julio 01, 2026

Antonio Cruz Casado

 



RESEÑA ACADÉMICA




Poemas de Valera. Reseña.















OCAMPOS PALOMAR, E. J., La poesía neoplatónica de Juan Valera. Estudio y Antología, Granada, Comares, 2025, 118 págs. 

Fue precisamente en Granada, donde ahora ve la luz esta novísima recopilación de poemas, el sitio elegido por el joven Valera para editar su primer libro: una colección de versos que pasó por completo desapercibida, de la que al parecer no se vendió casi ningún ejemplar y que, por último, seguramente se quedaría arrumbada en la casa familiar de Doña Mencía. ¡Cuánto le hubiera gustado al escritor egabrense tener noticia de libros como éste, que versasen sobre su obra poética y la considerasen digna de estudio y divulgación, al igual que sucede con su más conocida obra narrativa y crítica!

Para el mes de abril de 1844, fecha de su primera colección de versos, titulada Ensayos poéticos (Granada, Imprenta de Benavides, 1844), Valera no había cumplido aún los 20 años (como sabemos, había nacido el 18 de octubre de 1924), y llevaría escribiendo poemas destinados a este libro al menos desde 1841, puesto que las primeras composiciones fechadas en el impreso granadino llevan esa indicación, y también la de 1842, correspondiente a las poesías más abundantes, aunque alguna es un poco posterior, de 1843. 

Algunos de estos textos habían visto ya la luz en periódicos de Málaga, como El Guadalhorce, y de Granada; en esta última ciudad, podemos comprobar que hay algún poema de Valera publicado previamente en La Tarántula, revista literaria que también era editada por la misma Imprenta de Benavides que acoge la primera colección de Valera, como constatamos en el caso del poema “En la tumba de Laureta” (incluido en el número 6, correspondiente al día 1 de mayo de 1842). 

El joven poeta recuerda que la edición de su primer libro fue una especie de premio familiar por haber concluido satisfactoriamente una etapa de sus estudios, el bachillerato, según escribe en una carta autobiográfica al académico cordobés Luis María Ramírez y de las Casas-Deza (5 de enero de 1863): “Mis padres determinaron que yo volviese a Granada. Allí seguí la carrera, y el año de 1844, en premio de haberme graduado de bachiller, como un hombre, me dio mi padre dinero para publicar mis poesías en un tomo. Las imprimí en casa de Benavides y las publiqué; pero a los cuatro o cinco días, cuando yo imaginaba que se habrían vendido trescientos ejemplares, me encontré con ni tres se habían vendido; esto es, menos de los que vendió don Eleuterio de El gran cerco de Viena [se refiere al personaje de Moratín, en La comedia nueva, y a la obra compuesta por este dramaturgo]. Esto me desengañó o desilusionó; recogí todos los ejemplares, los di por no publicados, y me curé de poesías; pero no del todo, pues siempre seguí haciendo versos, aunque no con tanta frecuencia”. 

Es así como se afirma y pervive una vocación que, según confiesa el joven Valera, en la misma carta a Luis María Ramírez, arrastraba desde la infancia. Señala allí que, teniendo escasamente  unos doce años, ya escribía poemas: “A todo esto, era yo poeta; quiero decir, componía versos desde la edad de once o doce años. Aún conservo un tomo manuscrito de poesías [subrayado en el manuscrito original] de entonces, en el cual hay pájaros de mal agüero, brujas, bultos con negro capuz, y, sobre· todo, desesperación y desengaños a lo Byron y a lo Espronceda y elogio y rehabilitación de las comediantas y mujeres de mala vida, a lo Víctor Hugo, que entonces me enamoraba”. 

Son los años juveniles, los que van de 1839 a 1840, los que pueden considerarse la prehistoria literaria o los años de formación del joven Juan Valera. El desánimo no parece afectar al incipiente poeta y en su segundo libro vuelve a tentar la suerte de los versos, ahora con mejor resultado: Poesías (Madrid, Rivadeneyra, 1858). Esta colección, más madura, recibe el espaldarazo de la crítica madrileña y suponemos que se vendería bastante más, aun sin llegar a convertirse en un éxito extraordinario. En la misma carta a Ramírez, en una breve adenda al final de la misiva, señala que el volumen ha sido comentado en los periódicos de la capital: “En elogio de mis poesías han escrito artículos críticos Cánovas del Castillo, Fernández-Guerra, Menéndez Rayón y otros”. 

Comprobamos que es cierto lo que afirma el poeta en esta postdata; al respecto podemos incluir la opinión resumen del relevante escritor y político malagueño Antonio Cánovas del Castillo, el cual, tras un amplio y circunstanciado comentario, concluye: “Las poesías del señor Valera podrán no llegar a ser populares; pero no serán ciertamente de las que arroje de sí con desdén el hombre de estudio; de las que el tiempo borra en breves años de una literatura. Por el contrario, la posteridad podrá pedirle cuenta si no aprovecha más su talento dando mayor desarrollo a sus obras poéticas” (El Mundo Pintoresco, 11 de julio de 1858, p. 111). 

