mayo 01, 2026

Ángel Pérez Campos

 

Ángel Pérez Campos (Cabra, 1961). Es un autor que escribe desde la nostalgia y el valor sentimental, enfocándose en la felicidad encontrada en las cosas sencillas. Su narrativa se caracteriza por una profunda conexión con el paisaje y la perservación de tradiciones que hoy solo existen en el recuerdo. Actualmente está preparando su primera novela.




El latido del Pico de las Cruces

Legiones de alas ávidas se embriagan en una sinfonía de pétalos, donde los colores estallan como una infusión de vida. Mariposas, abejas, moscas y libélulas zigzaguean desde el azul cobalto al rojo carmesí, del blanco perlado al oro de las margaritas; son motas de polvo ingrávidas que, en su danza inconsciente, acarrean en sus patas el germen del futuro.

Aquí, en la cumbre del Pico de las Cruces, donde la brisa balsámica restaña con delicadeza las fatigas de mi cuerpo, me entrego al descanso tras la azarosa escalada. Sentado, me convierto en un testigo sereno ante el escenario de lo inmenso. Me reconozco pequeño, apenas un átomo, un suspiro de arena, frente a la vertiginosa brevedad de lo eterno: esa revelación de que la vida sucede, entera, en un aleteo.

Desde el refugio de mis pensamientos, la mirada desciende hacia el abismo. Allí abajo late un estrépito incansable que lo agota todo: esa huella humana que fractura el planeta y transforma el maná vital en ruido y suciedad. Sin embargo, el gran lago emerge como un espejo de destellos que reclama mi atención. Lo que ayer la sequía y el hombre arrebataron, la clemencia de la lluvia lo devuelve hoy. Son los ciclos del mundo: círculos que se cierran para que otros puedan nacer.

Así, renovada y vibrante, el agua se adentra con ímpetu para saludar a sus hijos de sangre azul, aquellos que han colmado el cauce con el divino líquido. Allá besa a sus acaudalados hijos mayores: al Genil y al Pesquera; y más cerca, se interna en la Hoz, buscando las entrañas de su cañón y reclamando su lugar con la fuerza de quien vuelve a casa. Pero no se olvida de los pequeños: Las Herreras, La Madre o El Adelantado; regueros que acarician el litoral con el mismo amor que sus mayores. Todos, en comunión, humedecen lo que fue antaño y lo que es hoy: la madre que salva vidas y la que reserva en su despensa para el mañana.

Desde este cielo, el silencio duele al mirar abajo. El ruido insoportable de lo que somos y de lo que fuimos resuena con fuerza. Dirigentes indolentes, demagogos y voceros de feria, locos y dementes nos conducen en una montaña rusa sin fin; un mundo saturado de certezas vacías, de valores unipersonales y soledades impuestas. La ética y la moral deambulan al libre albedrío de la brisa que me circunda, perdidas entre estrellas fugaces. Un graznido sobre mi cabeza me rescata de mis pensamientos. Miro hacia arriba y una gran ave se deja llevar, proyectando su sombra sobre el pico. Otro graznido me recuerda que los únicos fugaces somos nosotros. Un reflejo del gran lago me impulsa a ponerme en pie para iniciar el regreso al "mundo real". Pero antes, me vuelvo hacia las cruces y les pido tiempo: tiempo y fuerzas para volver.    

 

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