OBRA DE TEATRO
De puertas para dentro
María se quita el luto
viuda de su bárbaro marido,
Dios lo tenga en su gloria
porque en la tierra no tenía sitio.
Las que antes odiaban al marido
ahora la critican,
quiera Dios que ellas nunca
se vean viviendo
esa odisea.
Martirio es el que pasó
María y sus hijos,
ahora empieza a vivir
aquellos años sin fruto,
y deja que te critiquen
por quitarte el luto.
INTRODUCCIÓN
Cuando
comienza la acción, se va iluminando la calle con unos faroles.
Por la acera
pasea la gente de un lado hacia otro, conversando entre ellos. Al lado de una
farola hay un banco, y sentadas en él están tres mujeres comentando las cosas
de la vida. En ese momento ven pasar a otras tres mujeres: una de unos cuarenta
y tantos años, más bien rozando los cincuenta, que va en el centro de las otras
dos más jóvenes. La que va en el lado izquierdo es más joven que la que camina
en el lado derecho. Estas tres mujeres son la madre y sus dos hijas; van
serias, sin comentar nada, pero las otras tres mujeres largan de lo lindo de su
vecina.
VECINA 1ª — ¿Os habéis dado cuenta de nuestra vecina y amiga de
la infancia? Han pasado, como ya es habitual en ellas, sin hablar y tristes.
VECINA 2ª — Creo que anoche tuvieron jaleo, porque las voces se
oían desde el rellano de los pisos.
VECINA 1ª — ¡Están pasando lo que no está en los escritos! Con
la alegría que siempre ha tenido, riéndose con todas nosotras sin darle
importancia a las cosas que nos rodeaban... Siempre era la que estaba dispuesta
a ayudarnos a las demás y ahora, miren el revés que le da la vida.
VECINA 3ª — Y que siempre era la primera en todo, incluso
dándonos consejos, y sin embargo ahora a ella... ¿quién se los da? ¡Qué pena!
VECINA 1ª — Y lo más grave es que pasa por nuestro lado y a
duras penas si nos dice adiós. ¡Desde luego lo está pasando mal! Y yo no le veo
buen fin, porque la gente habla mucho... y ya se sabe: ¡cuando el río suena,
agua lleva!
VECINA 2ª — Pues anoche me dijo mi hijo, que trabaja con el
hijo mayor de ella... ya sabemos que cuando terminan de trabajar suelen tomarse
unas cervezas en el bar, y en los bares se habla mucho. Parece ser que los
hermanos de ella están dispuestos a tomar cartas en el asunto porque tampoco el
marido pone de su parte.
VECINA 3ª — Hay que ver la mala suerte que ha tenido, con las
de veces que se lo decíamos, pero ella no tenía más ojitos que para él.
VECINA 1ª — ¡Qué sinvergüenza! ¿Y a sus hijos cómo los trata?
Una vez a uno de ellos lo echó del piso por defender a la madre. Claro, también
son ya mayores y ven lo que les está pasando.
VECINA 2ª — (Con palabras de odio) ¿Y a una persona así
no se la lleva el Señor? ¡Será malnacido! Por muy borracho que sea no tiene
derecho a maltratar a nadie, y menos a nuestra vecina y amiga. (Mirando el
reloj). Ya es muy tarde, me voy.
Las otras dos también se levantan del banco y las tres
juntas salen de escena.
TIEMPO ACTUAL
Cuando se ilumina de nuevo el escenario, se ve el
interior de una vivienda: un piso, planta tercera. El espectador ve un salón
con un mueble con varias estanterías con algunos libros, una televisión, un
jarrón con flores y algunos cuadros con fotos familiares. Hay una puerta de
entrada en el lateral derecho y otra en el lateral izquierdo que conduce a la
cocina y otras dependencias. En el techo cuelga una lámpara que está encendida.
En el centro del salón hay una mesa con seis sillas;
más bien al lado izquierdo, un sofá y dos sillones con un revistero al lado.
