mayo 01, 2026

Francisco Salamanca Moreno

Francisco Salamanca Moreno (Cabra, 1946) nos ha brindado hasta la fecha valiosas investigaciones sobre la historia de Cabra gracias a su ingente fondo documental. Sin embargo, en este número especial de nuestro 30º aniversario, es una verdadera satisfacción descubrir su faceta más creativa. Publicamos, por primera vez, un relato de su invención que nos permite asomarnos al talento narrativo de quien tan bien conoce nuestro pasado.





 El sueño de Luna

Cova cogió el autobús a Ninguna Parte, pues ya estaba cansada de los rostros inanimados de la gran ciudad que, en pleno resplandor del verano, le parecía gris y monótona. Metió en su mínima bolsa de ropa sus cintas, su Walkman y sus libros. A la Luna no necesitó meterla —o más bien no pudo hacerlo—, pues sabía que la seguiría hasta Ninguna Parte y allí podrían seguir hablando de sus locuras y de la noche que tanto amaban. Juntas se bañarían en el lago, iluminado únicamente por la luz de la Luna y el destello inocente de las estrellas, y reirían hasta cambiar las montañas de sitio.

Pero llegó a Ninguna Parte y la Luna no estaba allí. Corrió alrededor de la casa, subió al tejado y solo vio millones de estrellas sobre un vacío negro. Eran realmente maravillosas. Cova nunca había visto una noche tan bonita, que parecía estar pegada a los árboles de la misma tierra, pero la Luna, con su redondez y su sonrisa invisible, no estaba allí.

Bajó sola del tejado y lloró en silencio lágrimas tan saladas como su añorado Mediterráneo, el cual solo en su niñez había podido visitar; con sus lágrimas formó ríos en su piel y no quiso siquiera ponerles nombre. El lago, una suave réplica de la noche, parecía inquieto en su calma, pues Cova no iba corriendo hacia él ni reflejaba su cuerpo desnudo en su espejo, hundiéndose dentro de él como si de un cuento de hadas se tratase.

Pero ella no podía ir corriendo a su encuentro ni bañarse, porque estaba sola en Ninguna Parte e incluso echaba de menos la gris ciudad de la que vino. No sé cuántas horas se pasó hundida en el pozo de su soledad, pero cansada de sentirse triste y de que su dolor fuese seco, ya que las lágrimas no brotaban de sus ojos, decidió entrar en la casa.

Era pequeña; tenía un diminuto salón y una televisión enana. Lo cierto es que ella no veía mucho la televisión, solo por la noche y en contadas ocasiones. Últimamente no echaban películas interesantes en la TV y prefería pasarse las horas muertas (tan muertas que ya tenían una tumba con una cruz...) escuchando música, y sus canciones, por supuesto, hablaban de la noche. La casa tenía una cocinita y la habitación era un estrecho pasillo con una cama minúscula, perfecta para lo que había venido a hacer a Ninguna Parte.

Mientras colocaba las cosas en la habitación oyó un ruido en otra parte de la casa que resultaba muy familiar, pero que se salía de contexto en aquel lugar. Cova era miedosa redomada y eso era debido a una mente sin fronteras y a no saber distinguir un sueño de la realidad. Así que se mantuvo rígida, quieta, con sus grandes ojos oscuros intentando penetrar las paredes para adivinar de dónde provenía aquel ruido de página que había oído hacía unos instantes y que se volvió a repetir unos minutos después.

Al final, armándose de valor y con un gran nudo en la garganta, avanzó hacia el sonido que provenía de una puerta al fondo del pasillo. La abrió con tanto pavor que ni siquiera notó el pomo en su mano y entró.

La puerta se abría a un sótano que semejaba una cueva, al que se llegaba a través de una de esas viejas y mohosas escaleras de caracol, construidas de piedra y con unos escalones mínimos. A través del resquicio de la desvencijada escalera se colaba la luz de una vela cuyo resplandor era tenue, tenebroso, dorado y escondido.

Amarrándose a las paredes, bajó con sigilo por las escaleras hasta que por fin vio lo que allí había. Cova no cabía en su asombro: sobre una pequeña mesa antigua de madera había una montaña de libros, y la vela de cera que veía por los resquicios se consumía rápidamente. En el suelo también había libros apilados desordenadamente y con amenaza de caerse.

