enero 01, 2026

Miguel Ángel Moral Quero

 


RELATO







EL CAMINO DE LOS SABIOS

En la ciudad de Ecbátana, donde los muros parecían pintados con luz y las fuentes cantaban historias antiguas, vivía un sabio llamado Melchor. Tenía la barba blanca como la nieve recién caída y unos ojos tan curiosos que parecían espejos del cielo. Cada noche subía a la terraza de su casa con sus rollos de papiro, un plato de dátiles y aceite para su lámpara. Amaba observar las estrellas: las reconocía a todas como si fueran viejas amigas.

Pero una noche sucedió algo que hizo temblar el corazón del anciano. Una estrella nueva, brillante, enorme, apareció justo donde el cielo siempre había estado vacío. Era como si alguien hubiese encendido un farol dorado en mitad de la oscuridad. Melchor se levantó, dejó caer sus papiros sin darse cuenta y respiró profundamente.

—Esa estrella no es un accidente —susurró—. Esa estrella… trae un mensaje.

La luz no solo brillaba: parecía moverse, latir, llamarlo. Sin perder tiempo, Melchor escribió dos cartas urgentes y las entregó a mensajeros veloces. Debían viajar lejos, muy lejos: una carta para Gaspar, sabio de la tierra de Saba , y otra para Baltasar, sabio de las montañas verdes de Nubia. Porque Melchor sabía que aquel signo no era para un solo hombre; era para los tres.

En Saba, Gaspar estaba rodeado de cofres llenos de perfumes y especias. Sus manos olían siempre a canela y flores secas. Aunque era joven, su sabiduría era profunda. Cuando recibió la carta de Melchor, salió al balcón y buscó la estrella. La vio inmediatamente: un punto dorado que parecía sonreírle en el cielo oscuro.

—¡Oh, Melchor, viejo amigo! —exclamó—. Tenías razón… ¡ha llegado el momento!.

Gaspar ordenó preparar su dromedario preferido, al que había llamado Aroma porque siempre olía a incienso. Luego guardó en su bolsa un pequeño cofre que consideraba el más valioso de todos.

—Por si acaso… —dijo mientras lo acariciaba con cariño.

En las verdes tierras de Nubia, Baltasar vivía entre árboles enormes y ríos que parecían espejos en movimiento. Tenía una risa potente, una voz suave y una mirada llena de bondad. Cuando leyó el mensaje de Melchor, levantó la vista al cielo… y allí estaba. La estrella iluminaba su rostro como si fuera una antorcha de esperanza.

—Sabía que llegaría este día —dijo emocionado—. ¡El Rey del Amor ha nacido!

Baltasar preparó sus cofres, montó sobre su camello Luna Negra y emprendió el viaje con el corazón latiendo fuerte. Los tres sabios viajaron durante semanas: subieron montañas, cruzaron bosques, bordearon oasis y caminaron por el inmenso desierto. Hasta que, por fin, se encontraron en un cruce de caminos iluminado por la luna. Gaspar llegó primero. Melchor llegó después, cansado pero sonriente. Baltasar apareció al amanecer, cantando una melodía nubia.

Al ver a sus amigos, Melchor abrió los brazos: —¡Hermanos! ¡La estrella nos ha reunido!

Gaspar señaló la luz: —No podemos equivocarnos. Esa estrella nos llama.

Baltasar asintió: —El Rey prometido nos espera… y nació para todos los pueblos.

Se abrazaron como viejos amigos que saben que están viviendo algo grande, inmenso, único. Y entonces, caminando juntos, se adentraron en un nuevo capítulo de la historia.

El desierto era enorme, «tan grande como un sueño», solía decir Baltasar. De día, el sol levantaba un mar de espejismos. De noche, el cielo se llenaba de luces misteriosas. Los sabios se sentaban junto al fuego y hablaban.

—¿Cómo será ese Rey? —preguntó Gaspar una noche.