Sentadas en las sillas hay cinco personas: tres mujeres y dos hombres. La mujer
mayor es la madre, las otras dos mujeres son las hijas, y los dos hombres, los
hijos. Están terminando de cenar. Los cuatro hijos se levantan y salen por la
puerta del lateral izquierdo con todo lo que hay en la mesa, todo en silencio.
La madre se sienta en un sillón. Los cuatro entran de nuevo en escena
sentándose cada uno en el sofá y en los sillones.
LA CENA
La madre empieza a coser una prenda, mira su reloj y
habla dirigiéndose a los cuatro a la vez.
MADRE — Ya es demasiado tarde y mañana tenéis que trabajar.
Sobre todo tú (al hijo mayor), que eres repartidor y a las seis de la
madrugada tienes que levantarte. Yo esperaré a vuestro padre, que esperemos que
hoy venga de buen... bueno, ya me entendéis.
HIJO 1º — ¡Madre! El mejor día me harto de todo esto, de este
sinvivir. Siempre amargándonos la vida, con el susto en el cuerpo. ¡Madre, así
no podemos seguir!
HIJO 2º — (Se levanta y se sienta en el brazo del sillón
donde la madre está sentada). Madre, el otro día me hablaron de un centro
nuevo y de gente muy bien preparada que tratan estos temas. Porque, como dice
mi hermano, está siempre amargándonos la vida.
HIJA 1ª — Sí, madre, eso es verdad: nos la está consumiendo
como se consume un palo seco en el fuego. El padre de un amigo, que también
tenía el mismo problema, pero menos violento que nuestro caso, lo llevaron a
este centro y hoy ya está rehabilitado. Madre, desde que tengo uso de razón
siempre te he visto padecer. Si no, mírate en el espejo: ¿cuánto tiempo llevas
sin arreglarte?
HIJA 2ª — Yo tampoco quiero verte siempre melancólica, con
ese nudo en la garganta que a todos nos ahoga; siempre quitando hierro a las
cosas, tapando algo que todo el mundo ya sabe.
MADRE — (Se levanta del sillón, dejando la costura).
¿Vosotros pensáis que no pienso en todas esas cosas? Pero también pienso y me
digo: «¡Anda, ya se pasará! ¡Tenemos que ser fuertes... y estar unidos!».
Mientras tanto, siempre a ver si pasa el tiempo... Y hablando de tiempo, creo
que ya es hora de que os vayáis a la cama, que ya es muy tarde para lo que
tenéis que madrugar.
HIJO 1º —Tienes razón, madre. Hasta mañana.
HIJO 2º — Yo también me voy. Salen los dos hermanos.
HIJA 2ª — Madre, nosotras también nos vamos a dormir. ¿Tú qué
vas a hacer?
MADRE — Yo... esperaré a vuestro padre. ¡Esperemos que hoy
venga de mejor humor!
HIJA 1ª — ¿Quieres que nos quedemos contigo?
MADRE — No. ¡Venga, iros a la cama! Salen las dos de
escena. La madre se queda sola en el escenario, que se sienta de nuevo en el
sillón. Apenas hay luz; se centra más bien donde ella está sentada. Entra el
esposo, un hombre de unos cincuenta años de edad pero que aparenta tener cinco
años más. Como siempre y de costumbre, viene bebido, pero apenas se le nota. Va
a encender la televisión. ¡No la enciendas!
PADRE — ¡Coño! ¡Me has asustado!
MADRE (La luz del escenario se ilumina del todo). El técnico quedó en venir, pero en eso se ha
quedado. Esperemos que venga mañana.
PADRE — (Sentándose en la silla de la mesa). ¡Vaya
por Dios! Hoy hay partido y la televisión rota. ¡Será posible! ¿Y la cena?
MADRE — ¿No te vas a duchar antes?
PADRE — No, después de cenar tendré tiempo de ir a la
ducha. Tráeme la cena. La mujer se
levanta y sale de escena. Entra de nuevo con un plato en la mano que lo deja en
la mesa. En la mesa ya estaban de antes la botella de vino, el pan y los
cubiertos.