Tras la mesa, una silla y un extraño hombre. Vestía todo de negro; el pelo le caía por la cara rozándole levemente los hombros y sus profundos ojos estaban atrapados, como con hilos invisibles, por las palabras del libro. No hay palabras para describir la belleza que tenía: un rostro casi mítico, duro pero finamente dibujado, que desprendía un resplandor casi idéntico al de la Luna y parecía esconder un carácter severo pero infinitamente sensible y soñador. Su belleza deslumbró a Cova hasta el punto de recordarse a sí misma como una bacante enamorada de un bello Dioniso.

De pronto resbaló y cayó frente al joven, que levantó su cabeza de su cárcel de palabras. Las palabras sobraron en semejante encuentro; tanto uno como otro sabían quién era el otro, o por lo menos se lo imaginaban. Se observaron largo rato en ese silencio lleno de palabras y, a pesar de todo, Cova se preguntaba quién era en realidad. Sabía que le conocía; sabía que en algún recodo lejano de su mente ese hombre estaba y que quizá había esperado encontrarlo allí.

Él sonrió vagamente y dejó entrever sus profundos ojos verdes. Esa mirada significaba todo y nada: blanco y negro, la Luna y el Sol. Significaba un «por favor, cariño, no te enamores de mí», un «te quiero», un «me iré pronto», un «no te pierdas, no busques en mí lo que no hay».

—¿Dónde está Luna? ¿Quién eres? —preguntó ella.

—Bueno —sonrió él—, es algo que nunca sabrás, pero forma parte de ti y de un incesante sueño que has tenido siempre, pero del cual nunca te acuerdas.

Un escalofrío corrió por la espalda de la chica. Eso era lo que hacía que se levantase en plena noche envuelta en un miedo inexplicable, pues a la vez era cálido y arropador. Acto seguido, él la cogió de la mano y la llevó por una pequeña escalera al tejado de la casa. La noche, con su fragancia azul y candorosa, irrumpía en los pulmones de ambos y parecía querer intercambiarles el alma. Eran como eternos amantes que observaban las estrellas como algo inalcanzable y mágico, fuera del mundo.

«Pero es que las estrellas están llenas de magia», se dijo.

Y bajo la luz parpadeante de las estrellas, él acercó su dulce cara al rostro de Cova y la miró directamente a los ojos con ternura y amor; un amor del que saltaron chispas que seguramente volaron y se posaron en el firmamento como nuevas estrellas. La besó primero para luego fundirse, ambos, en un beso largo y lleno de pasión.

El beso pareció durar una eternidad. Cova se sintió volar muy lejos junto a él, que era el verdadero amor que siempre había esperado; y ahora le tenía, la abrazaba, la besaba y la acariciaba lenta y dulcemente. Juntos, aquella noche, olvidaron el mundo que les rodeaba. Viajaron a millones de años luz, lejos de Ninguna Parte, uniéndose tan intensamente que no se distinguía la piel de uno y de otro.

Cuando el último beso terminó, el éxtasis empezó a desvanecerse. Por última vez se miraron a los ojos; él le acarició suavemente la cara y la besó lenta y dulcemente en la mejilla. Cova vio cómo se alejaba y desaparecía tras la frondosa vegetación del lugar. Entonces, el peso de sus pestañas venció su curiosidad y cayó plácidamente en un incierto sueño del cual nunca se acordó.

A la mañana siguiente se despertó sobre el tejado. El sol tocaba suavemente sus mejillas y el sonido casi musical de la naturaleza iba lentamente llenándole los oídos. Cova corrió hacia el sótano queriendo encontrar lo que ya de antemano sabía que no estaría y este, como esperaba, estaba vacío. Se sentó en la silla donde aquel extraño chico se había sentado —quizá en un sueño, quizá en la realidad—, pero aquello tornaba hacia algo surrealista y sin sentido: un sueño muy real, una realidad utópica.

Pero entre el polvo logró ver un libro. Era negro, antiguo y gastado; sobre él, con letras doradas impresas, Cova leyó: El sueño de Luna. Sonriendo, abrió el libro y vio una frase que estaba escrita recientemente, la cual decía:

«No sueñes tu vida, vive tu sueño».

Y esa noche Cova hizo la maleta y decidió volar sin rumbo para buscar lo que aún no conocía y para soñar siempre despierta, guiada por la luz de la Luna con la que se fundió aquella noche.

 

FIN

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