marzo 01, 2026

Antonio Jesús Morantes Pineda

 



ECO Y NARCISO





Solo tú,
tal belleza condenada
a enamorarse de su reflejo.
 
Veo tu pelo oscuro,
 que cuando sopla el viento
 vuela libre como vencejo.
 
 Tus ojos, dos luceros
 del color del roble,
 del color del otoño
 que deja en el suelo
 un manto de cadáveres ocres;
 y hasta las estrellas, los astros,
 sienten complejo.
 
 La tristeza baja por tus mejillas,
 senderos que dibujan
 el tronco de un árbol viejo.
 
 Tus labios,
 casco de un barco hundido;
 tus dientes,
 soldados relucientes
 que han quedado heridos.
 Todo en ti es misterio perplejo.
 
 Tu sonrisa ilumina mi mundo
 como el sol al asomar
 tras la montaña a lo lejos.
 
 La belleza surca cada poro;
 ver tu cuerpo es un festejo.
 Tu pecho, dos escudos
 
 
que guardan un tesoro
más rico que la plata y el oro.
 
 Tu cuerpo,
 laberinto de curvas, es Creta.
 Ver tu silueta
 forma un mosaico de pequeños azulejos.
 
 Sin ti mi alma se siente incompleta;
 y por admirarte y mirarte,
 el poeta muere ahogado
en el lago
 de su propia libreta.

 

Notas Mitológicas:

En un lugar lejano de Grecia, cerca de un lago , en una pradera verde con flores en un día soleado, varias ninfas danzaban alegremente por dicho prado. Una de ellas, hermosa, simpática pero con una maldición: que nunca paraba de hablar. Su nombre era Eco, Las otras ninfas siempre rehuían de ella, porque como Eco viera algo o supiera algo siempre lo contaba.

Una tarde de verano Eco risueña le contaba a otra ninfa que había visto a Zeus, cortejando a una ninfa del bosque. Este comentario llegó a los oídos de Hera, la mujer de Zeus, como si un fuego arrasara por los bosques dejando nada más que fuego, caos y cenizas.

Hera enfadada por las calumnias, aunque en su fondo sabía que eran ciertos no podía permitir que los demás dioses conocieran las infidelidades de su esposo y tomó la decisión de acallar a Eco.

Hera condenó a Eco durante la eternidad a repetir lo último que escuchara.

Tal fue su maldición y se sentía tan mal de no poder mantener una conversación con ningún ser, que llorando y aterrada escapó de esa pradera y se escondió en lo más oscuro de un bosque cerca de un lago donde solo vivía ella.

Un día en ese lago apareció un apuesto cazador, era la persona más bella que Eco había visto, su nombre era Narciso.

Ella se enamoró al momento de él, se quedó espiando a ese cazador, pero este, entrenado en la caza  escuchó algo a sus espaldas a lo que preguntó:

— ¿Hay alguien aquí?

A lo que Eco respondió:

—Aquí, aquí.

Nerviosa y temblorosa optó por salir, miró de frente a Narciso y lo abrazó enamoradamente.

Narciso cruelmente la empujó tirándola al suelo, burlándose de ella, escupiéndole que le daba asco.

Tal fue la crueldad de ese bárbaro hombre que Eco llorando desconsoladamente huyó al fondo de una cueva, muriendo de pena, de abandono lo único que quedó por los siglos de los siglos hasta los días actuales es la voz apenada de Eco al escuchar cada palabra…

Hera tras descubrir el final de Eco se apiadó de ella, destinó a Narciso sin que él lo supiera a enamorarse de un amor no correspondido: de él mismo. 

Un día fue a beber del mismo lago que rechazó a Eco y Narciso descubrió en el reflejo del agua a una persona muy bella, la más bella que él había visto, enamorado intento tocarlo pero la imagen desapareció, intentó besarlo, pero solo conseguía tragar agua.

Narciso aterrado descubrió que estaba enamorado de su reflejo, que ese amor era inalcanzable.

Finalmente creyó conveniente tirarse al lago para abrazar a su reflejo para siempre y para siempre lo único que abrazó era a la muerte.

A las orillas de ese lago nació una flor justo después de morir: una flor blanca y amarilla.


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