mayo 01, 2026

Francisco Asís Granados Mellado (Paco Granados)

  


Paco Granados Mellado (Cabra, 1974) es un prolífico autor centrado en el género del misterio y el terror. Su trayectoria literaria y editorial, avalada por cinco títulos editados, lo posiciona como una firma de referencia narrativa.




Entrevista con Francisco Asís Granados Mellado (Paco Granados)


Pregunta.- Como colaborador de una revista que lleva por nombre nuestra ciudad, ¿crees que existe una "manera de sentir" propia de Cabra al enfrentarte a la página en blanco?

Respuesta.- Sí, creo firmemente que existe una manera muy concreta de sentir Cabra cuando me enfrento a la página en blanco. No es algo que se piense, es algo que se arrastra. Cabra no se escribe: se filtra. Está en el ritmo de las frases, en cierta melancolía que aparece sin llamarla, en la forma de mirar lo cotidiano como si escondiera algo más profundo.

Es una ciudad que te enseña a escribir desde el silencio, desde la memoria y desde lo no dicho. Cuando escribo, no busco describirla de forma literal, pero siempre termina apareciendo: en la luz, en la nostalgia, en ese peso invisible del pasado que convive con lo presente. Cabra tiene una forma de sentirse que no es estridente, es íntima, y esa intimidad condiciona mi manera de escribir, de observar y de contar.

La página en blanco, en ese sentido, nunca está del todo vacía: está habitada por la ciudad, por sus voces antiguas, por sus calles que uno lleva dentro incluso cuando no las nombra.

Pregunta.- Don Juan Valera llevó el nombre de Cabra al mundo. ¿Qué rasgo del maestro — su elegancia, su fina ironía o su curiosidad cosmopolita— resuena con más fuerza en tu propia obra?

Respuesta.- De Don Juan Valera, el rasgo que más resuena en mi obra es, sin duda, su fina ironía. Esa manera elegante de decir sin imponer, de sugerir más que afirmar, de mirar al ser humano con una mezcla de lucidez y compasión. La ironía, entendida no como burla sino como inteligencia emocional, me parece una herramienta poderosa para contar lo que duele sin levantar la voz. 

Admiro su elegancia y su curiosidad cosmopolita, pero es esa ironía sutil la que siento más cercana, porque me permite hablar de lo cotidiano, de las contradicciones humanas y de la realidad que nos rodea sin caer en el juicio directo.

En mis textos, como en los suyos, intento que la palabra sea un espejo más que un martillo, que invite al lector a reconocerse antes que a defenderse.

Pregunta.- Si tuvieras que esconder un manuscrito en un rincón de nuestro pueblo para que fuera hallado dentro de cien años, ¿qué lugar elegirías para custodiar tus palabras?

Respuesta.- Lo escondería en un lugar donde el tiempo camina despacio, donde las piedras han visto pasar más historias de las que pueden contarse. Elegiría un rincón silencioso, quizá olvidado, donde no llegue el ruido pero sí la memoria. Un sitio que no se muestre a simple vista, porque las palabras que merecen perdurar nunca se entregan de inmediato.

Lo haría pensando en quien lo encuentre dentro de cien años: alguien que no solo lo descubra, sino que lo sienta. Un lugar que obligue a detenerse, a mirar alrededor antes de abrir el manuscrito, para que entienda que esas páginas no hablan solo de un autor, sino de un pueblo entero respirando entre líneas. Sin duda en cualquier rincón del Castillo de los Condes de Cabra.

Pregunta.- ¿Cuál es el motor que impulsa tu escritura? ¿Qué es aquello que te hizo escritor por encima de todo lo demás?

Respuesta.- El motor de mi escritura es la necesidad. No escribo por elección, escribo porque no hacerlo sería una forma de silencio que no me permito. Escribo para ordenar lo que siento, para entender el mundo y, a veces, para soportarlo. La palabra fue antes refugio que vocación, antes desahogo que oficio.

Lo que me hizo escritor por encima de todo lo demás fue descubrir que escribir me salvaba. Que poner nombre a lo invisible aliviaba el peso de lo que no sabía expresar de otra manera. Con el tiempo entendí que la escritura no era solo un acto íntimo, sino una forma de tender puentes: conmigo mismo y con los demás. Desde entonces, escribir dejó de ser una opción y se convirtió en una manera de estar en el mundo.

Pregunta.- ¿Buscas el silencio ascético de la Sierra o prefieres el pálpito vital de la Plaza de España para trabajar? Cuéntanos tu ritual.