Melchor acarició su barba. —Creo que será distinto a todos los reyes. No mandará ejércitos… pero cambiará el mundo.

Baltasar lanzó un puñado de arena al viento. —El amor es más fuerte que cualquier ejército.

Entonces, el viento sopló con fuerza y emitió un sonido extraño, como si una voz lejana susurrara: «Adelante… no temáis». Una tarde encontraron a unos pastores que descansaban bajo una roca enorme.

—¿A dónde vais con tantos cofres? —preguntaron curiosos.

Melchor señaló el cielo. —Buscamos al Rey que ha nacido. Él viene a traer esperanza para todos.

Los pastores se miraron entre sí y rieron. —Aquí no vienen reyes —respondieron—. Solo vienen las tormentas.

Gaspar bajó de su dromedario y les sonrió. —A veces, los reyes vienen donde menos se les espera.

Los pastores no sabían por qué, pero sintieron que aquellas palabras encendían algo cálido dentro de ellos. Cuando llegaron a Jerusalén, la estrella se escondió detrás de las nubes. El silencio se volvió pesado. El palacio de Herodes tenía muros enormes, pero no lograba ocultar el miedo que vivía dentro.

Herodes escuchó a los magos con una sonrisa falsa. —Buscad al niño… y cuando lo encontréis, volved aquí.

Pero los sabios notaron que su voz temblaba como un árbol en tormenta. Al salir del palacio, Gaspar susurró: —No quiere adorarlo. Quiere otra cosa.

Baltasar apretó los dientes. —No le diremos nada. El niño debe estar protegido.

Y en ese instante, la estrella reapareció, iluminando el cielo como un faro en la noche. La estrella los condujo a un lugar humilde, pequeño, casi escondido: un establo. Un establo con olor a heno y madera. Gaspar frunció el ceño.

—¿Aquí vive un Rey?.

Baltasar tomó aire y dijo: —No cualquier rey… el Rey del Cielo.

Entraron con pasos lentos. Y allí estaba. Un niño dormido en un pesebre. Una madre joven, María, con ojos llenos de ternura. Un hombre bueno, José, vigilando en silencio. La luz alrededor del Niño era tan cálida que parecía amanecer.

Melchor cayó de rodillas. —Te ofrezco oro, pequeño Rey. Porque serás el más justo.

Gaspar dejó su incienso. —Porque eres Dios hecho niño.

Baltasar entregó la mirra. —Porque estarás siempre con nosotros, en lo bueno y en lo difícil.

El Niño abrió los ojos. Y su mirada les abrazó como un regalo. Aquella noche, el cielo entero parecía celebrar. La estrella estaba tan brillante que iluminaba caminos lejanos, aldeas pequeñas y corazones tristes. Era la Epifanía: el día en que el mundo descubrió que Dios había venido para todos los pueblos, sin distinción. No para los poderosos. No para los ricos. Sino para todos.

Antes de partir, los sabios recibieron un mensaje en sueños: «No volváis por el camino de Herodes». Y así lo hicieron. Tomaron senderos secretos, senderos que parecían protegidos por ángeles invisibles.

Cuando regresaron a sus tierras: Melchor enseñó que la verdadera riqueza está en el corazón; Gaspar habló de una luz que brilla aunque haya oscuridad ; y Baltasar contó historias de un Niño que traería un amor sin fronteras. Y la estrella desapareció para siempre… porque ya había cumplido su misión.

Cada año, cuando llega enero, los tres sabios vuelven. No en dromedarios. No con cofres de oro. Sino en la imaginación de los niños. En la sonrisa que se despierta antes del amanecer. En los zapatos que esperan junto a la puerta. En los corazones que creen en la magia, en la bondad y en la luz.

El mayor regalo no fue el oro, ni el incienso, ni la mirra. El mayor regalo fue la luz que entró en el mundo aquella noche y que sigue brillando en cada corazón que mira al cielo con esperanza.


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