Esta cena está fría. Yo no me como esto. (Retira el
plato de su lado, coge el vaso y la botella de vino, y llena el vaso).
MADRE — ¿Por qué no has venido antes, si sabes que cenamos
pronto?
PADRE — ¿Es que no puedo entretenerme? Después del trabajo
me gusta ir con los amigos a la taberna y tomarnos unos vinos. ¿Eso es malo?
MADRE — No sería malo si fuese una sola vez, pero es que
son todas las noches, una detrás de otra. ¿No te das cuenta de que no puede
ser? Que tú mismo te estás matando por culpa del vino y que cada día te ves más
solitario. Te estás quedando solo como un ermitaño. Ya podrías tomar ejemplo de
tus hijos.
PADRE — ¡Buenos azotes he tenido que darles para meterlos
por vereda!
MADRE — Los mismos que me has dado a mí.
PADRE — (Dando un golpe en la mesa, mira a su esposa con
odio). ¡Ya está bien, tengamos la fiesta en paz! Que estoy cansado.
MADRE — (Más desafiante). Yo también estoy cansada
de aguantar muchísimas cosas y desprecios que en mi corazón se guardan.
PADRE — Tú guarda en tu corazón todo lo que quieras, que la
llave la tengo yo. Y ya me estoy cansando de todos vosotros.
MADRE — (La escena se va poniendo cada vez más tensa).
¿Sabes lo que te digo? Que mis espinas se clavarán algún día en tus ojos,
porque esta rosa ya no tiene pétalos, solo un tronco con espinas.
PADRE — (Dando un golpe en la mesa y levantándose, los
dos frente a frente).
¡Cállate!
MADRE — (Más desafiante). No me puedo callar, ni por
mí ni por mis hijos, que también están pasando lo suyo.
PADRE — ¿Qué pasa con mis hijos? ¿Acaso les hace falta
algo?
MADRE — Sí. Cariño, están faltos de cariño. ¿Ya no te
acuerdas de los azotes que les has dado? ¿Palizas sin venir a cuento? ¿Cuántas
veces los profesores me llamaron por las señales que llevaban? ¡Mentira tras
mentira, sabiendo ellos que no era cierto! ¿Y aun me dices si les hace falta
algo? Claro que les hubiera hecho falta un padre abriéndoles las manos, su
corazón, y preocupándose de sus problemas, que no eran pocos. Sí, eres su
padre, pero solo eso: padre.
PADRE — ¡Para eso estás tú! ¡Yo tengo que trabajar y no
cuidar a nadie, que ya se pueden valer por sí solos!
MADRE — ¡Claro! Tus hijos nunca han significado nada para
ti, llevando tu misma sangre... pero no de tu mismo vino, que por culpa de ese
vino nos tienes abandonados, apartándonos de tu mundo.
PADRE — (Fuera de sí). ¡Cállate y no te hagas la
víctima!
MADRE — (Desafiante y de nuevo cara a cara con el
esposo). ¿Que no me haga la víctima? ¡Mírame! ¿Cuánto tiempo llevas de no
darme una alegría, una caricia, ni tan siquiera un regalo? Me tienes como si
fuera un mueble. ¡Mírame! Que aún soy joven, pero parece que tengo un montón de
años más. ¿No te da nada verme de esta manera? (Hace una pausa). ¿Quieres
que te llevemos a un centro?
PADRE — (Más fuera de sí). ¡Yo no estoy enfermo! ¡Cómo
me enviéis a un centro os mato a todos! (Levanta la mano y la esposa la
detiene).
MADRE — ¡Como me pongas la mano encima, te denuncio!
PADRE — ¿Pero me vas a amenazar?
Levanta la mano de nuevo para pegarle a su esposa.
Ésta se protege con sus manos; en ese instante salen los cuatro hijos, que
apartan al padre y se abrazan a la madre protegiéndola.
TODOS — (A una) — Déjala, déjala…
(Oscuro)
CONTINUARÁ............

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