Ángel Pérez Campos (Cabra, 1961). Es un autor que
escribe desde la nostalgia y el valor sentimental, enfocándose en la felicidad encontrada
en las cosas sencillas. Su narrativa se caracteriza por una profunda conexión con
el paisaje y la perservación de tradiciones que hoy solo existen en el recuerdo.
Actualmente está preparando su primera novela.
El latido del Pico de las Cruces
Legiones de alas
ávidas se embriagan en una sinfonía de pétalos, donde los colores estallan como
una infusión de vida. Mariposas, abejas, moscas y libélulas zigzaguean desde el
azul cobalto al rojo carmesí, del blanco perlado al oro de las margaritas; son
motas de polvo ingrávidas que, en su danza inconsciente, acarrean en sus patas
el germen del futuro.
Aquí, en la cumbre del Pico de las Cruces, donde la brisa balsámica restaña con delicadeza las fatigas de mi cuerpo, me entrego al descanso tras la azarosa escalada. Sentado, me convierto en un testigo sereno ante el escenario de lo inmenso. Me reconozco pequeño, apenas un átomo, un suspiro de arena, frente a la vertiginosa brevedad de lo eterno: esa revelación de que la vida sucede, entera, en un aleteo.
Desde el refugio de
mis pensamientos, la mirada desciende hacia el abismo. Allí abajo late un
estrépito incansable que lo agota todo: esa huella humana que fractura el
planeta y transforma el maná vital en ruido y suciedad. Sin embargo, el gran
lago emerge como un espejo de destellos que reclama mi atención. Lo que ayer la
sequía y el hombre arrebataron, la clemencia de la lluvia lo devuelve hoy. Son
los ciclos del mundo: círculos que se cierran para que otros puedan nacer.
Así, renovada y
vibrante, el agua se adentra con ímpetu para saludar a sus hijos de sangre
azul, aquellos que han colmado el cauce con el divino líquido. Allá besa a sus
acaudalados hijos mayores: al Genil y al Pesquera; y más cerca, se interna en
la Hoz, buscando las entrañas de su cañón y reclamando su lugar con la fuerza
de quien vuelve a casa. Pero no se olvida de los pequeños: Las Herreras, La
Madre o El Adelantado; regueros que acarician el litoral con el mismo amor que
sus mayores. Todos, en comunión, humedecen lo que fue antaño y lo que es hoy:
la madre que salva vidas y la que reserva en su despensa para el mañana.
Desde este cielo, el silencio duele al mirar abajo. El ruido insoportable
de lo que somos y de lo que fuimos resuena con fuerza. Dirigentes indolentes,
demagogos y voceros de feria, locos y dementes nos conducen en una montaña rusa
sin fin; un mundo saturado de certezas vacías, de valores unipersonales y
soledades impuestas. La ética y la moral deambulan al libre albedrío de la
brisa que me circunda, perdidas entre estrellas fugaces.


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