Capítulo II
Padre, no sé. No lo he pensado. Son
muchas las cosas que ahora tengo en mente y paradójicamente otras que parece
que me faltan o las he abandonado o yo que sé. Pero siempre podría dedicarme a
la educación. Sabes de mi licenciatura en la Universidad. Podría, quizá… bueno,
me duele bastante la cabeza. Hablaremos más adelante.
Si, hijo, más adelante, más adelante.
Cuídate. Ahora tengo que marcharme. Nos vemos mañana. Aquí te cuidarán bien, ya
sabes, eres el nieto del coronel Luján. Todos lo saben.
Y así fue efectivamente que durante
cuatro largos meses de hospitalización Alberto se esforzó lo necesario para
poder andar y lo preciso para quedar incapacitado para su profesión por
imposibilidad de desempeñar sus funciones al ciento por ciento. Mientras, en el
exterior de aquellas paredes, la guerra había seguido su curso e incluso se
recrudecía por días. Él no era consciente de cuál había sido su papel en aquel
despropósito que se desencadenó en su país. Durante los años de su formación
jamás se plugo de haber seguido los pasos de sus ancestros, pero sabía que
aquella elección contentaba a su padre. Lo que no esperaba, como quizá tampoco
mucha gente, era que se declarase aquel cruento enfrentamiento civil y
fratricida. Nadie lo esperaba, aunque se veía venir por los aconteceres
sociopolíticos que se estaban desarrollando.
Cuando recibió el alta médica, seguía
sin recordar aquellos episodios que le llevaron a incapacitarse voluntariamente
destrozando su pie. Sí tenía constancia de que esta acción la realizó
conscientemente a sabiendas de que si le salía bien la jugada sería un inútil
como militar y forzosamente sería separado del servicio. Pero esto debía
negarlo también. Jamás podría salir de su boca reconocer que aquella decisión
sí la recordaba. Ahora tendría que mantener la mentira y, con suerte y si la
guerra lo permitía, buscaría trabajo como profesor tal y como planteó aquella
noche después de mirar al frente y cerrar los ojos.
Fueron muchos los días y algunos meses
incluso durante los cuales Alberto tuvo que lidiar con tribunales militares,
con tribunales médicos y otras inquisiciones que trataban de dar con la verdad
de lo ocurrido. Nadie consiguió que tergiversara un solo argumento ni que
consiguiera recordar lo que realmente no recordaba. Tampoco nadie se atrevió a
argumentarle jamás su pertenencia a aquel pelotón de fusileros que acabó con la
vida de cuatro personas, descerrajados en un barranco a las afueras de la
ciudad. Consiguió al fin, y sabía a ciencia cierta que su padre tuvo mucho que ver, que
todo quedara aclarado y sin mancha alguna ni en su carrera ni en la de la
familia Luján. Fue jubilado como militar.
La guerra duró aún casi dos años más.
Alberto no consiguió el trabajo que había deseado, pero tenía claro que era
debido a la situación bélica que hacía que nada funcionara con normalidad. Y
ciertamente, tras un año más de espera, con un nuevo régimen político
implantado por los vencedores y con la consiguiente falta de todo en un país
que no era ni un reflejo del que se conocía antes de la ofensiva militar y que
supuso la caída de la república, Alberto, quizá y tal vez sin quizá, con la
influencia de su padre y del ilustre apellido militar, obtuvo un puesto como
profesor de instituto en la especialidad de literatura española.
Desde un primer momento, su labor
estuvo marcada por la cruel censura que campando a sus anchas todo lo
recortada, cuando no eliminaba o incluso falseaba. Fueron ninguneados muchos
autores literarios, prohibidos, sin tan siquiera nombrarlos y por supuesto
tampoco dar cuenta de su obra fuera del género que fuera: poesía, teatro,
novela. Aquello dificultaba muy mucho su trabajo, pero supo durante un tiempo
adaptarse a lo así dictado. La generación que se estaba formando por aquellos
años viviría la cruenta sinrazón de una manipulación histórica gestada por las
altas esferas a fin de que imperase la razón de los vencedores que, por
definición, no deja vencer jamás a la razón.
Realmente fueron muchos días con sus
respectivas noches, con sus mañanas, con sus tardes, las que Alberto padeció
aquella situación. No podía rebelarse, no quería, no luchaba ni lucharía. Era
su carácter, pero cada vez se le hacía más difícil negar que en este país había
existido y existían o incluso habían sido aniquilados literalmente grandes
literatos que fueron ensombrecidos o condenados al ostracismo. Próceres de las
letras de este país pesare a quien pesare, que indefectiblemente habrían de ser
recuperados en décadas posteriores.
