julio 01, 2026

Relatos de Historia

 

RELATOS DE HISTORIA



La Vara y el Fuego

El mapa de la Córdoba insurgente

 

CUARTA PARTE 

Bujalance: El fuego del Alto Guadalquivir

Donde el papel se vuelve ceniza 

Aparqué cerca de la Plaza Mayor. A pesar de estar a solo 75 kilómetros de casa, Bujalance se me antojaba un escenario nuevo, una ciudad de torres orgullosas que parecía esconder sus secretos tras el ladrillo de sus fachadas. Me senté en un banco, bajo la sombra, y saqué el libro de Díaz del Moral. No pasaron ni cinco minutos cuando una mujer de edad avanzada, que caminaba con paso menudo, se detuvo un instante. Sus ojos, nublados por el tiempo pero curiosos, se fijaron en la portada desgastada.

—No sé qué pondrá ese libro —dijo con una voz que sonaba a tierra seca—, pero a veces el dolor no se cuenta bien. Lo escriben como si aquello fuera cosa de buenos y malos, y la verdad es más amarga.

Le expliqué mi viaje, mi búsqueda del rastro de 1873. Ella asintió lentamente y se sentó a mi lado, dejando que el peso de sus recuerdos se acomodara en el banco.

—Mi abuelo sufrió esa justicia —continuó—, una justicia lenta que te va comiendo por dentro. Él no tuvo nada que ver con la quema de los papeles, pero en este pueblo, cuando el fuego empieza, el humo acaba manchando a todos.

Y allí, bajo el sol del Alto Guadalquivir, la anciana comenzó a narrar la historia que no sale en los índices de los libros técnicos:

Aquel febrero, Bujalance no era el pueblo tranquilo que usted ve ahora. El hambre se mascaba en el aire. Cuando llegó la noticia de la República, la gente no fue a celebrar; fue a cobrar lo que se le debía. Se dirigieron al Ayuntamiento como una marea. Mi abuelo decía que el resplandor de la hoguera se veía desde los olivares.

No buscaban dinero, buscaban los papeles. Querían quemar las escrituras, los registros de la propiedad, las deudas... Querían que, al amanecer, nadie pudiera decir “esto es mío y tú eres mi esclavo”. El papel era la cadena y el fuego era la llave.

—Mire usted —dijo la mujer, señalando con su mano temblorosa hacia las afueras—, los fielatos eran los puestos de la humillación. Allí te registraban el canasto, te pesaban la miseria y te quitaban los pocos reales que traías antes de dejarte entrar al pueblo para vender cuatro garbanzos.

Por eso, cuando estalló aquello, no hubo piedad con esas casetas. Mi abuelo contaba que la gente corría hacia ellas no con odio a las piedras, sino con odio a lo que significaban. No fue un fuego desordenado... fue un fuego con hambre.

“¡Que arda el fielato!”, gritaban y, mientras las llamas subían, la gente lanzaba los libros de cuentas al fuego. Decían que cada papel que se quemaba era un kilo de pan que volvía a la mesa de sus hijos. Pero después llegó el silencio. Y con el silencio, las represalias —añadió bajando la voz—, como le dije antes, el fuego limpió las deudas de esa noche, pero el humo acabó manchando a todos, y a mi abuelo, que solo miraba desde lejos, esa mancha le costó media vida de juicios y sombra.

Mi abuelo, que era un hombre de paz, se vio envuelto en los procesos judiciales que duraron años. Los poderosos volvieron, pero esta vez con una lista en la mano. No castigaron solo a los que llevaban la antorcha; castigaron a cualquiera que hubiera levantado la cabeza. Fue una condena que no terminaba nunca, una justicia que buscaba el castigo ejemplar para que nadie volviera a soñar con el reparto de las tierras».

La anciana se levantó, me dedicó una última mirada cargada de una sabiduría triste y se marchó, dejándome a solas con el libro de Díaz del Moral. Ahora, las letras impresas tenían una temperatura distinta.   

Epílogo: La mirada transformada

El viaje de regreso a Cabra fue un tiempo de silencio y reflexión. Mientras conducía, veía por el retrovisor cómo las torres de Bujalance se hacían pequeñas, pero la sensación de haber completado un puzle invisible me acompañaba en cada kilómetro.

No pude evitar pensar en aquella casa rural de Iznájar, en el desván donde todo comenzó por pura casualidad. Es curioso cómo un simple hallazgo bajo una tabla suelta, en un lugar donde solo buscaba descanso, pudo cambiar mi forma de mirar el paisaje que me rodea. Si no hubiera tropezado con aquel cuaderno, la historia de estos pueblos seguiría siendo para mí una página en blanco.

Ahora, al entrar en mi casa, el silencio tiene otro peso. He recorrido los caminos de una Córdoba que a menudo olvidamos. He visto que, más allá de los grandes nombres de la historia, existió una realidad durísima en nuestros campos; una vida de esfuerzo extremo donde el jornalero regaba con su sudor una tierra que no sentía como suya. No se trata de política, sino de la condición humana: de un lado, el poder de los grandes propietarios; del otro, el grito desesperado por una vida algo más digna.

Dejo el cuaderno y el libro de Díaz del Moral sobre mi escritorio. Mi periplo ha terminado, pero me llevo conmigo algo valioso: la voz de la anciana de Bujalance, la sabiduría del maestro de Aguilar y la memoria de aquellos que sufrieron las consecuencias de unos tiempos convulsos.

Aquel desván de la casa rural fue solo la puerta. Lo que he encontrado detrás es la historia de mi propia gente, un pasado de penurias hoy olvidado y ahora, cada vez que mire a los campos de olivos de mi provincia, ya no veré solo un paisaje hermoso, sino la huella de los que se atrevieron a soñar con la dignidad, el rastro de la opresión y el fuego que, aunque intentaron apagarlo con una justicia amarga, dejó una marca imborrable en las venas de Córdoba.

FIN

No hay comentarios:

Publicar un comentario