Será la siguiente colección poética del escritor egabrense, Canciones, romances y poemas (Madrid, M. Tello, 1885), la que sirve de base a la selección y comentario del profesor Emilio José Ocampos Palomar, La poesía neoplatónica de Juan Valera. Estudio y antología (Granada, Comares, 2025), libro que reseñamos. Ahora estamos ante una recopilación mucho más extensa, que supera ampliamente las quinientas páginas y que implica una selección de varios poemas de su anterior volumen de versos, al que se añaden muchos más, unos originales y otros traducidos de diversos autores clásicos y modernos. Preceden a los textos poéticos varios escritos prologales: una extensa carta del autor a don Marcelino Menéndez Pelayo, fechada en Washington (7 de julio de 1885) y un prólogo de su pariente Antonio Alcalá Galiano, al que siguen las composiciones y, al final, una zarzuela fantástica (Lo mejor del tesoro). Unas amplias e interesantes notas de Menéndez Pelayo cierran el libro (que indica en el colofón el año 1886, como fecha  final de la impresión). 

En esta nueva selección granadina, el profesor Ocampos señala en su introducción que “en este trabajo se profundiza en la poética neoplatónica del autor desde diferentes aspectos: el significado de “poeta” y “poesía”, las huellas del petrarquismo y del neoplatonismo cristiano, y, por último, la ironía platónica o autoironía” (p. 2), aspectos que irá desarrollando pormenorizadamente a lo largo de su denso y documentado prólogo, texto que merece y exige una lectura detenida y del que queremos resaltar solamente algunas ideas. 

En este sentido, el estudioso considera que el poeta egabrense habla de dos tipos de creación poética, relacionados a su vez con la inspiración y el trabajo que debe realizar el creador: “Por tanto, Valera está definiendo dos tipos de creación poética desde el neoplatonismo: por un lado, la poesía inspirada o anagógica (“resplandores de luz y hermosura divinas”), que se remonta a los poetas neoplatónicos griegos, y, por otro, la expresión del alma bella (“en la virtud de expresarlo así sentido y pensado, con tan nítida y poderosa forma, que conmueve y arrebata las almas”), que bebe del neoplatonismo renacentista. En ambos casos, poesía inspirada o poesía “depurada” que “expresa” son fruto del elevado pensamiento del poeta, que lo conecta con la Idea” (p. 4). 

Más adelante podemos leer otro comentario sugerente: “La poesía es, por tanto, para Valera la expresión/aparición, o la materialización, de la Belleza. De ahí que, según él, la poesía no tenga una finalidad educativa” (p. 8). 

Entre las conclusiones de este estudio nos parecen de notable interés las que resaltan que la poesía puede entenderse, en ocasiones, como un camino para llegar a Dios: “El autor cordobés se enorgullece de ser poeta y lo hace desde un planteamiento neoplatónico: escribe para, siguiendo el camino del sabio (o del místico), llegar a Dios, pero también para encontrar el alma bella que le corresponde. De ahí que unas veces se apoye en el petrarquismo y otras en el neoplatonismo cristiano” (pp. 23-24). 

Como se trata de un texto introductorio no muy largo y de una colección de poemas igualmente breve (no llega a la treintena), invitamos al lector a conocer uno de los aspectos menos explorados de la producción valeriana, aquí perfectamente contextualizado.

Por otra parte, el volumen lleva una atractiva portada en la que campea la imagen de la diosa Venus, tomada del conocido cuadro de Sandro Botticelli, un detalle que puede interpretarse como una invitación más, en este caso icónica, a adentrarnos en el mundo ideal que nos presenta esta interesante aportación.




Nota

Nos complace enormemente dar la bienvenida a nuestras páginas a Antonio Cruz Casado, una de las voces más autorizadas y prestigiosas en el ámbito de la filología y la investigación literaria en nuestra tierra.

Doctor en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid, Académico Numerario de la Real Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de Córdoba y Catedrático de Lengua y Literatura en el IES Marqués de Comares de Lucena, el profesor Cruz Casado cuenta con una dilatada y brillante trayectoria en la que destacan sus numerosos e imprescindibles trabajos sobre la figura de Juan Valera y otros grandes autores de las letras españolas.

Para nuestra revista, es un auténtico privilegio y una enorme satisfacción poder contar con su rigurosa y valiosa colaboración, la cual enriquece sin duda nuestro espacio cultural y ofrece a nuestros lectores una perspectiva analítica de primer nivel.

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