DIVULGACIÓN UFOLÓGICA
Cuando ves las luces,
ya no hay vuelta atrás
He dedicado buena parte de mi vida a escuchar.
Escuchar con atención, con respeto, con los ojos bien abiertos y el alma aún más. He escuchado a muchos testigos contar sus encuentros con lo inexplicables, y nunca me he permitido juzgarlos a la ligera. Porque yo también he visto.
Fui testigo de las luces en el cielo.
Las vi con mis propios ojos, no una, sino varias veces. Y puedo asegurar, sin miedo al escepticismo, que no hay nada comparable a esa experiencia. Nada te prepara para lo que se siente cuando el cielo rompe sus reglas, cuando una presencia desconocida rompe la calma de la noche, cuando lo que te enseñaron que no existía, aparece ante tí con total claridad.
Por eso, cuando un testigo se sienta frente a mí, tiembla al recordar o se emociona al relatar lo que vivió, no puedo dudar de su palabra. ¿Cómo podría? Yo he estado ahí. He sentido ese estremecimiento interno. He sentido cómo se sacuden tus certezas y cómo una realidad se impone con fuerza dentro de ti.
Escuchar a los testigos es mucho más que recoger información. Es conectar con personas que han pasado por un umbral invisible. He hablado con hombres y mujeres de todas las edades y condiciones, y en sus ojos he reconocido esa misma mirada que yo también tuve: la del asombro, la del miedo, la del despertar.
Sé que no mienten. Lo sé porque nadie inventa ese temblor en la voz, esa necesidad de comprender, esa lucha por poner palabras a lo que, por naturaleza, es inefable.
Cuando te ocurre algo así, no lo olvidas jamás. No lo exageras. Lo revives. Y eso se nota. Se siente.
Ver las luces en el cielo te cambia. No es un gesto de película, no como quien adquiere superpoderes, sino en lo más profundo: te cambia la forma de mirar el mundo, te cambia las preguntas, y también las prioridades. Te obliga a admitir que aún no lo sabemos todo. Que hay más.
A quienes dudan, los entiendo. A quienes se burlan, los dejó con su risa. Pero a quienes han visto, les tiendo la mano. Porque yo también estuve allí, y desde entonces, ya no soy la misma.
Soy más consciente. Más humilde. Más humana.
Y sobre todo, más libre para creer en aquello que realmente he vivido.


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