mayo 01, 2026

Relatos de historia

                               Por Antonio Fernández Álvarez
                                                 (Escribidor de sueños)
                                   

La Vara y el Fuego
El mapa de la Córdoba insurgente

 
SEGUNDA PARTE

De la Sierra a la Campiña
El rastro de la opresión

Mi curiosidad, acuciada por este descubrimiento, me empujó a mirar hacia Montilla y otros pueblos de la Campiña, como Aguilar de la Frontera. Allí, el eco de la República no solo trajo disputas de poder municipal, sino que despertó el grito contenido de una población empobrecida y maltratada. Si en Iznájar la lucha era por la vara de mando, en la Campiña era una lucha por la dignidad humana frente a una oligarquía terrateniente que trataba al pueblo como esclavos sin derechos.

Con esta nueva perspectiva, mi viaje cobraba un sentido más urgente. Tenía una cita pendiente en Montilla para localizar el antiguo estanco de Ana María de Soto, la valiente mujer a la que Carlos IV reconoció sus servicios en la Marina. Era la excusa perfecta: unir la búsqueda de una heroína histórica con el rastreo de aquellas revueltas sociales nacidas de la desesperación.

Llegué a Montilla con una idea fija en la mente y un título resonando en mi memoria: La hija del mar de Alicia Vallina. Conocía la historia de Ana María de Soto por ese libro que me habían prestado, pero necesitaba poseerlo, tenerlo entre mis manos para que sus páginas me guiaran con precisión por las calles de la ciudad.

Lo primero que hice fue buscar una librería. Al entrar, el olor a papel y la tranquilidad del local me dieron la bienvenida, pero fue su dueña quien se convirtió en la verdadera brújula de mi jornada. Al explicarle mi interés por Ana María —aquella mujer que, bajo el nombre de Antonio María de Soto, burló las normas de su tiempo para servir en la Infantería de Marina—, sus ojos se encendieron con el brillo de quien ama la historia de su tierra. 

La conversación fluyó con la naturalidad de los hallazgos afortunados. No solo me ayudó a localizar el libro, sino que, entre anaqueles y recuerdos, surgió una hipótesis que me dejó helado: la posibilidad de que su propia librería ocupe hoy el mismo espacio donde, por merced del rey Carlos IV, estuvo ubicado el estanco que permitió a Ana María vivir sus últimos días con la dignidad de un soldado veterano.

Aún me queda por confirmar este dato, pero la idea de estar pisando el mismo suelo donde la «Hija del Mar» despachaba tabaco y sellos tras años de batallas navales le otorga a mi búsqueda una dimensión casi mística. Iznájar me dio el pasado convulso de la República; Montilla me regala ahora el rastro de una mujer que, mucho antes de que se hablara de libertad en los diarios, ya la había conquistado por su cuenta.

La dueña de la librería, en un gesto de generosidad propio de quienes comparten una pasión, decidió abrirme más puertas. Me remitió a un señor mayor, antiguo fotógrafo de la ciudad, un hombre cuya mirada ha capturado durante décadas la esencia de Montilla. Él, amante de la historia local y autor de su propio libro, es quien posee la llave para confirmar si la librería es, efectivamente, el solar donde Ana María de Soto cerró sus días tras servir a la Corona.

Pero mi interés no se agotaba en la heroína de Carlos IV. Al mencionarle mi inquietud por los convulsos días de 1873, la librera me hizo un regalo inesperado y valiosísimo: un ejemplar de Juan Díaz del Moral. Me entregó Historia de las agitaciones campesinas andaluzas, una obra fundamental donde se recogen con detalle los llamados «Sucesos de Montilla».

Al hojear el libro, comprendí que la elegancia de las bodegas y la fisonomía señorial de Montilla esconden una cicatriz profunda. Mientras en Iznájar el cuaderno hablaba de una traición política y de «radicales», Díaz del Moral describe algo mucho más visceral en la Campiña: el estallido de un pueblo que ya no podía más. Aquella proclamación de la República fue el interruptor que encendió la rabia contra una oligarquía que abusaba de los humildes como si no tuvieran derechos.