Respuesta.- No soy de extremos. Necesito del silencio, pero también del latido. Hay días en los que la Sierra me ofrece esa distancia necesaria para escucharme por dentro, un silencio que no pesa, que ordena. Allí las ideas se posan con calma, como si el paisaje las estuviera esperando.

Pero otras veces es la Plaza de España la que me escribe a mí. El murmullo, las voces cruzadas, el paso de la gente… todo eso me recuerda que escribo sobre la vida y no al margen de ella. Mi ritual no es fijo: empieza siempre con observar, con dejar que el lugar —sea la quietud o el bullicio— marque el ritmo. Luego llega el momento de sentarme, casi sin pensar, y dejar que la palabra haga su trabajo.

Pregunta.- Cuando el lenguaje se muestra esquivo, ¿cómo consigues que la inspiración vuelva a fluir?

Respuesta.- Cuando el lenguaje se me esconde, lo noto enseguida en el cuerpo. Me pongo inquieto, releo demasiado, borro más de lo que escribo. En vez de luchar contra eso, suelo parar. Me levanto, salgo, necesito aire. Muchas veces camino sin rumbo, como si al mover los pies se desbloqueara algo por dentro.

También me ayuda volver a lo que soy: escuchar una música que me remueva, mirar fotos antiguas, recordar a los míos, o simplemente sentarme en silencio y aceptar que hoy no toca. He aprendido que la inspiración no siempre llega cuando la llamas, sino cuando te muestras vulnerable. Y casi siempre vuelve cuando dejo de querer escribir bien y me permito escribir de verdad.

Pregunta.- ¿Eres de los que prefieren el papel y la pluma o te seduce la pulcritud digital del teclado?

Respuesta.- Siempre he sentido que el papel y la pluma me colocan en un lugar distinto al del teclado. Cuando escribo a mano, algo se relaja. No hay prisa, no hay correcciones inmediatas, no hay esa tentación de borrar lo que aún no ha tenido tiempo de respirar. El trazo imperfecto, los tachones, incluso la letra torpe en algunos momentos, forman parte del proceso. Es una escritura más física, más íntima, casi como si el cuerpo también estuviera contando la historia. En el papel no busco textos terminados, busco verdad.

El teclado llega después. Ahí aparece la conciencia del oficio. Es el espacio donde el texto se ordena, se revisa y se hace legible para otros. Me seduce su pulcritud, sí, pero sobre todo su capacidad para dar estructura a lo que nació de manera caótica. El teclado no sustituye al papel: lo escucha. Es una segunda voz, más serena, que dialoga con la primera.

No podría elegir uno solo. El papel me permite escribir sin miedo; el teclado me enseña a respetar lo escrito. Entre ambos se mueve mi forma de trabajar, como un equilibrio necesario entre impulso y pensamiento.

Pregunta.- ¿Cómo surgen sus nombres? ¿Has tomado prestado alguna vez el carácter de algún vecino de Cabra para tus ficciones?

Respuesta.- Los nombres surgen de manera casi secreta. A veces vienen de un sonido que se repite en mi memoria, de un recuerdo difuso de infancia, o de una sensación que quiero que el personaje transmita. No son decisiones racionales: los dejo aparecer, los pronuncio en silencio y, cuando suenan justos, sé que puedo darles vida. Un nombre equivocado cambia todo, y lo sé desde siempre. 

En cuanto a los vecinos de Cabra, sí, muchas veces me han inspirado sin que ellos lo sepan. No copio, no escribo personas reales, pero hay gestos, risas, maneras de hablar o de mirar que me han marcado y que luego encuentro transformados en mis personajes. Es un préstamo sutil, casi invisible, una forma de que la ciudad viva dentro de mis historias, incluso cuando la ficción las lleva muy lejos de la realidad.

Pregunta.- ¿Cuál es tu género predilecto como lector y qué libro es para ti una recomendación obligada para cualquier paisano?

Respuesta.- Como lector, siempre me ha atraído la literatura que despierta el misterio, lo oscuro y lo inesperado. Todo lo que tenga sombras, secretos o giros que sorprendan me mantiene despierto y atento; es el tipo de lectura que luego se filtra en mi propia escritura.

Si tuviera que recomendar un libro a cualquier paisano de Cabra, sin duda elegiría “Cuentos completos” de Edgar Allan Poe. No solo porque es el maestro del terror y del misterio, sino porque sus relatos enseñan a jugar con el miedo, la intriga y la psicología humana de manera magistral. Cada cuento es una lección de cómo lo cotidiano puede volverse inquietante y de cómo el suspense se construye con palabras precisas. Para cualquier amante de lo oscuro, es una lectura obligada.

