Los monstruos que hay en mí
Epígrafe
A veces, la única forma de sobrevivir a la oscuridad es
convirtiéndose en parte de ella.
Ha pasado tanto tiempo
que no te he reconocido. ¿Acaso te has convertido en un monstruo, real o
fantástico? No lo sé, me han confundido tanto. Cuando era un niño jugaba
contigo; te recuerdo con un físico casi humano. ¿Te acuerdas? Jugábamos,
reíamos y nos lo contábamos todo. ¿Por qué has vuelto? ¿Qué quieres de mí?
Hacía mucho tiempo que
no venías. Dicen que fui yo quien te creó cuando era un niño; no lo sé. Solo
tengo la certeza de que tú y yo jugábamos cuando mis papás me dejaban solo.
Ahora todos han acabado por convencerme de que solo eres producto de mi
imaginación. ¡Estás tan cambiado!
Sí, estoy seguro de
que eres tú: tus ojos oscuros son los mismos, pero están más hundidos; tu
quietud frente a mí, tu silencio cuando hablo... ¿Eres tú? Te veo y casi no te
reconozco. ¿Quién eres? ¿Por qué has cambiado? ¿Qué te ocurre? Tu nariz aletea
como si necesitaras tomar más aire. Vete, vete. Ahora no quiero que estés aquí,
no quiero que vengas a perturbarme. ¿O sí?
¿Por qué te has
convertido en un monstruo? Eres tan abyecto. Ahora me das miedo; tienes un
aspecto que me causa espanto. Te ves como un híbrido entre un humano y un
roedor; de hecho, tus manos, tus patas y hasta tu boca parecen el hocico de
aquella enorme rata que era mi amiga. Tu tamaño ahora es igual al mío. Antes te
veía mayor y no te tenía miedo; sin embargo, ahora me inspiras pavor y
repugnancia al mismo tiempo.
Mis padres decían que
tú no existías, que era una fantasía mía; incluso el psicólogo llegó a
convencerme de que había inventado un amigo. Sí, quizás todos tuvieran razón,
pero entonces no eras un monstruo. Tú, solo tú, eras mi compañero de juegos, mi
amigo, mi único modo de enfrentarme a mis miedos, a la oscuridad y a la soledad
de aquel sótano de la vieja casa donde antes vivía y donde mis papás solían
encerrarme; ellos no querían que yo les estorbase cuando recibían las visitas
de sus amigos. Solo eran las noches de los viernes y los sábados. ¡Fueron
tantas! Recuerdo que siempre estabas tú ahí acompañándome.
Ahora, ¿qué haces
aquí? ¿A qué has venido? ¿Por qué? ¿Cómo me has encontrado? Dejaste de venir,
si la memoria no me falla, desde la noche en la que se olvidaron de llevarme a
la cama, como lo hacían siempre cuando todos sus amigos se habían marchado. A
la mañana del día siguiente vinieron a por mí. Dicen que estaba dormido
abrazado a una gigantesca rata que me dejaste para que me hiciera compañía. Me
dijiste que estaba hecha de fieltro. ¿Acaso eras tú? No te recuerdo así.
—¿Puedo ponerle un
nombre? —te dije. —Por supuesto. ¿Qué nombre quieres ponerle? —me dijiste.
—Nadia. —¿Nadia? ¿Qué nombre es ese? —me preguntaste. —Sí, la llamaré Nadia.
Una vez le oí a mi abuela ese nombre y creo que dijo que significa esperanza.
—Está bien, creo que a mí también me gusta ese nombre —dijiste.
Lloré, lloré mucho
cuando al levantarme del lecho donde dormía, Nadia se movió y mi padre la mató
aplastándole la cabeza con una pala. Durante muchas noches había sido mi
compañera; con ella no tenía miedo a la oscuridad. Tú me dijiste que cuidaría
de mí y que, si yo cuidaba de ella, no me sucedería nada malo. ¡Perdí a Nadia!
Aunque todo cambió aquella mañana en la que mis padres la vieron, no pude
evitar que acabaran con ella.
Durante muchos meses
estuvieron llevándome a un médico que me hablaba pero no me escuchaba; no
quería entender que era un regalo que tú me habías hecho. Te describía a ti y a
Nadia, y decía que solo eran imaginaciones mías. «Amigos imaginarios», decía.
La muerte de Nadia me trajo el horror de una medicación a la que me veía
sometido, también el desconsuelo porque desde entonces tú no me habías vuelto a
visitar y me sentía muy triste por ello.
Pero, como todo tiene
un lado bueno, ya nunca más me bajaron al sótano. En los días que recibían a
sus amigos, me daban mi medicación y rápidamente me dormía. A la mañana
siguiente solía dolerme la cabeza, pero el despertarme en mi cama era una
sensación muy agradable y no llegué a echarte de menos, aunque no entendía por
qué me habías abandonado. Bueno, dormía y aún duermo abrazado a la almohada;
eso me hacía recordar a Nadia. ¿Acaso eres tú, Nadia? No te reconozco, ha
pasado tanto tiempo.
Si es así, mira, ya no
podrán hacerte daño. Hace un par de días me desperté; sentía un fortísimo dolor
de cabeza. Creo que se pasaron un poco con la medicación que me dieron la noche
anterior; iban a celebrar… Ah, no recuerdo bien qué, solo que iban a venir unos
nuevos amigos y no querían que yo les incordiara. ¿Por qué crees que era un
incordio para ellos? No, no me lo digas, ya no me importa.
Llevaba llorando más
de una hora pero no me oían. Vine hasta su cuarto y ahí estaban, inmóviles. No
sé qué les ocurre; les llamo pero no me oyen. Tienen su nariz manchada con ese
polvo blanco que hay en las mesitas de noche. Lo he probado, pero tiene un
sabor amargo. Creo que solo se toma por la nariz; he inhalado una enorme
cantidad de ese polvo. No tengo miedo, ni hambre, ni sueño; en realidad me
siento eufórico.
¡Nadia, te veo ahí en
el espejo! ¿Cómo es que no me veo yo? Anda, deja, apártate, quiero verme.
¡Nadia, haré que desaparezcas! ¡Fuera, fuera! ¿Por qué sigues aquí? He arrojado
el jarrón de las flores de mamá. El espejo se ha roto en mil pedazos; al menos
déjame un trozo donde yo pueda verme. ¿Nadia, Nadia, eres tú? No, no, no…
¡Horror! Soy yo, siempre he sido yo. Acaso soy un monstruo.
Empezó a convulsionar; sentía que nada de lo que le ocurría era real. No podía controlar su orina y se lo hizo encima. Su temperatura empezó a elevarse, así como su ritmo cardíaco, que era anormal. La coloración de su piel tomaba un tono azul y, con su respiración acelerada, la muerte le alcanzó pensando que le gustaría estar abrazado a Nadia.
A todos aquellos
que, en el silencio de un sótano o en la soledad de una habitación, tuvieron
que inventar un amigo para no sentirse abandonados. Que este relato sirva como
voz para las infancias rotas por la indiferencia.
Dedicatoria:
A todos aquellos que, en el silencio de un sótano o en la
soledad de una habitación, tuvieron que inventar un amigo para no sentirse
abandonados. Que este relato sirva como voz para las infancias rotas por la
indiferencia.


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