Ahora, con el libro bajo el brazo y la dirección del viejo fotógrafo en mi agenda, Montilla se despliega ante mí no solo como una ciudad de buen vino, sino como un escenario donde la justicia y el hambre libraron su propia batalla. 

Mientras degustaba un excelente guiso de rabo de toro, plato tradicional en esta tierra, acompañado de un buen vino amontillado, me dispuse a leer:

Sucesos de Montilla: El estallido de la indignación

Cuando Amadeo de Saboya abdicó el 11 de febrero de 1873 y se proclamó la Primera República, la noticia llegó a Montilla apenas un día después, provocando un revuelo inmediato. Los republicanos intentaron organizar una Junta Local para administrar el municipio, pero el pueblo, herido tras años de agresiones por parte de la «Partida de la Porra», —fuerza paramilitar que se dedicaba a impartir su “particular justicia” que consistía en dar cuarenta garrotazos al que infringiese alguna norma impuesta por las familias adineradas de la localidad— no aceptó autoridad alguna. La justicia, esta vez, se tomaría por su propia mano.

Se publicó un bando exigiendo que todas las armas de la ciudad se depositasen en el Ayuntamiento y se cercaron las entradas y salidas del pueblo. En pocas horas, la masa popular recorrió las casas de los pudientes y representantes políticos. Tras abastecerse de petróleo en los comercios, el tumulto se tornó violento: asaltaron la casa del alcalde y la del administrador del Impuesto de Consumos.

El saldo fue trágico. Hubo varios muertos, entre ellos el terrateniente más rico de la localidad, Francisco Solano Rioboó. Como acto simbólico de un «borrón y cuenta nueva», prendieron fuego al Registro de la Propiedad, un gesto que buscaba reducir a cenizas los títulos de una tierra que sentían robada. Todos estos acontecimientos quedaron registrados por los ojos de Rafael Requena Salas en su obra Diario de mi vida pública.

La Guardia Civil, temerosa de las represalias por no haber frenado antes los abusos de la oligarquía y consciente de su inferioridad numérica, se acuarteló a la espera de que el ejército llegase desde Córdoba para sofocar la rebelión. Tras el motín, las detenciones no se hicieron esperar. Aunque se buscó apoyo en la Primera Internacional, el desarrollo de los hechos sugiere que no hubo una organización socialista previa, sino un estallido espontáneo de rabia. Fue la respuesta desesperada de un pueblo maltratado por una oligarquía que los consideraba poco más que esclavos.

El proceso judicial se dilató años; algunos no vieron el tribunal hasta 1888. Mientras el partido republicano les daba la espalda, muchos de los acusados fueron finalmente proclamados inocentes, dejando tras de sí el eco de un hartazgo que cambió para siempre la fisonomía social de la Campiña.

Cerré el libro y tomé un sorbo de vino. La lectura me obligaba a mirar de otra forma las fachadas de las casas señoriales que había cruzado minutos antes. Montilla no era solo la cuna del Gran Capitán o el refugio de Ana María de Soto; era el epicentro de una lucha de clases que Díaz del Moral narraba con una precisión quirúrgica.

Salí de Montilla con el sabor del amontillado aún en el paladar y el peso del libro de Díaz del Moral en el asiento del copiloto. La carretera hacia Aguilar de la Frontera es corta, pero el paisaje de olivos parece susurrar las mismas historias de hartazgo y esclavitud que acababa de leer.

Si en aquel desván de la casa rural encontré el testimonio directo de la traición radical en Iznájar, y en la librería montillana hallé el análisis técnico de las agitaciones campesinas, en Aguilar buscaba algo más: la huella física en el pueblo.

CONTINUARÁ…………

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