Pregunta.- Valera afirmaba que la novela debe ser “espejo de la vida”. En tus textos, ¿dónde termina el reflejo de lo que ves y dónde empieza la invención poética?

Respuesta.- En mis textos, la vida siempre está ahí, aunque muchas veces de manera velada. Lo que veo, lo que escucho, lo que siento… todo se cuela, casi sin que me dé cuenta. Es como si Cabra misma se colara en mis historias, en los rincones que observo y en las sombras que cruzan mis recuerdos.

Pero la invención poética entra donde la vida no alcanza. Ahí es donde puedo jugar con el miedo, con lo extraño, con lo que hace que el corazón se acelere sin razón aparente. Ahí los personajes caminan solos, las casas parecen respirar, y hasta la luz más pequeña tiene secretos que contar. Para mí, escribir es mezclar ambos mundos: que la realidad me toque y que la imaginación la transforme en algo que asusta, que emociona, que perdura. Esa es la frontera que me gusta explorar, donde lo que es verdad se vuelve más intenso al volverse oscuro.

Pregunta.- Se dice que la palabra escrita es una forma de curación o resistencia. ¿De qué te ha salvado a ti la literatura?

Respuesta.- La literatura me ha salvado muchas veces, aunque no siempre lo haya sabido en el momento. Me ha salvado del silencio que aprieta el pecho, de los recuerdos que a veces duelen más de lo que deberían, y de la soledad que uno siente aunque esté rodeado de gente. Ha sido un refugio donde puedo poner nombre a todo lo que no sé decir en voz alta: el miedo, la rabia, la nostalgia, la ternura y hasta el asombro que nos atraviesa sin permiso.

Escribir me ha enseñado a mirar la realidad desde otra altura. Cuando el mundo parecía pesado, las palabras me dieron aire; cuando las emociones amenazaban con ahogarme, la página en blanco me ofreció un lugar donde respirar. No se trata solo de escapar: se trata de resistir, de transformar lo que duele en algo que pueda sostenerse y que, a su manera, tenga sentido.

La literatura también me ha salvado de mí mismo. Me ha enseñado que no todo lo que sentimos necesita ser explicado, pero sí necesita ser escuchado, aunque sea por uno mismo. Me ha salvado del olvido, de la prisa, de la indiferencia. Y, sobre todo, me ha salvado del miedo a mirar la oscuridad de frente, porque en la palabra puedo convertirla en un espejo que me permite seguir adelante sin perderme del todo.

Si tuviera que decirlo en pocas palabras, la literatura me salvó del mundo… y me salvó a mí. Pero la belleza de ese salvamento es que nunca termina: cada página que escribo es un recordatorio de que, mientras haya palabras, siempre hay esperanza.

Pregunta.- ¿En qué proyecto trabajas actualmente que podamos disfrutar próximamente en las páginas de esta revista?

Respuesta.- Actualmente estoy preparando un proyecto nuevo que me ilusiona mucho: explorar personajes bíblicos desde un ángulo distinto, más cercano, humano y lleno de matices. Quiero rescatar sus historias, sus conflictos, sus secretos y, sobre todo, cómo sus vidas pueden enseñarnos algo incluso hoy. No será un estudio académico al uso, sino una forma de acercar relatos antiguos a nuestra sensibilidad, mezclando historia, misterio y la complejidad de lo humano.

Al mismo tiempo, seguimos con los relatos de asesinos en serie y las historias de misterio que tanto nos apasionan, porque me gusta que la revista ofrezca siempre variedad, intensidad y sorpresa. Con este nuevo proyecto, espero aportar algo distinto: que nuestros lectores puedan leer sobre figuras conocidas, pero desde un prisma que haga que se cuestionen lo que sabían, que sientan cercanía y que descubran detalles insospechados.

Mi intención es que cada entrega sea un viaje: desde la intriga de lo oscuro hasta la profundidad de las grandes historias de la Biblia, siempre manteniendo la curiosidad y el asombro que nos caracteriza como revista. Será, sin duda, un reto apasionante y un proyecto que espero disfruten tanto como yo al crearlo.

Pregunta.- Para finalizar, te pido un ejercicio de síntesis poética: Dime una sola palabra que, para ti, defina la esencia de Cabra.

Respuesta.- “Raíz”. Porque todo lo que somos y sentimos aquí brota de ella: nuestra historia, nuestra memoria, nuestras calles, nuestro misterio y nuestra manera de mirar el mundo. Es la fuerza silenciosa que sostiene todo lo demás.

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