Pero lo escrito, escrito estaba, lo
publicado, lo representado; y además florecieron otros autores con versos
orales y escritos que crearían conciencia incluso antes de finalizar el
conflicto bélico, en las propias trincheras de un bando y de otro.
Alberto amaba la poesía por encima de
todo y tenía sus poetas preferidos, alguno además, profuso autor teatral,
dramaturgo y prosista de una generación muy prolífica y destacada. Y él no
podía hablar de aquellos poetas, no podía cantar sus versos ni los de la nueva
generación, la del dolor marcado en la retina, la de los versos combativos,
directos, realistas. Vivía en un sinvivir constante, silenciado, amordazado, si
quería vivir en paz.
Avanzaban los años y con ellos se
abría una distancia balsámica en lo ficticio con los desgraciados
acontecimientos del país que a duras penas levantaba la cabeza. No significaba
aperturismo en ningún caso, pero Alberto ya contaba una determinada edad cuando
el régimen impuesto tocaba a su fin y había gastado mucho tiempo bailando una
música demasiado desafinada.
Cerca ya de la edad que llaman del
jubileo, Alberto comenzó a sufrir constantes episodios de inestabilidad en los
que parecía que determinadas imágenes que pudieran ser recuerdos acudían a su
mente. Recuerdos que empero no recordaba haber vivido. ¿Pudieran ser los de
aquellos días olvidados?, se preguntaba.
Aquellas alucinaciones cada vez más
frecuentes le hacían reflexionar sobre su vida, su trabajo y la dedicación y
devoción que siempre tuvo hacia los poetas despreciados, y no sabía por qué,
pero experimentaba determinados sentimientos de culpabilidad considerando que
los había traicionado aceptando la censura perpetrada para con ellos. Tanto
remordimiento comenzaba a hacer mella en su discernimiento de
la realidad. Qué era verdad y qué inventaba su imaginación. ¿Y si no
imaginaba?, ¿y si había vivido en primera persona lo que creía que soñaba? Si
eso era así… No, se decía, eso significaría que… Mejor no, no. Aquello era una
locura. Él era…
A quién podría preguntar. Hacía muchos
años. Su padre falleció hacía 10 años. Y además se trataba de un tema muy
delicado. ¿Cómo iba a ir preguntando por ahí…? Sin embargo, la respuesta la
tenía en sus alucinaciones, en sus recuerdos recobrados. Si era así, tendría
que reconocerse como uno de ellos, uno de aquellos ¿fusileros? ¿Cómo superar, o
mejor dicho, cómo aceptar tamaña felonía perpetrada por él mismo?
Me telefoneó al periódico y quedamos
citados en la puerta de un conocido restaurante. Durante la comida me lo contó
todo. Para su desgracia había recuperado aquellas dos semanas perdidas hacía ya
tantos años. Se vio cargando aquel fusil, el mismo que descargaría sobre su pie
en un triste hotel, triste como su realidad. Se vio apuntando a uno de aquellos
reos de guerra. Vio los ojos del poeta que cantó a la muerte pero que no temió
la suya. Vio al hombre íntegro, no al culpado por execrables infundios a modo
de excusas justificadas bajo el paraguas de crimen político. Vio por fin que
cerró los ojos.
¡¡Fuego!! –escuchó que gritó su
superior
Apretó el gatillo. Sí. No había duda.
Había sido él. Pero era una orden. Él no podía negarse, aunque nunca quiso
estar allí. No quiso formar parte de aquel pelotón. Llegó al cuartel y huyó.
Buscó olvidar. Alcohol, mucho alcohol. Una habitación. Más alcohol. Y olvidar.
Y olvidó. Perdió la noción del tiempo que llevaba encerrado en aquel
alojamiento. Un día despertó y…
Me pidió que lo publicara todo. Que no
diera su nombre. Me comentó que más adelante se sabría. Salió en la edición de
la mañana. Aquella noticia, que supuso un boom, fue comentada en todos los
medios durante el día.
A la mañana siguiente, en un hotel
céntrico, apareció un hombre ahorcado en la habitación 18-8. Entre sus pertenencias,
un maletín con muchos recortes de periódico, un proyectil sin pólvora, una
muleta y toda su documentación, entre ella un carnet de identidad donde se leía
que aquel hombre había respondido al nombre de Alberto.
FIN