mayo 01, 2026

Al cierre

                                                   Crónica Cultural

Por Antonio Fernández Álvarez


Queremos felicitar a nuestros colaboradores Carmen Morales y Roberto Marcelo Herencia por la presentación, el pasado 8 de abril, de su nuevo libro de poesías: Siempre hay una salida.

Esta obra aborda con gran sensibilidad el bullying y el acoso en todas sus facetas —escolar, social, laboral y familiar—, ofreciendo un mensaje de aliento frente a la adversidad. El libro cuenta, además, con un toque de distinción único gracias a las impresionantes ilustraciones realizadas por Roberto Marcelo, las cuales logran plasmar visualmente la fuerza y la esperanza de cada verso.

Se trata de una colaboración familiar llena de talento que nos recuerda que, ante cualquier situación difícil, siempre hay una salida.




La Feria Invisible

Por Antonio Fernández Álvarez

 (Crónica de un sueño en el Lekanaklub)

He soñado que estaba reunido en el Lekanaklub. Allí llegué encendido, con el alma herida por la desidia. En el centro de la mesa, tres pequeñas efigies: de Muqddam Ibn Muafá Al-Qabrí (El vidente), de Muhammad Ibn Hammud Al-Qabrí Al-Makfuf (El ciego de Cabra) y de Abu Bakr Muhammad Ibn Isa Ibn Abd Al-Malid Ibn Quzmán (El alegre).

En las paredes, fotos colgadas de los poetas egabrenses del Siglo de Oro: Ana de Córdoba (1581–1596) y Jerónimo de Herrera (1588–1650?).

Don Luis Herrera Robles presidía la larga mesa. Junto a él, en el lado derecho, don Miguel Gutiérrez Jiménez; a continuación, don Trinidad de Rojas, don Vicente Toscano y Quesada, don Manuel Flores Leña y don Joaquín Cañero Espinar.

En el lado izquierdo, junto a don Luis, estaba Juan Valera; a continuación, Marcelino Menéndez Pelayo, y junto a ellos, los poetas egabrenses que rubricaron el Ultraísmo: Pedro Iglesias Caballero, Pedro Garfias Zurita y Tomás Luque Moyano.

Indistintamente, a un lado y otro —sin recordar ya bien su lugar exacto—, se repartían otros muchos poetas egabrenses: José Ruiz Moreno (Thales), Manuel F. Lass de la Vega, Trinidad de la Iglesia y Varo, Alfonso Santiago Contreras, Lucas Zamarriego, Juan Soca Cordón, Manuel Ruiz Madueño, Adolfo Velasco Hernández, Rafael Paniego Vélez, Nieves López Pastor, Antonio Luna Pérez, Ángel Murillo Guerrero, Juan Aranda Roldán, Pedro Martínez Molina, Manuel Chacón C., Manuel Serrano Porras… y tantos otros, como aquellos que formaron el grupo poético egabrense Manantial.

—¿Qué le ocurre, joven? ¿Por qué está tan indignado? —me preguntó don Luis Herrera Robles, con una voz que sonaba a papel antiguo.

No pude evitarlo. Me explayé narrando la soledad de nuestras plazas:

—Cabra tiene los versos, tiene las manos y tiene la historia. Solo nos falta el lugar donde encontrarnos —contesté—. Resulta paradójico que en la ciudad de las palabras, el silencio sea el único protagonista de nuestras plazas este Día del Libro. Pasear hoy por Cabra es asistir a una ausencia programada. Mientras otras ciudades se visten de papel y tinta, aquí nos conformamos con el eco de lo que pudo ser.

No pedimos grandes despliegues de artificio. Pedimos lo básico: el encuentro.

Una feria del libro es, por definición, un mercado de ideas al aire libre. Es el lugar donde el lector despistado se tropieza con la moaxaja, donde el joven descubre que Valera no es solo el nombre de un colegio, sino un vecino que sigue vivo en sus páginas. Al no haber feria, se corta el hilo invisible que une al autor local con su pueblo. Se nos confina a las estanterías de las bibliotecas, como si la cultura fuera algo que hay que proteger del aire libre, cuando es precisamente el aire lo que necesita para no morir de asfixia institucional.

No hay feria, pero hay escritores. No hay casetas, pero hay una revista que late cada mes. No hay infraestructura, pero hay una memoria que se resiste a ser borrada. La pregunta es obligatoria: ¿cuánto tiempo más vamos a permitir que el talento de Cabra sea un secreto a voces encerrado en despachos?

La cultura no se gestiona solo con firmas y protocolos —concluí ante la asamblea de espectros ilustres—; se gestiona con valentía y calle. Seguiremos escribiendo, seguiremos editando y seguiremos soñando con que, el próximo año, el aroma a libro viejo y papel recién cortado inunde, por fin, nuestras plazas. Porque Cabra, a pesar de su feria invisible, sigue siendo una palabra que se niega a ser borrada.

Cuando terminé de hablar, el silencio en el Lekanaklub se volvió denso, cargado de siglos de tinta. Don Juan Valera me miró fijamente, ajustó sus gafas y asintió levemente, como quien reconoce una verdad incómoda.

Desperté con el sabor del papel antiguo en los labios y una certeza en el alma: aunque mañana, como hoy, las plazas de Cabra amanezcan desnudas, nuestra voz ya ha sido escuchada por quienes realmente importan. La feria invisible ha comenzado, y nosotros —nos guste o no— somos sus guardianes.

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