RESEÑA
(La dimensión humana del
sacrificio)
(Juan 16:33) אֲנִי נִצַּחְתִּי אֶת־הָעוֹלָם (Aní nitzájti et-ha'olám)
Autor: Christian Gálvez
Editorial: SUMA (Penguin Random Hause, Grupo
Editorial)
Publicación: marzo 2026
Género: Narrativa histórica
Nº Páginas: 403
Período: Siglo I (Año 30 d.C., 3790 שנה, 783
AUC -ab urbe
condita-)
Localización de los hechos: Jerusalén …
Leído: Del 1 al 5 de abril de 2026
Desde las páginas de He vencido al mundo
se puede asistir a la contemplación directa de unos hechos sobradamente
conocidos que, sin embargo, no dejan de conmover, se profese o no la fe
cristiana. Y ello mayormente, a través del exquisito verbo narrativo del que
hace gala el autor a lo largo de la novela, con una prosa cuidada y de gran
capacidad evocadora. No digo yo que la novela sea ni pretenda ser “evangelio”,
pero es bien cierto que el novelista nos propone en esta —no olvidemos— novela
histórica unos hechos que pudieron ser, pues el Nuevo Testamento los contempla
principalmente en los cuatro Evangelios y en los Hechos de los Apóstoles. Unos
hechos que pudieron suceder incluso como él los cuenta, con sus intencionados
giros, con sus sorpresas narrativas y también con sus milagros.
Quiero
con esto exponer que acercarse a esta novela histórica debiera hacerse sin
prejuicios de ningún tipo, ni desde el dogma ni desde el escepticismo, y menos
aún desde el paraguas del presentismo, del que siempre conviene huir al
tratarse de historia de otros tiempos y, además, de una novela. No digo yo que
uno no pueda plantearse interrogantes sobre los sucesos. Claro que sí. Es
literatura, y la literatura nos ofrece esa posibilidad: la de reflexionar sobre
aquello que, quizá pudo suceder de otra manera y sobre el encaje de lo
verosímil.
Dicho esto, si este texto fuera una reseña habría que
indicar de qué trata la última novela de Christian Gálvez. Antes de nada, he de
expresar que ha sido fascinante el recorrido que, desde mi sillón, me ha
llevado por tierras de aquel Jerusalén del primer siglo de nuestra era, así
como por tierras de Betania, Betfagé e incluso la ínclita Belén (בית לחם). No
digo yo que esto sea lo más importante de la novela, pero lo apunto para
destacar la fuerza de una lectura que literalmente te transporta casi en cuerpo
y —sin casi— en alma a otros tiempos, a unos lugares que, de existir en la actualidad,
ya no son los mismos. Y es que tú los ves, pisas el polvo de los caminos,
contemplas los edificios o las casas de barro, te impregnas de los olores que
el autor describe e incluso tu salivar evoca las comidas de los vecinos del
lugar. Tal es la capacidad descriptiva del autor desde una clara vocación
inmersiva que sostiene buena parte del relato.
Novelista
prolífico, dada su juventud —más de una veintena de libros entre novelas y
obras de divulgación—, Christian Gálvez Montero nos propone en esta obra un
término, una palabra que la vertebra: sacrificio. Una sencilla palabra
de diez letras, pero con muchas acepciones, y podría afirmarse que la totalidad
de ellas tienen cabida para tratar de entender esta historia, como novela, pero
también esta novela como la narración de unos irrefutables acontecimientos, de
hondo calado. En palabras del autor: esta es, sin lugar a dudas, una
historia sobre el SACRIFICIO. No digo yo que con esta palabra pueda
definirse todo lo narrado —no lo dice tampoco el autor—, pero es una palabra
clave, pues todo en esta historia —personajes, decisiones, destino— gira en
torno a ella, a lo que significa como desenlace inevitable.
A medida
que avanzamos, cabe la posibilidad de caer en la tentación de dejarse llevar
por los hechos acaecidos, de acompañar a los protagonistas por las sendas de su
devenir histórico para desembocar en el categórico hecho del Sacrificio del
Cordero. La prosa de Gálvez, rica en imágenes y recursos —metáforas, anáforas,
frases breves de gran impacto, algunas de tan solo una palabra— invita en
ocasiones a detenerse, a recrearse en la belleza de lo literario, a releer
determinados pasajes para disfrutar del momento escénico, del espacio
narrativo. No digo yo que toda la novela transcurra de tal guisa, ni que todos
los lectores vayan a experimentar tales abstracciones, pero la narrativa que el
autor despliega incita a ello pues ofrece una mirada distinta, sugerente y, en
muchos momentos, profundamente humana. Y eso, en literatura, no es poco.
