seguiría
siendo para mí una página en blanco.
Ahora, al entrar en mi casa, el
silencio tiene otro peso. He recorrido los caminos de una Córdoba que a menudo
olvidamos. He visto que, más allá de los grandes nombres de la historia,
existió una realidad durísima en nuestros campos; una vida de esfuerzo extremo
donde el jornalero regaba con su sudor una tierra que no sentía como suya. No
se trata de política, sino de la condición humana: de un lado, el poder de los
grandes propietarios; del otro, el grito desesperado por una vida algo más
digna.
Dejo el cuaderno y el libro de Díaz
del Moral sobre mi escritorio. Mi periplo ha terminado, pero me llevo conmigo
algo valioso: la voz de la anciana de Bujalance, la sabiduría del maestro de
Aguilar y la memoria de aquellos que sufrieron las consecuencias de unos
tiempos convulsos.
Aquel desván de la casa rural fue
solo la puerta. Lo que he encontrado detrás es la historia de mi propia gente,
un pasado de penurias hoy olvidado y ahora, cada vez que mire a los campos de
olivos de mi provincia, ya no veré solo un paisaje hermoso, sino la huella de
los que se atrevieron a soñar con la dignidad, el rastro de la opresión y el
fuego que, aunque intentaron apagarlo con una justicia amarga, dejó una marca
imborrable en las venas de Córdoba.
FIN


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