RELATO CORTO
La Biblioteca del abuelo
Pedro
Cuento seleccionado por
Editorial Rubín para la edición del libro:
CUENTOS PARA JUGAR
El santuario del
abuelo Pedro era su biblioteca. Allí, en una habitación repleta de estanterías
y con una gran mesa que hacía las veces de escritorio, se apilaban más de siete
mil libros. Jamás permitía que sus revoltosos nietos entrasen. Ninguno sentía
gran interés, salvo Jorge. Aunque solo tenía diez años, había heredado del
abuelo el amor por la lectura.
Ese día era su
cumpleaños. A pesar de haber recibido muchos regalos, apenas les prestó
atención más allá de lo necesario al desenvolverlos. Los dejó en su habitación
sin mayor entusiasmo. Caminaba por la casa inquieto, con la sensación de que le
faltaba algo. No lo decía en voz alta, pero en el fondo esperaba un tesoro
diferente: un libro que lo llevara a mundos desconocidos.
El abuelo, al notarlo,
le preguntó:
— ¿Te encuentras bien,
Jorge? ¿No te han gustado los regalos?
— Sí, abuelo… solo
que… esperaba un libro. La semana pasada leímos un cuento en clase y me pareció
más divertido que jugar con un camión o al fútbol.
— Pero, Jorge,
chiquillo… —respondió sonriendo—. ¡Eso es lo que tienes que hacer! Jugar y
divertirte cuando no estés en clase o haciendo deberes.
Jorge bajó la mirada y
acarició con los dedos el envoltorio de uno de los juguetes. No era que no los
valorara, pero sentía que un balón o un cochecito se le quedaban pequeños
frente a lo que podía soñar dentro de un libro.
— Ya, pero los libros me permiten ser guerrero, pirata, futbolista, granjero… ¡cualquier cosa!
El abuelo lo miró con
ternura.
— Veo que has entendido lo que muchos adultos
aún no comprenden: que un libro no es solo un montón de hojas. La esencia de un
libro es lo que nos transmite, lo que nos enseña. Estoy muy orgulloso de ti.
Entonces se levantó de
su viejo sillón y, tomándolo de la mano, lo condujo al despacho —así llamaban en
casa a la biblioteca—. Siempre estaba cerrado con llave, y solo el abuelo tenía
una.
Cuando el metal giró
en la cerradura, Jorge sintió que el corazón le golpeaba el pecho. La puerta se
abrió lentamente, y una ráfaga de aire cargado de polvo y papel antiguo salió a
su encuentro. Ese olor —mezcla de madera envejecida, tinta y tiempo— lo
envolvió como si fuera un abrazo.
Entró con pasos
vacilantes. Sus ojos se agrandaron como platos: los lomos de miles de libros se
alzaban hasta casi tocar el techo, brillando con colores apagados por los años.
El silencio era tan profundo que parecía que las páginas dormidas aguardaban a
ser despertadas por él. Incluso creyó escuchar un leve crujido, como un
murmullo de bienvenida.
— Ve a aquella estantería del fondo —dijo el
abuelo, señalando la pared izquierda—. Puedes escoger cualquier libro de los
dos estantes de abajo.
Las baldas inferiores
estaban llenas de libros infantiles. Jorge se arrodilló y dejó que sus dedos
recorrieran los lomos, palpando sus texturas rugosas y suaves, como si
estuviera acariciando un tesoro escondido. Uno llamó su atención: Cuentos de
Ibiza. Lo sacó con cuidado, aspiró su aroma inconfundible y se lo mostró al
abuelo con una sonrisa que iluminó su rostro.
— Perfecto —dijo
Pedro—. Estoy seguro de que te va a gustar.
— ¡Abuelo! Este verano
vamos a ir a Ibiza con mis papás. ¿A lo mejor reconozco algún lugar del cuento?
— ¡Genial! Seguro que
podrás identificar los paisajes. Y cuando lo termines, me lo devuelves.
Entonces volveremos a entrar aquí y podrás elegir otro. Si tu pasión por la
lectura sigue creciendo como imagino, todo esto será tuyo algún día.
Jorge levantó la vista
hacia las estanterías infinitas. Por un instante imaginó que cada libro era una
puerta secreta, y que él tenía la llave. Sonrió, pero enseguida se puso serio.
—Abuelo… yo quiero todos estos libros, quiero saborear su olor… pero no los deseo si tú te vas a morir.
Pedro se agachó y lo
abrazó con fuerza. Jorge sintió el calor de su pecho, el latido acompasado que
le transmitía seguridad.
— Todos morimos,
pequeño. Ojalá sea dentro de mucho, mucho tiempo. No sabemos cuándo nos tocará
partir, por eso hay que vivir cada día como si fuera el último. Y, sobre todo,
no perder ni un minuto en buscar la felicidad.
Le acarició la cabeza
con cariño y suspiró. Supo entonces que su tesoro estaba a salvo. Que su
legado, aquel que había construido a lo largo de una vida entre letras y
páginas, estaría en buenas manos.
FIN

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