Destaco,
por considerarlo muy importante, que hay otra palabra que el novelista repite
con insistencia: amor. Sabido es que el amor es un concepto universal,
relativo a la afinidad o armonía entre seres, definido de diversas formas según
las distintas ideologías y puntos de vista. No digo yo que He vencido al
mundo sea una novela de amor, desde luego no en el sentido convencional de
ciertas tradiciones románticas. Pero sí es una novela escrita con mucho, mucho
amor y, quizá, desde una fe profunda y renovada. Hay mucho amor en los
protagonistas: Jesús de Nazaret (en latín Iesus, יֵשׁוּעַ en hebreo), que por
amor se entrega; María, su madre, ejemplo de valentía, una Madre que no teme
hacer sacrificios por su hijo, con un amor que no titubeó al aceptar su misión;
los apóstoles, humanos en su temor; María de Magdala, la Magdalena, y otros.
Paralelamente
hay que considerar a otros protagonistas de los hechos novelados. Algunos
escribas actuaron desde el temor a perder su posición; el prefecto Poncio
Pilato temía por su puesto ante Roma. La envidia, la incredulidad, los celos,
la hipocresía, el orgullo y la falta de amor movieron a determinados
antagonistas a actuar según describen las escrituras y como poéticamente
describe y recrea el autor. No digo yo que la novela sea la verdad absoluta
sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo … o quizá sí, en términos
literarios. Lo cierto es que Christian Gálvez propone un giro inesperado —acaso
intencionadamente desde el principio— que busca redimir, en cierta medida, la
figura de aquel discípulo sedicioso que se dio a la traición.
En otro
momento, el autor orquesta con verosimilitud un giro narrativo que replantea el
papel del icónico Judas, alejándolo del trazo unívoco para dotarlo de una
dimensión más compleja. El apóstol traidor camina por la senda de la felonía
guiado, … ¿por amor? No digo yo, ni lo afirma el autor que Judas no cometiera
traición. La pregunta —que se la hace incluso el mismo apóstol— es otra: ¿por
qué? El beneficio económico quizá no fuera la única causa frente a dilemas de
mayor calado emocional y moral.
Parece
obvio afirmar que esta obra busca acercar el mensaje cristiano al lector
contemporáneo. El autor plantea el libro con un recorrido por los valores,
enseñanzas y episodios clave de la vida de Jesús desde una mirada personal que
mezcla divulgación, espiritualidad y reflexión. No digo yo con ello que
pretenda dogmatizar; sin embargo, la obra se convierte en el vehículo mediante
el cual, tras una extensa investigación y documentación, desarrolla sus teorías
sobre la traición de Judas Iscariote.
La fe
en esta novela no se impone, sino que se descubre en los márgenes de la duda.
La fe no evita el sufrimiento, lo atraviesa y provoca una grieta por la que
entra la luz y la espada que causa dolor físico y real. La fe de un centurión
es ciega, como la justicia, pero también ha contemplado el bien que el Hijo del
Hombre ha traído. No digo que todos los protagonistas actúen con fe cristiana,
pero aquello que les movía era, sin duda, auténtica fe: en sí mismos o incluso
en el papel que la historia o el devenir de los acontecimientos les otorgara.
Judas, entonces, se convierte en un personaje trágico; no se retrata la
traición como un gesto frío, sino como un derrumbe interior: un hombre que ama
se rompe y llega a suplicar “no quiero hacerlo”, mientras carga con la paradoja
de sentirse necesario y a la vez, condenado por la memoria colectiva.
Tras
recorrer la fe, el amor, el sacrificio y la humanidad de las páginas de He
vencido al mundo —y esto si lo digo yo— se abre ante mí un MUNDO por
contemplar: un universo donde la historia y la literatura se entrelazan, donde
los personajes dejan de ser lejanos mitos para convertirse en seres palpables y
complejos, y donde cada lector puede, a su manera, viajar con ellos,
reflexionar, emocionarse… y, por qué no, descubrir nuevas verdades sobre la fe,
la traición y la esperanza.
Concluyo
con cuatro frases —podrían ser muchas más— que me han llamado la atención y que
me han dado qué pensar:
·
Llevaba
el corazón cosido con hilos de angustia (pág. 135)
·
La
verdad era un lujo que solo se podía permitir los ingenuos (pág. 214)
·
Comenzaron
a caminar hacia la colina donde la esperanza aún dolía (pág. 308)
·
A veces
el silencio compraba más estabilidad que la verdad (pág. 355)
Gracias a la entrega de Jesús, habría de
cumplirse
la redención espiritual
Poema acróstico: HE VENCIDO AL MUNDO
He visto la fe del centurión, luz humilde.


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