mayo 01, 2026

Luis Ángel Ruiz Herrero

 


Un verso, una ventana...
El vuelo de la palabra






Los versos son ventanas que nos abren la visión a los múltiples espacios que generan la belleza, la vida, las ideas, y así impedir que nuestra cabeza acabe oliendo ha cerrado. Aunque sea una obviedad, conviene no olvidar que una ventana sirve para mirar fuera y dentro, y es eso, precisamente, lo que enriquece el conocimiento de la luz, de esa luz que somos nosotros y los demás. Tal vez aquí radique la grandiosidad de un buen verso: una voz que capta el matiz con su contorno de belleza, del alma, del latido frágil del ser humano. Renovación y tolerancia, dentro y fuera. Borges sostuvo que el peor de los pecados era no ser feliz; yo sostengo que el peor es la intolerancia, que comienza por no tolerarse a sí mismo. Fuera y dentro.

La ventana puede simbolizar también el encierro, la prisión o el abismo, la utopía, la desesperación o la impotencia.... ¡Tan cerca y tan lejos!

Pero estamos hablando del hecho o del oficio de escribir, de esa afición que atrapa y puede volverse adicción. Lógicamente, hablamos de la escritura creativa... Y al hilo de
esto, ¿por qué se escribe?

Algunos lo hacen por una necesidad existencial, independientemente del posible eco que, ante los demás, pueda despertar; otros por un logro social, donde entran los diferentes supuestos que aquí recojo: Aquellos por la vanidad de tener un libro escrito;

estos porque ven en la escritura un camino de conocimiento que quieren compartir; los

menos, como Pessoa, porque escribir es una forma de estar solo. Personas como estas son las que conforman aquella inmensa y extraña minoría de la que habló Juan Ramón. Los más... Bueno, los más, sencillamente no escriben. En buena lógica, entre los argumentos no contemplaré el económico, por su palmaria excepcionalidad. De todo lo anterior sólo el que escribe lo sabe; el que lee lo intuye, si aplica en la lectura eso que todos presumen y muy pocos tienen: el pensamiento crítico. El verso puede ser, como el corazón, manantial, autenticidad, máscara, oportunismo o distracción. El de Santiago Moure creo que es de manantial, el de esa pureza que fluye y brota, el que intenta buscar explicaciones de la existencia, que no es lo mismo que la vida... Porque vivir todos vivimos; existir, no todos; que existir exige pensar ... Ya lo dijo el filósofo, pienso luego existo. Permítanme afirmar que sobrevivir no siempre supone pensar.

Pero un poema puede albergar la piedra filosofal que tanto se ha anhelado en la historia de la humanidad, porque en el alambique de sus versos se produce el milagro de

la alquimia, allí donde se transforma el plomo líquido de una pena, o de la angustia, en el oro de la belleza, la alegría, el alivio y la esperanza. Y ese oro, al escribir o leer un verso, se transforma en las lágrimas curativas del ánimo y el optimismo.

 Ah, el verso, ese amigo que te escucha y acompaña cuando los demás te dejan solo, y la soledad aprieta como el abrazo de una pitón.... El vuelo de la palabra, un libro de versos que deshacen la soledad mientras se lee la experiencia existencial de un ser humano, un hombre que ha vivido la aventura de perseguir la luz retadora de la ventana de su inquietud. Lucena es testigo de ello. La Subbética tiene un motivo más para enriquecer su creatividad, su cultura y su humanidad. Santiago Moure nos invita a compartir con él, el regalo de un aire renovador. Miren por la ventana las piruetas de un corazón que sueña y vuela con las alas de la palabra.


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