marzo 01, 2026

Antonio Fernández Álvarez (Escribidor de sueños)

 


Los monstruos que hay en mí





Epígrafe

A veces, la única forma de sobrevivir a la oscuridad es convirtiéndose en parte de ella.

Ha pasado tanto tiempo que no te he reconocido. ¿Acaso te has convertido en un monstruo, real o fantástico? No lo sé, me han confundido tanto. Cuando era un niño jugaba contigo; te recuerdo con un físico casi humano. ¿Te acuerdas? Jugábamos, reíamos y nos lo contábamos todo. ¿Por qué has vuelto? ¿Qué quieres de mí?

Hacía mucho tiempo que no venías. Dicen que fui yo quien te creó cuando era un niño; no lo sé. Solo tengo la certeza de que tú y yo jugábamos cuando mis papás me dejaban solo. Ahora todos han acabado por convencerme de que solo eres producto de mi imaginación. ¡Estás tan cambiado!

Sí, estoy seguro de que eres tú: tus ojos oscuros son los mismos, pero están más hundidos; tu quietud frente a mí, tu silencio cuando hablo... ¿Eres tú? Te veo y casi no te reconozco. ¿Quién eres? ¿Por qué has cambiado? ¿Qué te ocurre? Tu nariz aletea como si necesitaras tomar más aire. Vete, vete. Ahora no quiero que estés aquí, no quiero que vengas a perturbarme. ¿O sí?

¿Por qué te has convertido en un monstruo? Eres tan abyecto. Ahora me das miedo; tienes un aspecto que me causa espanto. Te ves como un híbrido entre un humano y un roedor; de hecho, tus manos, tus patas y hasta tu boca parecen el hocico de aquella enorme rata que era mi amiga. Tu tamaño ahora es igual al mío. Antes te veía mayor y no te tenía miedo; sin embargo, ahora me inspiras pavor y repugnancia al mismo tiempo.

Mis padres decían que tú no existías, que era una fantasía mía; incluso el psicólogo llegó a convencerme de que había inventado un amigo. Sí, quizás todos tuvieran razón, pero entonces no eras un monstruo. Tú, solo tú, eras mi compañero de juegos, mi amigo, mi único modo de enfrentarme a mis miedos, a la oscuridad y a la soledad de aquel sótano de la vieja casa donde antes vivía y donde mis papás solían encerrarme; ellos no querían que yo les estorbase cuando recibían las visitas de sus amigos. Solo eran las noches de los viernes y los sábados. ¡Fueron tantas! Recuerdo que siempre estabas tú ahí acompañándome.

Ahora, ¿qué haces aquí? ¿A qué has venido? ¿Por qué? ¿Cómo me has encontrado? Dejaste de venir, si la memoria no me falla, desde la noche en la que se olvidaron de llevarme a la cama, como lo hacían siempre cuando todos sus amigos se habían marchado. A la mañana del día siguiente vinieron a por mí. Dicen que estaba dormido abrazado a una gigantesca rata que me dejaste para que me hiciera compañía. Me dijiste que estaba hecha de fieltro. ¿Acaso eras tú? No te recuerdo así.

—¿Puedo ponerle un nombre? —te dije. —Por supuesto. ¿Qué nombre quieres ponerle? —me dijiste. —Nadia. —¿Nadia? ¿Qué nombre es ese? —me preguntaste. —Sí, la llamaré Nadia. Una vez le oí a mi abuela ese nombre y creo que dijo que significa esperanza. —Está bien, creo que a mí también me gusta ese nombre —dijiste.

Lloré, lloré mucho cuando al levantarme del lecho donde dormía, Nadia se movió y mi padre la mató aplastándole la cabeza con una pala. Durante muchas noches había sido mi compañera; con ella no tenía miedo a la oscuridad. Tú me dijiste que cuidaría de mí y que, si yo cuidaba de ella, no me sucedería nada malo. ¡Perdí a Nadia! Aunque todo cambió aquella mañana en la que mis padres la vieron, no pude evitar que acabaran con ella.

Durante muchos meses estuvieron llevándome a un médico que me hablaba pero no me escuchaba; no quería entender que era un regalo que tú me habías hecho. Te describía a ti y a Nadia, y decía que solo eran imaginaciones mías. «Amigos imaginarios», decía. La muerte de Nadia me trajo el horror de una medicación a la que me veía sometido, también el desconsuelo porque desde entonces tú no me habías vuelto a visitar y me sentía muy triste por ello.

Pero, como todo tiene un lado bueno, ya nunca más me bajaron al sótano. En los días que recibían a sus amigos, me daban mi medicación y rápidamente me dormía. A la mañana siguiente solía dolerme la cabeza, pero el despertarme en mi cama era una sensación muy agradable y no llegué a echarte de menos, aunque no entendía por qué me habías abandonado. Bueno, dormía y aún duermo abrazado a la almohada; eso me hacía recordar a Nadia. ¿Acaso eres tú, Nadia? No te reconozco, ha pasado tanto tiempo.

Si es así, mira, ya no podrán hacerte daño. Hace un par de días me desperté; sentía un fortísimo dolor de cabeza. Creo que se pasaron un poco con la medicación que me dieron la noche anterior; iban a celebrar… Ah, no recuerdo bien qué, solo que iban a venir unos nuevos amigos y no querían que yo les incordiara. ¿Por qué crees que era un incordio para ellos? No, no me lo digas, ya no me importa.

Llevaba llorando más de una hora pero no me oían. Vine hasta su cuarto y ahí estaban, inmóviles. No sé qué les ocurre; les llamo pero no me oyen. Tienen su nariz manchada con ese polvo blanco que hay en las mesitas de noche. Lo he probado, pero tiene un sabor amargo. Creo que solo se toma por la nariz; he inhalado una enorme cantidad de ese polvo. No tengo miedo, ni hambre, ni sueño; en realidad me siento eufórico.

¡Nadia, te veo ahí en el espejo! ¿Cómo es que no me veo yo? Anda, deja, apártate, quiero verme. ¡Nadia, haré que desaparezcas! ¡Fuera, fuera! ¿Por qué sigues aquí? He arrojado el jarrón de las flores de mamá. El espejo se ha roto en mil pedazos; al menos déjame un trozo donde yo pueda verme. ¿Nadia, Nadia, eres tú? No, no, no… ¡Horror! Soy yo, siempre he sido yo. Acaso soy un monstruo.

Empezó a convulsionar; sentía que nada de lo que le ocurría era real. No podía controlar su orina y se lo hizo encima. Su temperatura empezó a elevarse, así como su ritmo cardíaco, que era anormal. La coloración de su piel tomaba un tono azul y, con su respiración acelerada, la muerte le alcanzó pensando que le gustaría estar abrazado a Nadia. 

A todos aquellos que, en el silencio de un sótano o en la soledad de una habitación, tuvieron que inventar un amigo para no sentirse abandonados. Que este relato sirva como voz para las infancias rotas por la indiferencia.


Dedicatoria:

A todos aquellos que, en el silencio de un sótano o en la soledad de una habitación, tuvieron que inventar un amigo para no sentirse abandonados. Que este relato sirva como voz para las infancias rotas por la indiferencia.


 



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